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Dramaturgia
 
Sobre "Los sirvientes"
Por Luis Saez
 

Sobre LOS SIRVIENTES

Adriana Tursi

Dirección: Andrés Bazzalo

Fue Aristóteles quien propuso desde su Poética que el historiador se ocupara de lo ocurrido, y el poeta, de lo que pudo ocurrir. Esta división, acaso infructuosamente taxativa en los tiempos que corren, parece diluirse o aparearse en un único acontecer poiético en piezas como Los Sirvientes, de Adriana Tursi, que con dirección de Andrés Bazzalo se exhibe los domingos desde las 18 en la Sala Teatro Abierto del Teatro del Pueblo. En Los Sirvientes, la historia, por así llamarla Oficial, (aquella que justifica la existencia de manuales y enciclopedias) se resigna a una condición ancilar o subalterna, propicia al devenir de unos seres que, como fantasmas o suspiros, por la sola fatalidad de ocupar un lugar tan involuntario como riesgoso, se convierten en testigos-víctimas de una trama tenebrosa que los manuales y enciclopedias citados prefirieron soslayar, evitando acaso riesgosas consecuencias.

Análisis de estructura y trama

La historia, la que nos narran los personajes en su devenir, transcurre en la ante-cocina o sala de servidumbre de una residencia que, sin nombrarse directamente, remite unívocamente a la quinta de Olivos a mediados de los años 70, en el lapso de tiempo que media entre la muerte del entonces presidente Juan D. Perón (aquí llamado “El General”) y el derrocamiento de su entonces mujer y sucesora, Isabel Martínez (“La señora”). Numerosos resultan los méritos que convierten al espectáculo en un hecho teatral rico, sugestivo y potente. Intentaremos enunciarlos y describirlos desde una aproximación crítica.
Estructurada en escenas-segmentos (que la autora definió desde el texto como “momentos”) la pieza alterna instancias colectivas (discusiones, intrigas y enfrentamientos propios de la situación madre que nuclea a estos seres, es decir, la inminente muerte del General, y las consecuencias directas de esta muerte para ellos y para el país todo) con encuentros personales que refuerzan la matriz realista de la trama. Esta tendencia se confirma en el fuerte protagonismo de la extra-escena, a través de al menos tres personajes tácitos de fuerte peso dramático. Son ellos: El General, y tras su muerte, su viuda y el enigmático e inquietante Ministro de Bienestar Social, quienes nunca se harán presentes pero ejercen con sus dichos y mandatos una influencia determinante en las conductas individuales y colectivas del grupo de sirvientes.
Las dos situaciones núcleo que sirven de motor para la trama, inician la pieza: por un lado, la incorporación de Carmen al personal de servidumbre (originalmente como asistenta de cocina, situación que su ambición y oportunismo modificará drásticamente) e inmediatamente una secuencia coral donde se confirma la muerte del General, con su ola de angustiosa incertidumbre y malos augurios. Hemos elegido al personaje de Carmen como principal sujeto de acción, ya que a través de su transformación, crecimiento y crisis viviremos el acontecer extra escénico de la sala de servidumbre y metafóricamente, del inminente sino trágico que se avecina para el país todo.
Conviene apuntar que, como contrapartida de la matriz realista, y de la causalidad explícita en la que se sustenta, la trama se ve continuamente complejizada por situaciones de oscura tensión y amenaza que tardan y/o se niegan a resolverse en hechos concretos. A partir de esta ambigüedad, Tursi parece querer recordarnos que el miedo es motor de bajezas y miserias degradantes tanto para quien padece como para quien somete, y que, como gran conocedor de su fuerza y de las debilidades de su presa, ni siquiera se ve obligado a accionar para desplegar su objetivo siniestro: enfrentar al hombre con el hombre. Apenas si le basta con activar sutilmente flaquezas y mezquindades para que lo más abyecto del humano salga a relucir, paradojalmente, humanizándolo. Y posiblemente en esta singular paradoja radique el gran mérito poético y semántico del texto: en la mirada piadosa de Tursi por las traiciones y deslealtades que el ser humano se ve forzado a transitar para sobrevivir, a veces a costa de la propia integridad.
