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  Carlos Somigliana    
 
  Historia de una estatua
 
La acción transcurre en diversos lugares de la República Argentina, entre 1828 y 1841. Casi consiguientemente, la escenografía debería ser, a mi juicio, abstracta y funcional, de planos quebrados y pronunciados desniveles, evitándose el uso de otra utilería que no sea la de mano. Por el contrario, el vestuario debería ser moderadamente realista y adecuado, más que a la época, a la imagen corriente que de ella se tiene. En el caso concreto de Lavalle, su ropa debe ir mostrando el progresivo deterioro moral y material que sufre el personaje: desde la pulcritud sin tacha del joven general sanmartiniano hasta la pobreza casi gaucha del perseguido desesperanzado.
En cuanto a la música de las canciones, sugiero extremada sencillez y cierta neutralidad, con raíces folklóricas, pero sin exagerar el nativismo.

En la total oscuridad, resuenan seis lúgubres campanadas. De inmediato, se van iluminando sucesivamente y por adentro los paraguas abiertos de los Doctores, a medida que éstos empiezan a hablar, tiñendo a sus portadores con una luz espectral.


DOCTOR 1º
(Con un largo suspiro) ¿Qué fue de aquella patria señorial y educada...?

DOCTOR 2º
(Lo mismo) Fresca como un capullo...

DOCTOR 3º
(Lo mismo) Digna como una dama...

DOCTOR 2º
¿Qué se hizo de aquella ciudad orgullosa como un patricio romano...?

DOCTOR 3º
Culta como un enciclopedista francés...

DOCTOR 1º
Elegante como las anchas solapas de un dandy de Piccadilly Circus...

DOCTOR 3º
¿Qué fue de aquella paz...?

DOCTOR 1º
De aquel orden...

DOCTOR 2º
De aquella jerarquía...

(El escenario comienza a iluminarse tenuamente. Mientras la luz va creciendo, los Doctores cierran sus paraguas -cuyas luces se apagan- , pasando del tono nostálgico a la rabia creciente)

DOCTOR 1º
Sí, mis amigos...¡Ahora manda la chusma!

DOCTOR 2º
Y algo peor que la chusma...¡Los orilleros!

DOCTOR 3º
Ya no hay gobierno...En el Fuerte de Buenos Aires se ha instalado la demagogia de los pardos y los mulatos...

DOCTOR 1º
La Aduana no recauda lo suficiente...

DOCTOR 2º
Suben constantemente los impuestos...

DOCTOR 3º
Se retraen las inversiones extranjeras...

DOCTOR 1º
Y todo eso tiene una causa...

DOCTOR 2º
Un responsable...

DOCTOR 3º
Un nombre...

LOS TRES
(Apuntando con sus paraguas hacia el sitio hipotético que ocupa el Fuerte de Buenos Aires) ¡Manuel Dorrego!

DOCTOR 1º
Un porteño que escucha más a los provincianos que a sus propios compatriotas...

DOCTOR 2º
Un hombre de buena cuna que avergüenza a su estirpe...

DOCTOR 3º
Un coronel del ejército que abochorna al uniforme que viste...

(Se sumergen en una ridícula pataleta, remolineando sus paraguas y dando pataditas en el suelo. El primero en reaccionar es, justamente, el Doctor 1º)

DOCTOR 1º
¡Basta, señores...! (Le cuesta serenarlos) Por favor, calma...Ha llegado el momento en que las palabras deben dejar paso a las acciones...

DOCTOR 2º
(Algo alarmado) ¿Usted insinúa, doctor, que...?

DOCTOR 1º
Si la razón ha fracasado hasta ahora, confiemos en la elocuencia de los cañones...

DOCTOR 3º
(Lo mismo que el 2º) ¿Y usted cree que nosotros...?

DOCTOR 1º
(Casi operístico) ¡Qué calle Apolo para que truene Marte...!

DOCTOR 2º
(Ya francamente temeroso) Pero, doctor...Recuerde que nosotros...Apenas contamos con el dardo acerado, pero incruento, de nuestras plumas...

DOCTOR 3º
(Lo mismo) Con el frágil escudo de nuestros paraguas...

DOCTOR 1º
¿Quién habla de nosotros...? (Esto parece tranquilizar algo a los otros) Nosotros somos hombres de paz...(Los restantes asienten con energía)

DOCTOR 2º
De consulta...(Lo mismo)

DOCTOR 3º
De gabinete...(Lo mismo)

DOCTOR 1º
Pero ustedes olvidan...(Insinuante) Que el ejército de la República ha terminado victorioso su campaña en Brasil... Y vuelve a Buenos Aires lastimado, porque se ha firmado una paz que no reconoce sus méritos...

DOCTOR 2º
(Asintiendo) ¿No habrá entre tantos soldados honestos y patriotas...?

DOCTOR 3º
Un paladín enérgico...

DOCTOR 2º
Desinteresado...

DOCTOR 3º
Prestigioso...

DOCTOR 2º
Confiable...

DOCTOR 1º
Y ávido de gloria...

(Los tres meditan brevemente)

DOCTOR 3º
Habría que pensarlo...

DOCTOR 2º
Buscarlo...

DOCTOR 1º
¡Y encontrarlo! (Abre nuevamente su paraguas y cambia de tono, con aparente versatilidad) Caramba...Ya está queriendo picar el sol de nuevo...

DOCTOR 2º
(Haciendo lo mismo) Sin embargo, aquellos nubarrones por el oriente amenazan tormenta...

DOCTOR 3º
(Haciendo lo mismo) Hay que estar prevenidos contra la sudestada...

DOCTOR 1º
El clima de Buenos Aires es tan variable...

DOCTOR 2º
Ah, Londres...

DOCTOR 3º
Ah, París...

(Salen en fila por un costado, en tanto se ilumina un nivel superior del escenario, donde Dolores está bordando mientras canta su canción)

DOLORES

Quien me llamó Dolores
fue un adivino,
porque no me dio un nombre
sino un destino.

Mis tocayas felices
se llaman Lolas.
Nadie a mí me lo dice
porque estoy sola.

El hombre que yo quiero
se fue a la guerra:
dejó sin luz mi cielo,
seca mi tierra.

Reina sin corte,
rumbo sin norte.
Una mujer sin hombre
no tiene nombre.

Dolores sigo siendo
-más cada día.
porque sigo viviendo
sin alegría.

Mas yo acepto mi nombre
si me aseguran
que trueco mis dolores
por su ventura.

Si Dios le brinda amparo
por mi desvelo
ya no opongo reparos
para mi duelo.

Reina sin corte,
rumbo sin norte.
Una mujer sin hombre
no tiene nombre...

(Al promediar la canción de Dolores, aparece Lavalle por el otro extremo del escenario: viste de punta en blanco su sobrio uniforme de general, con prolijidad sanmartiniana, y lleva su bicornio en la mano. Avanza en silencio, deteniéndose por momentos, como si estuviese reconociendo los rincones de su casa. Finalmente, llega junto a Dolores sin que ella lo advierta y permanece a sus espaldas, tiernamente atento pero inmóvil, hasta que la canción finaliza)

DOLORES
¿Qué es este galope de mi corazón...? ¿Este rocío que refresca mis sienes...? ¿Este color que vuelve a mis mejillas...? ¿Acaso...? (Se da vuelta y descubre a Lavalle) ¡Juan...!

LAVALLE
¡Mi amor...!

(Se precipitan uno en brazos del otro. Sobreviene un mutuo, prolongado y crudamente sincero reconocimiento físico)

DOLORES
Bien...Bien...

LAVALLE
¿Cómo está el hijo...?

DOLORES
Ahora estamos bien los dos...Otra vez. (Breve pausa) Pero contame vos...¿Cómo te fue...? Contame...Contame las cosas que hiciste en la campaña...

LAVALLE
Te extrañé

DOLORES
Vamos...Los periódicos no dejaron de hablar de vos, de tus proezas...

LAVALLE
(Halagado, pero tratando de disimularlo) Bah, sabés cómo exageran...

DOLORES
Te han dedicado poemas enteros...Himnos, odas, todo eso...

LAVALLE
Sí, me los han mostrado...(Ante la mirada de extrañeza de Dolores) Algunos amigos se han cruzado a la Banda Oriental para visitarme...Y me los llevaron...

DOLORES
(Ligeramente preocupada) Bueno...Entonces ya estarás al tanto de las novedades de Buenos Aires...Tan turbulenta como siempre...(Abrazándolo) Pero, por fin, ha llegado la paz...

LAVALLE
(Ensombreciéndose) ¡La paz...! Mejor no hablemos de eso...Hemos ganado la guerra, pero hemos perdido la provincia oriental...

DOLORES
Vamos, Juan...Es la paz, de todos modos...(El hace un gesto de disconformidad) Y no es tan distinta de la que querían hacer tus amigos, cuando estaban en el gobierno...

LAVALLE
Es diferente, Dolores...Mis amigos, como vos los llamás, estaban jaqueados por los caudillos del Interior...En cambio, Dorrego hace muy buenas migas con ellos...A tal punto, que más parece provinciano que porteño.

DOLORES
¿Es tan terrible? (Antes de que él pueda contestar) Creo que, a veces, olvidás que yo misma soy mendocina.

LAVALLE
(Besándola con ternura) Querida mía...No seas sonsa...

DOLORES
Además, todo esto es absurdo. No has vuelto después de tanto tiempo para ponerte a discutir de política con tu propia esposa.

LAVALLE
Tenés razón. (Alejándola para contemplarla mejor) Y, de verdad, estás muy linda.

DOLORES
Vení, te mostraré la sala...(Guiándolo de la mano) He comprado una mesa que creo que te gustará...

