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A propósito de la primer “bisagra” del teatro argentino:
“Autores de dramas gauchescos, sainetes y revistas – Siglo XIX”

por Bernardo Carey, SOMI.
 

El primer teatro que tuvo Buenos Aires fue construido en 1757 por un músico italiano,  el flautista Domingo Saccomano, en  sociedad con un zapatero de alta costura, el español Pedro Aguiar. Se llamó “Teatro de óperas y comedias” dedicándose especialmente a ese repertorio en el que brillan las óperas del maestro italiano residente don Bartolomé Massa  que estrena  también en Chile y en Perú. Este teatro se cierra en 1759 cuando  Massa y Saccomano se instalan en Lima.

Durante más de veinte años no hubo teatro en la aldea hasta que  en 1783 a una cuadra de distancia del anterior se funda el  famoso “Teatro de la Ranchería” creado por disposición del Virrey Vértiz  quien le otorga la concesión al empresario y actor español Francisco Velarde. Al frente de la orquesta se contrató al maestro español Antonio Aranaz. El 15 de agosto de 1792 un cohete volador disparado desde la iglesia de San Juan Bautista, a dos cuadras del teatro, cae sobre el techo que era de paja, causando la destrucción total del edificio.

El cafetero Ramón Aignase y el cómico José Speciali, obtuvieron  permiso para construir el “Coliseo provisional de Buenos Aires” frente a la Iglesia de la Merced inaugurándose en 1804. El director de la orquesta era el maestro español Blas Parera. Lo inaugura la Compañía Cómica de   Luis Ambrosio Morante. Triunfa la revolución de Mayo  Es la época la Sociedad del Buen Gusto del Teatro.  Morante estrena “El 25 de mayo o el Himno de la Libertad”. ¿Es una obra propia? ¿Es una adaptación de  “La Marsellesa o El Canto de la Libertad” estrenada en el París revolucionario de 1792?  Tampoco los investigadores  se han puesto de acuerdo realmente si Morante es el autor de la famosa “Siripo” atribuida también a Manuel de Labarden. La misma discusión existió alrededor de su “Tupac Amaru”. Es que Morante era autor, cantor,  intérprete y director escénico y eran tiempos  de anarquía. Para contribuir a la confusión general, aparece por primera vez en el río de la Plata la crítica teatral en el periódico “Argos”. Se trata de una columna permanente que lleva el nombre de Coliseo cuya defensa del gusto propio de la ciudad llega hasta proponer que debe reducirse a dos actos cortos “El criado de dos amos”,  que no era otra que “Las trapacerías de Scapin” de Moliere,  pues, decían, que era  más un sainete que una comedia.

Corren los años 30 y ya está en su etapa final la boga de las obras patrióticas, loas, odas y canciones en honor a mayo y a sus héroes. Entre ellas se destaca la anónima “Las bodas de Chivico y Pancha” y la hermosa estudiantina “A río revuelto ganancia de pescadores” del poeta Juan Cruz Varela  ocupado, luego, desgraciadamente,  en la escritura  de mamotretos a la moda neoclasicista.  Morante fallece en 1837. Dos años después Juan Cruz Varela. En 1838 el Coliseo pasa a llamarse Teatro Argentino y en el 39 Alberdi en Montevideo escribe su obra “La revolución de mayo” que pese a su carácter patriótico, no es estrenada. El caballito de batalla del repertorio burgués era “El barbero de Sevilla” de Gioacchino Rossini. Triunfa la ópera pese a Trinidad Guevara y su cooperativa llamada Sociedad Dramática  que funciona en el nuevo teatro de moda, el Teatro de la Victoria,  inaugurado en 1838  por Manuelita Rosas y pintado de rojo. En la misma línea se inauguran los teatros “del Buen Orden” (1844), el Antiguo Teatro Colón” (1857), el “Teatro de la Ópera” (1872) , el  “Teatro Politeama” (1879).  Trinidad Guevara y Casacuberta integraban los elencos pero,  Rossini con “Semiramis” o con  “Guillermo Tell”  o Verdi con “Il Trovatore” seguían siendo los ”hit” de la ahora Gran Aldea.

