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Dramaturgia
 
Luis Ordaz
Palabras pronunciadas por Bernardo Carey, SOMI.
 
LUIS ORDAZ, a dos meses de su fallecimiento. Mesa redonda en el Instituto de las Artes del Espectáculo, de la Facultad de Filosofía y Letras, el 26 de octubre de 2004, a las 18.00 junto a Raúl Brambilla por el Instituto Nacional del Teatro, Onofre Lovero por Proteatro, Susana Freire por CRITEA, Beatriz Mosquera por ARGENTORES y Francisco Javier por el Inst. de las Artes del Espectáculo.

Desde Mariano Bosch hasta Vicente Rossi, desde Juan Pablo Echagüe hasta Edmundo Guibourg, desde Raúl Castagnino hasta Luis Ordaz, en más de cien años, el pensamiento crítico teatral argentino se constituyó, se elaboró, se amplificó y se afinó, sobre la base de que el decir no es un mero decir, sino que es decir algo determinado. En ese decir, el autor del texto teatral tiene un lugar preponderante, gracias principalmente a las investigaciones de Luis.

Es que Luis, además de su labor de crítico e investigador, de fundador de revistas y de audiciones, de difusor del teatro argentino, fue, además, un intenso dramaturgo que ya a los veinte años, en 1932, había estrenado su primer texto “Conquista rea”.

Este constituirse primero como dramaturgo da a su mirada de investigador una consistencia a salvo de modas circunstanciales, a salvo de guardarropas efímeros y de vanguardias de vida corta, que han arremetido contra la palabra durante todo el siglo XX.

Así es que junto a su primer título de investigación “El teatro en el Río de la Plata ” de 1946, Luis publica pocos años después dos libros imprescindibles para cualquier estudioso, al decir del crítico y poeta Jorge Lafforgue. Ellos son “Siete sainetes porteños” y “El drama rural” seleccionados, prologados y anotados por Luis. Imprescindibles para cualquier estudioso como dice Lafforgue y para cualquier aprendiz de autor, agrego yo, pues fueron fundamentales para mi generación en la construcción de un sostén damatúrgico, de una institucionalidad teatral pre-existente alejada de la mediocre oficialidad teatral de los 50' . Insisto, nos ayudó a muchos jóvenes, parece mentira, en esa época tan lejana, a descubrir con orgullo que pertenecíamos a una tradición teatral a la cabeza del mundo hispánico.

Bueno, parece ser que el mundo lo hacen los hombres difuntos. Ustedes... yo... nosotros... estamos en una etapa previa de corrupción. ¿Diremos entonces sobre Luis que su vida no ha sido en vano? ¿Qué él vive todavía en sus libros, quizás con más enjundia? Toda vida es finita. Toda vida merece, entonces, homenaje. Es decir, lo que merece homenaje es la finitud de la vida. Él, pese a nuestra vehemencia, no vive ya en sus libros. Sólo su silueta biográfica está en ellos. Apenas un fantasma mudo.

Sólo Elena, sus hijos, ese secreto acuerdo corporal que es la familia, tienen la verdadera dimensión de la pérdida.

Bernardo Carey
Fundación Somigliana

 
 

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