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Crítica y contracrítica
Por Osvaldo Quiroga y Roberto Cossa
 
El 11 de junio, en el diario LA NACION, se publicó una crítica de teatro sobre "El sur y después", la última obra de Roberto Cossa. El dramaturgo respondió a los conceptos del crítico en la edición del 16 de junio de PAGINA 12. A partir de este número, ESPACIO inaugura la sección "Crítica y Contracrítica" con la publicación de ambas notas.


Crítica
"El sur y después", de Roberto Cossa. Dirección general: José Bove. Escenografía , vestuario y luces: Guillermo de la Torre. Banda sonora y música original: Eduardo Segal. Asesor coreográfico: Carlos Veiga. Asistente de direccion: Norma Miranda. Director auxiliar: Andrés Bazzalo. Intérpretes: Ana M. Riotorto, Yolanda M.González, Fabiana Maneiro, Eduardo Pavelich, Elina Trentuno, Andrés Finochietto, Marcela Fernández, Edith Salomón, Carlos Paso, Juliana Orihuela y Susana Reif. En el Teatro de la Campana, Diagonal Norte 943. Tel.: 35-3606

Sin la imaginación y la hondura de El viejo criado, sin la poesía de Ya nadie recuerda a Frederic Chopin, sin los rasgos costumbristas de No hay que llorar, la última obra de Roberto Cossa -El sur y después- es un texto endeble.
La historia se desarrolla en una estación de trenes donde las parejas que quieren viajar en camarotes privados deben presentar libreta de casamiento. El jefe del lugar es una persona autoritaria que no vacila en maltratar a sus empleados.
La estación es un símbolo del país y los que viajan al norte parecen más beneficiados que los que van al sur. El sur, como en el tango, es la inundación, el futuro incierto, el lugar donde murieron los indios, el desierto.

Teatro histórico
Como Ricardo monti en Historia tendenciosa de la clase media argentina -o en Marathón-, Roberto Cossa habla de la historia del país. Y lo hace a través de un criterio maniqueo.
Cuando se refiere a la campaña de Roca sostiene que "Los de pelo largo fueron exterminados" y al abordar la guerra de las Malvinas cae en simplificaciones similares.
En El sur y después Roberto Cossa postula que nada cambió en la Argentina con la llegada de la democracia. esto se advierte cuando el político -ridiculizado con el fin de desprestigiar al personaje- nombra jefe de la estación al mismo que antes se manejaba con inequívoco autoritarismo.
El mismo criterio aparece reflejado en las escenas donde el político toma decisiones bajo la mirada celosa del militar; o cuando un cartel con la leyenda "olvidemos el pasado" aparece como una innecesaria burla a cualquier intento de conciliación entre los argentinos.

La desconfianza
De El sur y después se desprende la desconfianza del autor por el sistema republicano. Y también la poca fe en el voto popular y en las decisiones del pueblo.
Conviene aclarar que estas ideas surgen exclusivamente del análisis del espectáculo, dirigido con verdadera poesía por José Bove. Porque aún cuando el texto no sea más que un tropiezo en la carrera de uno de los dramaturgos más brillantes con que cuenta la escena nacional, dificil es sustraerse al encanto que supo imprimir el director a su puesta en escena.
El clima cautivante se impone desde el primer momento. El espacio del Teatro de la Campana es un gran salón delimitado por grupos de butacas alrededor de un semicírculo. Allí José Bove y un equipo de excelentes actores dan prioridad al canto y a una forma de actuación que combina el grotesco con un deliberado y eficaz antinaturalismo.
Es una lástima que un despliegue de talento semejante esté al servicio de una obra tan esuqemática. Porque la escenografía, el vestuario y la iluminación de Guillermo de la Torre resultan, como la música de Eduardo Segal, sólidos aportes a la puesta en escena.

La canción del soldado
El mejor momento de El sur y después es el que tiene como protagonista al soldado muerto. Esa secuencia reúne a dos mujeres cantando una canción conmovedora. Una canción que reboza ternura y carece del tono panfletario del resto del espectáculo.
Es que cuando Cossa abandona las simplificaciones políticas y habla del dolor de una madre que en vano espera el regreso de su hijo, en ese momento vuelve a ser el maestro de toda una generación de autores.
Maestro que hoy, parece enredado en contar una historia falaz donde las heridas se ahondan innecesariamente y donde la reconciliación es sinónimo de imposible.


Osvaldo Quiroga




Contracrítica
En el comentario sobre mi última obra, El sur y después, publicado en el matutino LA NACION del jueves 11, el crítico Osvaldo Quiroga afirma que del texto "se desprende la desconfianza del autor en el sistema republicano". Me acusa de "provocar" una innecesaria burla a cualquier intento de conciliación de los argentinos, así como de demostrar "poca fe en el voto popular y en las decisiones del pueblo".
La opinión de Quiroga se inserta en un discurso bastante difundido en la sociedad argentina actual. Un mensaje que privilegia, por encima de cualquier contingencia y al costo que sea, la preservación del actual sistema político. Una postura que se origina en el miedo al retorno del fascismo y que adjudica a toda crítica una dosis de irresponsabilidad social.
Esta forma de reaccionar contiene una cuota de peligrosa intolerancia. Es incapaz de aceptar forma alguna de cuestionamiento y cae en la confusión de mimetizar a esta democracia con la democracia real. Porque El sur y después no ataca al sistema republicano. Critica al sistema capitalista.
Y es por esto que tampoco en esta democracia, los izquierdistas tenemos lugar. Ni siquiera el derecho de expresar nuestros sueños de una sociedad más justa, igualitaria, fraternal. No es oportuno que expresemos nuestro descontento. No nos asiste el derecho de cantarle a nuestras utopías. Este es el momento de la sensatez de los moderados. La sociedad argentina quiere pactar al precio que sea y quienes no aceptan ese pacto son peligrosos. Como dice el crítico, no tienen fe en el voto popular, como si el voto popular fuera respetado en nuestras tierras. El voto popular es aceptado en la medida que el sistema no esté en peligro. Los chilenos saben algo de esto. Los argentinos pueden recordar qué pasó con el peronismo cuando era una fuerza que podía provocar un cambio. Y me gustaría ver qué "fe" profesarían nuestros demócratas si el voto popular se inclinara, mayoritariamente, hacia los partidos de izquierda.
En definitiva, lo que esta democracia no admite es que se discuta la preservación o el cambio de sistema. Por eso Quiroga sintió que "El sur y después se "burla de cualquier intento de reconciliación de los argentinos". No advirtió que la ironía se justifica porque es "cualquier intento". Si fuera el intento "verdadero" nonos permitiríamos la sorna. Como tampoco es cierta nuestra "desconfianza" en el sistema republicano. Más bien, es todo lo contrario. El estreno de esta obra y el proyecto del Teatro de la Campana son síntomas de que apostamos a la perduración de esta endeble libertad. Porque la experiencia nos indica que, cada vez que el monstruo aparece, demuestra una gran preferencia por la carne roja. Típico de la dieta argentina. No hay Dios que lo haga comer pescado.


Roberto Cossa


Buenos Aires, diciembre 1987
 
 
 

Av Roque Sáenz Peña 943
C1035AAE Buenos Aires, Argentina
E-mail info@teatrodelpueblo.org.ar
Esta sala cuenta con el apoyo del
Instituto Nacional del Teatro
y de Proteatro