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Homero
de Bernardo Carey
 


Estrenada en junio de 1998 en la sala “Carlos Somigliana” del Teatro del Pueblo, en Buenos Aires, con el siguiente elenco:

Homero: Lorenzo Quinteros
La Samaritana:
Ana María Cores

Iluminación: Roberto Traferri
Escenografía y vestuario: Jorge Micheli
Arreglos musicales: Oscar Cardozo Ocampo
Asistente de Dirección: María José Perales
Dirección General: Manuel Iedvabni

Ver ficha de la obra en Obras estrenadas del Teatro del Pueblo



En el centro del escenario, algo recostada a la izquierda una hamaca con un almohadón y una frazada, a su lado una mesita baja y un velador de pie. A la derecha del espectador una silla, una  mesa del café Tortoni. Sobre el fondo  un ventanal, el cielo de Buenos Aires. La utilería de mano que se nombra en la pieza está en segundo plano, sobre un simple banco de madera o algo similar.

La escena en penumbras. Homero en la hamaca, se agita. La almohada cae al piso. Se oye “Sur”. Entra La Samaritana.


LA SAMARITANA
¿Señor Manzi?
¡Señor Homero Manzi!
¿Duerme?
¡Señor..!
Descubre a Homero sentado en la hamaca.
¡Hola!
¿Cómo está?
¿Homero Manzi, no?
Se saca el tapado, acomoda sus cosas profesionales
mientras le informa en voz alta.
Soy su enfermera suplente.
La titular avisó que no podía venir.
Hoy se casa su hija.
Mucho gusto.
¿No le comentó nada?
¿No le comentó que su hija se casa?
Mira por la ventana.
Llovió hasta reciencito.
Las nubes se despejaron y acaba de salir la luna.


HOMERO
¿Quién..?
¿Quién..?
¿Sos vos, Carriego?


LA SAMARITANA
¿Carriego..?
No, no.
¿Cómo se siente?
Levanta la almohada y la pone debajo de la espalda de Homero
¡Eso, eso..!
¿Ahora está mejor?
Tiene que encontrar una posición y relajarse.
Homero se mueve.
¡Ay..!
¡Qué inquieto es don Homero!
Lo acomoda nuevamente.
Ahí está... ahí está....


HOMERO
¡Eras vos Acho..!
Duermo todo el día, hijito...


LA SAMARITANA
Soy su enfermera de  noche.
No soy Acho.
No soy su hijo.
Soy la de la noche, don Homero.


HOMERO
Me estoy volviendo marmota, Acho.


LA SAMARITANA
Vine a  cuidarlo.
Soy la suplente  de la noche.
Soy la suplente de Teresa.
Se casa su hija y no viene.


HOMERO
¿Fuiste al Tortoni?
¿Viste a Melgarejo?
Melgarejo...¡el pasador!
¿Le jugaste a Yatasto?
¿Le dijiste..?
¡Todo a ganador!


LA SAMARITANA
Todo está.. ¡como usted lo pidió!
Le pasa una gasa húmeda por la cara.
¡Le queda bien la barbita!
Un poco crecida por acá... y por acá...
¡Voy a afeitarlo!


HOMERO
¡Ah.. usted!
Teresa...
Por favor, Teresa, fijate en el teléfono.
¿Vos no hablaste?
¿Quién lo descolgó?


LA SAMARITANA
Está colgado.


HOMERO
¿Funciona?
Fijate si funciona.

LA SAMARITANA
Lo hace.
Si, funciona.


HOMERO
¿Lo dejaste bien colgado?
¿Qué hora es?


LA SAMARITANA
Más de las diez...


HOMERO
Está en hora.
Para ella es mediodía.
Va a llamar.
La Negrita es de fierro.


LA SAMARITANA
Vamos a tomarle la temperatura.
Lo hace.
¡Así... así..!
Un poquito de paz, siempre viene... de perillas.
Un tiempo


HOMERO
Correme el teléfono hasta la mesita.
Tiene cable largo.
Eso.
Al alcance de mi mano.
¡Quince años que conozco a La Negrita!
La Samaritana le retíra el termómetro.
¿Vos no conocés a nadie que quiera meterse en el negocio del cine?
Alguien que consiga una cuota de celuloide.
Un permiso del IAPI.
¿Qué pasa?
¿Qué te pasa?


LA SAMARITANA
Luego de observar el termómetro.
Nada.
Un poco calentito, nomás.
¿Cómo es su historia don  Homero?
Busca.


HOMERO
¿Mi historia?


LA SAMARITANA
Su historia clínica.
Ha encontrado, lee.
Nada de comidas, dice.
¡Bueno..!
Muchos pacientes se alimentan una vez al día
y nada más.


HOMERO
¡Acho, qué mirada de muerte!
¿Estás preocupado?
El buen pescador corre siempre el riesgo
de verse arrastrado
y encontrarse, de pronto, en mar abierto
¡cuando pensaba estar en puerto!
Tira la manta.
¿Dónde estás Acho?


LA SAMARITANA
Ya le llevo un vasito de agua.


HOMERO
No te quedés ahí.
Vení acá, conmigo.
Acodate en este bosque de ladrillos.
Avenida de Mayo y El Tortoni.
¡Mirá qué encuadre!
¿Lo ves?


LA SAMARITANA
Haciéndole beber.
Tome, tome.
Y ahora la pastillita.
Así, así.
Le va a hacer bien.


HOMERO
¡No ves nada!
No ves avenida de Mayo ni ves El Tortoni.
¡Qué frío!
¿Hace frío?
¿Me sacaste la colcha?


LA SAMARITANA
Le pone la manta.
Estamos en mayo.
Tres de mayo.
Va a ser un invierno crudo.
Levante las piernas.
Y la cola.
Así, así.


HOMERO
No sos Acho vos.
Tampoco Teresa.
¿Quién sos vos?


LA SAMARITANA
Dése tregua, don Homero Manzi.
Ya le va a hacer efecto.


HOMERO
La mira atentamente.
Sos muy joven.
¡Uh!
¿Estoy un poco ajado, no?


LA SAMARITANA
Lo vamos a planchar.
Ya va a ver.
Hay que tener... fe.


HOMERO
¿Cómo te llamás?


LA SAMARITANA
Ya le dije.
Soy la suplente de Teresa.
Se casa la hija...


HOMERO
¿No tenés nombre?
Todo el mundo tiene uno.


LA SAMARITANA
Tengo, pero no quiero decírselo.
A mi no me gusta que me llamen por mi nombre.


HOMERO
Te prometo que no lo voy a decir.


LA SAMARITANA
Samaría, me llamo Samaría.


HOMERO
¡Qué nombre más raro!


LA SAMARITANA
Es mi apellido.
Conténtese con eso.


HOMERO
¿Tan feo es tu nombre?
Cuando uno es  joven como vos reniega de todo.


