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Reflexiones acerca de la crítica periodística en la Argentina y en Latinoamérica
Por Eduardo Rovner
 

José Monleón, en la entrevista que le hizo Osvaldo Pellettieri, para ESPACIO 6-7, dice:
“Creo que el crítico es casi un creador en muchos aspectos, porque cuando va a ver una obra tiene que construir su propio espectáculo. Con la particularidad de que, así como el espectador cotidiano completa el espectáculo y no dice cómo, porque se va a casa llorando o contento y sanseacabó, el crítico sería el espectador que está obligado a escribir el último tramo de la obra, puesto que es el espectador que tiene conciencia para explicar cómo se completa esa obra”.

Aún creyendo que la obra de arte tiene un margen de ambigüedad, de indeterminación al que nos podemos acercar, pero nunca completar, hay un par de preguntas que surgen a partir de estas enriquecedoras palabras de Monleón: ¿Qué parte del espectáculo completaría el crítico? ¿Aquella en que la obra es testimonio del mundo en su tiempo y espacio? ¿O la de ser una propuesta estética?
Creo que estos fines, indican, por lo menos, dos caminos necesarios, por un lado, tener un marco teórico, una concepción estética que le de cierta coherencia, unidad a su trabajo y por otro, la inclusión explicitada de lo subjetivo, frente a una experiencia como la estética que parte del sentimiento del hombre frente a la obra de arte.
En relación a la necesidad de una concepción estética, está culturalmente aceptado que una de las funciones principales de la Crítica, además de dejar testimonio del mundo en cada tiempo y lugar, es la de mejorar y ampliar la apreciación estética. Nuevamente surge una pregunta cuya respuesta es la que diferencia distintas teorías: ¿Qué es lo que amplía la apreciación estética?
La valoración de la belleza no es la misma en Platón, para quien lo Bello es una manifestación del Bien, para quien, portavoz del Romanticismo, lo Bello se define como la aparición sensible de la idea, siendo la verdad la manifestación objetiva y universal de la idea en tanto que lo Bello es su manifestación sensible.
Para Aristóteles, lo Bello se halla constituido por el orden, por una simetría y una grandeza que es posible abarcar en su conjunto de un solo vistazo.
La doctrina de lo Bello como perfección sensible es la que da nacimiento y afirma la Estética. Perfección sensible significa, por un lado representación sensible perfecta y por el otro, placer que acompaña a la actividad sensible.
Kant define la belleza como un juego libre entre la imaginación y el entendimiento e insistió sobre lo que aún hoy parece ser uno de sus caracteres fundamentales el desinterés.
Y más cerca, Croce define la belleza como expresión lograda.
Es así como llegamos hasta nuestros días con diferentes concepciones que depositan el valor estético ya sea en los contenidos de la obra –religiosos, mitológicos, políticos, morales, de imitación de la realidad, etc.- o en las formas expresivas.
Creo, por lo tanto, que para hablar del rol de la crítica es necesario que el planteo sea hecho desde una posición ideológico-estética que le de sentido. Es imposible pretender, que un enfoque de la función crítica en el teatro sea, para alguien que considere el arte como conocimiento y fundamentalice los contenidos y el mensaje, coincidente con otro que valorice, esencialmente, las formas, el artefacto.
Para los primeros, hablar de significante, como dice Fernando de Toro en Hacia un nuevo paradigma teórico estético en el teatro latinoamericano actual, es sinónimo de formalismo, idealismo y, por poco, insensibilidad social y reacción. Y para los segundos, aparece, también a veces, cierta desconsideración de nuestro contexto, donde las crisis e injusticias políticas, económicas y sociales son el fermento cotidiano de la creación artística y, por lo tanto, hacen comprensible esa tendencia a enfocar buena parte del esfuerzo artístico hacia un mensaje contestatario.
En Buenos Aires, esta confrontación tiene historia, como el conflicto creado dentro de la revista Teatro XX entre las dos tendencias, al otorgársele el Premio a la Mejor Obra, en el año 1965, a Griselda Gambaro por El Desatino. Votaron a favor: Kive Staiff (director de la revista) y Ernesto Schóo. Pedro Espinoza y Edmundo Eichelbaum renunciaron en contra de la elección, diciendo que la obra pertenecía a un teatro formalista que no hablaba de la realidad nacional.