Tras la muerte del General, cambios vertiginosos se producen en la Residencia y en el país. Es Carmen quien rápidamente desplaza a Estela en el rol de asistenta, relegándola al puesto de auxiliar de cocina con que había ingresado originalmente, a pesar de haber accedido al trabajo gracias, precisamente, a Estela. Y es Carmen también la que, una vez muerto el General, consigue frecuentar la cama y los favores del sórdido Ministro, asistente de la Señora, ahora Presidenta. La extra-escena nos refiere que José, Jefe de Mayordomía y rival-obstáculo desde el primer día para las ambiciones de Carmen, en tanto encargado de recordar y hacer cumplir protocolos y reglamentos, consigue llegar a la Señora para pedirle interceda por un sobrino suyo en serio peligro de muerte. La violencia nacida del terrorismo de estado preanuncia (una vez más) fatal protagonismo en la historia del país. La Señora le ha pedido los datos del sobrino anotados en un papel y los ha guardado en un cajón. Pero poco podrá hacer ella, desde su creciente desconcierto y extravío. Mas bien por el contrario, sus actitudes comienzan a evidenciar reacciones tan arbitrarias como infructuosas: desprenderse de objetos suntuosos, como perfumes y prendas que acaso nunca llegó a usar, pasan a poder de Carmen, que también la espía y le roba información, siempre amparada y confiada en la protección del Ministro, que ejerce sobre ella un enfermizo influjo, pleno de fascinación y esoterismo. Los objetos icónicos, orgánica y acertadamente incluidos en la trama, comienzan a dimensionar el cariz trágico y por momentos absurdo que toman los acontecimientos, a través de una estrategia que Tursi maneja con maestría: lo pequeño como registro sinecdótico de la desmesura. Así, una lapicera con sello presidencial, que el Chofer Juan asegura haber recibido como regalo de La señora (pero que en verdad, le sustrajo), pasa a manos de la astuta Aurora, gourmet encargada del protocolo culinario, recelada por el Jefe de Mayordomos José y temerosa por lo tanto de su estabilidad laboral. Valiéndose de la misma lapicera, Aurora dictará el menú que considere conveniente a Antonia, una discapacitada mental huérfana que azarosamente asiste en la cocina de la Residencia desde que nació, y a la que intenta alfabetizar, pronto descubriremos que con fines mas especulativos que caritativos. Así, los protocolos culinarios de Aurora, a pesar de la letra casi ilegible en que están redactados, son legitimados al mismo tiempo por el sello presidencial de la misma lapicera que fuera sustraída de los objetos personales de la Señora, y cuyo destino final, como el destino de la nación toda, resulta cada vez más azaroso e impredecible. En otra situación icónica de singular dramatismo, Carmen roba del cajón de La Señora el sobre con los datos del sobrino de su rival José, malogrando el destino para el que fue redactado: probables gestiones en altas esferas para salvar la vida del muchacho. Este nuevo elemento icónico (el papel con los datos) también opera como símbolo de los tiempos que se avecinan: la suerte de ese ser acorralado será la de miles de Argentinos que por esos mismos días conocen y/o conocerán la tortura y la muerte, por la sola fatalidad de no convenir a los intereses que regirán en breve e impunemente los destinos del país. Estas operatorias, esta forma de colaborar con una causa de muerte por brutal ejercicio de la impunidad, propiciará en Carmen la continuidad de su infatigable marcha ascendente, desplazando o silenciando adversarios. No sería de extrañar que las quejas de la Señora por la cocina de Aurora se motiven en otra de sus operaciones. Carmen es en sí misma un modelo de intriga y confabulación que con el tiempo ha convertido a la política Argentina en escenario de luchas sin mas reglas que la victoria a cualquier precio. Así, entre nuevas intrigas y confabulaciones, nos acercamos a las instancias previas del desenlace por todos conocido: la trama no llega a reflejar el derrocamiento de la Señora, pero sí la partida del Ministro, a pesar de los esfuerzos de la propia Carmen por evitarlo. Pero las cartas ya están echadas, y este último golpe de dados depara un azar de muerte y tragedia que ya nada ni nadie pueden evitar. El mismo azar fríamente calculado que propicia la fuga del Ministro poco antes del derrumbe final. La última comunicación que Estela recibe de la propia Carmen, en vísperas del desenlace trágico de la historia, presumiblemente enviada desde el exterior del país en un sobre sin remitente, opera como cierre metafórico y paradojal de la historia. Convertida en amante y compañera del Ministro, Carmen promete volver algún día como una Gran Señora, acaso una suerte de re-encarnación de Eva Perón, tal como le confiara oportunamente a la desconcertada Estela. Resulta inevitable recordar a personajes que han hecho estragos en la historia argentina invocando el recuerdo y la mística de aquellos y aquellas que más genuina y entrañable huella dejaron en el corazón del pueblo. Las últimas dos líneas de diálogo que cierran la pieza, entre la Jefa de cocina Aurora y el chofer Juan preanuncian otro día de otoño frío e inestable. No lo saben aún, pero se trata de un día fatalmente crucial para el destino de sangre y muerte que se abatirá sobre la nación toda. Lo transcribimos:

Juan. Yo me voy a acostar. Mañana me pueden necesitar temprano, ¿no?
Aurora: Seguro. Lo van a necesitar porque va a estar frio. ¡Quién hubiese dicho que en el mes de Marzo, de pronto, nos iba a caer semejante invierno! 

