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  Carlos Somigliana    
 
  Carlos Somigliana: Entre el desencanto y la esperanza
de Pedro Espinosa
 
Porteño; alumno del Colegio Nacional Buenos Aires; cálido y espontáneamente elegante, practicó siempre un humor apenas irónico, a veces cáustico, que no lograba disimular su entrañable humanismo concreto, palpable, comprometido con el hombre de carne y hueso que tenía delante. Modesto y austero, ignoraba el escepticismo y la queja rutinaria que hoy se han hecho costumbre en el hombre de Buenos Aires. Estos rasgos de personalidad dibujaban su perfil singular, que traslucía un trasfondo levemente anacrónico, como si convivieran en él -por detrás del hombre contemporáneo que era- un caballero de otros tiempos, un antiguo y honesto maestro de escuela preocupado por sus discípulos, y un socialista de principios de siglo. Exento de arrogancias y de agresividad, le era imposible no cosechar amigos y respetos; y así como se comportaba en la intimidad, así lo hacía en el territorio más vasto de lo social, como una natural y coherente extensión de su conducta cotidiana.
Esa correspondencia entre su ser y su hacer se percibe con nitidez en su obra dramática. Nació el 17 de mayo de 1932; es decir que pertenece a la generación marcada por "la hora de la espada", que al desalojar del gobierno al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen, no sólo inaugura la serie de golpes militares que el pueblo argentino padeció hasta 1983, sino que también expone la agudización de la crisis de un modelo que enmascaraba la dependencia, ese rasgo congénito de la Argentina.
Su adolescencia transcurre durante el período peronista, e ingresa a la juventud cuando -golpe de Estado mediante- se trata de resucitar a la república liberal, cuya acta de defunción había sido firmada ya junto a las trincheras de la guerra del 14. Al acceder Arturo Frondizi al gobierno, en 1958, Somigliana cumple 26 años; los que serían sus más cercanos compañeros en el teatro -y que todavía no conoce- son de su misma edad: Roberto Cossa tiene 24 años; Germán Rozenmacher, 22, y Ricardo Halac, 23.
Somigliana ingresa por esa época en el Poder Judicial, incorporándose al Juzgado Federal de Ushuaia. Allí frecuenta a un grupo de teatro, abandona la poesía que practicaba en Buenos Aires desde mediados de la década, y escribe Amarillo en 1959. Cuando regresa, trasladado, a Buenos Aires, la podrá ver en escena, lo que ocurre el 22 de abril de 1965. Cuatro años antes se había estrenado Soledad para cuatro, de Halac; el año anterior, Nuestro fin de semana, de Cossa, y Réquiem para un viernes a la noche, de Rozenmacher. Sólo cinco meses después Somigliana estrena su segunda obra, Amor de ciudad grande, y ese mismo año se conocen Fin de diciembre y Estela de madrugada, de Halac; apenas inicado el siguiente, en enero de 1966, sube a escena Los días de Julián Bisbal, de Cossa. Ya habían aparecido Sergio De Cecco (El reñidero), Julio Mauricio (Motivos) y Rodolfo Walsh (La granada, estrenada un día antes que Amarillo). En 1966 Griselda Gambaro surge con El desatino, y queda instalada férreamente la generación de autores del 60 que, en la actualidad, es estudiada en las aulas universitarias del país y del extranjero.
Carlos Somigliana es un representante genuino de esta corriente, caracterizada, en líneas generales, por la reflexión crítica orientada al análisis de la conducta del hombre argentino y del contexto que la condiciona, así como por el rigor en la construcción dramática; otro aspecto identifica a esta generación, y es la mirada comprensiva que dirige a sus personajes, a quienes descubre en situaciones de frustración, de impotencia; y, casi siempre, ignorantes de las causas de esa angustia.
Si bien existen diferencias formales y estilísticas entre todos ellos, que obligan a un estudio particularizado de cada uno, se advierte -vistos a la distancia- un inconfundible aire de familia: todos, de una manera u otra, ejercitando distintas poéticas, se preocupan por hacer explícitos los conflictos interiores de los personajes. Así, la obra de Somigliana, en su conjunto, es una dramaturgia del desgarramiento, que elude la demostración de tesis previas -como sucedía con el teatro social de años anteriores- y a la que no le interesa traducir escénicamente importantes y trascendentes ideas -al uso de un teatro culto y pretendidamente universal-. Es una dramaturgia visceral y vivencial, que busca develar una verdad, que muestra más que demuestra; y muestra una inarmonía radical entre la visión del mundo y el mundo mismo. Por esta razón, porque cuestiona una idea de la realidad que ha perdido poder de transformación, es que la realidad en su concreta y material presencia se impone a las ideas, a los valores: entre los objetivos de los personajes y su posibilidad de éxito se levanta el obstáculo de lo real; los valores, implícitos en los objetivos, no se corresponden con el contexto, que aparece así regido por leyes incomprensibles; el problema, en consecuencia, es insoluble, y el personaje, al fracasar, instala el conflicto en su conciencia.
Esto es fácilmente perceptible en sus obras, y el lector lo advertirá en la peripecia de Cayo Graco, o en la desgraciada historia de Lavalle, y aún en aquellas, como El nuevo mundo u Oficial Primero, cuyas anécdotas están ligadas al momento, se descubre la preocupación fundamental de Somigliana: ese choque entre la conciencia y la realidad, y lo trágico que implica -a pesar del humor o la ironía- que esta última no pueda modificar a aquélla.