LAVALLE
(Obsesivo) De cualquier manera, Dorrego es un hombre intratable...Un compadrito de pulpería...

DOLORES
Bordé con mis propias manos unas cortinas para la ventana de la sala...Pero no quise estrenarlas hasta que llegases...

LAVALLE
Se rodea de la gente de condición más baja...Rufianes y cuchilleros...

DOLORES
(Señalando) Allé, pondremos un escudo forrado en terciopelo y prenderemos todas tus medallas...En el centro, para que luzcan más, irán las que te dieron San Martín y Bolívar...

LAVALLE
No, un hombre así no puede ser gobernador de Buenos Aires...Yo lo conozco bien.

DOLORES
(Desprendiéndole la espada) Y allí, encima de la chimenea, colgaremos tu espada...Un poco alto, ¿sabés?, para que Augustito no pueda alcanzarla...

LAVALLE
(Reteniendo la espada) No...La espada no...No la colgaremos todavía...

DOLORES
(Angustiada) Juan...

LAVALLE
(Triste, pero decidido) Será la última batalla, mi amor...

DOLORES
(Suplicante) No, Juan...No, Juan...

LAVALLE
La última batalla por la libertad de la patria.

DOLORES
(Rompiendo a llorar, con un grito angustiado) ¡No, Juan! (Se desprende de él y sale corriendo)

LAVALLE
(Solo) Sí...Será la última batalla...¡Y yo tendré la gloria de librarla!

(Cambio de luz. Empieza a escucharse un largo y sostenido redoble de tambores. También cambia la actitud de Lavalle, que se sienta a un costado del escenario, con aires preocupado y meditativo. Mientras tanto, los Doctores aparecen en planos superiores, bañados en una luz que sugiere una realidad distinta)

DOCTOR 1º
Razones de doctrina...

DOCTOR 2º
Razones de moral...

DOCTOR 3º
Razones de política...

AYUDANTE
(Entrando) Las partidas han regresado todas, señor...Sin novedad. Las fuerzas enemigas se han dispersado por completo.

DOCTOR 1º
"Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que la ha hecho correr, ya está fallado..."

DOCTOR 2º
"La ley es que una revolución es un juego de azar en el que se gana hasta la vida de los vencidos, cuando se cree necesario disponer de ella..."

DOCTOR 3º
"No pierda la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra; así no tendrá que cortar usted las restantes..."

AYUDANTE
El prisionero está en su calabozo y solicita venia para hablar con usted, mi general.

DOCTOR 1º
Ahora se hace el mansito, pero acuérdese...Llegó a faltarle el respeto a Belgrano, que era un santo...El propio San Martín lo apartó del ejército...

DOCTOR 2º
Algunos políticos y los comerciantes piden clemencia tan sólo para no malquistarse con los federales...

DOCTOR 3º
Sabemos que les ha escrito a los cónsules de Inglaterra y de los Estados Unidos...Hay que apurarse antes de que ellos interpongan su influencia...

AYUDANTE
Señor...El prisionero ha manifestado su deseo de asilarse en el extranjero, garantizando que permanecerá allí por el término que se le imponga...

UNA VOZ
(Desde afuera, cantando con acompañamiento de guitarra un cantar popular de la época, con aire de cielito)

"Este es el cielo del cielo
que hemos todos de cantar
porque ya los unitarios
nos quieren esclavizar.

Ellos con baja traición
a Dorrego derribaron
sin mirar que las provincias
su poder le delgaron"

AYUDANTE
(Alarmado) ¡Señor...! (Lavalle no contesta) ¡Señor...! ¿Le sucede algo...?

LAVALLE
Nada...Un dolor en el pecho...Ya pasó. (Breve pausa) ¿Sabía usted...? ¿Qué él fue mi jefe en mi primer combate...? Guayabos...enero de 1815...en la Banda Oriental...(Reponiéndose con una severidad que, como es habitual, se proyecta en el otro) ¡Comandante...! (Breve pausa) En su guerrera falta un botón...Que no vuelva a ocurrir... O tendré que imponerle un arresto.

(El Ayudante saluda y sale. Lavalle queda solo y se afloja, agachando la cabeza. Entre Dolores y él, sin mirarla, le entrega ahora la espada, como si se rindiera. Ella la recibe y la deja a un lado. Luego, lo va desvistiendo, quitándole el cinturón y la casaca, hasta dejarlo en mangas de camisa)

LAVALLE
¿Por qué lo hice? (Ella lo mira sin saber qué contestarle y prosigue su tarea) Su palabra volaba en los mitines...Los hombres del pueblo lo miraban como a uno de los suyos...Se llevaba los ojos de las muchachas cosquilleándole en la nuca...(Con un rugido ahogado) ¿Fue por eso...?

DOLORES
(Apretando contra su pecho la ropa de Lavalle) ¡Basta, basta...! Tu guerra ha terminado... Y ha comenzado mi paz...(Tiernamente, casi acunándolo como si fuera un chico) Vení, Juan...Recostate sobre ella... Y descansa.

(Baja la luz. En la penumbra desaparecen Dolores y Lavalle, mientras empieza a escucharse, desde afuera, la "canción de los cónsules". En la media luz y sin que resulten demasiado reconocibles -salvo como damas, caballeros y militares- los restantes personajes ejecutarán una especie de pantomima de lo que la canción va describiendo. Hacia el final irán desapareciendo todos, salvo los Doctores, de modo que éstos queden solos, mientras crece la luz, para desembocar naturalmente en la escena siguiente)

El cónsul de los ingleses
recorre muy atildado
la calle del Empedrado
pensando en sus intereses

En tanto el cónsul de Francia
pasea por el Retiro
saludando a los nativos
mientras piensa en sus ganancias.

Aunque con cierta frecuencia
salen juntos, del bracete
y, entre dimes y diretes,
dirimen sus diferencias.

Historia ya aburrida
por repetida:
granero nos quisieron
del extranjero
y de buen o mal grado
lo han alcanzado.

Los cónsules elegantes
hacen fiestas exclusivas
donde van las fuerzas vivas
más algunos diletantes.

Doctores con la condena
de mostrar sabiduría,
que hierven de valentía
por luchar con carne ajena.

Y militares tan fieros
que han demostrado, en la guerra,
que allí nada los aterra,
pero la paz les da miedo.

Historia ya aburrida
por repetida:
granero nos quisieron
del extranjero
y de buen o mal grado
lo han alcanzado...

(Crece la luz. Los doctores se pasean impacientemente, cada uno con su paraguas y un periódico bajo el brazo, mientras Dolores cruza el escenario llevando un cesto de ropa o algún otro utensillo doméstico en las manos)

DOCTOR 2º
(Deteniéndola) ¿Aún no ha vuelto?

DOLORES
No. Ya le he dicho, doctor, que están perdiendo su tiempo. No creo que regrese hasta la noche.

DOCTOR 3º
¿Pero dónde diablos se ha metido?

DOLORES
Ha ido hasta la Colonia a buscar dos bolsas de trigo para siembra...(Mintiendo apresuradamente) Y algunas otras diligencias, que le han de llevar su tiempo...

DOCTOR 1º
¿Dos bolsas de trigo? Ah, créame, Dolores...no me resigno a ver al general Lavalle, a su esposa, a sus hijos, viviendo como rústicos... En tierra extraña, en una chacra arrendada...

DOLORES
(Evasiva) Los tiempos son difíciles para todos.

DOCTOR 1º
Sí... Es verdad que también nosotros comemos el duro pan del exilio...

DOCTOR 2º
¡Pero, por lo menos, seguimos combatiendo...!

DOCTOR 3º
Con la pluma, claro está... Ese es nuestro oficio...

DOLORES
(Fieramente) ¡Juan le ha dado veinte años de su vida a la lucha...! Contra los realistas, contra los brasileños, contra... (Se interrumpe) Y lo único que ha conseguido... (Con pudor) Es un fantasma que apenas lo deja conciliar el sueño...

DOCTOR 1º
Esos remordimientos son totalmente infundados...

DOCTOR 2º
No hizo más que cumplir con su deber...

DOCTOR 3º
Tendría que sentirse orgulloso...

DOLORES
Entonces...¿Por qué no lo dejan en paz?

DOCTOR 1º
(Insinuante) Porque nosotros somos sus amigos...Y pensamos que a Juan le gustaría...Pese a todo...Que su último acto bíblico no sea el fusilamiento de Dorrego...

DOLORES
(Turbada) No sé, señores... No soy yo la indicada para discutir las acciones de mi marido...Pero nosotros somos felices aquí, ahora...Déjenlo tranquilo...(Casi suplicante) ¡Déjennos tranquilos...!

(Los Doctores no tienen más remedio que experimentar cierta incomodidad)

DOCTOR 1º
(Tomando la voz cantante) Creo que usted, Dolores...Preferiría que nos fuéramos.

DOLORES
(Venciendo la tentación de decirle que sí, se encoge de hombros) No...¿Para qué? Volverían ustedes, o volvería algún otro de sus amigos...No...No se ofendan, pero... No es a ustedes a quienes temo...Es a él: al propio Juan Lavalle.

DOCTOR 1º
Lo lamento.

DOCTOR 2º
Nosotros sólo cumplimos con nuestro deber.

DOLORES
Sí, supongo que sí. Ahora, si me disculpan... No quiero parecer poco hospitalaria, pero...Tengo mucho que hacer.

(Mientras los Doctores cuchichean entre sí, ella se dirige hacia un costado del escenario, donde se topa con Lavalle que entra. Viste de paisano y está en camisa. Las botas granaderas son el único detalle militar que conserva en su indumentaria)

LAVALLE
(Tomándola de la cintura) ¿Qué le pasa, mi amor? ¿Adónde va tan apurada?

DOLORES
Los doctores te están esperando, desde hace rato.

