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El teatro siempre hace política
por Roberto "Tito" Cossa , dramaturgo
 
El teatro de arte es siempre rebelde. Y por eso es siempre político. Cuando le toca, le pone el pecho al autoritarismo; en tiempos de bonanza institucional se enfrenta al mercantilismo, a la banalidad y al mal gusto. Y en todos los casos necesita romper con las modas. Es decir, hace política.

En la Argentina, especialmente en Buenos Aires, al teatro de arte se lo identifica con el teatro independiente y, por carácter transitivo, con las pequeñas salas. No siempre es así. Tampoco lo fue. Hubo épocas en que los grandes escenarios eran compartidos por el anarquista Florencio Sánchez y el farandulero Florencio Parravicini. En los grandes escenarios nació el sainete, que a veces tocó la cumbre del mejor arte popular. Y luego el grotesco, de la mano genial de don Armando Discépolo. En salas oficiales y comerciales aparecen cada tanto brotes de calidad artística, difícilmente encuadrables en los que se llama "la vanguardia", pero no menos significativos.

La identificación entre teatro de arte y salas independientes se produce, seguramente, desde el día en que Leónidas Barletta fundó el Teatro del Pueblo, en 1930. En la Argentina se instaló ese año el ciclo autoritario que, si bien en lo institucional tuvo alternancias democráticas, en lo cultural aplicó siempre reglas abusivas.

Por inspiración personal o arrastrado por las circunstancias que se vivían en el país y en el mundo -o por ambas cosas- Barletta advirtió que el teatro podía mutarse en foco de resistencia cultural. Por eso convirtió su pequeña sala en un verdadero mitin de los artistas. Convocó a poetas, escritores y pintores, titiriteros y bailarines e instaló la costumbre del debate como una prolongación infaltable del espectáculo. Nació así el teatro como fenómeno expresamente político.

Detrás del Teatro del Pueblo surgieron decenas de grupos y salas. Y tan importante fue el brote que llegó a constituirse en un movimiento que no sólo movilizó a Buenos Aires, sino que se expandió, por contagio, a la mayor parte de las capitales latinoamericanas.

Ese movimiento se fue transformando al compás de los avatares políticos que vivió el país. Con la caída del peronismo fueron desapareciendo los grupos estables con sala propia, muchos de ellos vinculados a las estructuras de la izquierda política. De última, los teatros independientes fueron parte de la resistencia cultural antiperonista y, desaparecido el gobierno de Perón, se rompió el vínculo con el espectador politizado.

Pareció que el teatro de arte languidecía. Desaparecieron las salas mayores, cayeron en desuso los grupos estables, se modificaron las reglas del juego pero el teatro no perdió vigencia. Disfrutó de la primavera durante el gobierno de Arturo Illia, pero nuevamente atravesó sofocones en los tiempos de Onganía y Lanusse. Y alcanzó estatura beligerante al enfrentar a la dictadura genocida y crear Teatro Abierto.

Hasta que llegó la democracia y el teatro de arte quedó solito con su alma. Dejó de ser la voz casi única de la resistencia política. Durante más de cincuenta años aprovechó los espacios más o menos estrechos que la censura le dejaba y habló. A veces en voz alta, otras susurrando. Y se hizo dueño de la metáfora. Se creó en ese tiempo una complicidad entre teatristas y espectadores que se terminó en diciembre de 1983. Y también se terminaron muchos espectadores. Ocurrió que, a partir de ese momento, todos hablaron.

Ya no había que ir al teatro para escuchar la palabra oculta. El cine, la televisión, el periodismo, el libro, descargaron sus verdades contenidas y ni la exclusividad de las puteadas le dejaron al escenario. Pareció que esta vez sí el teatro de arte iba a quedar arrinconado. Pero no. Acomodó sus huesos una vez más y recuperó una vitalidad notable. Al perder las muletas que privilegiaban el contenido sobre las formas los teatristas entendieron que había llegado el tiempo del oficio, así como hubo un tiempo del mensaje.

Y apareció un teatro más maduro, más profesional. Y mucho mayor fue la oferta. Cualquier día sábado de los meses de plena temporada, en Buenos Aires se presentan casi 300 espectáculos, entre teatro para niños, musicales, unipersonales, shows y toda la fauna de la morisqueta. Y esa lista registra sólo los espectáculos que aparecen en las carteleras de los grandes diarios. En cada barrio, en casas de familia, garages o bares de mala muerte alguien se pone debajo de una luz y lanza su rutina ignota.

No hay en el mundo llamado occidental una ciudad con tanta vitalidad teatral. Y es más: la mayor parte de los espectáculos están basados en obras de autores argentinos. Es cierto que tanta oferta no se condice con la cantidad de espectadores que convoca el teatro de arte. Los espectáculos, en su mayoría, se realizan en salas de 100 butacas de promedio y no cumplen más de dos funciones por semana. En los 60 se podía llegar a siete funciones semanales, y una obra teatral como Requiém para un viernes a la noche de Germán Rozenmacher colmaba una sala de 700 butacas. De todas maneras, el teatro de arte de Buenos Aires es un fenómeno insoslayable. La mayor parte de las producciones, sin abandonar su espíritu rebelde, exhiben día a día un mayor nivel profesional.

Allá por mediados de los 80 un grupo de teatristas ocupamos el viejo local del Teatro del Pueblo -rebautizado Teatro de la Campana- y lanzamos un desafío. Dijimos: es tiempo de unir la belleza a la resistencia.

Como si fuera una profecía, se está cumpliendo.

 

Suplemento "Ñ", 2004

 
 
 

Av Roque Sáenz Peña 943
C1035AAE Buenos Aires, Argentina
E-mail info@teatrodelpueblo.org.ar
Esta sala cuenta con el apoyo del
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y de Proteatro