LA SAMARITANA
No soy joven.
Nací en el dieciocho.
Cumplo treinta y tres en diciembre.
Vivo en Serrano, a dos cuadras de Corrientes, al lado del conventillo.
Soy de Villa Crespo.


HOMERO
¡Sos rusita!


LA SAMARITANA
¿Rusita?
Breve pausa.
En parte... quizás.
Trabajo de casa en casa.
Ese ir y venir me mantiene joven.
Soy una humilde servidora suya.


HOMERO
Sos dulce, como la primavera, rusita.


LA SAMARITANA
Acercándose a la ventana.
¡Cuánto cielo se  ve desde acá!


HOMERO
También Palermo.
El hipódromo.


LA SAMARITANA
¿Ahí corren?


HOMERO
Al caballo que gane la última de hoy,
 lo coronan  crack del año.
¿Ves la pista?


LA SAMARITANA
Veo una  calle.


HOMERO
¡Es el codo!
Más allá la última recta y la llegada.
Si te corrés a la derecha ves la largada.


LA SAMARITANA
Uno ve lo que quiere ¿no?
De chica me asomaba a la ventana de casa.
A espiar la calle.
Las chicas debíamos contentarnos
con el permiso de mirar de vez en cuando
por la ventana.
No podíamos salir como los hombres.
Así  lo vi pasar a usted.


HOMERO
¿A mi..?


LA SAMARITANA
En serio.
Yo tenía catorce años.
Usted debería tener como veintipico.


HOMERO
¿Estás segura que era yo?


LA SAMARITANA
¡Quién otro iba a ser!
Era gordito como usted.


HOMERO
¡Hay tantos gorditos!


LA SAMARITANA
Tenía cuartillas bajo el brazo.
¿No me diga que usted no lleva cuartillas abajo del brazo?


HOMERO
¡Lo que son las casualidades!


LA SAMARITANA
Teresa... no tiene ninguna hija.
No se casa nadie....
Teresa no vino hoy porque yo se lo pedí.
¡Quería conocerlo!


HOMERO
¿Te gusto?


LA SAMARITANA
Me gustan sus canciones.
Lo que escribe.
Mira por la ventana.
Ahora el cielo está despejado.
Hay claro de luna.
¡Ya deben ser como las doce!
Será mejor... es la hora de dormir ¿eh?
Estoy muy nerviosa...
Quiero descansar.


HOMERO
En la heladera hay un vaso de leche pasteurizada.
Tomate un vaso, antes.


LA SAMARITANA
Gracias.


HOMERO
También podés calentarte una sopa.


LA SAMARITANA
Gracias.
No se preocupe.
Todas las casas son iguales.
Se encontrar las cosas.


La Samaritana vierte la sopa en una cacerola, la calienta. Por fin la sirve en un plato. Empuña una cuchara, la bebe, en pie. Homero se ha ido adormeciendo por efecto de la pastilla.

 
HOMERO
Es casi...  la hora de las hadas.
Entra música. Un bandoneón.
¡Un canto... un canto!
¿Acho... Carriego?
¿Desde donde viene la melodía?
Cabecea, cansado.
“La tarde... la tarde... está muriendo...”
Dormita.


LA SAMARITANA
Continúa el canto, como un arrullo, casi recitado. “La tarde está durmiendo detrás de la vidriera
y pienso mientras tomo mi taza de café.
Desfilan los recuerdos, los triunfos y las penas.
Las luces y las sombras deltiempo que se fue.
La calle está vacía igual que mi destino.
Amigos y cariño, barajas del ayer.
Fantasmas de la vida, mentiras del camino
que evoco mientras tomo mi taza de café...” (1)
Arropa a Homero dormido.
Aparta el teléfono.
¡Ay, Dios mío!
Se durmió finalmente.
Debo ser vieja.
Ponerme del lado de él.
Hacer mía su pelea.
Ser débil...
Prende el velador.
La luz aleja las tinieblas.
Espero que no sufra mucho.


La Samaritana cierra los ojos, musita, lo vela. Un tiempo. Homero se levanta como si se desdoblara. La Samaritana no lo percibe. Homero se dirige al público.


HOMERO
Soy Homero Manzi,
radical hasta la médula,
desde que mi vieja me levantó en brazos
para verlo a Hipólito Irigoyen.
Y aunque mil veces me echen del partido,
seré radical hasta la muerte.
Nací el primero de noviembre de mil novecientos siete.
En Añatuya, Santiago del Estero.
Puerta a los obrajes de la selva chaqueña.
Luis Manzione, mi viejo, dejó Buenos Aires
a impulso de la picada ferroviaria.
Intentó fortuna en el mundo de los hacheros.
Un pionero.
Abrió caminos.
Engendró hijos.
Ocho conmigo.
Nací en Añatuya,
me crié en el barrio de Pompeya,
sueño con Comodoro Rivadavia.


(1) “Mi taza de café”, con música de Alfredo Malerba.


Un cadenero, un matungo y un petiso de relevo.
Aventuras unidas en las manchas voraces de  mi mente,
 cinematográficas imágenes del pasado.
De Añatuya a Comodoro hay un estela,
la estela de un cometa, un barrilete que las une.
Sombras, huellas, manchas que van y vienen.
Fuchs es una de ellas.
En mil novecientos siete el pocero Fuchs
descubrió petróleo en Comodoro.
Es mi lucero.
El que alumbró el catre de Añatuya.
Casual. Azaroso. Mi petróleo.
Nuestro petróleo. ¡Nuestro cine!
Nuestro pueblo, finalmente.
Esa es la cosa: ¡un biógrafo continuado!
El cine Pablito Podestá de mi infancia.
Pasé de la ignorancia a la luz
y me deslumbré con el vivo resplandor de los hombres sencillos.
Sus caras nuevas y relucientes.
¡La Negrita con su valija marrón es una imagen de ésas!
¡Fuchs, el gringo, el pocero, es otra!
¡Luis Mancione y su hermano Carmelo, otra!
¡Imágenes luminosas!
Escapadas de la pantalla del cine de mi barrio.
El gringo Fuchs buscaba agua ¡encontró petróleo!
Por casualidad descubrió el lago de petróleo donde descansa la patria.
¡Por casualidad!
Como se descubren todas las cosas.
Apenas un intervalo entre dos cuerpos,
 un instante de agudeza  y sagacidad.
El intervalo en el Pablito cuando volvíamos de la oscuridad
y, ante la luz, las sombras se separan
 y se pescan los límites verdaderos de las cosas.
¡Ecce homo!
Ahí está.
Fuchs tenía una empresita.
Como la mía, como Inti-Huasi Cinematográfica.
Como la de cualquiera.
Una típica empresita de uno mismo.
Un mundo originario de pasiones y emociones que se experimentan en conjunto.
En el sur estaba todo por hacer.
Debía meterse en el polvo seco del desierto.
Buscar agua dulce para los locos de Comodoro.
Después de los quinientos metros,
era sabido,
sólo había agua salada, impura, en Comodoro Rivadavia.
Fuchs llegó a los quinientos metros y le dijeron:
¡Ya estás cumplido, alemán!
¡No debés tocar tu jodida mecha!
¡No debés insistir con tu tirabuzón!
Pero las herramientas siguen trabajando.
Superó en dos metros los quinientos pactados.
¡Luego en tres!
¡En cuatro, en cinco..!
¡Cabeza a cabeza..!
La mecha picó en punta y sacó varios metros.
¡Diez, veinte, treinta metros de ventaja en cancha seca!
¿Azar o Destino?
Fuchs apostó al riesgo.
A su corazonada.
Apostó al salto.
Y ganó en lo esencial.
¡Llegó al Disco a los cuarenta metros!
A los quinientos cuarenta que es lo mismo,
 entró a salir petróleo, verdero petróleo.
Para todos los piantados y todos los cuerdos.
¿Azar o Destino?
¿Todo es Azar?
El que se juega gana siempre,
repite el momento único en que Fuchs, Mancione, La Negrita
se subieron al acantilado para gesticular al viento.
¡Viento..! ¡Viento..!
-gritaron-
¡Viento, yo te detengo!
Cae al piso.


