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Dramaturgia
 
Actor y sociedad
Por Roberto Perinelli
 
El año pasado, en Caracas, donde concurrimos también invitados por el CELCIT, una delegación de la Escuela Municipal de Arte Dramático de Buenos Aires expuso las líneas de su proyecto pedagógico y, asimismo, presentó un espectáculo dirigido por uno de los egresados, que se ofreció como resultado de la aplicación de esas pautas de aprendizaje.
Suponemos que aquí, en Cádiz, invitados como estamos a este Encuentro Iberoamericano sobre Realidad Social y formación Teatral, vamos a repetir algunas de las cosas que ya dijimos en Caracas. Pero existen diferencias. Después de Caracas nosotros sabemos que muchas de nuestras inquietudes, también algunas de nuestras propuestas y muchos de nuestros conflictos, son compartidos por otros pedagogos y educadores teatrales. Parece ser que estas coincidencias se expresan con mayor claridad en el contacto de nuestros colegas de Latinoamérica, pues con seguridad el ámbito continental mancomuna penurias y posibilidades.
La intención, habitual hasta hace poco tiempo, de desgajar a Buenos Aires de la problemática latinoamericana, se hace cada vez más difícil, puesto que la ciudad y el país argentino están tomando una fisonomía que no admite una situación de excepción respecto del resto. En todo caso quedan vestigios de esa condición excepcional, que podrán perdurar un tanto en el tiempo, pero es indudable que Buenos Aires se está empobreciendo como centro de actividad teatral profesional, remunerada. El mismo deterioro se advierte si la analizamos como plaza de una industria del espectáculo, debido a la crisis, más reciente que la teatral, que aqueja tanto a la televisión como al cine.
Los signos de esta situación se presentaron casi una década atrás. La preocupante realidad fue enmascarada en el terreno específicamente teatral por el fenómeno de Teatro Abierto, que alentó un optimismo diluido muy pronto, cuando el movimiento de tono contestatario no tuvo respuestas para la nueva situación política del país, que a fines de 1983, al cabo de medio siglo de forzoso paréntesis, recuperaba la democracia.
Fue en ese momento cuando asumimos el compromiso de dirigir la Escuela Municipal de Arte Dramático, cuando todas las instituciones del país, más allá de su envergadura o del lugar ocupado en el conjunto, debían adecuarse a los nuevos y bienvenidos tiempos. La tarea no podía ser más estimulante. Se sabía que iba a ser acompañada por el apoyo de funcionarios que, como una excepción, eran hombres de la cultura.
Existía, por otra parte, un interés de la comunidad por recuperar instituciones que, debido entre otras causas al manifiesto desdén de las administraciones castrenses por estas cuestiones, habían quedado muy relegadas.
En suma, la Escuela Municipal de Arte Dramático debía participar del proceso de reacomodación de toda una sociedad demasiado acostumbrada a las propuestas totalitarias y que, no obstante, daba muestras evidentes de querer desprenderse de semejante carga.
Como dijimos en Caracas, la Escuela Municipal de Arte Dramático compartía con casi el resto de los institutos de enseñanza artística oficial, los magros presupuestos y las opacas propuestas pedagógicas, acaso deliberadamente inocuas estas últimas para protegerse de la reacción de gobernantes con excesivo celo represivo.
Podíamos operar en la reforma del programa pedagógico. Nos sentíamos con fuerzas y sabíamos que se iba a contar con el elemento humano para llevar a cabo la tarea. Sin duda resultaba difícil para nosotros encarar el otro aspecto, la resolución de la penuria presupuestaria, muy vinculada a la evolución económica del país todo. Se podía suplir esta carencia con buena voluntad y mucha imaginación, pero era previsible que muchos problemas necesitaban de remedios más contundentes para ser resueltos.
Precisamente la falta de respuesta al problema económico, en especial a la obtención de ámbitos adecuados para la labor docente, dificultaron la tarea e impidieron la concreción de algunos proyectos que imaginamos como posibles en 1984. Se puede asegurar que este factor económico se transformó en un elemento cada vez más conflictivo, porque fue afectando de modo cada vez más serio todos los elementos de la actividad docente.
No obstante, la Escuela Municipal de Arte Dramático creció en medio de esa crisis económica monumental, que tuvo un final de orquesta brutal e inédito para los argentinos; un proceso de hiperinflación que puede resultar muy difícil de imaginar, pero que puede sintetizarse como la parálisis de las reglas económicas siquiera cotidianas, elementales, impidiendo la organización de cualquier proyecto al futuro, así este futuro tenga un alcance de 24 horas.

