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Teatro Abierto
 
Los ciclos del final
de Mauricio Kartun
 
Como cualquier pueblo, cualquier civilización, o hijo de vecino, tenemos los teatristas -siempre las hemos tenido- nuestras propias, intransferibles, utopías: quimeras de sala repleta, con público pegándose por entrar, de textos sustanciosos engordados a pura idea, que son devorados con pasión, digeridos con placidez y asimilados con eficacia. Sueño de poderosos en guardia frente al poder armado de la escena. Resabio imborrable de la vieja polémica sesentista, el hombre de teatro suele relajarse en privado en un fantaseo obsceno y ya inconfesable: el arte sí es capaz de cambiar el mundo. Utopía como deseo condensado en su máxima potencia. Teatro Abierto fue así. De repente, los mismos espectadores que antes hacían rogar estaban allí aclamando. Un libro con las obras se vendía en cifras de best-seller, y hasta Vanessa Readgrave alentaba a seguir desde Europa: el sueño del pibe. ¿Qué había sucedido? El soberano había escogido. La gente había puesto el dedo. Y de un utensilio como el teatro había hecho un arma más para enfrentar a la dictadura. Como esos pañuelos mojados que en las manifestaciones se usan contra los gases, le había asignado una nueva función y así la usaba. Nada nuevo el mecanismo. Ya muchos, en las grandes salas de la calle Corrientes, habían agitado el mismo pañuelo para rendirse. Siempre he creído que así se resolvía aquella fastidiosa polémica de los '60: el arte puede ser un elemento de lucha, pero no es el artista quien lo empuña sino el espectador. A nosotros sólo nos cabe la responsabilidad de hacer el mejor acero, el más insidioso y afilado, el más certero. Y en eso -sin duda- los artistas de Teatro Abierto resultaron artesanos solventes y denodados. Fueron días invaluables en horas hombre, en esfuerzo, creatividad y paciencia. Ya dos notas anteriores se han referido al '81, el primer ciclo -el apogeo-, pero allí no quedó todo. Durante cuatro años más Teatro Abierto seguiría saliendo a la calle.


El 82
Había que cambiar el criterio de selección de las piezas. Aquella interconvocatoria que había reunido a los veintiuno del inicio, ya no se compadecía con el carácter masivo que había cobrado el movimiento. Todos querían estar allí. Se decidió entonces por un concurso de piezas breves, de hasta una hora de duración, y más de cuatrocientos originales aparecieron como de la nada. ¿No es que no había autores en el país? La euforia consiguiente no fue la mejor consejera: como había tanto material se extendió el ciclo a treinta y cuatro obras que, sumadas a los diecisiete espectáculos experimentales elegidos también, daba la tan argentina suma de cincuenta y un estrenos simultáneos. Ciento veinte directores se inscribieron para trabajar en el ciclo. Cada uno escogió cinco obras de su interés, y cada autor cinco directores. Partiendo de coincidencias se formaron parejas de trabajo que convocaron a su vez a mil quinientos actores. Como una sola sala ya no alcanzaba, se contrataron dos: el Odeón -un antiguo y hermoso teatro hoy desaparecido- y el Margarita Xirgu, que fue acondicionado para cuatrocientas cincuenta personas -en el Odeón, "a la italiana", entraban otras novecientas-. Se programaron seminarios, mesas redondas y laboratorios. Hubo incluso elencos del interior del país que viajaban especialmente los fines de semana para presentarse en Teatro Abierto. Resultaba evidente que tanto despliegue no sería fácil de manejar, pero cuando reaccionamos ya era tarde. ¿Cómo substraerse de esa sensación de poder? Si antes se habían hecho veintiuna piezas, ¿por qué no cincuenta ahora?, o cien. Creo que si se hubiera podido, se habrían hecho las cuatrocientas. En la complicada selección de obras se eligieron algunos materiales muy débiles, y quedaron fuera -inexplicablemente- autores de reconocida experiencia. El concurso cerró a mediados de marzo. Unos días después se declaraba la guerra de las Malvinas. Víctimas de esta realidad caleidoscópica que nos ha tocado, el ciclo se largó en octubre sin un solo material que aludiera al conflicto. El público, aunque confundido por las dos salas y el nivel desparejo de las puestas, mantuvo su adhesión pero sin la euforia del año anterior. Las funciones -no obstante- se sostuvieron hasta el 30 de noviembre. Creíamos haber aprendido la lección. Para el año que viene volveríamos a una sola sala. Un año importante el '83 que se nos venía: el año de la vuelta a la democracia.


