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Elenco León Cohen
. Marco Antonio de la Parra
Sala Carlos Somigliana

Premio Saulo Benavente, otorgado por el Centro Argentino del ITI (Instituto Internacional del Teatro), al mejor espectáculo extranjero presentado en Buenos Aires en 2004

Con la invitación al Festival Internacional de Teatro A Mil (Chile) en enero de 2004, el premiado dramaturgo y psiquiatra chileno Marco Antonio de la Parra y su colega y actor León Cohen iniciaron, como elenco original, las celebraciones de los veinte años del estreno de este clásico del teatro latinoamericano contemporáneo. En julio se presentaron en los Festivales de El Salvador y Panamá, en septiembre en el de Manizales, Colombia, en Escenario 2004, Festival Internacional de Teatro que se realiza en Ecuador, y en noviembre, en la sala del CELCIT en Buenos Aires, Argentina. Como resultado de esa temporada, se hicieron merecedores del Premio Saulo Benavente, otorgado por el Centro Argentino del ITI (Instituto Internacional del Teatro), como mejor espectáculo extranjero presentado en Buenos Aires en la temporada 2004. Estrenada a principios de 1984 en Chile, tuvo un éxito de crítica especializada y de público desde el comienzo hasta ahora. La obra, además, comenzó a ser montada en diversos países latinoamericanos, luego en USA y posteriormente en Europa (España, Francia, Alemania) y últimamente en Turquía e incluso en la India, todo por elencos regionales y en los idiomas nativos. Según organismos teatrales internacionales “La secreta obscenidad de cada día” es la obra teatral latinoamericana más montada en los últimos veinte años en todo este continente.

 

Sobre una secreta obsenidad de cada dia

A propósito de los veinte años del estreno de la obra del dramaturgo chileno Marco Antonio De la Parra. Un hombre vestido sin pantalones y con un raído impermeable se acerca con cautela a un banco de plaza situado frente a un colegio de niñas de un barrio acomodado y se encuentra con otro hombre, también sin pantalones y cubierto por un impermeable más cuidado. El absurdo es inmediato. Ambos se exponen en una evidente transgresión en un lugar público y donde, por lo demás está ocurriendo una ceremonia oficial. Pero ese absurdo, ese quiebre lógico solo parece tener sentido entre ellos generándoles sorpresa y desconfianza del uno por el otro. A su alrededor una caja negra se superpone a los jardines, a los árboles, a la calle y al colegio. Por ello el foco de atención se centra en sus palabras, en esa textualidad paranoide que impregna sus primeros diálogos. Pero esto no sería nada de extraño y sobretodo en un país en el cual el encuentro con un desconocido llena de ansiedad y tensión como si se tratara siempre de una invasión al espacio privado.
En efecto el ciudadano que estaba sentado con anterioridad reclama por el derecho a la propiedad privada aunque lo propio esté compuesto por un vicio arrogante y se sostenga en el privilegio de la historia. Y he aquí que resalta lo sorprendente, es decir, de que debajo de esa imagen patética se oculta la omnipotencia que transforma la realidad en omnisciencia, en lugar grandioso y punto de devoción. El secreto de este funcionario privado reside en el sentimiento de superioridad a través del cual logra convertir, en su racionalidad, el mal en bien. Entre tanto el recién llegado aparece como el mellizo ordinario y brutal que persigue y que se burla de los recursos del otro. El vértigo de las palabras parece ir progresivamente rodeando la identidad del mellizo patético, carcomiendo su posición individualista, denunciado su estupidez y su incapacidad para poder sacarse de encima la gruesa materia del intruso.
Es la fugaz presencia de la realidad externa y su amenaza lo que logra, por primera vez ponerlos en contacto en una misma coincidencia, y, sorprendentemente, despejar el patetismo del mellizo y transformarlo en brutal e inquisidor. Al interior de una repulsiva misión compartirán una intimidad obscena, en la oscuridad, a un costado de las calles por donde circula todo el mundo. En esa intimidad descubrirán lo que son y lo que quisieron ser y lo que fueron, hablarán de aquellos sueños y proyectos frustrados y descompuestos desde el nacimiento, de los múltiples disfraces para transmitir una denuncia degradada y estéril. Ambos mellizos confesarán sus identidades resquebrajadas y rotas en miles de pedazos, confesarán hasta el final de que no saben quienes son y su escepticismo respecto al valor de llegar a saberlo en tiempos en que solo valdría hacer lo que se ha venido a hacer. Mientras tanto cada rol, cada conato de ser se desplomará como caricatura apenas cualquiera trate de tomarlo en serio. En efecto, en cada dilema, en cada enfrentamiento en que esos roles se disputen la verdad, se dejará caer el enorme cansancio que derrumbará a estos seres solitarios, dejándolos, una y otra vez, arrojados a una intimidad desesperada y suicida. Esta complicidad se hará creciente y conmovedora hasta el final, unidos en la misma tarea, en la misma ambivalencia, en los mismos vicios, hasta el último momento.
Ciertamente que cuando esta obra se estrenó, en mayo de 1984, en la sala Camilo Henríquez, en pleno centro cívico de la ciudad de Santiago de Chile, significaba una ingeniosa y astuta metáfora dramática de la situación que se vivía en esos momentos y que se organizaba al lado de una plaza, unas cuantas cuadras más allá del escenario en la que se representaba. Sin embargo el hecho de que esta dramaturgia se haya estado montando en los últimos veinte años no sólo en Latinoamérica y Centroamérica, sino que también en Norteamérica, Europa y Asia muestra que la contingencia histórica chilena no fué un referente ni único ni exclusivo. La convivencia entre el afán político y la obsesión perversa no es un tema extraño. Menos aún la irrupción de la obscenidad en el calmado paisaje de la cotidianeidad burguesa. Los complejos y variados estratos en que se desenvuelve simultáneamente la mente humana es un