(Sale rápidamente, mientras los Doctores enfrentan a Lavalle, rebosantes de cordialidad y con los brazos abiertos)

LOS DOCTORES
¡Mi general...!

LAVALLE
(Dando la mano a cada uno, con tibia cordialidad) Doctor...Doctor...Doctor...

DOCTOR 1º
¡Qué gusto verlo, general...!

LAVALLE
¿Qué noticias tienen de Buenos Aires...?

DOCTOR 1º
¿No ha leído mis cartas? Más persecuciones, más depredaciones, más crímenes de la Mazorca...

LAVALLE
Sí, claro...(Breve pausa) Pero, no...Yo me refería al bloqueo de Buenos Aires...A la guerra que Francia le ha declarado a nuestra patria.

DOCTOR 2º
Bueno...Hay un matiz que se debe tener en cuenta...Francia no le ha declarado la guerra a nuestra patria, sino al gobierno de Rosas...¿No ha leído mis cartas?

LAVALLE
Sí, por supuesto, pero...(Con humildad, como admitiendo tácitamente su inferioridad intelectual) Yo debo admitir que cuando los barcos franceses atacaron Martín García...Bueno, sentí orgullo de la resistencia que opusieron los argentinos...

DOCTOR 1º
(Comprensivo) Mi muy querido y muy respetado general...Espero que haya leído usted mis cartas...Pero, discúlpeme...Su punto de vista es adolescente y provinciano...Carece en absoluto de amplitud filosófica.

LAVALLE
(Asombrado) ¿Qué tiene que ver en esto la filosofía? ¿Por qué hacen la guerra los franceses?

DOCTOR 1º
(Perdiendo la paciencia) ¡No, evidentemente no ha leído usted nuestras cartas...! ¡O no las ha entendido! ¡Lo importante es de qué lado están la Razón y la Justicia!

DOCTOR 2º
¡El hecho de haber nacido en Buenos Aires no nos exime de considerarnos parte de la Humanidad!

DOCTOR 3º
¡Ciudadanos del mundo!

LAVALLE
Sí, seguramente yo sea un torpe...¿Pero por qué hacen ellos la guerra?

DOCTOR 2º
(Reticente) Bueno...Al principio...Quizás buscaban algunos privilegios comerciales...

DOCTOR 3º
Alguna pequeña ventaja para sus compatriotas radicados en el país...

DOCTOR 1º
¡Pero eso ya pasó! ¡Ahora es distinto! Ahora, créame, se conforman con deponer a la tiranía...

DOCTOR 2º
Establecer en estas tierras bárbaras un gobierno ilustrado...

DOCTOR 3º
Alguien con quien se pueda tratar, caramba...

(Lavalle menea la cabeza, dubitativo)

DOCTOR 1º
(Desplegando con energía su diario) Mire, mire lo que escribe Alberdi en "El Nacional" de Montevideo...(Leyendo) "No hay que detenerse en las preocupaciones contra el extranjerismo. Detenerse en la consideración de que se emplean franceses, puede conmovernos a nosotros; pero no al pueblo de Buenos Aires, pues lo que allí se desea es deshacerse de Rosas, hasta de la mano -o de la pata- del diablo" (Cierra el diario) ¡Hasta de la pata del diablo, general...!

LAVALLE
Y eso quiere decir...

DOCTOR 2º
Eso quiere decir que Buenos Aires sólo necesita una chispa para que estalle el polvorín...

DOCTOR 3º
Todos están hartos de Rosas...

(Lavalle empieza a pasearse con agitación)

LAVALLE
Ojalá triunfe esa revolución...¡Ojalá triunfe! Pero yo...No, yo no iré allí de la pata del diablo...

DOCTOR 1º
(Con un suspiro de resignación) Está bien, Juan...(Frenando a sus compañeros) No lo importunaremos más...Somos hombres cabales y orgullosos...Si hemos venido hasta acá, aun a costa de un considerable esfuerzo físico y una enorme humillación moral, es porque consideramos que el general Lavalle, por su prestigio cívico y talento militar, era el único capaz de encender esa chispa...

LAVALLE
No, no es verdad... Hay otros jefes tan capaces...

DOCTOR 2º
(Sin prestarle aparente atención) Porque pensamos que lo único que el general Lavalle necesita de los franceses, es una nave...¡Qué digo...! Un barquichuelo que le permita cruzar el río con sus tropas...La provincia entera está esperándolo para levantarse...

LAVALLE
No, no es tan sencillo...

DOCTOR 3º
Pero, además...Seamos francos, amigos...Vinimos acá porque pensamos que el general Lavalle tiene alguna responsabilidad por lo que está pasando...Después de la derrota de Dorrego, le dio vía libre a Rosas...(Con inocultable desdén) Como diría el populacho: le hizo el campo orégano...

LAVALLE
(Reaccionando) No abuse de mi paciencia, doctor...¡Eso no es cierto...! (Como convencidos de su superioridad dialéctica, los Doctores le dan la espalda) Le ofrecí el gobierno de Buenos Aires al general San Martín...A Tomás Guido...A mucha gente ilustre...Pero nada de eso fue posible...Y preferí la paz...

(Los Doctores se vuelven, serenamente triunfantes)

DOCTOR 1º
¿La paz...? ¿A esto llama la paz...?

LAVALLE
Nadie sabía entonces quién era Rosas...Nadie sabía lo que vendría después...

DOCTOR 2º
¡Pero ahora lo sabe! Y por eso la gente está esperándolo...

DOCTOR 3º
(Enfático) ¡La libertad está esperándolo!

DOCTOR 1º
(Suavecito) La gloria está esperándolo, Juan...

(En medio del círculo de los Doctores, Lavalle se pasea víctima de una prolongada y ardiente lucha interior, aunque su resultado sea previsible)

LAVALLE
La gloria...(Breve pausa) Habrá que exigir de los franceses que depongan toda ambición territorial, ventajas comerciales o de cualquier otra índole...

DOCTOR 1º
¡Se comprometen a ello!

LAVALLE
La gloria y no el poder...Mi participación será exclusivamente militar y durará hasta el día en que caiga la tiranía...No ambiciono ni aceptaré el gobierno.

DOCTOR 2º
(Hipócritamente condolido) Tendremos que resignarnos...

LAVALLE
La gloria y el arrepentimiento...Pues lo primero que haremos, cuando entremos en Buenos Aires, será rodear de consideración y respeto a la viuda y las hijas del coronel Dorrego...

DOCTOR 3º
(Desabrido) Eso ya es cosa suya...

LAVALLE
Sí, es cosa mía...(Levantando apenas la voz) ¡Dolores...!

(Como mágicamente convocada, entra Dolores, llevando una ordenada pila de ropa y un sable)

DOLORES
Sí, Juan.

LAVALLE
(No demasiado asombrado) ¿Lo sabías?

DOCTOR 1º
(Hasta él, algo confundido) Creo que se nos está haciendo tarde...Supongo, Juan, que usted preferirá no venir en calesa...

LAVALLE
(Sin dejar de mirar a Dolores) No...iré a caballo.

DOCTOR 1º
Entonces hasta la vista...Adiós, Dolores.

(Los tres Doctores dan sendos galerazos y reverencias, y salen, sin que Lavalle ni Dolores les presten atención. Recién entonces, en silencio, como si fuera un rito doloroso, ella lo vuelve a vestir a Juan, pálida pero serena: primero la chaqueta militar, el sable, la chalina celeste con que le envuelve el cuello; por último, le entrega el bicornio de general, que él se coloca bajo el brazo. Se quedan contemplándose)

LAVALLE
(Para ocultar la propia emoción) ¿Y qué...? ¿Ahora se me va a poner a llorar...?

DOLORES
(De bronce, y derritiéndose) ¿Llorar, yo...? ¡Soy Dolores de Lavalle...!

LAVALLE
Entonces, dejame llorar a mí...Yo soy Juan de Dolores...

(Se abrazan como sólo pueden hacerlo quienes se aman y temen no verse más. Finalmente, Dolores se desprende y retrocede hasta desaparecer, mientras continúan mirándose. Cambian la luz y la actitud de Lavalle, mientras empieza a escucharse, desde afuera, el sonido melancólico de una guitarra. Lavalle se dirige a un nivel superior y se queda contemplando algo, a lo lejos. Luego, siempre acompañado por la lejana guitarra, comienza a cantar la "Canción frente a Buenos Aires": quizás no sea un canto propiamente dicho, sino un lamento rítmico y nostálgico, apenas subrayado por los rasguidos de la guitarra)

Buenos Aires a la vista
y, sin embargo, lejana
como una niña en la sala
tras de la reja, entrevista.

Tristeza de quien se empeña,
locura de quien se afana
en moza tan bien guardada
y que, encima, lo desdeña.

Porque Rosas se impone
con sus cañones,
en el aire hay agüeros
de montoneros
y la gente parece
-mal que nos pese-
no sentir mucha pena
por sus cadenas...

La vichamos desde Merlo,
la palpitamos en Monte,
un poco en el horizonte
y otro poco en el recuerdo.

Y a pesar de sus desaires
cómo la sentimos nuestra...
Y aunque esquiva se nos muestra
qué linda está Buenos Aires...

(Al promediar la canción, en un lugar inferior que se supone es la tienda de Lavalle o las inmediaciones de ésta, entra el Ayudante y comienza a examinar un mapa o efectuar una tarea similar. A poco, ya finalizada la canción, entra un Paisano rotoso, ligeramente achispado pero no borracho. El Ayudante levanta la cabeza, sorprendido)

AYUDANTE
¿Qué hace usted aquí?

PAISANO
Buenas tardes...Ando buscando al general en jefe.