En 1984 nos propusimos pensar el proyecto educativo a partir de algunos presupuestos, entre ellos, en un lugar destacado, la mencionada crisis de la actividad teatral de Buenos Aires.
Insinuada entonces, oculta como se dijo tras el fantástico fenómeno de Teatro Abierto, la crisis se muestra hoy evidente, incontrastable. Se agrega, como elemento de deterioro, la cesación de la producción cinematográfica y la parcial aunque afligente paralización de la actividad televisiva. Esta suma da como resultado lamentable la quiebra de lo que alguna vez llamamos nuestra industria del espectáculo.
Por lógica consecuencia, nos interesó entender que el alumno de la escuela encontraría, a su regreso, un mercado de trabajo totalmente alterado. Serían para él evidentes la pérdida de vigencia de las normas contractuales y de la validez de fórmulas que, por su agotamiento, no alcanzarían para atenuar tan crítico panorama.
En atención de que el teatro tiene recursos más ágiles para zafar de esta coyuntura desgraciada, pensamos entonces y lo seguimos sosteniendo ahora, que la Escuela Municipal de Arte Dramático debía asumirse como una escuela de enseñanza teatral, exclusivamente. Con más precisión, destinada a la formación de un hombre de teatro "capaz de encarar su tarea artística en cualquier ámbito y bajo cualquier circunstancia", disposición que tal como fue leída, volcamos en el Perfil del Egresado que comenzamos a redactar con los profesores que en ese momento actuaban en la escuela.
El carácter artesanal del teatro, su capacidad para desprenderse sin lesiones de importancia de toda apoyatura técnica y sin embargo seguir expresándose a través de un actor que actúa ante un público en un espacio vacío, es el argumento más propicio para sustentar nuestra decisión. El teatro puede ponerse a cierta distancia de la penuria económica, puede obviar los espacios convencionales, el edificio teatral propiamente dicho, y trabajar en lugares alternativos, un mérito, si cabe el término, que se le niega al cine y a la televisión.
Por otra parte, puede desprenderse de la tutela de los centros habituales de producción y responder a la demanda de actividad teatral continuada y estable de un país tan extenso como la Argentina.
La certeza de esta independencia y de esta flexibilidad, fueron incluidas entonces en el proyecto educativo que pusimos en marcha y que continuamos perfeccionando. Optamos. En lugar de preparar al actor para insertarse en un mercado de trabajo preexistente, preferimos formar un hombre de teatro capaz de modificarlo profundamente, o de evitarlo para crear su propio espacio de desarrollo profesional, generando y llevando a cabo sus propios proyectos, al arbitrio de sus fuerzas y no sometido a las reglas de una actividad puesta en un ingrato nivel de supervivencia. La formación deberá dotarlo de habilidad para aprovechar los espacios no convencionales; para imaginar marcos escénicos que no obstante la austeridad de medios alcancen el grado de expresión de los espectáculos de gran producción; para explorar el nivel de recepción de otros públicos; para colocar al actor en el centro mismo del fenómeno.
Presumimos que, a cambio de lo que puede absorber un mercado de trabajo deprimido, las posibilidades de trabajo para actores y actrices formados bajo estos conceptos son infinitas. El número aumenta la fortaleza, multiplica la cantidad de grupos teatrales y permite la apertura de nuevos espacios para la actividad.

Un seguimiento parcial de nuestros egresados, nos está dando feliz respuesta a todas estas pretensiones. Pocos son los que han desertado, muchos más son los que trabajan en proyectos de propia generación o imaginados por otros con los mismos argumentos que ellos podrían pensar. Crece y se afianza un movimiento, que por supuesto involucra a mucha más gente que nuestros egresados, que descree de la actual industria del espectáculo languideciente y ofrece otras alternativas. Su grado de desarrollo estará dado por sus propias fuerzas. La Escuela Municipal de Arte Dramático suma la persistencia de su tarea educativa, que en todo caso y en afán de definir la cuestión, recogió en estado de latencia los argumentos de recuperación que, suponemos cada vez con más firmeza, harán de nuestro país un lugar de continuada y valiosa actividad teatral.