Historia de una puesta

Para el montaje de la obra de Tursi, Bazzalo respetó la estructura segmentada planteada desde el texto, conformada por secuencias grupales, alternadas con encuentros personales, destinados a conformar y fortalecer la causalidad de la trama. Es precisamente en la creciente complejidad y oscuridad de estas relaciones donde el fuego propuesto por Tursi se vuelve llamarada, sabiamente avivado por el pulso y la mirada de Bazzalo, a través de una serie de intervenciones que, sin alterar sustancialmente la sintaxis del texto original, propician una orgánica e intensa transición al texto espectacular. Entre sus aciertos más valiosos, vale destacar la eliminación de toda alusión al momento concreto que sirvió a la autora como inspirador de la historia (por ejemplo, la reproducción de discursos presidenciales y/o noticias periodísticas de la época sugeridas desde el texto, que tal vez hubieran limitado las posibilidades diegéticas y metafóricas del material), resolviéndose las marcaciones cronológicas en una especie de tempo único donde los aconteceres que sirven de marco referencial son accionados directamente por los protagonistas. El resultado es, a nuestro criterio, favorable: a través de códigos eminentemente visual-escénicos, el director consigue unificar conceptualmente la necesidad referencial del texto, instalándola al mismo tiempo en una zona de indeterminación que potencia sus posibilidades poéticas y metafóricas.
Otro valioso hallazgo de la dirección se relaciona con el personaje de Antonia, sordomuda en el texto, que muta en discapacitada mental con escuetas pero muy acertadas intervenciones verbales, que funcionan a manera de contrapunto y/o refuerzo de los parlamentos de los sirvientes, despertando afecto y empatía en sus compañeros y en el público, mérito de la notable actuación de la actriz Laura Montes de Oca. De esta manera, una vez más, desde la puesta en escena se gesta un texto espectacular que funciona orgánicamente con el escrito.

Análisis actancial

Las actancias se pueden dividir en al menos dos categorías: por un lado, los deseos-necesidades de sobrevivir de estos personajes a los devenires y peripecias que enrarecen la situación a partir de la muerte del General, y por el otro, las ambiciones del sujeto de acción (Carmen), que de una inicial interacción con sus flamantes compañeros, deviene gradualmente en aprovechamiento de la fragilidad-inseguridad de los más débiles para establecer y afianzar su poderío y accionar en pos de sus objetivos, cada vez más temerarios.
También podemos trazar un mapa actancial tomando como punto de referencia las relaciones de poder que se operan desde la extra-escena. Es a través de este camino que se gestan y producen acontecimientos o discursos que regulan verticalmente las relaciones entre los sirvientes, condicionándolas por vía de la confabulación, la intriga y el recelo. Los elementos icónicos patentizan este aspecto de manera singular, trátese del frustrado intento de José por salvar a su sobrino, a través de un papel que jamás llega a destino, o de la lapicera sustraída a la señora que, según en qué manos cae, opera la jactancia involuntaria de Juan (accidentalmente Aurora la ha descubierto prendida a su corbata, viéndose obligado el chofer a inventar una mentira urgente para salvar la situación) o la picardía de la propia Aurora ante el inquisidor José, portavoz de las quejas de la señora por el menú, recurriendo al sello presidencial extraído de la lapicera, condición que invalida categóricamente el llamado de atención de José.
Hay, por lo tanto, un sujeto de acción (Carmen) que no llega a ejercer protagonismo excluyente, pero que desde su entrada en la historia y a través de su peripecia personal, referencia constantemente aspectos nucleares del relato, como el paso del tiempo, el cambio y deterioro de la situación de la señora y del Ministro, a la par que su propio ascenso y crisis.
La situación de los otros sirvientes puede condensarse en otra categoría actancial que mas o menos los asocia en objetivos puntuales: satisfacer las necesidades y demandas de sus superiores como forma de preservarse de la oscura amenaza que cobra forma tras la muerte del General. Operan por mandato de sus patrones, que son además destinatarios de su accionar, y no cuentan con otra ayuda que sus propias voluntades, por cuanto confiar en la voluntad ajena se puede convertir en una riesgosa imprudencia, pudiendo ocurrir que el ayudante de un sujeto sea al mismo tiempo su oponente por vía de la traición, como en el referido caso de Gloria, que roba la lapicera al cleptómano Juan tras asistirlo de su angustia por la muerte del General, o en el caso de Carmen que traiciona a Estela para ocupar su lugar de asistenta de la Señora, sin considerar que gracias a ella consiguió el trabajo. En la ya mencionada carta final, Carmen promete a Estela que, producido el hipotético e improbable regreso al país (país del que se han fugado como delincuentes)la tomará como personal a su servicio. La paradoja opera como exacta contracara de la situación inicial de la obra: Carmen, que comienza como sirviente gracias a la persona a quien traicionará sin escrúpulos, cierra la historia invitándola a ocupar ese mismo lugar subalterno, pero ahora bajo sus órdenes.