AYUDANTE
(Acercándose y oliéndolo involuntariamente) Usted está borracho...

PAISANO
Eso sí que no, señor...Pasé por la pulpería para entonarme apenas con un taco de ginebra...(Orgulloso) Al fin y al cabo, vengo a engancharme...

AYUDANTE
¿Pero cómo pasó por la guardia?

PAISANO
(Inocentemente) Vi que estaban tabeando y dándole a una bota de vino...Yo dije "Buenas tardes"...Y pasé.

AYUDANTE
¡Qué escándalo...!

LAVALLE
(Acercándose) ¿Qué sucede?

AYUDANTE
Este hombre, señor...Dice que viene a engancharse.

LAVALLE
Bueno...Al fin uno.

AYUDANTE
Dice que pasó por la guardia, dijo "Buenas tardes" y entró como Pedro por su casa...¡El propio Rosas podría haber llegado hasta aquí!

LAVALLE
(De buen talante) Con tal de que dijese "Buenas tardes"...No creo que Rosas hubiese sido tan cortés...(Tras una breve pausa, al Ayudante) Vaya a ver qué sucede.

AYUDANTE
(Mirando en dirección al Paisano, sin mucha confianza) Pero, señor...

LAVALLE
Vaya nomás...(El Ayudante hace la venia y sale, mientras Lavalle encara al Paisano) Bueno, mi amigo...¿Qué anda buscando?

PAISANO
Yo quería hablar con el general en jefe.

LAVALLE
¿Para engancharse?

PAISANO
(Reflexionando) Bueno, quizás no sea necesario. Usted debe ser...(Lo evalúa) Sargento, por lo menos...Vi la manera como lo mandó al otro.

LAVALLE
(Divertido) ¿Y qué lo ha decidido a dar este paso?

PAISANO
Pues verá, mi sargento...Me han dicho que a cada recluta le dan dos onzas de oro, chaquetilla y un chiripá flamante...Y pensé que, a lo mejor, podría rapiñar -de buen modo- un poco de comida para el rancho, donde la mujer y los chicos están pasando hambre...

LAVALLE
(Un poco más entristecido) ¿Nada más?

PAISANO
No, no me han dicho que den nada más...Y yo con eso me conformo, mi sargento...

LAVALLE
(Exaltándose gradualmente, pero sin agresividad) Pero...Libertad...Constitución...Unidad...¿No significan nada para usted...? (El Paisano lo mira azorado) ¿O acaso está a favor de la Federación...? (Lo mismo) ¿Por qué pelean Rosas y Lavalle...? (Lo mismo) ¿Qué es lo que usted quiere para este país...?

PAISANO
(Decidiéndose) Yo sólo quiero vivir en paz, mi sargento...Pero no me dejan...(Lavalle empieza a reir, en forma amarga pero incontenible. El Paisano reacciona, algo amoscado) ¿Qué pasa, mi sargento...? ¿Se está burlando de mí...?

LAVALLE
(Pasándole un brazo por los hombros) No, mi amigo...No es de usted de quien se han estado burlando...(Saca del bolsillo una moneda de oro y se la entrega) Tome... Esto es lo único que puedo darle...Vuélvase a su rancho...Y trate de vivir en paz.

PAISANO
(Desconcertado) Gracias.

LAVALLE
No, no...Gracias a usted.

(Antes de que el Paisano atine a contestar, vuelve a entrar el Ayudante)

AYUDANTE
Discúlpeme, señor...El general Halley desea verlo con urgencia.

(Sin esperar la venia para entrar, ingresa Halley, vestido con su vistoso uniforme de general francés)

HALLEY
Bonsoir, mon général.

LAVALLE
Buenas tardes.

HALLEY
(En un español arrevesado, que nunca debe llegar a la comicidad) Tengo que hablar en forma urgente...Y privada...Con usted.

AYUDANTE
(Al Paisano) Venga, vamos...

(Mirando con admirada curiosidad a Halley) ¿Quién es...? ¿Un prisionero...?

AYUDANTE
¡Usted está loco...!

PAISANO
Yo digo...Por la forma de hablar en gringo...

(El Ayudante lo toma de un brazo y lo saca del lugar. Halley se queda mirándolo, con divertida benevolencia)

HALLEY
Estos bárbaros ingenuos...

LAVALLE
(Cortés, pero firmemente) Le ruego, general, que hable con mayor cortesía de mis compatriotas, en mi presencia.

HALLEY
Discúlpeme. (Lavalle hace un gesto de restarle importancia) Seré breve, porque el tiempo urge...Traigo buenas y malas noticias.

LAVALLE
Entonces, comencemos por las malas.

HALLEY
El gobierno de Francia ha decidido firmar la paz con el gobierno de Buenos Aires...(Corrigiéndose) Del señor Rosas, quiero decir.

LAVALLE
(Inmutable) ¿Esas son las malas noticias?

HALLEY
¿Le parece poco?

LAVALLE
¿Cuáles son las buenas?

HALLEY
El gobierno de Su Majestad...Considerando que no debe abandonar en esta peligrosa situación a sus aliados...A quienes, de algún modo, embarcó en ella...

LAVALLE
No, no, general...A mí no me embarcó nadie. Yo asumo la responsabilidad de mis propios errores.

HALLEY
Sea como fuere, general...El gobierno de Francia le ofrece, por mi intermedio, el grado de mariscal y un mando militar inmediato en alguna de sus colonias...A lo cual permítame agregar mi personal y auténtica complacencia por ese reconocimiento de sus méritos...

LAVALLE
(Tras una brevísima meditación) Yo le agradezco sincera y cordialmente, general, sus buenos deseos y la opinión que tiene usted de mí...(Breve pausa. Halley se inclina) En cuanto al ofrecimiento de su gobierno...Soy un argentino que pretende seguir siéndolo y que jamás luchará por otra bandera.

HALLEY
(Tímidamente al principio) Se me ha encomendado, también...Previendo esa negativa...Que ponga en sus manos una importante suma de dinero...(Animándose de a poco) En Europa, podría usted ejercer un comercio o industria lícitos...O colocar su capital en alguna de esas sociedades anónimas, que ahora empiezan a florecer...

LAVALLE
(Conteniéndose a duras penas) ¿El comercio, la industria...? ¿Las sociedades anónimas...? ¿Pero qué se ha creído usted que es esto? ¿Una opereta?

HALLEY
Lo lamento, general...Créame que no quise ofenderlo. Pero créame también que su actitud no es demasiado...habitual...en estas latitudes...

LAVALLE
Entonces, eso es lo lamentable. (Se dan la mano, cortés pero fríamente, cuando irrumpe el Doctor 1º, fuera de sí y agitando belicosamente su paraguas)

DOCTOR 1º
¡Traición...! ¡Traición...! (Se sorprende desagradablemente al ver a Halley) ¿Qué hace usted aquí...? ¡Judas Iscariote...!

HALLEY
He venido a cumplir mi doloroso deber.

DOCTOR 1º
(Mirando a Lavalle, pero señalando a Halley con su paraguas) ¡Nos han abandonado...!

LAVALLE
Es suficiente, doctor...

DOCTOR 1º
(Lo mismo) ¡Traicionado...!

LAVALLE
Basta, doctor.

DOCTOR 1º
(Lo mismo) ¡Vendido...!

LAVALLE
(Enérgico) ¡Cállese la boca! Este es mi campamento... ¡Y aquí, al menos, mando yo!

HALLEY
(Con una cortesía) Adiós, caballeros. Les deseo la mejor de las suertes...(Sale)

DOCTOR 1º
(Desolado) ¿Qué haremos, Juan...? ¿Qué haremos?

LAVALLE
(Con una euforia casi invisible, chiquitita, que irá creciendo hasta alcanzar de a poco el límite de la locura) ¿Le gusta el vals, doctor?

DOCTOR 1º
(Atónito) ¿El vals...? ¡Le estoy preguntando...!

LAVALLE
Me está preguntando qué vamos a hacer, y yo se lo digo...¡Bailaremos el vals de la libertad! (Empieza a tararear algún vals de la época, toma por la cintura al Doctor y comienza a girar, seguido a duras penas por su despavorido acompañante, que no atina siquiera a resistirse. La melodía es cacofónica y el baile grotesco: obviamente, la acción no debe evocar una danza, sino una especie de patético exorcismo, durante el cual Lavalle tararea y canta alternativamente) Lará, lará, lará...El vals de la libertad...Y esta vez...Laralá...Esta vez la orquesta no será...Laralá...Dirigida por la...Laralá...La pata del diablo...

DOCTOR 1º
(Con creciente desesperación) ¡Tenemos que atacar ya mismo, general...! Sorprenderlo a Rosas, que nos debe creer en retirada...

LAVALLE
(Siempre obligándolo a girar) Laralá, laralay...¿Atacar...? ¡Usted delira, doctor...! Rosas tiene más hombres, más moral, más fuerza que nosotros...Laralá, laralá...

DOCTOR 1º
(Jadeante) ¿Entonces...? ¿Usted dice...? ¿Otra vez el exilio...?

LAVALLE
¡No, doctor...! Laralá, laralá...

DOCTOR 1º
¿No pensará echarse atrás...? ¡Piense en su gloria, Juan, piense en...!

LAVALLE
(Deja de tararear y de bailar, y lo abandona, con gesto despectivo. El Doctor cae al suelo, agotado) ¿En qué cree que estoy pensando...? ¡No, doctor...! No hay cuidado. Voy a seguir peleando. Pero nos iremos tierra adentro...

DOCTOR 1º
¡Hay que atacar a Buenos Aires...! ¡Hay que atacar ya mismo...!

LAVALLE
(Desentendiéndose de él) Nos iremos a dar un baño de tierra...A lavarnos del olor de los ingleses, de los franceses, de los portugueses...