Estos teatros tuvieron temporadas líricas de excepción en una época en que hombres como Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Alberto Navarro Viola, Miguel Cané y Manuel Láinez o el primer dandy porteño Daniel García Mansilla, sobrino de Lucio V.,  daban brillo a los palcos, al “foyer”,   lugares de citas y encuentros de  los hijos de los ya lejanos Fundadores de Mayo.

Entre este joven patriciado habían aparecido, en el correr del siglo, autores de escritorio que cuando tenían suerte y producción, alternaban esporádicamente con las óperas italianas y francesas.   Juan Cruz Varela, apenas pudo estrenar en su momento la tragedia “Dido”. Una  obra interesante como  “Don Tadeo” de Claudio Cuenca se estrena aparentemente después de su muerte y “El Poeta”, drama en cinco actos y en verso de José Mármol es posible que se haya estrenado en Montevideo.    “El gigante Amapolas”, peti-pieza cómica, en un acto, de Juan Bautista Alberdi, que bajo el nombre de Figarillo dirigía el periódico “La moda” y se teñía el pelo de verde, quizás en Valparaíso.

El hombre de pueblo era  mas bien  un patán inocente sorprendido ante la magnificencia operística. Así lo retrató Estanislao del Campo, hijo de un coronel de la patria, con, primero,  la Carta de Anastasio el Pollo sobre la ópera “Saffo” de Giovanni Pacini  y luego  con el poema sobre las impresiones  del mismo personaje durante la representación del “Fausto” de Gounod.

El arquetipo   de estos intelectuales del criollismo nuevo, es el General Lucio V.Mansilla, nacido en 1831, hijo del General homónimo y sobrino de Juan Manuel de Rosas. Viajero por los mares del mundo, guerrero de guerras internas, líder de la campaña del desierto, escritor en sus ratos libres, publica “Una excursión a los indios ranqueles” y “Entre nos” (sic) donde inmortaliza las reuniones de literatos y señoritos de la “crem de la crem”, los días jueves en su casa. Escribe varias obras teatrales. Una en colaboración con Nicolás Granada. La escritura está en manos de estos niños bien, los entre nos.

Pero en forma paralela a los teatros de ópera citados,  ya aparecía en la plaza de la ciudad, en 1757, un volatinero, un tal Arganda, en 1758 viene de Santa Fe el volatín Antonio Verdún acompañado de tres indios músicos,   en 1776 aparece  un saltimbanqui Joaquín Duarte y se sabe que en 1785 trabaja en la aldea de Buenos Aires la troupe de Joaquín Oláez y Gacitúa, volatinero, juglar, saltimbanqui y prestimano quien le hacía ruinosa competencia a las tardes líricas de la Ranchería.  Entre la quema de la Ranchería y la creación del Coliseo Provisional en 1804 los volatineros son el único espectáculo  con que cuenta la aldea.  Desde 1810 los cirqueros concurren a todas las fiestas patrióticas con sus malabaristas y payadores. En 1829 se inaugura en los terrenos  comprendidos por las actuales calles Paraná, Córdoba, Uruguay y Viamonte el  “Parque Argentino” una feria de atracciones con anfiteatro al aire libre, circo, orquesta de música, hombre que ríe,  tragafuegos u hombre incombustible, funciones gimnásticas y de equitación y donde incluso se llegar a representar vodeviles franceses.