LA SAMARITANA
Despertándose de su adormilamiento
¿A dónde quiere ir?
¿Qué hace?
¿Está loco?
Sea juicioso.
¡Mire lo agitado que está!

Homero se derrumba sobre la hamaca. La Samaritana saca una pastilla de su botiquín y con un vaso de agua vuelve a Homero.

Yo voy a cuidarlo.
Yo lo acompaño.
Estoy acá.
Pedí por usted.


HOMERO
Prefiero andar por ahí.
¿Voy a ser punzado hasta morir?



LA SAMARITANA
¡Se levanta... casi desnudo!
Aspira la humedad de la noche.
¿Entiende?


HOMERO
Me dormí.
No quiero dormirme.
No dejés que me duerma.
Quiero oir el teléfono...
¿dónde está?


LA SAMARITANA
Haciéndole beber con dificultad.
Tome... despacio... de a sorbitos.
Así... así... trague...
...no lo escupa... eso... eso.
Deja el vaso. Tiempo.


HOMERO
¿Deliré, rusita?
¿Dije muchas pavadas?
¿Qué pastilla me diste?


LA SAMARITANA
Muestra.
Una como ésta.
Cinco miligramos.
Se la da.
¡No ponga esa cara!
¡Con la pinta que tiene!


HOMERO
¿Me miraste bien?
¿Pinta?
¡No terminé de vestirme!


LA SAMARITANA
Una pinta bárbara.
No hay cantor ni actor de cine...
¡con la pinta suya!
Mire: me puse esta blusa.
Especialmente.
Para estar a su altura.


HOMERO
Te queda bien.
Muy bien...
Bueno... ¡qué lío, no!
Por la pastilla que tiene en la mano.
Un refuercito ¿eh?
Se la pone en la boca, ella le da agua, toma.
Seguro, rusita.


LA SAMARITANA
¡Gracias a Dios tengo la suerte
de conocer a mi letrista preferido!


HOMERO
Gracias.


LA SAMARITANA
No todo el mundo tiene esa suerte...
Usted... ¡es mejor que Contursi!


HOMERO
¡Uh!
¿Y que Discepolín, no?


LA SAMARITANA
Discepolín no me gusta.


HOMERO
¡Uy... qué mareo..!
¿Qué me diste?


LA SAMARITANA
Déjese guiar por mi.


HOMERO
¡No me queda... otra!
¡Uf!
¿Fuerte, eh?
¡Para caballos!
Fijate, fijate.
Fijate si está por largar El Nacional.
¡Lluvia y pista barrosa!


LA SAMARITANA
Ahora hay luna.
Una luna grande como una casa.


HOMERO
¿Ves los caballos?
¿Ves a Yatasto?
¿Ves la gente?
Ahí, ahí, en la perrera.
¡La popular, mija!
¿Los ves?
¿Rugen? ¿Braman? ¿Gritan?
¿No te saludan? ¿Seguro? ¿Ni una seña?
¡Esta es la ventana de Manzi!
¡Muchachos..!
¡Catedráticos... catedráticos!
¡Ya voy con ustedes!
¡Rusita... ayudame!
Desfallece.


LA SAMARITANA
Vi los caballos,  vi los caballos.
¿Me oye? ¿Me oye?
Ya están preparados... ¿cómo se dice..?
¡en las cintas!
Si, en las cintas.
Dispuestos a largar, pechándose, listos...
¿Me oye?
Canta
“¡Porteñito...! ¡Manoblanca..!
Vamos... ¡fuerza que viene barranca!
¡Manoblanca... Porteñito..!
¡Fuerza..! ¡Vamos que falta un poquito..!
¡Bueno..! ¡Bueno..¡ ¡Ya salimos..!
Ahora sigan parejo otra vez,
que esta noche me esperan sus ojos
en la avenida Centenera y Tabaré. (2)

HOMERO EXHAUSTO SE HA DORMIDO.

(2) “Manoblanca”, con música de Arturo de Bassi.

¡Tiene que escribir una letra para mi..!
Una letra que hable de Villa Crespo.
¡Villa Crespo es tan barrio de tango como Pompeya!
¡Homero... Homero..!
Cuando me mira sus ojos se ven sombríos.
Llameantes. Me asustan.
Tiene el alma hundida en la oscuridad.

LA SAMARITANA DEJA DORMIR A HOMERO. CON CARIÑO, LO ACOMODA. LE AFLOJA LOS CORDONES DE LOS ZAPATOS, PEINA CON LOS DEDOS SU CABELLO, ETC. VA HACIA EL BANCO DE UTILRÍA, DE DONDE VUELVE CON UN TRAPO FRANELA. LE SACA LOS ZAPATOS. SE SIENTA EN LA SILLA, JUNTO AL VELADOR. PONE LOS ZAPATOS SOBRE SU FALDA. LUSTRA.
Me gusta ver sus zapatos.
Imagino tras el cuero,
sus dedos agazapados,
listos para las caminatas.
Amo sus talones
y la planta del pie elástica, trotadora...
  ¡A papá las inundaciones
lo obligaban a colgar los botines de un clavo,
junto a la puerta!
Pequeña pausa.
Esta es la vida que Dios nos concede.
Un tiempo


HOMERO
Sobresaltado
¿Sonó el teléfono?


LA SAMARITANA
No, para nada.
Descanse.


HOMERO
Tengo sed...


LA SAMARITANA
¿Ya?


LA SAMARITANA SE LEVANTA, TOMA EL VASO DE AGUA Y LE DA DE BEBER. SE SIENTA, PONE LOS BOTINES EN SU FALDA.

HOMERO
¿Resaca, no?


LA SAMARITANA
Le lustré los zapatos.