Aunque sus obras están ubicadas en diferentes épocas históricas, no resulta difícil comprender que habla de las capas medias argentinas y sus diversas vías de escape, sus ilusiones y sus "chivos expiatorios". Las capas medias viven -desde hace más de sesenta años- la nostalgia de una mítica "edad de oro"; aquella ideología acuñada por la generación del 80, asentada en el progreso ilimitado, en el "granero del mundo", la cultura francesa y los frigoríficos ingleses, continúa operando en la conciencia como una fantasía que no se resigna a desaparecer y que adopta nuevas formas para disimular un contenido idéntico. Pero el fracaso es real, y la fantasía en su afán de supervivencia, crea periódicamente falsas interpretaciones: primero recayó la responsabilidad en las corrientes inmigratorias de principios de siglo; luego fue "la política corrupta de comité que da voz y voto a la chusma ignorante" que llega de la mano de Hipólito Yrigoyen; después tuvo la culpa la otra inmigración, la interna, "una nueva chusma autóctona alentada por el populismo demagógico de Perón". Para las capas medias, todas éstas eran las causas del fracaso, y se aprestan a encontrar por fin el paraíso perdido cuando, derrocado Perón, en 1955, se simula restaurar la república liberal, y Frondizi convoca al desarrollo entre 1958 y 1961; otro "chivo expiatorio" serán los militares con sus planteos y sus golpes palaciegos, hasta llegar a la módica democracia formal de Illia que será por último desalojada a causa de su "ineficiencia", otra excusa para consumo de mentes ávidas de explicaciones facilistas.
La velocidad del proceso de la crisis produce daños irreparables en las fantasías de las capas medias -más horadadas que la capa de ozono-, a punto tal que en 1976, vastos sectores de ellas, heridas éticamente, recibirán con alegría o indiferencia a la última y más brutal dictadura. Pero en los años 60 la frustración ya había llegado hasta el imaginario colectivo, que lo percibe como un desgarramiento en su conciencia: advierte el conflicto entre ésta y lo real, y la subjetividad se convierte en un tema de reflexión, en un objeto de estudio, y en un campo de exploración dramática. No es una casualidad que en este momento, los actores y directores se dediquen a sistematizar las enseñanzas de Stanislavski, con el acento puesto en la introspección y en la verdad escénica e interpretativa, que confluyen con los autores del período y concretan el carácter específico del teatro del 60.
Pero en Somigliana hay un matiz que lo diferencia -en el marco de sus correspondencias con los compañeros de generación- y es su mirada hacia los temas históricos (Amarillo, Macbeth, Historia de una estatua, De la navegación, El nuevo mundo, Ricardo III), por una parte; y su afición a personajes no cotidianos, sino heroicos y fracasados (Cayo Graco, Lavalle), por quienes siente una particular ternura.
La predilección por lo histórico no puede explicarse solamente por su cultura, por sus lecturas de los clásicos; si cruzamos sus temas de la frustración con las ubicaciones temporales de sus obras, no podemos menos que inferir que alienta en él una perspectiva historicista, un llamado de atención a indagar en el pasado las claves del presente.
En cuanto al esmero puesto en los héroes fracasados -que denunciaría una visión romántica-, puede comprenderse con la ayuda de Arnold Hauser, cuando refiriéndose a Shakespeare afirma que éste "transforma el ocaso de la clase caballeresca (...) en la tragedia del idealismo; no porque se hubiera acercado, por ejemplo, a la idea de la caballería, sino porque también se le hace extraña la realidad "anticaballeresca" con su maquiavelismo". Sin cambiar una letra puede aplicársele al universo ideológico de la obra de Somigliana; y éste es el punto de articulación entre él y su generación. El tema del irrealismo, de las frustraciones de los ideales de las capas medias, de sus ilusiones y fantasías que impiden la acción transformadora sobre la realidad, es tratado por Somigliana con un enfoque singular -por otra parte ligado a su personalidad- que pone de pie la tragedia del idealismo, pero con simpatía y ternura por "el ocaso de la clase caballeresca", aún reconociendo que ella representa los valores mitificados por las capas medias, pero no pudiendo resistir su desprecio por un "realismo" cínico, oportunista y maquiavélico.
La acción práctica y cotidiana de nuestro dramaturgo -su historia de vida- ilumina su obra. Junto a lo más valioso de su generación, y con los más jóvenes, orientó el movimiento de Teatro Abierto; asumió -debilitando su salud física y espiritual- el deber que le imponía su larga trayectoria de funcionario judicial, y colaboró, con entrega y esperanza, en el juicio a las juntas militares de la dictadura; los históricos alegatos de la Fiscalía llevan su marca.
Carlos Somigliana fue un dramaturgo cabal y hombre íntegro, que poco antes de morir emprendió una nueva aventura con su amigo Roberto Cossa y sus compañeros Pepe Bove, Rubens Correa, Osvaldo Dragún y Raúl Serrano, al fundar el Teatro de la Campana -como su último gesto de hombre ético y esperanzado- en el sótano del histórico Teatro del Pueblo. Murió abruptamente, abandonado por su corazón, el 29 de enero de 1987, a los 54 años.


Carlos Somigliana: bibliografía sumaria sobre su vida y su obra (*)

Zayas de Lima, Perla. "Diccionarios de Autores Teatrales Argentinos 1950-1990". Editorial Galerna. Buenos Aires. 1991.
Zayas de Lima, Perla. "Carlos Somigliana, teatro histórico-teatro político". Prólogo de Roberto Cossa. Ediciones Fray Mocho. Bs As. 1995. (2do Premio de Ensayo "Ricardo Rojas" 1999, otorgado por el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires)

(*) En preparación.
 
 
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