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Dramaturgia
 
Talleres S.A.
Por Luis Saez
 
Joven-de-ayer de fin de siglo, enemigo encubierto de la globalización y las "fragmentaciones", punto de encuentros y des-encuentros, el taller se viene afirmando desde los 80 como eficaz paliativo a la búsqueda de salidas individuales.
Los hay pagos y gratuitos, prometedores de soluciones mágicas o tibios sucedáneos del club de corazones solitarios. Pero también prestan su molde a nuevas formas de solidaridad e intercambio, lazarillo a tientas en la difícil cacería del lenguaje propio.
A diferencia de la narrativa, la poesía u otras formas más "literarias", el de dramaturgia reviste características específicas que lo singularizan.
A través de la experiencia recogida en los últimos años, tanto en calidad de alumno como de coordinador, pude comprobar que ninguno de estos roles se limita a la simple "audición" del texto ajeno, (o lectura del propio); es necesario un ejercicio de percepción y entrega que nos convierte en una suerte de "público previo" del material, con las limitaciones y potencialidades del caso.
Limitaciones, por tratarse de una lectura "desnuda", sin el marco propio del hecho teatral, pero al mismo tiempo lectura con público "calificado", es decir, comprometido con la potencialidad del material desde un análisis mas o menos profundo.
En este sentido, la devolución del grupo inaugura una relación distinta con la propia obra, generando una repercusión que excede la lectura solitaria, ideal para re-trabajar zonas débiles o profundizar caminos de crecimiento.
Esta singularidad, exclusivo patrimonio del hecho colectivo, desmiente o relativiza el dogma que sentencia al escritor al trabajo puramente individual.
"Tólstoi nunca fué al taller literario", esgrimen los refutadores de siempre, enarbolando una verdad de perogrullo como si fuera un axioma inapelable. Concedido. Tampoco Borges ni Arlt ni cientos de otros. En todo caso, la asistencia a un taller de lo que fuera no nos garantiza diploma alguno de celebridad para exponer en las reuniones familiares. Pero en esa misma incertidumbre probablemente radique la magia de reunirnos en grupo a leernos y escucharnos algo muy parecido a los sueños. Y más parecido aún a cierta solidaria utopía.
Qué papel le cabe al coordinador en esta modalidad de trabajo? ¿Guía, orientador, revelador de la verdad absoluta? Nada de eso. Pero también, por lo mismo, algo de todo eso. Digamos que le toca proponer el punto y aparte para una historia de puntos suspensivos. O como dice Kartún en uno de sus (imperdibles) escritos: es de sus alumnos "de quienes más aprendió".
Oportunamente, y ante un desencuentro surgido del fragor propio del trabajo, un tallerista me reclamó intervenir desde mi rol de docente. Es decir, me exigió una actuación normativa, rectora. La búsqueda de respuesta me sirvió para aclarar mis propias dudas. Recordé una metáfora zen: "Cuando trepamos una montaña no sólo nuestras piernas, sino también la montaña misma nos eleva..."
El coordinador no es dueño de ninguna verdad revelada, pero habrá cumplido con su discípulo si su devolución lo enriquece o le propicia un espiral de crecimiento, mas allá de normativas instituídas, y por lo tanto, discutibles. Pero sobre todo habrá cumplido si ayuda a poner en marcha ese formidable mecanismo no-mecánico, disparador de fantasías intransferibles, que son las imágenes generadoras. Hay un camino de libertades y permisos que el artista se debe otorgar, un arsenal de herramientas (no tan) imaginarias destinadas, precisamente, a liberar el imaginario, que un coordinador puede y debe estimular. En ese aspecto, su tarea implica creatividad, compromiso e intromisión en el imaginario ajeno, transitando a veces el límite de la invasión o el bastardeo, sin transgredirlo ni traicionarse.
Aquel cuestionamiento de un pibe de 20 años desorientado me llevó también a reflexionar sobre la responsabilidad individual del tallerista en su proceso de crecimiento.
Digo: además del trabajo grupal, debemos recorrer un camino personal abonado de horas-pecé, lectura y relectura de clásicos, contemporáneos, teóricos, libros sagrados, libros bastardos, viendo y sudando (mucho) teatro, cine, cómics, y cualquier otro elemento que nos ayude a conformar la propia, intransferible herramienta. También parece una verdad de perogrullo, y acaso lo sea, pero su enunciado ayuda a descomprimir la excesiva expectativa que a veces se deposita en el dramaturgo coordinador, en tanto administrador de miedos ajenos o destinatario de ansiedades más ajenas aún.
En otras palabras, creo que no existen en el arte ni en la vida formas de trabajo grupal o individual que garanticen a priori éxito alguno. Así de sencillito.
Repaso mi lista de inquietudes y no-certezas que motivaron estas líneas.
Desde mis primeros palotes teatrales al presente, los talleres fueron algo mas que una grata compañía, y seguramente lo seguirán siendo. Los hubo solidarios y sórdidos, mágicos y monótonos, para todos los gustos y hasta para algún disgusto. Tampoco me cabe duda de que debo a su ejercicio solidario y desinteresado, y al talento inefable de mis maestros, algunas escasas convicciones, de ésas que llegan para no irse.
Acaso la ecuación consista en eso (eso que Kartún llama "alquimia del verbo"): quemar horas enteras inventando mentiras para sudar (aunque más no sea) una gota de verdad.



Luis Saez. Dramaturgo, discípulo de Mauricio Kartún, Roberto Cossa, Eduardo Rovner y Bernardo Carey. Ha conformado además talleres con pares y talleres de dramaturgia para la Dirección de Cultura de Morón. También durante 2000/ 2001 trabajó como asistente en la cátedra de Dramaturgia que Mauricio Kartún dicta en la Universidad de Madres de Plaza de Mayo y como dramaturgista en la Escuela de Teatro de Buenos Aires del maestro Raúl Serrano.
 
 

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