HOMERO
¿Me puedo ir?
SILENCIO
¿Me dijiste que no llamó nadie?


LA SAMARITANA
Está bien colgado.


HOMERO
No llamó nadie.


LA SAMARITANA
Nadie.


HOMERO
Ya van a llamar.
Debe tener mucho trabajo.
Es de ley La Negrita.
No me va a fallar.


LA SAMARITANA
¿Su... amiga..?


HOMERO
La conocí en un concurso de cantores de Radio Stentor.


LA SAMARITANA
¿Canta?


HOMERO
No, La Negrita no.
Yo había armado un dúo con dos hermanitas.
La hermanas Omar.
Nelly y Nilda.
Uniformadas de pollera y saquito frac.
Casi una pibita,
entre el público,
estabas vos.


LA SAMARITANA
Yo no...


HOMERO
Ella, La Negrita.
Vos...
Buscabas trabajo.
Yo no tenía nada a mano.
Ni cine ni teatro.
Pero nos seguimos cruzando.
Cada tanto nos veíamos en El Tropezón.
¿Te acordás?
Cuando podías esquivar el sandwich siniestro
que salía del tubo del bar automático
y nos juntábamos para un pucherito de gallina.
Comías de las propinas, nena.
Tenías debilidades en el cuerpo.
Buscabas en dirección contraria al viento.
No tenías ese aire a Jean Harlow que tenían las muchachas de entonces.
¿Catorce años... quince?
Puede ser.
Labios rojos, melenita garzón, zoquetes.
Así te vi en “Las inocentes” de Lillian Hellman.
Con Gloria Ferrandiz, María Esther Podestá, Margarita Corona...
Teatro Corrientes.
Temporada corta, Eva Durante.
¡Eva Durante!
Llamame, te dije, Durante.
Duarte, me dijiste, Duarte.
Durante por Duarte como Manzi por Mancione.
¡Cosas del mundo artístico!
¡Cosas del celuloide!
Te conseguí un papelito en “Madreselva”,
también en “La vida es un tango”,
¡pero no sabías cantar!


LA SAMARITANA
Yo se.


HOMERO
¿Vos... vos?


LA SAMARITANA
Busca en su maletín una caja, otra.
Yo canto.
El canto es algo divino, celestial.


HOMERO
¡Es raro una criolla que no cante!
No cantabas...
Así eras hace quince años.
Y así sos.
Llena de laburo, por suerte.
“Esperá Barbeta mi llamado” me dijiste.
“Jueves por la noche, bien tarde.
Yo trabajo hasta la madrugada.”
Vamos... vamos a hablar del asunto del celuloide.
Yo hice... produje con todos mis ahorros...
¡y mis deudas..!
hice dos películas.
Quiero la tercera.


LA SAMARITANA
¿Y va a dejar la música..?
¿Va a dejar el tango?


HOMERO
¿No viste “Escuela de Campeones” hace dos años?


LA SAMARITANA
No.


HOMERO
¿”El último payador”? el año pasado?


LA SAMARITANA
No voy al cine.


HOMERO
Necesito financiar la tercera.
¿Cómo la financio si no es mangando celuloide?
Decí, decí.


LA SAMARITANA
¡Que se yo como es la política!
Deja las cajas.
Pone al calentar al juego un estuche de metal con jeringas.


HOMERO
Quiero crédito, quiero celuloide.
Una cuota a nombre de mi productora.
¡Inti Huasi!
¿Te gusta el nombre?
¡Bien santiagueño!
Escuchá..:
quiero poner en la avenida de Mayo
¡una cámara para que la gente se retrate!
¡Y en el obelisco una pantalla enorme que pase sólo películas argentinas!
Se exalta, se dirige a la ventana.
¡Yatasto está por largar El Nacional!
¡En la arena o en el pasto no hay pingo como Yatasto!


LA SAMARITANA
Trata de calmarlo.
Cuando su amiga venga...


HOMERO
Evita ... Evita Duarte.


LA SAMARITANA
Cuando Evita venga...
yo me voy a la cocina.
Y los dejo hablar.
¡Que hablen y hablen!
Ahora... es mejor...


HOMERO
Se sienta.
¡Ay..!
Dos películas y muchas deudas.
Inti Huasi tocó fondo.
¿Así que no viste “El último payador”?
Hay que consumir cine nacional, rusita.
¿No te gusta Huguito del Carril?
¿Te gusta más Jorge Negrete?
¿Maurice Chevalier?
LA SAMARITANA
No me gusta el cine.
Ningún cine.


HOMERO
Estoy fundido ¿sabés?
Fundido, seco.
Sin un mango.
¡Fundido..!
Se quiebra, intenta levantarse.
¡Ay..!


LA SAMARITANA
Acercándose para inyectarlo.
Tiene que quedarse sentado.
Preparándole el brazo.
Aprete el puño.
Eso... eso...
No vi sus películas, no.
Pero escuché sus tangos.
Desde siempre.
La música viene de las esferas celestes.
El cine... no, el cine no
el cine es de esta tierra.
Mamá traía a casa grabaciones,
grabaciones de fonógrafo...
¡Hasta partituras..!
¡Qué lujo!
¡Y eso que no teníamos piano!
Para tararear, nomás.
Mamá las canturreaba.
Quería ser cantante.
Era su aspiración.
Para tener otra vida.
Cuando mamá me enseñó a cantar.
Papá descolgaba  del clavo los botines,
y se iba a dar una vuelta.
Mi casa era de planta baja con ventana a la calle ¿le dije?
Teníamos zaguán y patio.
El patio, pared por medio, daba al Conventillo Nacional.
Mamá cantaba todo los días.
De patio a patio.
Desde el Conventillo llegaban los tangos en polaco.
Mamá hacía un dúo...
¡un dúo con los polacos!
Los tangos iban y venían,
iban y venían...
Un tiempo.
Cada hombre completa la vida de otro.
Y así se completa la obra de Dios.


HOMERO
¡Epa..!


LA SAMARITANA
¿Dónde está su vena?


HOMERO
¡Ay..!
Cuidado con las manos...


LA SAMARITANA
¿Duele... duele?
¡Pero... ya... ya pasa..!


HOMERO
¡Ay... qué golpes..!
¿Quién me golpea la cabeza?
¡Estoy grogui..!
Contra las cuerdas...
La cabeza me da vueltas.
¿Cómo paro este caos?
Hijito...
¿Dónde está Acho?
Acho decile a la rusita que no deje entrar el dolor.
El dolor galopa mi cuerpo.
El dolor lo jode todo.
Todo se borra... se borra...
Espacio vacío.
No está la rusita.
No está Acho.
Nadie se mueve.
Vaciado.
Desierto.
¿Cómo me agarro a mi cuerpo?
Homero... Homero... ¡me llamo Homero!
¡Qué marejada!
¡Taponá este torrente, por Dios!
Se adormece, más calmo.
El dolor quiere joder mi cita con La Negrita.
¿Qué pasa rusita?
¿Está la pieza barrida?
¿Limpia?
¿Le gustará a Evita Duarte este lugar?
Dame mis zapatos, rusita...
¡Mis zapatos!