En 1834 llega el circo Laforest-Smith. Entre 1840 y 1850 aparecen también el “Circo Olímpico”, “El volatín de la Alameda” y el Circo “New York” (sic) En 1858  los circos cuentan con domadores de fieras y es atracción el luchador  Scotto, que, como Tupac-Amaru,  resiste a dos bueyes que  tiran de sus dos brazos. En 1859 en la plaza de Montserrat se instala el Teatro Hippodrome,que no era un teatro sino  una troupe de  acróbatas, prestimanos y juglares. En 1869 llega el “Circo Italiano Chiarini” y el de Pablo Raffettto, alias Cuarenta Onzas, quien  tiene tres circos al mismo tiempo en distintos lugares del río de la Plata. En 1873 se instala  en Libertad y Tucumán el Circo Europeo y en Corrientes y Paraná el Circo Arena, que luego pasa a la empresa Rosso-Podestá. Los Podestá, Juan, Antonio, José y Jerónimo llegan de Montevideo junto a Alejandro Scotti y a Enrique Bozán. Traen al clown “Pepino el 88”. quien sabe acompañarse con  guitarra, cabalgar como un criollo y saltar como un acróbata.  A éstos se agrega en 1884 el Circo de los Hnos. Carlo que contaban con otro payaso inolvidable: Frank Brown el primero que tendrá un público infantil. Y en 1890 se instala en Sarandí y San Juan el circo Anselmi, nacido en Chascomús en 1862, donde se lucía el legendario payador Baigorria cuya fama   fue desplazada años más tarde por Gabino Ezeiza y  Nemesio Trejo (1862-1916), luego sainetero y dirigente de las primeras agrupaciones de autores. 
La población de Buenos Aires entre 1800 y 1880  ha crecido vertiginosamente. La Gran Aldea se convierte en ciudad. Desde 1860  se favorece la inmigración mediante agentes instalados en Europa. Ha terminado la guerra del Paraguay y pese al tranvía y al tren recién llegados,   las calles polvorientas,  se inundan aunque no llueva y en pleno casco histórico es necesario cruzarlas mediante tablones de lado a lado. Los arroyos que desembocan en el puerto  hacen de cloacas primitivas  y finalmente en 1871 llega la peste, la fiebre amarilla, desde Paraguay vía Corrientes. La inmigración multitudinaria trae hacinamiento. La “crem de la crem” monta sus caballos maneados frente a la Bolsa de Comercio en la hoy calle San Martín y huye  hacia la Recoleta, el barrio norte o hacia las quintas de Flores y de Belgrano, lejos del aliento fétido de los pajonales.  Buenos Aires ya tiene 600.000 habitantes.

A partir de la Organización Nacional,  la oveja, explotación económica típica de las grandes extensiones sin pastura especial y que trajo la inmigración irlandesa de 1840, es desterrada   hacia los territorios nacionales del sur. Se mejoran los rodeos vacunos, aparece la agricultura y el alambrado. El primero en alambrar fue en 1845  el cónsul  inglés Mr.Halbach. El alambrado había sido  impuesto en Inglaterra alrededor de 1830. En 1874 se inventa el alambre de púa en EEUU. “Antes del alambrado podía decirse todo el país es camino” dice Domingo Faustino Sarmiento en 1878. En  1879 concluye la lucha contra el indio.  En los 80 el alambrado se difunde por toda la pampa y se fundan colonias de suizos, de rusos del Volga, de italianos, de españoles, franceses…

El gaucho se convierte en peón de campo,  abandona el chiripá, unos calzoncillos anudados a la barriga y opta por las batarazas importadas de la guerra de Crimea (1854-56) y de la disgregación del imperio turco. Es con la desaparición del gaucho que triunfa su mito.

La Patria Argentina, diario matutino, político, noticioso y comercial conocido como La Patria, publica a partir  del 28 de noviembre de 1879 el folletín  “Juan Moreira” de Eduardo Gutiérrez (1851-1889), periodista que escribió en casi todos los diarios porteños de la época: en  “La Nación Argentina”, “La Patria Argentina”, “El Pueblo Argentino”, “Tribuna”, “La Crónica”, “El Orden”, “El Nacional”, y “Sudamérica”.

El folletín, es decir la historia melodramática  leída por entregas, hace furor en las clases populares de la   ciudad,  ahora multitudinaria. Gutiérrez buscó sus temas en  lo que ocurrió y conmovió a Buenos Aires: las estafas del banquero Carlos Lanza, las hazañas del gaucho Hormiga Negra, las desdichas del payador Santos Vega o el drama policial del gaucho Juan Moreira que vivía pacíficamente en el partido de La Matanza hasta que la fatalidad hizo que se “desgraciara”.