DOCTOR 1º
(Siempre desde el suelo) ¡Usted está loco, Lavalle...!

LAVALLE
Sí. Puede que esté loco...Pero nos iremos tierra adentro. (Sale. Ruido de tambores, de clarines, de tropas en marcha, mientras baja la luz. Repentinamente, un rayo de luz ilumina el rostro del Doctor 1º, que se incorpora y abre su paraguas para protegerse; en otro lugar del escenario aparece el Doctor 2º, que se cubre de la lluvia bajo su paraguas; en un tercer sitio, el Doctor 3º trata de resguardarse del viento con su paraguas)

DOCTOR 1º
Lo dijo Echeverría...

DOCTOR 2º
Y no se equivocaba...

DOCTOR 3º
Quizás se quedó corto...

DOCTOR 1º
(Recitando muy enfáticamente)
"Todo estaba en su mano y lo ha perdido
Lavalle, es una espada sin cabeza.

DOCTOR 2º
(Lo mismo)
Sobre nosotros, entre tanto, pesa
su prestigio fatal, y obrando inerte
nos lleva a la derrota y a la muerte!

DOCTOR 3º
(Lo mismo)
Lavalle, el precursor de las derrotas.
¡Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era
para echar sobre sí cosas tan grandes."

(Se apagan las luces de los paraguas de los Doctores, que desaparecen en la penumbra, en tanto se escuchan ruidos confusos, algunas voces indistintas y ladridos de perros. La luz crece algo, sin sobrepasar la escasa claridad de una siesta provinciana tras los postigos entornados. El general Tomás Brizuela, gobernador de La Rioja y director nominal de la Coalición del Norte, se halla reposando: ronca suavemente y, de vez en cuando, bebe un trago de una botella de ginebra que tiene al alcance de la mano. Va vestido de la manera pintoresca como lo describe Pedro Lacasa en su libro -pag.154-, y los ya aludidos ruidos del exterior no parecen incomodarlo; hasta que se escucha un estridente aullido de dolor y el ruido de una puerta abierta a sablazo limpio, por donde entra la luz y enseguida irrumpe Lavalle, con el sable desenvainado. Brizuela se incorpora alarmado y extrae una pistola de algún lado)

BRIZUELA
¿Quién es usted?

LAVALLE
¿El general Brizuela?

BRIZUELA
(Amartillando la pistola) ¿Cómo es que se ha permitido entrar aquí, de una manera tan...desacatada?

LAVALLE
¿Debo entender que estoy hablando con el general don Tomás Brizuela, gobernador de La Rioja y director militar de la Coalición del Norte...?

(Se escucha una nueva lamentación, ahora más ahogada)

BRIZUELA
¿Qué le ha hecho a mi pobrecito edecán...?

LAVALLE
(Envainando el sable) No se preocupe. Tan sólo le he dado un pinchazo en el culo...Para que se hiciese a un lado y me dejase entrar...

BRIZUELA
(Asombrado) ¿Pero quién demonios es usted...?

LAVALLE
Lavalle.

BRIZUELA
(Desamartillando y guardando la pistola, mientras adopta una actitud de falsa cordialidad) ¡Pero, mi general...! Debí habérmelo imaginado, al verlo tan nervioso, tan altanero...¿Por qué no se hizo anunciar, sencillamente...?

LAVALLE
Por supuesto que lo hice. Pero me dijeron que Vuestra Excelencia estaba descansando y no recibía a nadie.

BRIZUELA
Deben haber malinterpretado mis órdenes...Eso no regía para usted, naturalmente...(Con ligero reproche) Pero, mi general...Esta no es forma...Podría haberme enviado una esquelita...¡Cómo no lo iba a recibir a usted!

LAVALLE
Señor gobernador...Si me permite un breve resumen...Hace seis meses que se formó la Coalición del Norte, para luchar contra la tiranía...

BRIZUELA
¿Sí, vio...? Nos jugamos por usted, mi amigo...

LAVALLE
(Ignorándolo) Hace tres meses que mi ejército fue derrotado en Quebracho Herrado, sin haber recibido ninguno de los auxilios prometidos...

BRIZUELA
(Siempre sospechosamente manso) ¿Y qué quiere...? Son provincias tan pobres, mi general...

LAVALLE
Hace un mes...¡Un mes...! Que estoy en la ciudad de La Rioja, tratando de entrevistarme con usted... Pero cuando no estaba en la estancia, estaba en la vendimia, o de esquila, o comprando burros en los Llanos...

BRIZUELA
Y, la milicia es una profesión azarosa, usted lo sabe...Hay que pensar en el futuro.

LAVALLE
(Reprimiendo su fastidio) Sea como fuere...¿Le parece que he tenido poca paciencia?

BRIZUELA
Sí, me he enterado que ha estado de visita varias veces...(Toma un trago de la botella) ¿Quiere un traguito, para entonarse?

LAVALLE
No, gracias.

BRIZUELA
Me han dicho, incluso, que ha tenido ocasión de conocerla a Solanita...

LAVALLE
(Algo turbado) ¿Solanita...?

BRIZUELA
(Imperturbable) Sí, claro...Solanita para los íntimos...(Breve pausa) Doña Solana Montemayor de Brizuela...Mi digna y bella esposa.

LAVALLE
Sí, he tenido oportunidad de conocer a su esposa en alguna de mis reiteradas...e infructuosas visitas.

BRIZUELA
(Intencionado) ¿Infructuosas...? Es muy linda...¿No le parece?

LAVALLE
Coincido con Su Excelencia, pero...(Sintiéndose en la obligación de reaccionar) ¿Qué quiere usted insinuar?

BRIZUELA
¿Insinuar...? ¿Qué voy a querer insinuar...? ¿Tratándose de mi propia esposa...? ¿Y de un general aliado, héroe de la Independencia, encima...?

LAVALLE
(Empezando a perder los estribos) Si hiciera usted menos caso de los chismes, y más de sus obligaciones...

BRIZUELA
Pero, mi general, no se sulfure...Si usted quiere, desde ahora mismo es el gobernador de La Rioja...Y puede disponer de lo que guste...Es decir, de lo que no haya dispuesto todavía...

LAVALLE
(Conteniéndose) Señor gobernador...Dejémonos de recriminaciones inútiles. ¿Cuál es la situación de la provincia?

BRIZUELA
Bueno, usted sabe, mi general...En el fondo, La Rioja sigue siendo del finado don Facundo...

LAVALLE
(Extrañado) ¿Don Facundo...? ¿Quiroga...?

BRIZUELA
Sí, claro. Acá son todos federales. Yo mismo lo soy... (Corrigiéndose) Lo era.

LAVALLE
Pero, entonces...¿Cómo se entiende la adhesión a la Coalición del Norte?

BRIZUELA
¿Y qué...? No nos vamos a dejar poner la pata encima por Rosas que, al fin y al cabo, es un porteño también.

LAVALLE
(Con aire de resignación) Bueno...¿Y cuál es el auxilio militar efectivo que nos pueden prestar?

BRIZUELA
Pues, verá...Tengo quinientos caballos gordos en la estancia...Y mil fusiles enterrados allí mismo.

LAVALLE
(Asombrado) ¿En la estancia...? Entonces, a esta altura, ya deben estar en poder de los rosistas...

BRIZUELA
¿No me diga...? Mire que habían resultado ladinos esos guachos...

LAVALLE
(Impaciente) ¿Y hombres? ¿Cuántos hombres puede proporcionarnos?

BRIZUELA
(Echando cálculos) Y...¿Qué tendré...? Unos mil seiscientos...(Breve pausa) Mire lo que voy a hacer...Le daré la mitad.

LAVALLE
¿La mitad?

BRIZUELA
Imagínese...Un gobernador no puede quedarse con tres perros flacos y un edecán herido en el culo, como única escolta.

LAVALLE
¿Puedo contar, entonces, con ochocientos hombre bien montados?

BRIZUELA
Como si los tuviera en el bolsillo...Lo que sí, mi general, póngalos a la retaguardia...Son novatos, los pobrecitos, y no soldados veteranos como los suyos...

LAVALLE
De acuerdo. Trataremos de adiestrarlos.

BRIZUELA
Y, dígame...¿Esos doctores de Montevideo y de Chile, amigos suyos...? ¿No nos podrían echar una manito...? ¿Plata, aunque sea...?

LAVALLE
Ya no son mis amigos. No creo que nos quieran ni nos puedan ayudar.

BRIZUELA
Entonces, mi general...Si no es indiscreción...¿Qué carajo piensa hacer?

LAVALLE
Veré de entretener al enemigo en La Rioja, mientras pueda...Sólo en caso de extrema necesidad nos iremos hacia el norte...

BRIZUELA
Conforme, mi general...Entreténgalos...Usted seguro que sabrá cómo hacerlo...

LAVALLE
Entonces, señor...(Con una breve cortesía) Me retiro.

BRIZUELA
(Ofreciéndole la botella) ¿No quiere un traguito, de despedida...? ¿Para brindar por la victoria...? ¿O por la entretención, en todo caso...?

LAVALLE
No, gracias.

BRIZUELA
Entonces, hágame un favor...Cuando salga, dígale a mi edecán, si se ha repuesto, que no deje entrar a nadie.

(Lavalle sale. Brizuela toma un trago de la botella y se acuesta a reanudar su siesta. Mientras la luz se extingue sobre él, se ilumina otro sector del escenario, donde Damasita Boedo canta su canción. Al mismo tiempo, baila con movimientos de marioneta una mezcla de danza y pantomima burlesca)

DAMASITA
Me destinaron a tocar el piano,
me condenaron a "parler français",
a devanar para ocupar las manos
y a bailar vals para estirar los pies.

