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Dramaturgia
 
Leónidas Barletta: "hombre de teatro"
de Luis Ordaz
 
Voy a limitarme a tratar a Leónidas Barletta como "hombre de teatro" porque su personalidad era sumamente rica y abarcaba planos muy diversos, no sólo en lo político-social, sino también como promotor y militante activo de una intensa brega artístico-cultural. Tan era así que, hace cinco años, a comienzos de abril de 1987, el Instituto "Amigos de Aníbal Ponce" rindió homenaje a Barletta, en la XIII Feria Nacional del Libro, poniendo de relieve su labor en las distintas áreas en las que, durante más de medio siglo, participó tercamente y con una capacidad de lucha asombrosa.
En dicha ocasión, y para dar una muestra, apenas, de la dedicación sobresaliente e incansable de Barletta, se conformó un programa durante el cual Sebastián Ávalos Noguera se refirió a Barletta "periodista"; Raúl Larra, su amigo y biógrafo, destacó "el hombre"; el fiscal de la Nación Ricardo Molinas, "el ser político"; Onofre Lovero, "el creador de Nuestro Teatro Independiente", y yo me ocupé, en pocos trazos, de "Barletta y el teatro". Teniendo como presentador a Mario Giusti, el acto se completó con Inda Ledesma, quien leyó un cuento de Barletta y, entre otros participantes, Osvaldo Dragún señaló que el recién creado Teatro de la Campana retomaba la lucha artístico-cultural del veterano Teatro del Pueblo, rememorando su histórico logotipo y ocupando su antiguo local en el subsuelo legendario de la Diagonal Norte 943, de nuestra ciudad.
En esta circunstancia, y aprovechando la cordial invitación de esta Fundación "Cesar Pennetti", alentada y conducida por ese trabajador de nuestra cultura popular con inquietud y jerarquía que es el buen amigo Clemente, podré extenderme algo más.
De cualquier manera, la elección de esta charla tiene para mi dos motivaciones. La primera es que en el día de mañana, de tenerlo entre nosotros, Leónidas Barletta cumpliría 90 años, dado que había nacido en una "casa pobre de barrio rico" (eran sus palabras), allá por Libertad y Arenales, en la zona Norte, el 30 de agosto de 1902, y falleció en nuestra ciudad de Buenos Aires, el 15 de marzo de 1975.
La segunda motivación parte de algo sumamente personal. Por tareas realizadas sobre la historia de nuestro teatro, he recibido varios lauros que estimo y valoro mucho, pero ninguno tiene para mí -y lo confié cuando me lo entregaron- la trascendencia entrañable del que, a fines del año pasado, me otorgó la Fundación Cultural Universitaria Nacional que lleva el nombre, precisamente, de Premio Leónidas Barletta.
Y, ahora sí, entro en el tema.