Para intentar superar este dilema, creo que es necesario preguntarnos, una vez más, el sentido de la creación artística. Considero como gérmenes de la creación artística, tanto a la necesidad, la vocación del hombre de crear belleza en libertad, en un confluir del homo ludens con el homo faber, como a su necesidad de expresar sus pasiones, obsesiones, alegrías, en general, sus emociones y pensamientos con el fin de compartirlos y de encontrarse con el mundo, a través de la expresión concreta de esa vocación: la obra de arte.
Una obra de teatro es, entonces, no sólo una expresión de las pasiones humanas en determinado contexto, sino también una propuesta poética dirigida a jugar y compartir imaginativamente la belleza y la libertad creativa.
Este encuentro, a doble vía, entre el artista y el mundo, a través de la obra de arte, es el que desarrolla la sensibilidad, la imaginación y amplia la apreciación estética, tanto del contemplador-espectador como del artista sensible a las respuestas del medio en que acciona.
Y es, por lo tanto, este encuentro el que debe facilitar el crítico, como mediador. Facilitar la experiencia estética, entonces, no sólo interpretando los sentidos de la obra, sino también, ayudando a percibir la belleza, que es, en última instancia la que hará que esos contenidos sean sensiblemente recibidos. Porque la belleza tiene que ver, no sólo con lo que expresa la obra, sino también con su potencia imaginante, es decir, su capacidad de despertar y desarrollar la imaginación del espectador, más allá de su entendimiento.
Con relación a este aspecto, el creativo, creo que una observación injusta escuchada con frecuencia sobre la actitud del crítico, en el sentido de que muchas veces critica pensando cómo haría él la obra, tiene dos respuestas: una, lo hace porque no creo que haya otra posibilidad; no se me ocurre de qué manera se puede hacer una crítica sino es a partir de gustos y modelos que, aunque aprendidos familiar, cultural y académicamente, ya forman parte de uno mismo; y otra, que si el crítico no pudiese criticar una obra de arte teniendo en cuenta su propia creatividad, se hubiese dedicado a otra cosa. En el encuentro artista -mundo que implica una obra de arte, el crítico busca acercarse a uno y otro, al artista y al mundo, como mediador y participante de todo el fenómeno estético.
La creación artística es, también, un intento por comprender la pasión, el caos, el misterio, adentrándose en ellos. En otra instancia es significante de algo, pero en primera instancia, no es signo de otra cosa1, es un proponer al otro, al espectador, al entrar, con la imaginación y los sentidos, en la posibilidad de un mundo diferente al cotidiano donde las pasiones son profundizadas por su exacerbación.
Esto es, la liberación, la expresión de las pasiones exacerbadas con el último e improbable intento esperanzado de entenderlas, entender el caos y el misterio y dominarlas. Entender y dominar el misterio de la creación, de la vida, la muerte, el deseo y las pasiones. En fin, es un intento de entender lo inentendible y de dominar lo indominable.
Y es en este querer dominar lo indominable donde aparece la ideología, en la manera en que el artista trata de resolver esas pasiones desenfrenadas.
La ideología, en él, aparece como respuesta a la angustia generada por la aparición de imágenes caóticas, exacerbadas e irracionales que necesita controlar y dominar. Y este ordenamiento ideológico de las imágenes, sí es histórico, depende del contexto y es signo de otra cosa: del mundo en que vive, del momento y de su manera singular de vivir ese momento y ese mundo.
Tomemos como ejemplo a “Una pasión sudamericana”, de Ricardo Monti. En esta obra vemos a un Brigadier que decide el fusilamiento de Camila y el Cura, dos jóvenes enamorados que provocaron un escándalo en la Sociedad que tenía como uno de sus dirigentes principales al Brigadier.
La obra es el fluir del pensamiento y de las emociones de éste, desde que se entera que son sus prisioneros hasta la decisión del fusilamiento de ellos. ¿De qué es signo esta historia? De la lucha entre la pasión y los valores instituidos, de una sociedad temerosa del rompimiento de sus valores y la violencia con que los defiende, de la imposibilidad (social) de la pasión desenfrenada y de todas las interpretaciones que todas las épocas y lugares donde se represente la obra quieran entender.