 

Sintetizo y acoto  un hermoso texto de Teodoro Klein: “Moreira y el drama argentino se convierte en espectáculo de moda.. En el 90 la  revolución del Parque, la crisis del oro y de la Bolsa, dispersaron a las compañías extranjeras de ópera. Avanza “la chusma” con la Unión Cívica, aparecen los sindicatos obreros que para colmo festejan en lugar de un día de trabajo,  un día de huelga: el 1º de mayo. Los “entre nos” se convierten en nativistas y levantan el estandarte de la tradición. El tema del gaucho domesticado hace furor en las clases altas y medias. Pero Moreira no alcanza a ser un fenómeno popular. Los dramas y comedias en italiano se llevaban el 10% del público. La ópera ya no ocupa el centro del espectáculo pero permanece con espectadores fieles. Y el género que arrastraba más público en ese fin de sigloera el género chico, el teatro por horas, que a 50 centavos la sección absorbían el 35-40% del público. Los sainetes de Miguel Ocampo, Nemesio Trejo y Ezequiel Soria tenían más público que los dramas criollos. Los hermanos Podestá a fines de 1898 abandonan para siempre la carpa itinerante y se instalan definitivamente en Buenos Aires para intentar el teatro por secciones.”

Ezequiel Soria (1873-1936),  estrenó su primer obra “El año 92” a los 19 años En 1895 junto con Nemesio Trejo creó la efímera Sociedad de Autores. Más tarde, en 1910 fundó una entidad similar de la que fue presidente. Ambas fueron precursoras de Argentores. A partir de 1897, en que estrena “Justicia criolla”, viaja frecuentemente a Europa donde estudia con Antoine.  Se convierte en  director artístico de los Podestá. Es según  Jacobo de Diego el Antoine, el Copeau, el Gordon Craig argentino y agrega “cambió la fisonomía del teatro nacional y lo puso en otros carriles”. Otro sainetero Miguel Ocampo (…), quizás el fundador del género con su obra “De paso por aquí”,  tampoco se queda atrás. Ocampo utiliza por primera vez la lunfardía y palabras como, misho, batir, otario, escruchante, chafe, punga se incorporan a los escenarios. Ocampo sienta plaza de germanía con un desenfado capaz de enardecer al Mansilla más recatado.  Empieza otra historia y se abren los teatros dedicados al género chico:

Un adelantado es el Teatro del Porvenir de 1856 que tenía “retretes a la inglesa” para las señoras. En 1868 las compañías de opereta francesa actuaban en el Alcázar Lírico inaugurado dicho año. En 1870 se erige el teatro clásico de la zarzuela, el Teatro de la Alegría, en 1872 el  Variedades  en Esmeralda y Corrientes, que luego se llamó Edén Argentino; en 1892 se edificó en el mismo lugar el Teatro Odeón, hoy demolido. En   1886,  aparece  el  Teatro Onrubia, llamado en  1895 “Teatro Victoria” que inicia su actividad con el sainete de Trejo “El testamento ológrafo”; este teatro en  1934 se llamó “Maravillas” y  fue demolido en 1945.

Luego en 1891 aparece  el Teatro de la Comedia y posteriormente  en 1892, el Teatro de la Zarzuela  que cambia su nombre en 1898 por  Teatro Argentino  que sucumbió por un atentado de la derecha católica hace pocos años. Más tarde, en 1893, se levanta el Teatro Rivadavia en el solar que ocupaba  el Teatro Dorado, y que es  el actual Liceo.  Y en 1894 se erige el Teatro Olimpo en la calle Lavalle cerca de la casa de Dardo Rocha. Comienza nuestro país, el país de la inmigración.

Bernardo Carey.

Leído el 5 de octubre de 2006, a las 19.00 en la sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional en la 2º jornada del ciclo “ARGENTORES EN LA BIBLIOTECA NACIONAL – Homenaje a los autores nacionales 1810-1940” con la interpretación de escenas de las  siguientes obras bajo la modalidad de teatro leído: “Juan Moreira” de Eduardo Gutiérrez-José Podestá, “Los óleos del chico” de Nemesio Trejo, “Otra revista”  de Miguel Ocampo y “Vida nacional” de Ezequiel Soria, con la dirección de Luis Cano y la participación de los actores Diego Brienza, Analía Fedra García yVíctor Salvatore.


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