Creemos que en este marco la tarea del maestro adquiere un sentido que difiere en mucho de esa sensación desagradable de estar gastando el tiempo en la formación de desocupados, que en el caso de Buenos Aires podrían sumar centenares, tal la envergadura del crédito que entre la juventud sigue teniendo el aprendizaje de las disciplinas teatrales, en especial la actoral. El motivo de la atracción que ejerce la profesión teatral en la juventud resulta extraña para muchos. Arriesgar razones y encontrar explicaciones a esto excede los límites de lo que nos hemos propuesto exponer. Sin embargo, y con afán de síntesis, nos permitimos imaginar que para la gran mayoría la atracción se produce por motivos casi románticos, alejados de todo el sentido del éxito que merecen las estrellas de moda. Pareciera que el joven busca encontrar en el escenario el punto de máxima expresividad de una vida interior todavía desordenada. Luego del aterrizaje en una escuela o en un taller de formación, la profesión comienza a adquirir su verdadera forma, las vocaciones se consolidan o se quiebran y es tarea de nosotros, los maestros, atender ambos casos con la misma dedicación, pues quien deja el barco merece por lo menos acercarse a las razones de su abandono.
Pero es preciso hablar en el taller o en la escuela de una profesión articulada en el encuentro fructífero de la teoría y de la práctica. Esta disposición suele ser asumida por cualquier empresa educativa, en especial si trata de la enseñanza artística. Resulta frecuente que la propuesta muera en la intención. La distancia para poner en práctica la teoría suele ser de difícil tránsito. Gana la teoría o un remedo de práctica, realizada en ámbitos de tanta contención que operan como factores sobreprotectores, estancos a los otros elementos que conforman la ceremonia teatral. El público, por ejemplo.
Por conciencia de este peligro es que en la Escuela Municipal de Arte Dramático prestamos especial atención a este tema. La necesidad de aplicar conocimientos en una práctica teatral concreta posibilitó un trabajo de producción continuado y consecuente hasta donde dieron los medios y las fuerzas. Al cabo del presente ciclo lectivo, que para nosotros finaliza en noviembre, cuando se cumplen 6 años de nuestro acceso a la dirección, la Escuela Municipal de Arte Dramático podrá exhibir un total de casi un centenar de producciones. La búsqueda de salida a la crisis, tal vez acabadamente explicada más arriba, exigió que entre estos cien trabajos convivan espectáculos de distinta índole; encontraremos ejemplos de teatro de calle, de teatro para niños y por supuesto de teatro de sala.
No todo fue bueno, pero podemos destacar la presencia de por lo menos 10 espectáculos de infrecuente calidad, entre ellos aquel que presentamos el año pasado en Caracas.
Por otra parte, la práctica alcanza ese nivel en la Escuela Municipal de Arte Dramático por la capacidad de la institución para convocar profesores con acreditada labor en el medio, conocedores de la profesión en todas sus instancias. Con estos docentes solemos confrontar propuestas y compartir decisiones. Con ellos, o junto a ellos, tantas veces acertamos y, también, nos equivocamos. Sigue siendo nuestro intento, como dijimos en Caracas, la formación de una comunidad educativa donde tengan su voz para el aliento o para la crítica.
No es una tarea terminada. Posiblemente no lo será nunca, pero es mucho lo hecho y por cierto escasa nuestra elocuencia para transmitirlo aquí.
No obstante, quedaríamos muy satisfechos si solo hubiéramos abierto la puerta de un debate, para el cual todos los presentes están invitados.


Ponencia de la Escuela Municipal de Arte Dramático de Buenos Aires, presentada en el III Encuentro sobre Realidad Social y formación Teatral en Iberoamérica, en los eventos especiales organizados por el CELCIT, en el IV Festival Iberoamericano de Cádiz, Octubre de 1990.
 
 

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