El '83
Un día pegajoso aquel viernes de octubre del '83. Una siesta calurosa que ya preanunciaba el verano. El bar de Chacabuco y Estados Unidos, en esa penumbra todavía con la que los viejos dueños de boliche saben protegerlos del bochorno. Las mesas vacías a las que iban llegando -antes de la función- los actores, en esa liturgia indolente, de sobremesa, que imponen las funciones vespertinas. Se tomaba algo habitualmente. Esas copitas de Talento con las que se suele calentar la máquina, y que ya comprometen a otro tomar más comprometido: el de la salida, más escandaloso, ahora sí teatral, purísima crema de adrenalina. Un lindo bar. De colectiveros y taxistas. Un vino fresco más que discreto, y unos pedazos de aceitunas como huevos. Un bar de gallegos entre el Casal de Cataluña y la pensión Cangas de Narcea, un rincón de esa extravagante geografía revisionista que han practicado los españoles aquí. Un bar de San Telmo, junto a un teatro, lleno de actores ahora, un día después de las elecciones nacionales con las que terminaban esos siete años de dictadura militar. Pero si esos encuentros habían sido hasta entonces una coincidencia, todos olimos ese día que algo en el lazo se deshilachaba. Llegaban los peronistas al bar boleados todavía por el fracaso. Los radicales, eufóricos. Los intransigentes...Los comunistas...En sus dos primeros años de vida Teatro Abierto había sido un bloque. En ese momento, terminada la furia de la resistencia, se volvía -irremediablemente- fragmentos. Era previsible. La lucha contra ese enemigo común había amalgamado ideologías y limado diferencias. La puja por el poder las había aguzado. Ya unos días antes se había encendido la mecha: los diarios anunciaban que el palco del acto de cierre de campaña del doctor Alfonsín había sido construido por Teatro Abierto. Una jugada más mezquina que astuta de los radicales que participaban -algunos conducían- en el ciclo.
Era un secreto a voces que el proselitismo que distintos que distintos artistas hacían entre las filas del Teatro Abierto. El principio del fin. Sólo nos mantendría unidos en adelante la esperanza de un proyecto cultural en democracia y la expectativa por la nueva gestión que reconociese a Teatro Abierto, y nos diera el espacio y la posibilidad económica que necesitábamos. Soñábamos con un Centro Cultural en la cortada Rauch, allí mismo donde la dictadura nos quemara el teatro. Soñábamos con un ciclo gratuito y las salas de un teatro oficial. Pronto despertaríamos a la realidad.
El ciclo del '83 se completó de todos modos con módica repercusión. El clima pre y poselectoral, con su teatralidad propia, se llevaba buena parte del público. Nos habíamos propuesto superar el descontrol del año anterior con una reestructuración sustancial, elaborando un proyecto común cuyo eje era el trabajo colectivo. El consejo directivo votó por veintiún autores y otros tantos directores a los que se llamó a participar. Se formaron siete grupos integrados por cuatro autores y cuatro directores -el número se completaba con algunos artistas jóvenes incorporados en calidad de invitados- y fueron estos grupos quienes, a su vez, convocaron a los actores para cada obra. Cada grupo preparó por separado su espectáculo que se representaba, así, uno en cada día de la semana. El tema era nuestra historia inmediata, esos siete años de represión. Las cosas fueron bien hasta aquel día después de las elecciones. El ciclo terminó en noviembre con la promesa de una nueva edición. Ya había asumido Alfonsín y en la última función terminamos bailando con el público en la calle. Volvía la democracia. Nos emborrachamos en el bar, y nos despedimos -como siempre- jurándonos el reencuentro el año entrante. Los gallegos, con más intuición, no dieron fiado a nadie.


