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"BRUJAS": El estigma
por Bernardo Carey
 
"Brujas" es todavía el éxito teatral de los últimos años. Hay cierto concenso, ante lo inexplicable, en atribuir su triunfal trayectoria a la eficacia de las actrices y, entre ellas, insólitamente, a la menos entrenada en la representación de conductas imaginarias (1). Los críticos, en su oportunidad, coincidieron en encomiar esa excelencia y también en lo admirable de la dirección y de la estructura teatral.
Nosotros creemos, sin embargo, que la singularidad de "Brujas" está en su anécdota, en la fábula -generalmente no contada por su desenlace sorpresivo- y en su coincidencia con el imaginario social.
En este caso se trata del mito de la víctima propiciatoria (2). En las sociedades prehistóricas para alejar el mal que circunstancialmente las aquejaba -peste, guerra, corrupción- se elegía una víctima a la que se estigmatizaba por algún defecto físico -renguera, ceguera, corvatura, etc.- y luego en ceremonia pública se la despanzurraba en el altar sagrado.
"Entre vosotros hay un asesino, libraos de él y os veréis libres", dice el Oráculo a propósito de Edipo, -salvando las distancias dramatúrgicas. Antes que a la prohibición del incesto, "Edipo Rey" apunta a la búsqueda de la víctima propiciatoria, estigmatizada, culpable de la peste que reina en Tebas. Este antiguo mecanismo mítico, vigente todavía en gran parte de las sociedades modernas a través del "chivo emisario", delimita la acción dramática de "Brujas".
En un living-comedor acomodado, cinco elegantes muchachas de tules vaporosos terminan de celebrar una fiesta íntima. La fiesta implica una recreación del mundo que, a la vez, es un retorno a la edad de oro mítica, en este caso a la "juventud dorada" del "college". Es la hora del café y de las confesiones. Aparecen los recuerdos dichosos, el encanto de la adolescencia pasada, el porvenir venturoso aún sin hollar. Pero, poco a poco, en ese mar calmo, surge un hecho, varios, de ignominia mayor que hasta entonces parecían ocultos y que por su alto grado de corrupción -cartas infamantes, amores prohibidos- provoca en las señoras una violenta indagatoria, con el fin de encontrar a la depravada responsable de haber turbado la pacífica conmemoración del grupo reunido.
A las señoras, empero, les basta con un rápido, policíaco, interrogatorio. La culpable, doble culpabe -piel de oveja que oculta al lobo, hipócrita infiltrada- es triunfalmente individualizada. En fin, en una escena mitad confesión, mitad venganza (3), la delincuente es expulsada del paraíso doméstico. Se lleva a la calle la violencia que por un instante ha paralizado la digestión de las bellas damas.
Damos un suspiro de alivio. La víctima propiciatoria ha suministrado una vávula de escape al unificar a toda la comunidad en contra de ella. La paz ha vuelto a la reunión. La obra dura unos minutos más. Lo necesario como para que la tempestad se olvide...¡ha sido todo tan vertiginoso! (4). La comunidad discipular renueva sus lazos hasta el punto que cuando baja el telón, canta su personal salmo epifánico: "La canción de la amistad", himno de clausura anual de las egresadas del "college" religioso al que concurrían.
Con un cuchillo clavado en el corazón, la culpable agoniza lejos de la escena. Sin embargo, su estigma no es el parricidio, ni el incesto, ni siquiera la renguera, como en el caso del pobre Edipo. Dolores, tal es su nombre, tiene su culpa en sus placeres, placer intelectual -es novelista-, placer sexual -es lesbiana. Al ciclo áulico le alcanza con esos crímenes. Se permite pensar y amar de otra manera. Culpable, expulsada, la "gay", la diferente, agoniza.
A nosotros nos quedan dos conclusiones. La más obvia: el mecanismo teatral es el rito con que el poder político se desembaraza, hoy, de sus cíclicos escándalos. ¿Cómo no va a interesar al público? (5) La más vergonzosa: que ese público, los ciudadanos de este pedazo del mundo en que vivimos, ovaciones de pie, entusiasmado, haga bajar y subir el telón dos, tres veces, sin reparar en que el Estigma, el Mal Absoluto, está representado por la chica novelista y homosexual. ¿O repara y no le importa? O, peor, repara, le importa y le parece fenómeno...


Notas
(1) Habría que analizar en otro lugar esta "preferencia" pública por los legos, tan en boga hoy, pues conlleva un otorgamiento de poderes sobrenaturales al simple sujeto, sacando de quicio la igualdad democrática de cuyo seno, justamente, el pensamiento "cualquiera puede", surgió.
(2) Ver a propósito "Literatura, mímesis y antropología" de René Girard, Ediciones Gedisa, 1984.
(3) Sin embargo no sabremos si nos hemos encontrado con la Verdad. Sólo nos hemos encontrado ante la culpable que, según suponemos, contamina a todo el grupo.
(4) La pieza es una tragedia contada en clave de comedia.
(5) Nos debemos, también, la discusión sobre si los dramaturgos de hoy percibimos los temas que importan al imaginario social.



Buenos Aires, 1995
 
 

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