Pero, además de todo eso, está la profunda curiosidad del autor-artista, la necesidad de hurgar, poéticamente, en el misterio sorprendente de las pasiones humanas y de trascender la cotidianeidad, más allá del significado contextual que tengan sus imágenes. Estas son necesidades del hombre que el artista asume con mayor sensibilidad que otros, pero que el espectador también busca en la experiencia estética: además de la belleza, lo apolíneo, el reencuentro con lo dionisiaco, lo pasional, lo imaginario, lo lúdico, que le produce un reencuentro con su propia sensibilidad, emociones, y en general, una intensificación de la vida inhibida por la cotidianeidad.
Y es el crítico, espectador calificado por su sensibilidad estética, sus conocimientos y su experiencia quien debería facilitar este encuentro, ayudando percibir la belleza que aparece en la obra de arte. Es quien puede mostrar donde están los momentos, los rasgos de la obra y las relaciones que permiten percibir la belleza.
Vladimir Nabokov, en Lecciones de Literatura, dice: “Nada más molesto e injusto para con el autor que empezar a leer, supongamos, Madame Bovary, con la idea preconcebida de que es una denuncia de la burguesía. Debemos tener siempre presente que la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo...” Mas adelante, agrega: “Puede que la materia de este mundo sea bastante real (dentro de las limitaciones de la realidad), pero no existe en absoluto como un todo fijo y aceptado: es el caos; y a este caos le dice el autor: ¡Anda!”
Jorge Luis Borges, en la presentación del Cantar de los Cantares, de Fray Luis de León, dice: “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos.
Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica”... Y más adelante, cita una frase de Ángelus Silesius: “La rosa es sin por qué”.
Eric Bentley en La vida del drama, dice: “El arte, a modo de salvavidas, sirve para que seamos rescatados del océanos de lo insignificante, de lo carente de sentido...”
Me permito una reflexión, un poco escéptica: ¿No será esta búsqueda insistente de sentido una inútil exigencia al artista de que él le encuentre sentido a una existencia que la más de las veces, tampoco él, pobre, tiene la menor idea de cuál es?
Con respecto a la inclusión explicitada de lo subjetivo. Si la belleza es un sentimiento frente a una imagen-forma estética que contiene, en sí misma, a la expresión ¿Qué es lo que podría decir un crítico? Por ejemplo, llevándolo al extremo: -En tal parte de la obra me conmoví... y creo que fue por esto, esto y esto. Por favor, si pueden, vayan a verla y presten atención a esa parte. La pueden pasar muy bien.
Es que el crítico, víctima y victimario de una sociedad racionalista, individualista y competitiva, tiene su poder asentado en la razón, en el juicio, los que cree que pueden objetivar su opinión, siendo que, realmente, lo único de lo que puede estar totalmente convencido es de su sentimiento y a partir de él, pensar por qué sintió lo que sintió.
Esto, lejos de desvalorizar su función, lo acercaría a la experiencia artística y a la estética y haría más creativo su rol. En el encuentro artista-mundo que implica una obra de arte, el crítico es mediador y participante de todo el fenómeno estético.
Con relación a este aspecto, el recreativo, creo que una observación injusta escuchada con frecuencia sobre la actitud del crítico, en el sentido de que muchas veces critica pensando cómo haría él la obra, tiene dos respuestas: una, lo hace porque no creo que haya otra posibilidad, no se me ocurre de qué manera se puede hacer una crítica sino es a partir de gustos y forman parte de uno mismo; y otra, que si el crítico no pudiese criticar una obra de arte teniendo en cuenta su propia creatividad, se hubiese dedicado a otra cosa.


1 Roland Barthes, en S/Z, Pág. 26, dice: “La belleza no puede explicarse realmente; se dice, se afirma, se repite en cada parte del cuerpo, pero no se describe. Como un Dios (tan vacío como él) sólo puede decir soy lo que soy. Al discurso no le queda más remedio, entonces, que afirmar la perfección de cada detalle y remitir el resto al código que funda toda belleza: el Arte”.
 
 
 

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