Así, en la buena sociedad salteña
como una niña honesta practiqué
virtud y hastío en recatadas fiestas
y el gris consuelo de rezar sin fe.

Quiero olvidarme todo
lo que aprendí,
dejar mis buenos modos
de maniquí
y cultivar el vicio
de florecer
aprendiendo este oficio
de ser mujer...

Los varones regresan de la calle
y dicen envidiar nuestra quietud
porque allí afuera soplan huracanes
que arrastran el honor y la virtud.

Pero en cada solapa traen perdidas
fragancias de aventura y de pasión,
que me hacen sentir ganas de estar viva
y me hacen sentir hueco el corazón...

Quiero olvidarme todo
lo que aprendí,
dejar mis buenos modos
de maniquí
y cultivar el vicio
de florecer,
aprendiendo este oficio
de ser mujer...

(Al terminar, se toma la cabeza, risueñamente compungida) Al final, van a acabar por tener razón...Voy a terminar volviéndome loca...(Se arrodilla frente a un figurado reclinatorio y se persigna) Dios bendito...Hacé que me arrepienta...Pero, mejor...Primero dame un pecado grande de qué arrepentirme...

(A sus espaldas entra Lavalle, que se cuadra con más cortesía que marcialidad. Damasita se vuelve y se incorpora, enfrentándolo con una mirada incrédula)

LAVALLE
Perdón...Soy Juan Lavalle.

DAMASITA
Lo sé. Soy Damasita...(Corrigiéndose) Dámasa Boedo.

LAVALLE
¿Es usted la esposa de...? (Se interrumpe)

DAMASITA
No, soy su hermana. Mariano era soltero.

LAVALLE
Bien, lo mismo da...(Muy turbado) Reciba usted mi pésame.

DAMASITA
(Asombrada) ¿Su...pésame...?

LAVALLE
Fuimos camaradas de armas en la batalla de Ituzaingó...Donde el coronel Boedo se comportó heroicamente...Y fue herido y desfigurado por una bala de cañón que le destrozó la mandíbula...

DAMASITA
(Todavía serena, aunque con una ligera resonancia histérica en la voz) Todo eso ya lo sé. Puedo agregar -porque usted no lo sabe-, que se convirtió en un hombre hosco y resentido...Que jamás se resignó a su mutilación y su desventura...Que odiaba intensamente a los felices y a los sanos...)Breve pausa) ¿Qué quiere ahora...? ¿Qué le dé las gracias...?

LAVALLE
(Más confundido todavía) No, yo...(Decidiéndose) Siempre pensé que el honor y la valentía no se practican sólo en el campo de batalla.

DAMASITA
¿El honor...? ¿La valentía...? (Lanza apenas una risita aguda) Pero dígame...¿No fue usted quien...?

LAVALLE
(Interrumpiéndola) Precisamente. Yo di la orden, desde Tucumán, de fusilarlo por conspirador. Sólo después de hacerlo, me permití recordar de quién se trataba...

(Damasita rompe a reír como si todo esto le resultara siniestramente divertido. Lavalle debe levantar la voz para hacerse oír)

DAMASITA
¿Sólo después de hacerlo, se permitió...?

LAVALLE
¡Porque no quiero excusar mi responsabilidad! ¡Yo no soy de los que acostumbran ocultar a sus víctimas...!

DAMASITA
(Siempre riendo) ¡Está loco...!

LAVALLE
No, escúcheme...Nuestra situación es difícil...

DAMASITA
(Lo mismo) ¡Todos estamos locos...!

LAVALLE
En diez días debo rehacer el ejército y atajar a los rosistas...

DAMASITA
(Lo mismo) ¡Completamente locos...! ¡Yo sé por qué se lo digo...!

LAVALLE
(Empezando a descontrolarse frente a la incontenible histeria de Damasita) ¡Salta y Jujuy es lo último que nos queda...! (Breve pausa, mientras ella sigue riendo) ¡Basta...! (Damasita ríe con más fuerza todavía. Por último, él le da una bofetada no demasiado fuerte) Discúlpeme...(La toma en sus brazos con delicadeza, como previendo que ella se pondrá a llorar. Pero Damasita no lo hace: deja de reír y lo mira largamente, sin resistirse al abrazo) Discúlpeme...(La suelta) Yo sólo quería explicarme y dar la cara...Pero mi presencia en esta casa ha resultado un escándalo. (Se encamina hacia la salida)

DAMASITA
(Llamándolo) ¡General...! (El se da vuelta) Seguramente, es más escandaloso lo que yo voy a decirle. Y casi...casi lo dejo ir sin decírselo.

LAVALLE
Usted dirá...(Damasita vacila) ¿De qué se trata?

DAMASITA
(Haciendo un valeroso esfuerzo) Hace trece años que estoy enamorada de usted.

LAVALLE
(Totalmente desconcertado, pero tratando de tomarlo a broma) Pero, Damasita...¿Cómo puede ser eso...?

DAMASITA
Desde la primavera de 1828...Yo estaba con mis padres en Buenos Aires...Las tropas regresaban del Brasil, por el Retiro...Y usted venía, al frente de su regimiento, luciendo sus flamantes palmas de general...

LAVALLE
(Nostálgico) Sí, claro...Yo tenía entonces treinta y un años...(Reaccionando) Ahora tengo...Mirá cómo han cambiado las cosas...

DAMASITA
(Aproximándose) Yo tenía entonces once años...Ahora tengo veinticuatro...Y para mí no ha cambiado nada.

LAVALLE
(Tentado, pero defendiéndose, como hará hasta el final) ¿Te parece...? Mirá...(Abre la boca, le muestra) El otro día. mordiendo una galleta, se me ha caído un diente...

DAMASITA
(Aproximándose) Yo no seré tan dura.

LAVALLE
Damasita... Antes te hablé de honor y valentía...Yo soy casi un viejo...Vos sos casi una niña.

DAMASITA
(Aproximándose, hasta quedar pegada a él) Voy a dejar de serlo...Quizás sin honor...Pero con valentía.

LAVALLE
(Rozando apenas sus labios) Damasita...

DAMASITA
En Salta todos dicen que estoy loca. Y es verdad. Pero quiero que sepas...Que nunca he besado a nadie, antes.

LAVALLE
(Intentando una última defensa) Y yo quiero que sepas, en cambio, que he besado a muchas...

DAMASITA
No me importa. Ahora ya no me importa.

LAVALLE
Y siempre que besé...A quienquiera que fuese...Pensé en Dolores.

DAMASITA
(Tras una breve reflexión) Está bien. Es honesto que me lo digas. (Se inclina nuevamente hacia él) Pensá en ella...Si no hay otro remedio...Pero besame a mí.

LAVALLE
(Mirando a través de ella, sin verla) ¿Y la gloria...? (Finalmente, la enfoca) ¿Sos vos la gloria, acaso...? (Damasita no contesta, pero lo espera pacientemente, hasta que él la besa con desesperación. Baja la luz. En la penumbra se esfuman Lavalle y Damasita, abrazados. Entre tanto, empieza a escucharse un pedazo de una canción rota en Famaillá)

UNA VOZ
(Cantando con acompañamiento de guitarra)
Si en el Quebracho Herrado
tuvieron suerte,
hoy que vienen confiados
verán la muerte.

Y si allá nos pudieron
porque eran más,
de nuevo nos veremos
en Famaillá...

(Un quejido y el ruido de un sablazo que parte en dos una guitarra, a lo que sigue el sonido terrible de la guerra: disparos de fusil, choque de sables, gritos humanos, galopes y relinchos, algún disparo aislado de cañón. Casi se huele el humo de la pólvora y el hedor de la sangre. Desde muy cerca llega el ruido de una costalada, un fuerte relincho, imprecaciones y lamentos, mientras va creciendo la luz. Casi enseguida entra Lavalle, renqueando y apoyado en su Ayudante)

AYUDANTE
Despacio, general...(Con respetuosa reconvención) No debió usted haber cargado como un teniente que quiere hacer méritos...

LAVALLE
¿Y qué...? ¿Los generales no deben hacerlos...? (Breve pausa, mientras se refriega una pierna) No se preocupe por mí...No ha sido más que un golpe.

AYUDANTE
¡Hasta las vizcacheras se han puesto a favor de Rosas...!

LAVALLE
Sí...(Con amargura) Parece que la tierra no nos quiere.

AYUDANTE
¡La domaremos...! ¡Rellenaremos cada vizcachera con la cabeza de un mazorquero...!

LAVALLE
Valoro su coraje y su entusiasmo, mi amigo...Pero parece que hoy no podremos darnos ese gusto...(Tras una brevísima meditación) Tome usted su caballo y dígale a Pedernera que se retire...

AYUDANTE
Pero, mi general...Ellos son los únicos que están sosteniendo la línea...

LAVALLE
Precisamente...Por ahora, al menos, no cosecharemos más víctimas...Famaillá está perdida. (Breve pausa) Dígale a Pedernera que nos retiraremos ordenadamente hacia Salta...Y vuelva luego a buscarme.