Elementos no verbales: proxemia, vestuario, caracterizaciones, ambientación sonora.

Según lo ya apuntado, Bazzalo propone desde su puesta un espacio-zona de tránsito, impersonal, funcional a la condición-servidumbre, resaltando las formas rectangulares del espacio del Teatro del Pueblo a través de entradas y salidas por los vértices, y circulación por foro, reservando el centro de la escena como zona encuentros y desencuentros personales y de anticipo de crisis, dando idea de una especie de caja o zona de pasaje, donde la comunicación puede ser interrumpida y abortada toda vez que el ejercicio del deber así lo imponga. El vestuario de Adriana Di Caprio se consustancia con la propuesta de la dirección: trajes y vestidos basados en colores sobrios y discretos, de una medida prolijidad y prudencial elegancia, que igualan funcionalmente a los sirvientes-objeto como a virtuales artefactos de servicio. Del mismo modo, la iluminación y la ambientación sonora realzan sin estridencias las transiciones rigurosas y casi maquinales. Los trabajos actorales cubren con solvencia la doble función coral e individual, destacándose, además de Soledad Rodríguez en el personaje de Carmen y Laura Montes de Oca como Antonia, sólidas y sugestivas composiciones de Luciana Bava en el papel de la ingenua Estela, Marcelo Bucossi como el perfeccionista jefe de Mayordomos José, bajo cuya máscara se esconde un hombre solo y desesperado, Elida Schinocca como una pícara y solemne Aurora, y Fito Yanelli como un entrañable y cleptómano Chofer Juan.

El texto, la autora

Reservamos para esta última instancia de trabajo el análisis del texto escrito, por considerar que la reflexión crítica que lo precede no hubiera sido posible sin una matriz tan potente y sugestiva como la trazada por la pluma de Adriana Tursi, que vuelve a transitar sobre temáticas que son ya marcas de estilo en su poética. Los seres acorralados, a merced de un entorno superior a sus fuerzas, y la mirada piadosa sobre dicha condición (sin estridencias ni golpes bajos) son temáticas y formas que Adriana, dueña de una producción prolífica y reiteradamente reconocida por la crítica y el público, transita con convicción y contundencia.
En el caso de Los Sirvientes, la temática de las mujeres de Perón en vida vuelve a aparecer en su producción (La propia Isabel Perón es protagonista del monólogo La que no se nombra, y Eva Perón es la referencia extra escénica del texto breve Las Costureritas de Eva) evidenciando una recurrencia que revela su preocupación e identificación con el tema. Preocupación que podemos hacer extensiva al tema de las mujeres en la historia, y que configuran, dentro de producción, una zona de micro poética que merece un estudio y análisis que excede el presente trabajo, pero del que oportunamente nos ocuparemos. En tal sentido, Los Sirvientes operaría como una suerte de inquietante y sugestiva profundización sobre estas temáticas, enriquecida por historias de falso amor, o de amor condicionado por intereses de poder que terminan por convertirlo en una variable de operación política, mas que en un sentimiento profundo y genuino entre dos almas. Ésa y no otra parecer ser el componente que une a Carmen con el prófugo ex ministro desde la clandestinidad.
En tal sentido el estilo del texto remite a una especie de realismo equívoco, por cuanto se vale de sus procedimientos pero no para enunciar ningún tipo de tesis ni procedimientos afines, sinó para instalarse sistemáticamente en zonas de ambigüedad y fatalidad que remiten inevitablemente al Discépolo de Babilonia, pero también a Kafka y sus criaturas culpables de un destino que no eligieron pero que aceptan con natural resignación. Y esta indefensión, esta fragilidad, germen de miserias entre seres capaces de traicionarse y cobijarse simultáneamente, parece ser la estrategia elegida por Tursi para dejar constancia de este mundo, pero también para involucrar al espectador, ya en la trama ficcional, ya en calidad de testigo a esta suerte de prólogo a la noche más oscura de nuestra historia. Porque seguramente Los Sirvientes es, además de un texto dramático de singular potencia poética, un riguroso ejercicio de memoria.





Luis Saez. Dramaturgo, discípulo de Mauricio Kartún, Roberto Cossa, Eduardo Rovner y Bernardo Carey. Ha conformado además talleres con pares y talleres de dramaturgia para la Dirección de Cultura de Morón. También durante 2000/ 2001 trabajó como asistente en la cátedra de Dramaturgia que Mauricio Kartún dicta en la Universidad de Madres de Plaza de Mayo y como dramaturgista en la Escuela de Teatro de Buenos Aires del maestro Raúl Serrano.
 
 

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