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Tocando el timbre
Mensaje argentino del Día Mundial del Teatro, leido por el autor el 27 de marzo de 2010 en el Teatro Nacional Cervantes a invitación del Centro Argentino del Instituto Internacional de Teatro.
Por Roberto Perinelli
 

            Hubo, claro, otros 27 de marzo, otros días mundiales del teatro. Recuerdo – cincuenta años de teatro me habilitan siquiera a tener memoria -, que raramente presté atención a este festejo. En muchos de los actos conmemorativos estuve ausente; me enteré después de los magníficos, atinados y brillantes mensajes de los colegas del país y del mundo. Los disfruté, leyéndolos.
            Cuando me senté a escribir esta nota, pensé por qué me había ocurrido eso, por qué mi desinterés, por qué ese descuido. Creo haber encontrado una respuesta, personal, que acaso a mí sólo me sirve, pero que tal vez comparto con algunos.
            Sentía que la celebración se hacía en la casa del vecino rico, en ese primer mundo donde se desplegaba un magnífico teatro, que contaba con una gran dramaturgia, grandes teatros, grandes actores y mucho, pero muchísimo dinero. Dinero que aquí no teníamos.
            Si éramos invitados a la fiesta era por causa de habitar el mismo mundo, aunque tomábamos el champán en el patio trasero. ¿Nuestro teatro estaba a la altura necesaria para compartir el acontecimiento? Esa era la  pregunta que me hacía.
            Cierto que podíamos presentar una gran tradición, una edad de oro a comienzos del siglo XX, pero cuando yo comencé mi aventura teatral sólo podíamos exhibir la gran proeza del teatro independiente, que se hacía con pasión, voluntarismo, pero sin dinero. ¿Era suficiente?
            Llegaban los 27 de marzo y yo me encontraba  maniatado por ese sentimiento tan argentino de reconocer la superioridad, la excelencia, más allá de nuestro territorio. Para ser más explícito, vivía convencido que en el primer mundo se hacía el mejor teatro. Lo nuestro eran remedos, sucedáneos, a veces muy felices, por qué no, pero cómo comparar.
            Que quede bien claro que estoy hablando de mí,  aunque me asiste la sospecha, reitero,  de que  es posible que a muchos de mi generación  les haya pasado lo mismo, que hayan sentido esa fea sensación de estar espiando por el ojo de la cerradura la fiesta que se hacía en otra parte,  porque esa otra parte se lo merecía.
            Si busco y rebusco en mi memoria el momento en que comencé a sentir cambios, fue cuando participé del maravilloso Teatro Abierto. Admito que en un primer momento, verdadero acto de inconsciencia, no medí la dimensión de lo que había, de lo que habíamos hecho. La repercusión posterior, que aún subsiste, actuó como primer aviso. ¿Acaso, me preguntaba,  además de mirar por el ojo de la cerradura, podríamos tocar el timbre y ser bien recibidos?
            Lo que ocurrió a partir de los noventa no es algo que se pueda comentar aquí. Muchos de los presentes lo han vivido, pero a partir de esa fecha nuestro teatro, el teatro argentino, se precipitó como un tsunami. Perdonen la comparación, tal vez habría sido mejor usar esos términos que tanto gustan a los historiadores: se consolidó una nueva Edad de Oro, la segunda, si sumamos a ésta aquella que los libros nos dicen ocurrió en los primeros treinta años del siglo XX.
            No sé si comparten mi opinión, con los descreídos podemos encontrarnos aparte y discutirlo.
            Nuestro teatro está viviendo un momento excepcional, mostrado por la exactitud de las cifras: más de 500 estrenos por año,  y vaya a saberse a cuánto ascendería esta suma si tuviéramos datos exactos de lo que ocurre en las provincias. Una enorme y excelente oferta de educación artística, la aparición de nuevos institutos de investigación, la creación de salas de todo tipo y tamaño (tomen nota, a fines del año pasado se inauguraron cinco salas en plena avenida Corrientes), me han quitado de encima lo que ahora, al final de esta nota, le puedo dar nombre: sentimiento de inferioridad.
            Me siento cómodo, soy, somos parte de este festejo de este Día Mundial del Teatro, el del 2010, con todo derecho. Porque además de todo lo dicho podemos exhibir medallas que en otras partes se reparten con reticencia: tenemos público y, sobre todo, una cantidad de teatristas jóvenes, formados en todos los rubros y conscientes que el teatro se hace haciéndolo. ¿Qué más? ¿Dinero? Bueno, no hay, o hay poco, pero en qué medida esa dificultad ha frenado este fantástico proceso.
            Ahora estoy seguro que podemos estar en la fiesta,  adonde entrar sin necesidad de  tocar el timbre. O tal vez,  con un exceso de vanidad y de optimismo, me imagino que las cosas se han dado vuelta, que los que están mirando por el ojo de la cerradura, espiando este festejo, están del otro lado de la puerta.

 
 

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