En 1931, luego de presentarse en la sala de la Wagneriana (Florida 936), el Teatro del Pueblo, fundado por los últimos días del año anterior, se instaló en un cuchitril de la calle Corrientes angosta 465, número que, en la actualidad, corresponde a un edificio moderno de más de diez pisos.
Por ese mismo tiempo y durante los tres años siguientes, en una lechería que existía a pocos pasos del local, por la misma vereda hacia el bajo, me reunía habitualmente con algunos amigos desbordantes de ensoñaciones líricas -varios se sentían poetas- con los que, finalmente, organizamos el "grupo claridad" (en minúscula, en nuestra ingenua rebeldía), bajo la incitación del "grupo" creado en París por Henri Barbusse, nada menos. Nos encontrábamos allí porque varios de los amigos eran "mensajeros en bicicleta" de la Western Unión, empresa telegráfica internacional que se hallaba muy cerca (creo que aún se encuentra en dicho lugar), en la calle San Martín, entre Corrientes y Sarmiento. Sólo uno de esos pichones de poeta -el recordado José Rodriguez Itoíz, ser angelical que nos dejara en plena madurez- vivía en Lanús Oeste, y todos los demás eramos de la Capital Federal. Sin embargo, una vez constituído el "grupo" establecimos nuestra sede en la casa de Rodriguez Itoíz (Bueguerestain 3725, en pleno despoblado) y haci allí viajábamos en tranvía todos los sábados, y algún domingo, para realizar actos artísticos y culturales por toda la zona de Lanús, este y oeste, en los clubes de barrio, agrupaciones vecinales, etc., en donde se desarrollaban programas con conferencias, recitados de poemas, debates, exposiciones de pintura, etc.
Fue en aquella lechería porteña de la calle Corrientes angosta, al promediar el 400 que, por la cercanía, fuimos entrando en contacto e intimando con los integrantes del Teatro del Pueblo y, por supuesto, con Leónidas Barletta quien, no como leyenda pintoresca sino como realidad, y doy fe de ello, se colocaba en la puerta del teatro agitando una gran campana de bronce mientras hablaba. En ocasiones, la gente se acercaba para oir lo que proclamaba el pregonero a campanazo limpio. Otras veces, por el contrario, se veía a los transeúntes abandonar asustados y presurosos la vereda donde se hallaba el "mancebo compañero" -como pudo habérsele ocurrido decir a nuestro Roberto Arlt- , para esquivar a quien, entre los tañidos, invitaba a penetrar en el sucucho y asistir al espectáculo teatral que estaba por comenzar, por sólo veinte centavos. O gratis, si al candidato, al que se tomaba del brazo con toda campechanía, insinuaba algún reparo por el importe.
El caso fue que los integrantes del "grupo claridad" lanusense nos convertimos en fieles asistentes a sus funciones. Recuerdo, a lo largo de esos tres primeros años de lechería a las actrices Rosita y Celia Eresky, Josefa Goldar, Ana Grinspun (luego Anita Grin), y a los actores Joaquín Pérez Fernández, Pascual Naccarati, José Veneziani, Hugo D'Evieri, Juan Eresky y Tomás Migliacci (que figuraba como auxiliar), entre otros. Recuerdo, asimismo, a Alvaro Sol, novelista y autor teatral; a Manuel Aguiar, que creaba escenografías estupendas para el reducido tabladillo; a los plásticos Facio Hebéquer y Abraham Vigo; a los ya por entonces maestros a nuestros ojos el sereno y patriarcal Alvaro Yunque y el narrador vigoroso Elías Castelnuovo.
Por la frecuentación que teníamos con los artistas del Teatro del Pueblo, logramos que un sábado el elenco fuera en pleno, generosamente, hasta Lanús, con Leónidas Barletta al frente, para hablar y ofrecer su espectáculo en uno de nuestros actos artísticos-culturales. Nos identificábamos tanto con la brega del Teatro del Pueblo, hasta hacerla nuestra, que cuando en abril de 1934 conseguimos editar, con mucho sudor y la credibilidad de un imprentero bohemio de la zona, un periódico al que llamamos "fibra" -también en minúscula, claro-, mi primer artículo, no ya sólo de ese número inicial sino también de mi labor periodística, lo dediqué por entero al Teatro del Pueblo. Lo titulé "Arte y voluntad" y lo encabezaba un agudo y hermoso pensamiento de Alvaro Yung que decía: "El diamante es un vidrio con voluntad". En el número siguiente publicamos un trabajo del propio Barletta sobre "El arte y nuestras ideas sociales".
Vuelvo a aquel primer artículo periodístico mío, en el que, al reseñar la labor que estaba cumpliendo el elenco de Barletta, registraba los espectáculos que se habían ido ofreciendo. Allí figuraban desde "Mientras dan las seis", de los poetas Eduardo González Lanuza y Amado Villar, y "Títeres de pies ligeros", del recio ensayista Ezequiel Martínez Estrada, hasta "El humillado", de Roberto Arlt (que era un capítulo de su novela recientemente laureada, "Los siete locos") y "Temístocles en Salamina", sátira política de Román Gómez Masía, entre los autores nacionales; y desde "Aulularia", del latino Plauto; "Los bastidores del alma", del ruso Nicolás Evréinov, e "Intimidad", del francés Pellerin, hasta "El horroroso crimen de Peñaranda del campo", del español Pío Baroja y "El Emperador Jones", del norteamericano Eggenio O'Neill, en lo referido al repertorio universal de todas las épocas.
Los pocos títulos consignados y sus autores pueden ir dando una idea de cuales eran los propósitos que se perseguían al luchar por un teatro popular que revalorizara nuestra escena, subalternizada por la explotación comercial de la que estaba siendo objeto.
Al llegar a este punto, creo oportuno rebobinar y proponer un par de preguntas que puedan ser claves para poder seguir adelante. ¿De dónde salía el Teatro del Pueblo? y ¿Quién era Leónidas Barletta?. Procuraré hilvanar los tramos de historia que desembocan en el "movimiento de teatros independientes", a partir de la cuarta década del siglo que renovó y revitalizó nuestra escena, en todos los niveles hasta, a través de varias etapas, singulares todas ellas, llegar sus resultados e influencias hasta estos días.
Todo empezó con el grupo llamado de "Boedo" (porque ocupaba un cuartucho en dicha barriada sur de la ciudad) que entró en conflicto, o no, con el denominado grupo "Florida" (por tener su refugio literario en esa arteria elegante y central de la urbe), Los dos núcleos presentaban actitudes que podían estimarse igualmente como revolucionarias. La diferencia, fundamental para el caso, estribaba en que mientras los de "Florida" eran rebeldes en estética