LA SAMARITANA ESPERA QUE LA RESPIRACIÓN DE HOMERO SE REGULARICE. TOMA LOS ZAPATOS LUSTRADOS, SE LOS PONE Y ACORDONA. UN TIEMPO.

LA SAMARITANA
Peino su cabeza con mis dedos,
humedezco su frente,
le pongo los botines.
¡Lo trato como un idiota!
Quiero una letra suya.
Una letra... un hijo.
Un hijo de Villa Crespo...
impuesto por los rusos, por los humildes...
¿Cómo mostrarme alegre, feliz?
¿Habrá sido feliz él, en algún momento..?
Un tiempo.
Basta con no haber sido infeliz.
Lo besa en la frente.
¡Arde..!
Lo hamaca.


HOMERO
¿Oís..?
¿Oís los golpes?


LA SAMARITANA
Estamos solos.
Tranquilo.


HOMERO
Acho, fijate si hay alguien detrás de la puerta.
¿No fueron golpes del llamador?
Acho, abrí, abrí.
¡Quién está ahí!
¡Eh, quién golpea!
¡Abrí!
¡Abrí de una vez!


LA SAMARITANA
Está usted y estoy yo.
Calmese, calmese.

HOMERO
¡Abrí, te digo, rusita!


LA SAMARITANA
No hay nadie.


HOMERO
Los golpes vienen del piso de arriba.
Secretea.
El Viejo de arriba pasea por mi techo.
No se digna bajar hasta acá.
No quiere encontrarse con Carriego.
¡Y no puede dejar de espiarlo!
Carriego viene todas las tardes.


LA SAMARITANA
Carriego murió hace muchísimo tiempo.


HOMERO
Viene sin hacerse notar.
Se queda detrás de la puerta.
No va al piso de arriba.
Al del Viejo.
No.
Se queda acá conmigo.
Se sienta ahí.
Donde estás vos, rusita.
¡Lee mis borradores!
¡Carriego se viene desde donde termina el alumbrado público
y comienza a alumbrar el lucero!
Y si no me encuentra acá, me busca.
En El Tortoni, en la perrera o en el paddock.
Me dicta al oído.
¡Canta muy bajo!
Es como vos: vergonzoso.
Un susurro es Carriego.
Escribí Homero... me dice...
¡Escribí... escribí!
“Con un lazarillo... llegás... llegás...”


LA SAMARITANA
“Con un lazarillo llegás por las noches...”


HOMERO
¡Todas mis letras las dictó Carriego!
¡Qué entusiasmo tiene su alma!
“... trayendo las quejas del viejo violín...”


LA SAMARITANA
“... y en medio del humo
parece un fantoche
tu rara silueta
de flaco rocín...
El día en que se apaguen tus tangos quejumbrosos
tendrá crespones de humo la luz del callejón...


HOMERO
¡Pará, pará rusita...
te salteaste una cuarteta..!


LA SAMARITANA
Parecés un verso
del loco Carriego,
parecés el alma
del mismo violín... (3)
Un sollozo la quiebra.
No puedo seguir.
Perdóneme.


HOMERO
¿Quién te lo impide?
¿Quién está ahí?
¡Rusita, rusita..!
¡No, no, no!
¡No soy puro ojos!
¡Ni tengo la tez demacrada!
¡Ni mis pupilas se  ausentaron de este rostro con barbita asiria!
¡No, no, no!
¡Pará Carriego, pará!
¡Estoy vivo!
La anestesia me hizo vomitar hasta el alma.
Tengo metido en la vena el surtidor de sangre
¡pero estoy vivo!
¡Ay... la panza... ay!


(3) “Viejo ciego”, con música de Sebastián Piana y Catulo Castillo.


LA SAMARITANA
¡No voy a pincharlo otra vez!
¡En qué voy a convertir sus venas!
¡No quiero... no quiero!
¡No debo don Homero!
Busca en el botiquín.
Elige otra pastilla.
Llena el vaso con agua.
Esta pastilla lo va a ayudar.
Van tres.
Tres.
Se la da a beber.


HOMERO
¿Qué es esto?
¿Qué me diste?
¿Me va a dormr?
Rusita, decime que es.
¿Cuántos miligramos?


LA SAMARITANA
¡Sh..!
No hable.


HOMERO
Es otoño ¿no?


LA SAMARITANA
Si.


HOMERO
¿Llueve?


LA SAMARITANA
No.


HOMERO
¿Llovió?


LA SAMARITANA
Si.


HOMERO
No voy a irme con Carriego.


LA SAMARITANA
No se distraiga.


HOMERO
¿Sabés con quién quiere llevarme?


LA SAMARITANA
¡Con quién va a llevarlo!


HOMERO
Me lleva, rusita, con La Parca.


LA SAMARITANA
Con La Parca.
¡Otro día Carriego!
Hoy no.
Un día que no figure en el calendario.
Un día en que ya no tenga cuarenta y tres años,
sino una edad fabulosa, legendaria.
Reponiéndose.
¡Carriego, seguí tu camino!
A La Samaritana.
¿Se fue, verdad?


LA SAMARITANA
Si, se fue.


HOMERO
¿Estamos solos?


LA SAMARITANA
Solos... don Homero.
Y podrá dormir hasta que suene el teléfono.


HOMERO
¿Quién dijo que quiero dormir?
¡Qué pequeño es mi cuerpo!
¡El tuyo!
¿Me queda sangre en las venas?
¡Sangre!
¡Y en la sangre gotas blancas,
muy blancas,
pálidas.
Vapores, humores,
medusas que me comen por dentro.
Ganglio incierto y flotante
que se arrastra de uno a otro extremo de mi cuerpo.
Intenta irse.


LA SAMARITANA
¿Va a irse?


HOMERO
¡Sólo una vuelta manzana!
¡Todavía doy batalla!
¡Todavía planto banderas!
¿Quién dijo que no voy a escapar de los trust del cine?
La Samaritana lo obliga a sentarse.
¡Refloto Artistas Asociados!”
¡Filmo la vida de Rubén Darío!
¡La vida de Jorge Newbery!
¡La vida del hombre!
¡La vida..!
No me encojo ni me achico, rusita.
¡Carriego, bancátela ahí afuera!
Al pie de la puerta.
Sentado en el umbral, como el ciego inconsolable.
¿Venís a buscar al poeta, Carriego?
¡El poeta no está, se las tomó!
Intenta levantarse, abandona.
¿Qué me diste, rusita?
Esto no anda.
Duele.
¿Qué me diste?
Rusita...


La Samaritana busca afanosamente en el botiquín de mano.


LA SAMARITANA
Tome.
Mastique.