AYUDANTE
Bien, señor. (Hace la venia y sale)

LAVALLE
(Solo) ¿Qué querrá decir "Famaillá" en quechua? Quizás debí haberlo averiguado...Aquellos viejos dioses de piedra tenían la mirada larga y profunda...Y a lo mejor me enviaron un mensaje que yo no quise atender...(Un cercano y sonoro relincho lo vuelve a la realidad, mientras se ilumina un sitio apartado donde hipotéticamente yace el animal herido. Lavalle se aproxima) Pobrecito... Está sufriendo...Habrá que despenarlo...(Saca su pistola y se agacha, acariciando la cabeza del invisible caballo) Tranquilo...Tranquilo...(Dispara y se incorpora, algo conmovido, mientras se extingue el círculo de luz) Pobrecito... Pobrecitos... ¿Cuántos caballos he llevado a la muerte desde mi primer batalla...? Desde aquel combate de Guayabos...Y después Achupallas, Chacabuco, la vega de Talcahuano, Maipú...¡Cuántos caballos...! (Transición) En Perú tuve suerte...El alazán aquel que me acompañó en Nazca, en Cangallo, en Guancayo, en Pasco, en Río Bamba, en Torata, en Moquegua...Se me murió de sed en el desierto, cerca de Pisco...(Breve pausa. Sonríe) ¡Y aquel tordillo brasileño que monté en Ituzaingó...! Pobrecitos...Los caballos no tienen patria, ni partido...O, quizás, felices de ellos...(Breve pausa) ¡Y cuántos, cuántos más...! Cuántos más en estos últimos años...(Con algo de vergüenza) De algunos, ni me acuerdo...Pero me gustaría saber que en algún sitio todos me esperan, para volver a comer de mi mano...¡Que Dios se apiade de mi alma...!

(Regresa el Ayudante, mientras Lavalle permanece, abstraído)

AYUDANTE
(Agitado) ¡El general Pedernera ya ha ordenado la retirada y ha comenzado a abandonar el campo...! (Levantando la voz para llamar la atención de su jefe) ¡Señor...!

LAVALLE
(Reaccionando) Sí, discúlpeme.

AYUDANTE
Sus órdenes están cumplidas.

LAVALLE
Estaba pensando en los caballos que he llevado a la muerte.

AYUDANTE
(Algo desconcertado) Mi general...Piense en los hombres que aún esperan que los conduzca a la victoria...

LAVALLE
Sí, claro...Pero...Hoy se me dio por pensar en los caballos...

AYUDANTE
(Perentorio) ¿Nos vamos, señor? La escolta está esperando...

LAVALLE
Sí, vamos...(Deja salir primero al Ayudante. Luego se agacha junto al invisible caballo muerto y le acaricia la cabeza) Adiós, ruano...Hasta la vista.

(Sale , mientras cambia la luz y se escucha el sonido de una quena tristísima tocando una vidala. Tras unos instantes, vuelve a entrar el Ayudante, ahora hojeando unos papeles. Casi enseguida, entra Lavalle en actitud apremiante)

LAVALLE
Bueno...¿Y entonces...? ¿Cuántos quedamos...?

AYUDANTE
(Se sienta y examina sus papeles) Con Hornos se fueron todos los correntinos.

LAVALLE
Sí, ya lo sé...¿Como cuántos...?

AYUDANTE
(Lo mismo) Unos trescientos.

LAVALLE
Ojalá tengan suerte...No será empresa fácil cruzar el Chaco entero...

AYUDANTE
(Con cierto resentimiento) Ojalá tengan la suerte que se merecen...

LAVALLE
(Extrañado) ¿Y con eso...?

AYUDANTE
(Despectivo) Se fueron tras un espejismo de pastos altos, de agua abundante y de caballos gordos...

LAVALLE
No, eso es injusto...Se fueron para seguir luchando, en su provincia.

AYUDANTE
(Escéptico) Lo veremos...

LAVALLE
En fin...¿Cuántos quedamos?

AYUDANTE
Ciento veinte riojanos se volvieron para los Llanos...Los salteños, que serán unos ciento cincuenta, ya dijeron que no se moverán de Salta...

LAVALLE
(Impaciente) Sí, sí... ¿Cuántos quedamos?

AYUDANTE
Y en cuanto a los tucumanos...

LAVALLE
(Enérgico) ¿Cuántos quedamos, Lacasa...?

AYUDANTE
Según mis papeles...Unos doscientos, señor.

LAVALLE
Según sus papeles...¿Y en la realidad?

AYUDANTE
(Como si fuera culpa de él) Casi doscientos.

LAVALLE
Casi doscientos...Lindo ejército libertador...

AYUDANTE
(Tristemente) ¿Vale la pena, señor...? (Lavalle lo mira sin contestar) ¿Seguir...? ¿De esta manera...?

LAVALLE
(Sereno) Se descuenta que, en estas circunstancias...Están todos autorizados para seguir su propia conveniencia...Incluyéndolo a usted, por supuesto.

AYUDANTE
(Reaccionando fieramente, por primera y única vez) ¡Yo no le estoy pidiendo venia para escapar como una rata...! ¡Ni la necesito...!

LAVALLE
(Sin perder la calma) Discúlpeme...No quise...

AYUDANTE
¡Pero no es mi cabeza la que Rosas ha puesto a precio...!

LAVALLE
Hay que seguir... Hay que seguir...(Abruptamente) ¿Por qué piensa que sigo...?

AYUDANTE
Pero...Por lo de siempre, señor...(Casi inevitablemente escolar) La libertad de la patria...Organizada, con una constitución...Gobernada por los hombres mejores y más ilustrados...

LAVALLE
Sí, claro, todo eso es cierto...Aunque ahora suene casi ridículo...(Breve pausa) ¿Sabe que hay algo que me viene persiguiendo, hace años...? No, no hablo de Rosas y sus generales...No sé qué es...Pero sé que no puedo echarme atrás...Porque si vuelvo la grupa, siento como que voy a toparme antes con eso...Y no quiero...Todavía.

AYUDANTE
(Con los pies en la tierra, como siempre) Si pudiésemos llegar hasta Bolivia...Allá hay amigos...Y tiempo.

LAVALLE
(Intempestivo) ¿Qué pasa con las guitarras? Antes, apenas caía el sol, no había un solo fogón en el que no sonase una guitarra.

AYUDANTE
Supongo, señor...Que los ánimos están un poco caídos...

LAVALLE
Claro...Seguramente.

AYUDANTE
(Forzadamente festivo) Además, mi general, creo que nos hemos quedado sin guitarras...El último soldado al que le quedaba una, la partió en la cabeza de un rosista, durante la retirada de Famaillá.

LAVALLE
¿Quién es ese valiente? (Antes de que el Ayudante pueda contestar) Llámelo, por favor...(El Ayudante sale) Apenas doscientos...¿Pero cuánto valen? Si desde el principio hubiese tenido más guitarreros y menos doctores, quizás todo hubiese sido diferente...

(Entra el Ayudante, precediendo al Paisano que quería engancharse, frente a Buenos Aires. Está idénticamente vestido, con la única diferencia de un sable que cuelga de su cintura y algún otro arreo más o menos militar)

AYUDANTE
Señor...Aquí está el hombre.

LAVALLE
Soldado...(Reconociéndolo con sorpresa) ¿Ah, sos vos...?

PAISANO
A la orden, mi general.

LAVALLE
¿Así que, al fin, te quedaste...?

PAISANO
(Encogiéndose de hombros) Y...Me fui entusiasmado...(Breve pausa) Disculpe aquella vez lo confundí...

LAVALLE
Dejate de pavadas...Pero me parece justo que, si en poco más de un año, yo ascendí a general...Vos por lo menos asciendas de soldado a sargento...

PAISANO
Gracias, señor...(Orgulloso) Me voy a coser ya los galones...

LAVALLE
En cuanto a la guitarra...Lamento no poder reponértela...(El Paisano le resta importancia con un gesto. Lavalle se le acerca y le habla en tono confidencial) Pero haremos una cosa...¿Ves...? Ya está anocheciendo...Andate hasta la ciudad y agenciate una...Del modo que te parezca.

PAISANO
(Intencionalmente) ¿Del modo que me parezca...?

LAVALLE
(Asintiendo reflexivamente) Sí...

PAISANO
(Entusiasmado) ¡Gracias, señor!

(Sale de inmediato, sin insinuar siquiera el saludo militar)

AYUDANTE
(Escandalizado) ¡Pero, señor...! (Se lleva instintivamente la mano al botón cuya falta le costara la reprimenda de su jefe en la escena del fusilamiento de Dorrego) ¡Los reglamentos del ejército...!

LAVALLE
Los reglamentos del ejército...¿Qué reglamentos, Pedro...? ¿Y qué ejército...?

(Sale. El Ayudante se arranca con rabia el botón, lo mira melancólicamente, y lo arroja. Baja la luz. Vuelven a sonar las seis fatídicas campanadas del comienzo. El Ayudante enciende un candil y comienza a escribir una carta)

AYUDANTE
(Mientras escribe) Jujuy, 8 de octubre de 1841...

(Entra Damasita, envuelta en un chal)

DAMASITA
(Afectuosamente) Usted siempre escribiendo, Pedro...

AYUDANTE
Es una carta...Para mi madre. (Bajando la voz) ¿Se ha dormido?

DAMASITA
Creo que sí...Da vueltas y más vueltas...Está muy afiebrado...

AYUDANTE
(Con respetuosa impaciencia) Razón de más para seguir la marcha...Es una imprudencia habernos detenido en Jujuy...Y mucho más, separarnos del grueso de las tropas y meternos en la ciudad, para venir a pasar la noche en esta casa...¿Qué esperaba encontrar en Jujuy?

DAMASITA
Pensaba organizar una guerra de guerrillas en las quebradas, al estilo de Güemes.

AYUDANTE
(Con fastidio) Ya lo sé...Pero fíjese, Damasita...(Señala la habitación vacía como si fuese un símbolo elocuente) En Jujuy no ha quedado un unitario ni para remedio...Hasta el Gobernador ha huido a Bolivia...Y nosotros somos apenas doscientos, con el diablo de la montonera detrás nuestro, mostrándonos las guampas...(Breve pausa, mientras Damasita se arropa en su chal, como con frío) ¿Por qué no le habla usted, Damasita?