 

hecho para la investigación psicoanalítica del último siglo y una estética para el arte desde hace milenios. Las incertidumbres frente a la identidad del individuo humano siempre se han dejado ver, fruto de los sometimientos a la cultura y al poder social, por un lado, y por otro, producto de los mecanismos que la mente usa para defenderse de las ansiedades y dolores que la atormentan y la amenazan en su integridad. En este plano la complicidad que entrega la miseria y la marginación y en la que se encuentran los más variados vicios y transgresiones, es constituyente de uno de los modos de sobrevivencia dentro de la sociedad humana. Desde esta perspectiva no sería insólito que muchos de los contenidos de esta obra cobren sentido tanto en Santiago de Chile, como en Nueva York, en Alemania o en India.
Aún hoy, a más de una década del término del gobierno militar en Chile, continúa presente la pregunta acerca del destino de los protagonistas y de los personajes secundarios de esa época. Muchos de ellos aún viven en una sorda y sibilina “secreta obscenidad” gracias al clásico ejercicio de la racionalidad ideológica de justificar lo inhumano y de torcer la realidad. En esto no hay diferencias políticas. La vigencia de las secretas obscenidades sobre los escenarios es anticipada por su actualidad en los Parlamentos y en las oficinas públicas, además de su clásica representación en los espacios privados de nuestra sociedad. Respecto a las plazas seguiremos siendo espectadores allí del casual encuentro de aquellos seres que a través de pequeñas y patéticas perversiones dejan ver la nostalgia por sus grandes utopías.
León Cohen



Saliendo de la penumbras

Venía saliendo de las penumbras, como un convalesciente, cuando me empezó a fustigar mi amigo, futuro compadre y compañero de equipo de fútbol León Cohen (no saben qué arquero perdió la valla chilena con su dedicación a la medicina) con la idea de que hiciéramos una obrita para un festival que organizaba, ese fin de año del 83, el Colegio Médico. Me llenaba de angustias sólo imaginar la página en blanco. No había escrito casi nada, pero esa vez me sonó distinto. Se me hizo cómoda la tentación de encaramarnos de nuevo al escenario, como en los tiempos de la Escuela de Medicina Norte de la Chile, en el J.J. Aguirre, en el Casino de la Laurita, y de hacer lo que se me diera la gana, sin responsabilidad alguna por ningún tipo de trayectoria. Lo entretenido del proyecto puso en marcha las ruedas recién aceitadas por el psicoanálisis del cual yo era objeto en esos días.
Cuando escribí el primer borrador de “La secreta obscenidad de cada día” me pareció divertido y simpático. Un sabor a algo importante se me venía por encima de la lengua. Me maravillaba esa sensación que persigo siempre al escribir, el hechizo que quiero padecer para que me transporte como el cuento relatado a un niño. Algo inusitado e inimaginable, algo que me abra el mundo y lo desdoble, que me rompa los esquemas. Tres semanas después ya ensayabamos la versión que mostraríamos. Había escogido, premeditadamente, la mayor sencillez en todo: el escenario, las luces, la ropa utilizada. La producción era menos que mínima, pobrísima. Nos juramentamos con León, el cual ya había hecho una buena trayectoria de actor desde hacía años en el Goethe Institut y luego en el Teatro de la Universidad Católica, de asumir este desafío con plena seriedad. Finalmente la obra ganó el festival y el auspicio para ser montada en el teatro de Gustavo Meza, afamado director teatral y amigo, que había asistido a la función final. Luego del estreno en el el Teatro Camilo Henríquez y de una critica delirante en el Mercurio las funciones se llenaron, en un comienzo de profesionales e intelectuales, pero luego, de un público mucho menos elitarios sobre todo cuando surgieron las presentaciones en el Parque Forestal, junto al Museo de Bellas Artes o en el Parque Bustamante y después en varias regiones. Esto culminaría con la gloriosa invitación a la muestra artística en Madrid, el Chile Vive, punto de partida de un agitado año de creación, amistades y proyectos. "La secreta..." fue aplaudida en Madrid y mi destape fue absoluto. No tuve más que aceptar la fuerza del viento. Nunca volvería a ser el mismo.
Marco Antonio De La Parra

 
 
 
 

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