HOMERO
¿Ahora si?
Opio... ¿no?


LA SAMARITANA
¿Lo prefiere?


HOMERO
Yo...yo... yo.
Dame la mano.


LA SAMARITANA
Estoy enamorada ¿sabe?


HOMERO
¡Pero...pero..!
¡Qué bien..!


LA SAMARITANA
De un hombre mayor
que pasaba por la vereda de casa al atardecer.
Con una cuartilla bajo el brazo.


HOMERO
¿Al hombre nunca se lo... dijiste?


LA SAMARITANA
Hasta ahora, no.
Sentía sus pasos por la vereda
y me ponía a cantar en el patio.
Como cantaba mamá.
Como si fuera una carta.
Una carta a escondidas.
De amor.


HOMERO
¿Y ... tus viejos... no se avivaron?


LA SAMARITANA
Ni mamá ni papá me controlaban los deberes.
Tenían confianza en mi.
Nunca me hicieron preguntas... difíciles.
Nunca vieron la sombra que taconeando,
pasaba al atardecer por la vereda.

Homero se ha dormido. Un tiempo.

La tierra Dios la creó para que el hombre la disfrute.
Para que ponga su vida a su propio alcance.
¿Habrá intentado ser feliz?
¿Pudo serlo?
¿Pudo serlo mientras escribía la letra de un tango?
¿Algún día?
¿Alguna noche?
Falta poco para el amanecer.
Mira por el ventanal.
La luna sigue ahí.
¡Está fresco!
La lámpara de la calle no alumbra lo necesario.

Homero se agita, La Samaritana le toma el pulso.

¡Mejora..!
¡Qué cosa..!
Vuelve a tomarle el pulso.
¡Mejora..!
Casi normal.
Mejora.
¿De dónde saca fuerzas este hombre?


HOMERO
Hola... rusita.
¿Todo... en orden?


LA SAMARITANA
¡Hola!
Le volvió la salud.


HOMERO
¡Me siento bárbaro!
¿Qué tengo para convidar a La Negrita?
Inspeccioname la cocina.
¿Mate?
¿Bizcochos?
La Negrita es frugal.
Está acostumbrada al hambre.
Vivió otro país.
El de los miserables.
Sin eje, ni centro, ni alto, ni bajo.
Hoy todo cambió.


LA SAMARITANA
Una buena noticia:
le volvieron los colores a la cara.


HOMERO
¿Sabés cuál es la receta?
No fumo.
No tomo jerez.
¡Diez cheques voladores y cambio el mundo!
¡En cualquier garage abandonado
armo con los muchachos un estudio!
Las luces de la avenida de Mayo
titilan más bellas bajo la sombra de los plátanos.
¿Caminamos?


LA SAMARITANA
Una vueltita, acá.


HOMERO
Poniéndose de  pie con dificultad, gentil.
Del bracete.
A ver...
Paso balanceado... contoneos.
Bien... bien...
¡Somos dos tortolitos!
¿Qué toma usted, señora?
¿Una Cubana?
¿Una Doble V?


LA SAMARITANA
Hesperidina, por favor.


HOMERO
A un mozo imaginario.
Hesperidina para la señora y mate cocido para mi.
¿Parezco un poco loco, no?
Voy a decir la verdad y la verdad siempre es dura.
Más acá, en público,
entre amigos y conocidos.
Se pone de pie.
¡Fratelli..!
¡La suave brisa cerró la noche!
¡Aquí estoy..!
Da unos pasos.
Con un pie en el hoyo.
Vengo a avisarles que voy a luchar.
¡Sólo tengo un ala quebrada!
¡Qué colores los de mi chaquetilla!
¡Cómo cruje mi montura lustrada!
¡Caracoleo!
Troto.
¡Qué parada!
Mi pingo se trepa al tiempo.
Con este tungo no hay desdicha.
¡Qué alzada!
¡Qué manos!
¡Qué ancas!
¡Vibra musculatura,
cimbra arqueado cogote,
que tus narices suenen como una trompeta!
¡Qué caballo el mío!
¡Me costó el Buick cuarenta y ocho!
¡Mejor que la música!
¡Mejor que la sopa caliente!
¡Ráfagas que vencen al tiempo!
Old Man, Botafogo, Yatasto mío.
¡La luz del relámpago anida en tus patas!
¡Qué galope!
¿Te gusto?


LA SAMARITANA
¡Mucho!


HOMERO
¡Tres-dos, tres-uno,
tres-dos, tres-uno!
¿Cómo?
¡Tres-dos, tres-uno,
 tres-dos, tres-uno!
¡Cómo, cómo!
¡No te oigo!


LA SAMARITANA
¡Si yo fuera usted..!



HOMERO
¡Montados en un caballo o en una guitarra!
¡Tres-dos, tres uno!
¡Qué sueño, rusita!
¡Qué sueño el de los tipos de mi tierra!
¡Hecho de polvo, de cenizas y de nada!
¡Qué sueño si me cantan!
¡Letras para los hombres!
Cambio.
¿Cuándo largamos?
Fijate si ya la gente llenó el paddock.
Buena señal, rusita.
¡Atención!
¡Viene la partida!
¡Tres-dos, tres-uno!
¡Largamos, largamos!
El caballo verde y amarillo
tiene bien ajustada la cincha de su montura.
Delante: la recta final, el codo de Dorrego.
¡La atropellada es un polvo de agua!
¡Carne contra carne!
¡Torrentes veloces!
¡Sensaciones!
¡Nada conservo..!
¡Nada..!
¡Galopo... galopo..!
¡Bajo la fusta!
¡Clavo los fierros en las verijas!
¡Levanto mi cuerpo,
mi viejo cuerpo inútil hacia el cielo!
¡Allá van las alas envueltas del ángel!
Cae, rueda.
Eso... ¡ay!
¡Eso no pasa!
¡El dolor otra vez!


LA SAMARITANA
Abre, busca en su botiquín.
Puedo darle más


HOMERO
¡Nunca tendría que haber nacido!


LA SAMARITANA
¿De dónde saca eso?
¡Qué absurdo!
Nacemos sin saberlo.
Estamos vivos, simplemente.
¿Qué más quiere?


HOMERO
¿Qué dijiste?
¿Qué decís?
¿Todavía acá?
¿Nmo tenés a nadie?
¿Qué buscás?
¿Por qué no te vas mejor?
Andá a tu casa, al patio.
Viví en paz...
¿Cuánto hace que me rondás?


LA SAMARITANA
No quiero causarle, don Homero,
ninguna molestia.


HOMERO
Imita.
“Perdone, don Homero, la molestia causada”.
¿Tenés miedo de fastidirme?
¿De aburrirme?
Me tiene harto tu modito...
¡me irritás!
¿No hay nada que te subleve?