DAMASITA
Si no le ha hecho caso al general Pedernera, ni al coronel Danel, ni a usted mismo...(Algo burlona) Yo no soy el consejero militar del general Lavalle.

AYUDANTE
(Obstinado) Créame, Damasita...Jamás he discutido sus decisiones...No porque siempre estuviera de acuerdo...Y ni siquiera porque lo entendiese...Pero, últimamente...

DAMASITA
El ha dicho que no saldría del país...Que vencerá o morirá...

AYUDANTE
Frases, frases...Y lo peor es que es un hombre que cree en ellas...Deberíamos llevarlo a la fuerza, si es preciso.

(Por el mismo sitio por el que entrara Damasita, aparece ahora Lavalle. Está en mangas de camisa, transpirado y con los ojos brillantes de fiebre)

LAVALLE
(Forzadamente festivo) ¿Qué les pasa, con ese aire de conspiradores...?

AYUDANTE
(Cortado) Yo, señor...

DAMASITA
¿Por qué te has levantado?

LAVALLE
No podía dormir...Era peor seguir revolcándome en mi propio sudor...(Al Ayudante) Comandante...Hágame el favor de asegurarse de que los centinelas están en sus puestos y que todo está en orden...Apenas amanezca, habrá que reunirse con Pedernera y partir hacia Bolivia...

AYUDANTE
(Con inocultable alegría) ¡Bien, señor...! (Sale rápidamente)

DAMASITA
(Algo decepcionada) De manera que, de todos modos, nos vamos a Bolivia...

LAVALLE
No estamos en condiciones de resistir...Y esos hombres merecen seguir viviendo.

DAMASITA
Sí, supongo que sí...Además, les darás un alivio...Lacasa estaba ansioso por que nos fuéramos, pero no se atrevía a insistir.

LAVALLE
Pobre Pedro...Es de una lealtad tan conmovedora...Si algún loco pensara en hacerme un monumento, él iría a ofrecerse como pedestal...

DAMASITA
¿Y yo, Juan...? ¿Qué haría yo en tu monumento...?

LAVALLE
¿Vos...? (Pensándolo brevemente) Habría una placa de bronce con la lista de todas mis batallas..."Don Cristóbal: 10 de abril de 1840", creo..."Damasita Boedo: 23 de agosto de 1841"

DAMASITA
(Tristemente coqueta) ¿Todavía te acordás...?

LAVALLE
¡El último, afortunado e inmerecido triunfo de Juan Lavalle!

DAMASITA
No, Juan...Vendrán otras victorias...Y de las verdaderas...

LAVALLE
Pero no hay cuidado...No creo que a nadie se le ocurra semejante idea...El único monumento que yo merezco es una fuente...Una fuente salada, llena de lágrimas...

DAMASITA
(Tocándole la frente) Estás ardiendo de fiebre...¿Por qué no te acostás?

LAVALLE
No. Recostate vos. Dentro de un rato nomás habrá que partir y...La marcha será dura.

DAMASITA
Pero, es que...Prefiero quedarme aquí.

LAVALLE
No, descansá...(Persuasivo, conduciéndola hacia afuera) Descansá...Yo tengo todavía que disponer algunas cosas...(Antes de que ella salga, la detiene) ¿Te importa ir a Bolivia?

DAMASITA
¡Con vos, hasta el infierno, si es preciso...! (Sacudida por un recuerdo repentino) menos a Salta.

LAVALLE
Damasita...(La besa y la mira irse, tiernamente) Estás loca, completamente loca...y yo por eso te amo...(Se pasea desasosegado) Sí, creo que tengo algo de fiebre...y es lindo estar afiebrado...Casi como estar borracho...sin el regusto amargo de la bebida...Es como si algo brillara dentro de uno...y estuviera rodeado de sombras benévolas...que vienen a confortarlo y a comprenderlo...(Con naturalidad y sin sobresalto se dirige hacia un rincón sombrío) Como usted, general...Mi general...el único que tuve...el único que tuvimos todos nosotros...General...Usted me conoce desde que yo tenía catorce años y entré en su regimiento...Usted me entregó aquel sable...el mismo que empuñé desde Guayabos hasta Famaillá...Al menos, yo creí que era el mismo...y que lo revoleaba por la misma causa: la de la libertad...Pero usted tenía razón, mi general...(Subrayando la palabra con el gesto) "Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas...La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes..." (Desalentado) Y yo no lo escuché, o no lo entendí...(Siguiendo la sombra que supuestamente se aleja) ¿Me habrán cambiado el sable, general...? ¿me lo habrán cambiado...? (Sigue la sombra hasta otro rincón oscuro, donde parece toparse con alguien) ¡Vos, Dolores...! Realmente, hoy hubiese preferido que no nos encontráramos...No, disculpame; no quise decir eso...Es que... pero contame, ¿cómo están los chicos...? Augusto ya es un mozo, claro...¿Pero mi Dolorcitas, mi Hortensia, mi Juan que apenas tiene siete añitos...? (Breve pausa) ¿Sabés, mi amor...? Me he deslumbrado no sólo detrás de otras banderas...sino también de otras mujeres, detrás de...¡Me he deslumbrado tanto! Y, sin embargo, aunque te cueste creerme...hasta mis cenizas te amarán...Pero ahora, andate...los chicos están solos...(Atajándole al paso hacia el lugar por donde salió Damasita) Mejor por ese lado...(La mira irse imaginativamente por el costado opuesto. Se da vuelta y se enfrenta con algo que no parece sorprenderlo) Ah, Manuel, Manuel...vos no podías faltar...Si estaba precisando que vinieras...(Como si se le escapara un tibio reproche) Siempre con ese aire de compadrito, haciéndote valer con tu guitarra, finteando en los boliches...¿Será por eso que tantos te quisieron...? (Persiguiendo a la sombra que sólo él ve y que aparentemente se le escapa) Manuel...¡Manuel....! ¡Si vos dijiste que me perdonabas...! ¿Por qué yo no me perdono...? (Lo traiciona un sollozo que reprime. Una tenue luz comienza a teñir el escenario. Lavalle la percibe y apaga la vela) Ya empieza a amanecer...y se han ido...las sombras benévolas se han ido...y lo entiendo...Esto, al menos, lo entiendo...porque a la luz del sol, no podrían fingir que me disculpan...La luz del sol es cruda y verdadera...Ahuyenta los fantasmas y disipa los sueños mentirosos de la gloria....(Despectivo) ¡La gloria...! (Abruptamente, con un gruñido animal, lanza un manotazo al aire) Me he pasado treinta años persiguiéndola...(Otro manotazo) tratando de alcanzarla...(Otro manotazo) tirando manotazos en el aire...(Un último y desesperado manotazo. Luego, tristemente:) Como una zanahoria puesta delante del burro para que se mueva...Esa ha sido mi gloria...y eso soy yo...un burro viejo, achacoso, lleno de mataduras...Y a los burros viejos hay que sacrificarlos...(Se ríe con una locura bajita, pero intensa) Aunque esa dicha no será de Rosas...Porque la bala que yo siento que se acerca...fue disparada hace mucho...hace ya casi trece años, en Navarro...y me viene buscando desde entonces...(Un ruido confuso, algunos gritos ininteligibles lo vuelven a la realidad. Instintivamente, saca una pistola que lleva a la cintura. Casi de inmediato, entra el Ayudante, muy alarmado)

AYUDANTE
¡General...! ¡Hay soldados enemigos en el frente de la casa...!

LAVALLE
¿Como cuántos...?

AYUDANTE
Veinte o treinta, me han parecido...

LAVALLE
(Sin moverse) ¡Hay que abrirse paso por el fondo...! (Mientras el Ayudante empieza a salir) ¡Llévensela a Damasita...! (El Ayudante sale. Más ruidos y órdenes confusas) ¡No me han de agarrar vivo...! ¡Rendiré cuentas ante quienes debo...! (Apunta la pistola contra su pecho. Suenan tres o cuatro disparos. Uno es el de la pistola de Lavalle, que cae muerto en el centro del escenario, mientras empieza a oírse una distorsión cacofónica de las diversas melodías que se han escuchado en el transcurso de la obra y comienzan a caer lentamente pétalos rojos, como gotas de sangre sobre el cadáver al que, finalmente, terminarán por cubrir. Con su habitual manera solemne y circunspecta aparecen los Doctores, que rodean el cuerpo yacente)

DOCTOR 1º
Pobre Lavalle...Habrá que sepultarlo...

DOCTOR 2º
Junto con sus bravatas e imprudencias...

DOCTOR 3º
Hondo, muy hondo...

DOCTOR 1º
Habrá que hacer que se hable mucho de él...

DOCTOR 2º
Que se hable mucho y que se sepa poco...

DOCTOR 3º
Casi nada...Ni de él...Ni de nosotros...

DOCTOR 1º
Y habrá que levantarle una preciosa estatua...

DOCTOR 2º
Una estatua muy alta...

DOCTOR 3º
Donde nadie pueda mirarlo de muy cerca...

DOCTOR 1º
Sí, con el tiempo, parecerá que siempre fue una estatua...

DOCTOR 2º
Que nació de granito...

DOCTOR 3º
Vivió de mármol...

DOCTOR 1º
Y murió de bronce...(Con un gesto de desagrado, advierte los pétalos que caen sobre ellos mientras siguen cubriendo pausadamente el cuerpo de Lavalle. Abre su paraguas, con un suspiro) Este clima de Buenos Aires es tan variable...

DOCTOR 2º
(Lo mismo) Ah, Londres...

DOCTOR 3º
(Lo mismo) Ah, París...

(Lentamente va bajando la luz hasta extinguirse)



HISTORIA DE UNA ESTATUA se estrenó el 22 de abril de 1983 en el Teatro "Margarita Xirgu", de Buenos Aires.
 
 
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