El '84

La libertad había pasado como un vendaval arrasando todo. ¿Y ahora qué? ¿Cuál era el rol de Teatro Abierto en la democracia? ¿Cuáles eran los temas que debía encarar? ¿Había que desensillar de aquel teatro político? Las preguntas eran tantas que se decidió contestarlas de la manera en que mejor sabíamos hacerlo: con teatro. "Teatro Abierto opina sobre la libertad", así debió haberse llamado aquel espectáculo que escribimos entre todos los autores más cercanos al movimiento. Eran pequeñas piezas -sketches-, en realidad que, unidos, conformaban un espectáculo más extenso y multitudinario, que planeábamos representar una vez por semana en algún ámbito no tradicional -se pensaba en un estadio o galpón acondicionado al efecto-. Las piezas se terminaron en el plazo previsto, con un proceso de trabajo rico y rendidor: nos reuníamos semanalmente los autores -con la asistencia de algunos directores- y leíamos los borradores que eran debatidos por el grupo. El debate animó tanto a la reflexión que empezamos a descubrir que eso era lo que estábamos necesitando. A la hora del montaje los entusiasmos estaban divididos. A la mayoría de los directores -a quienes ahora correspondía el esfuerzo mayor- les resultaba engorroso conciliar la puesta con sus compromisos profesionales. Dudaban de su estética. Tantas dudas pedían a gritos continuar con el debate interno y así se hizo. El año fue propuesto como una pausa de reflexión. Las piezas se estrenaron luego en distintos ámbitos, formando parte de varios espectáculos independientes.


El '85
"Nuevos autores, nuevos directores". Es lo que hacía falta, y así llamó el ciclo ese año. La condición para participar fue no haberlo hecho en ciclos anteriores, y eso dejó aparecer en Teatro Abierto a artistas más jóvenes y con nuevas propuestas. Se organizaron cinco talleres autorales que convocaba cada uno a diez escritores surgidos de una selección previa. La coordinación de los talleres estaba a cargo de dramaturgos de mayor experiencia agrupados por parejas: Osvaldo Dragún y Eduardo Rovner, Ricardo Halac y Gerardo Taratuto, Carlos Somigliana y Carlos Pais, Aída Bortnik y Eugenio Griffero, Roberto Cossa y yo. Salieron de esta experiencia una docena de buenos materiales que fueron estrenados en la sala Fundart con puesta en escena de directores jóvenes asistidos a su vez por directores profesionales. Los talleres autorales fueron un aporte concreto de Teatro Abierto del que surgieron algunos nombres -Cristina Escofet, Susana Poujol, Patricia Zangaro, etc.- que comenzaron, a partir de esa experiencia, a estrenar más o menos regularmente.
Se lanzó también por entonces un segundo proyecto: el Otro Teatro, un ciclo de espectáculos generados y realizados en sectores marginales de la comunidad del que surgieron dos producciones: una pieza estrenada en el Sindicato de Gráficos, sobre el tema de los obreros desaparecidos, y otro montado en el patio de un inquilinato de San Telmo sobre la problemática del sector.
Teatro Abierto terminó como suelen terminar las buenas cosas: con una fiesta, un estallido de teatro que se llamó El Teatrazo. Se lo hizo en el '85, y con él finalizó también el último ciclo en el '86. El teatro ganó la calle, los clubes, las plazas. Cientos de elencos no profesionales de todo el país -y de Uruguay, Chile y Puerto Rico-, comparsas, murgas, titiriteros, que a una misma hora, en cada lugar, lanzaron simultáneamente sus espectáculos durante tres ruidosos días de septiembre.
"La utopía no es una meta sino un cauce, y su función reside en el fracaso, que es el único modo de abrir camino para otra utopía". La frase no es mía, es de Juan Gelman, nuestro más importante poeta contemporáneo. Eso fue Teatro Abierto, una utopía que como todas terminó cuando tuvo que terminar. Un sueño de esos que se alcanzan rara vez y del que hubo que despertar para poder soñar de nuevo. Porque es claro: sin sueños no se puede vivir.

 
 
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