LA SAMARITANA
Dándole un medicamento.
Mastique...sin apuro... mastique...
Papá venía a casa de tanto en tanto.
Unas veces de noche, otras de mañana.
Mamá murió.
Papá dejó de venir por casa.
Estoy sola en el mundo
sin un sitio donde dejar mis huesos.
¡Apenas mi trabajo..!
Permítame que me quede.
Por lo menos esta noche.
Tráteme como una sirvienta.
No me importa.


HOMERO
No puedo escribir más...
No me sale nada.
No se... que me... pasa.
Quiero... filmar...
¡no tengo película!


LA SAMARITANA
¿Está contento..?
Contento de usted, digo.
De sus cosas.


HOMERO
Lo que hice se me fue entre las manos...


LA SAMARITANA
El aire cambió... descanse.


HOMERO
¿Oís... oís..?


LA SAMARITANA
¿Otra Vez El Viejo?


HOMERO
No... música...
Un bandoneón...

Se oye un bandoneón. Es la música de “Che, bandoneón”. Homero se dormece. Hay un tiempo. Homero vuelve en si.

Ahí tenés comida... leche.
Yo no como.
Tengo el garguero corroído.
¿Tu viejo volvió a casa?


LA SAMARITANA.
No.
Aprovechó la ocasión.


HOMERO
La gente dice de esos tipos,
como tu viejo... como yo,
que tenemos doble vida.
Doble vida en serio.
Dos mujeres... ¡dos laburos!
Dos pesonalidades.
Aman y odian.


LA SAMARITANA
Tenemos dos almas.
Dos almas en el pecho.
Siempre discutiendo.
Siempre peleándose entre ellas.
Papá trató de conservar las dos.


HOMERO
Con las mujeres da gusto hablar...
de lo que se ve,
de las pequeñas cosas.
¿Querés otra hesperidina?


LA SAMARITANA
¿Cuál de las dos almas me está invitando?


HOMERO
¿No soy yo el que habla, soy otro?
Las palabras que salen por mi boca
salen como mis letras.
No se quién de los dos habla.
Siempre soy yo, claro.
Evoca, canta. “Primero la cita lejana de abril
tu oscuro balcón, tu antiguo jardín...”


LA SAMARITANA “Más tarde las cartas de pulso febril
mintiendo que no jurando que si...
Romance de barrio tu  amor y mi  amor.
Primero un querer, después un dolor,
por culpa que nunca tuvimos,
por culpa que debimos sufrir los dos...
.............................................................
Ceniza del tiempo la cita de abril,
tu oscuro balcón, tu antiguo jardín...”  (4)


(4) “Romance de barrio”, con música de Aníbal Troilo.


HOMERO
¿Una letra para Villa Crespo?
Ya mismo.


LA SAMARITANA
Recita
“Ando con un entripao,
que de continuar, palpito,
que he de seguir derechito
camino de Triunvirato.”


HOMERO
¿Carriego?


LA SAMARITANA
Carriego.
Recita.
“Un balazo lo tumbó en Thames y Triunvirato.
Se mudó a un barrio vecino
el de la Quinta del Ñato.”


HOMERO
No lo conozco.
No se.


LA SAMARITANA
¡Vamos!


HOMERO
No se.


LA SAMARITANA
¡Borges..!


HOMERO
Me quedo con Carriego.
¿Así que una historia de Villa Crespo?
Te escribo un guión.
Hacemos la película.
La pasamos en el American Palace.
¡O en el Rívoli!
¿Reclamás vos al IAPI?
¿Pedís el crédito?
¡Y yo giro en descubierto!
Un salto a la vida, rusita,
como un cheque sin fondos,
un pagaré, una nuevo plazo...
Una postura de quinientos
que haga una diferencia grande en La Rula.
¡Qué martingala..!
¡Sacamos la guita en una carretilla!
Y todo a ganador en las patas del cine.
Mmm... me parece... me parece...
que está por pasar el changüí de la morfina...
del opio... de eso que me dás.


LA SAMARITANA
La vida del hombre se hace a las corridas.
Ama de apuro.
Se abalanza sobre la comida.
También la felicidad pasa.


HOMERO
Un relámpago.
Un manotazo.
Un abracadabra.
¿No alcanza?


LA SAMARITANA
Desde el ventanal.
Ahora llueve.
Una tormenta pasajera.
Estamos en mayo.
El sol, dentro de un rato,
va a empujar las nubes hacia el delta.
Lo mejor de la vida es hallar.
A veces quien busca, halla.
Otra veces una halla algo
sin haberlo buscado.


HOMERO
Yo busco siempre.
Toma el mazo de cartas.
¿Ves?
Barajas de la suerte.
¿No te jugás conmigo?
Espera.
¡Cobarde!
No te jugás conmigo.
Arroja las cartas una a una sobre la mesa.
¡Oro y copas en la mesa del bar!
¡Barajá, barajá!
¡Real envido...  quiero... retruco!
¡Oro y copas!
Es el momento favorable.
Amaga jugar.
¡Epa, epa!
Hay algo en el aire.
Hay una energía jodida yirando en El Tortoni.
Dame fósforo, rusita.
Rápido.
Mucho Fúlmine.
Mucho invasor.
El aire no circula.
Fósforo.
Uno.
Eso.
Encendelo.
Pasalo alrededor de la mesa.
La Samaritana hace lo que  dice Homero.
¡Fuera, fuera Jetattore!
¡Fuera!
¡Ahora si!
¡Adelante, solitario!
Estoy entre Nada y Algo.
Punto de partida.
Todos iguales.
Es decir, Nada.
Listo para saltar.
¡La Fortuna afina sus violines!
¡Los números me guiñan!
¡Y... y... y..!
¡La esencia de las cosas no aparece desde el principio!
A ver... a ver...
Juega baraja.
Ahora fluye, ahora si, ahora la ocasión.
Viene oro... viene oro...
 ¡venga resultado..!
Juega baraja.
¡Vino... vino... el oro granado en la baraja!
Juega, etc.
Otra... otra que viene bien... otra...
¡orden absoluto!
¡El tiempo ya no pasa!
¡No lo siento!
¡Juego para ganar!
Su frenesí se detiene, duda, atisba la carta.
Mmm... palpito que...
No me gusta.
No me gusta nada.
¿Y si pierdo la vida?
Se decide.
¡Venga!
Venga sentencia de la Suerte.
¡Qué vértigo!
Soberbio, alza la baraja.
¡Ya está!
¡A divertirse!
¡Te gano Azar!
Riendo arroja la última carta.
¡Qué... qué... ruido..!
Te cortaste Suerte.
¡Suerte... Suerte..!


LA SAMARITANA
“Cuarenta cartones pintado
con palos de ensueño, de engaño y amor.
La vida es un mazo marcado,
baraja los naipes la mano de Dios
Las malas que embosca la dich
se dieron en juego tras cada ilusió,
y así fue robándome fichas
la carta negada de tu corazón”. (5)


HOMERO
¡Uno escribe tantas cosas!
Verdadero en parte, falso en parte.
La Negrita puede venir, puede no venir.
Yo puedo salir de ésta, puedo no salir...


LA SAMARITANA
Por ahí esta vida es de mentira.
Una clase de muerte... mentirosa.
Y la muerte es la vida... cierta.
¿Desde cuándo los presos
son los dueños de la cárcel?
Canta suave.
“Con un vaiven de carro iba Pizarro,
perfil de corralón,
cruzando con sus pasos los ocasos del barrio pobretón.
La muerte entró derecho por su pecho,


(5) “Monte criollo”, música y letra de Homero Manzi y Francisco Pracánico.

buscando el corazón.
Pensó que era más fuerte que la muerte
y entonces se perdió. (6)


HOMERO
Lavame la cara, rusita.
Recortame la barba.
¿Tengo hinchada la cara?
No quiero perderme en la pesadilla y el sueño.
Sacame la pelusa.
¿No me das otra vez..?
¿Cuándo?
Dame... dame...
Un poquito más.
Aunque sea un poquito.
Un poquito...
Se desvanece.


LA SAMARITANA
¡Destino y muerte!
¡Qué incordio para la gente!
Cueste lo que cueste
tengo que poner a Homero
en el sitio más alto.
Tendré que decirle a su Tortoni, a sus cines, a sus escenarios
quién es Homero.
Gritarle lo mismo a la ciudad entera.
Si yo guardo silencio
lo dirá el cemento y las calles,
para vergüenza mía que tengo el don de la palabra.
¡Homero... Homero... Homero!
Despierte... despierte...
Usted hizo maravillas.
Encandiló con sus luces a la vida.
Unió la palabra con la música.
El mundo lo celebró
igual que a los famosos.
Tuvo el día solemne del encuentro con el hijo.
Maravillas, hizo maravillas, Homero.
¿Para qué más?
Maravillas.

En el ventanal aparece, ahora, el cielo estrellado, la Vía Láctea, la Luna, enorme. La Samaritana guarda en su botiquín toda la utilería  que usó durante la pieza. Cierra el botiquín cuidadosamente. Un tiempo de duda, lo vuelve a abrir, saca     la 


(6) “Eufemio Pizarro”, letra y música de Homero Manzi y Catulo Castillo.
jeringa, vuelve a dudar, la guarda con énfasis y cierra con fuerza. El ruido del pestillo despierta el frágil sueño de Homero.


HOMERO
¿Qué fue eso?


LA SAMARITANA
Cerré el botiquín.


HOMERO
Ah.
¿Despuntó el día?


LA SAMARITANA
Anoche a  esta hora
esa estrella que se ve al Oriente,
ya había hecho su curso.
Hoy está como demorada.


HOMERO
Está esperando a La Negrita.
¿Podré decirle buen día?


LA SAMARITANA
Tómese de mi brazo.


HOMERO
¿Otra vez dos tortolitos?


LA SAMARITANA
Agárrese fuerte.
No se caiga.


HOMERO
No me aguantan las gambas.


LA SAMARITANA
Yo lo sostengo.
Bailemos.

HOMERO
¿Vos creés?


LA SAMARITANA
La estrella no hizo su curso todavía.

Un bandoneón interpreta “Paisaje”, vals de Homero Manzi y Sebastián Piana. Bailan quietos, oscilando acompasadamente en el mismo sitio. Se besan.

Usted baila que es una gloria.


HOMERO
Más rápido.


LA SAMARITANA
¿Puede?


HOMERO
Bailás como los ángeles, rusita.


La música cesa suavemente.


LA SAMARITANA
Lo llevo en la sangre.
Mira por el ventanal.
La estrella reinició su camino.


HOMERO
¡Qué inocente sos!
Nacemos para empezar a morir.


LA SAMARITANA
Todas hacen la misma curva.


HOMERO
Me basta encontrarme con La Negrita.
Y la estrella seguirá más firme que nunca.


LA SAMARITANA
Usted es un gran bailarín.

HOMERO
No bajo los brazos nena.
Suena el teléfono.
¡Ahí está!
¡La Negrita!
Urgido, levanta el tubo.
¡Hola, hola!
¡Teresa!
¿Qué pasa Teresa?
¿Qué querés?
Ya se que no podés venir.
¡Pero si tu suplente está acá!
Festejá, festejá.
No puedo escucharte.
Está todo en orden.
¡Adios, adiós!
A La Samaritana
Debe estar borracha.
Embrujada.
¡Dice que la embrujaron!
Señala el teléfono.
¿Y si marco?
¿Y si llamo yo?
¡Qué tanto esperar!
¡Negrita... Negrita..!
Cuando la conocí
en su cara de niña ya estaba impreso
el carácter de la divinidad.
Vos también, rusita, fuiste chiquilina.
Vos también conocés la alegría
de mirarte al espejo.
¡Tan joven!
¡Qué hermosa era!
Yo la quise por ella...
no por sus obras,
como la quieren ahora.
Tuvimos cierto placer... amistad.
Hubo noches desbordadas de entusiasmo.
Lo desagradable era que nos costaba ganarnos la vida.
Dependíamos de la generosidad.
Había que ahorrar carbón y lugares seguros.
De vez en cuando su cuerpo se ponía literalmente rígido.
Sus manos temblaban...
Pasaba cerca la visión noctámbula de un hombre grueso,
de aspecto vulgar con chambergo gris
de ala baja sobre la frente.
¡Yo pensaba en mi prestamista!
En los mangasos para FORJA.
En la vez en que lo clavé a Miguelito Paredes en mil pesos.
¡Cuántas noches mantuvimos conversaciones vibrantes
sobre la redención, el casorio, las amigas,
los demás, los hampones, las sirvientas, las señoras,
el territorio provinciano que habíamos abandonado!
Ve a Evita en La Samaritana.
Habías filmado “Segundos afuera” con Chas de Cruz
Yo había colaborado con Tinayre en “Mateo” de Discépolo.
¡Qué mal nos trató la crítica!
Vos quedaste en llamarme.
Después coincidimos en “Radiolandia” y en “Guión”.
¡Qué tapa la tuya en traje de baño, zapatos de corcho y dulce sonrisa!
Pero no me llamaste, no.
Nos encontramos casualmente en El Tortoni.
¡Soñábamos..!
Cuando todo cambió un día.
Desde la mañana.
La madrugada.
Explicame vos lo que pasó después.
Las calles de Buenos Aires presenciaron hechos insólitos.
Desde todos los puntos suburbanos vimos llegar grupos obreros.
¡Pasaron debajo de mi balcón de la calle Garay!
¡La turba tan temida..!
El primer impulso fue cerrar los balcones.
Pero mirando bien,
la turba se trocaba en otra cosa.
Gente bonachona, tranquila.
Igual a ellos.
Ellos mismos.
No había caras hostiles ni puños levantados.
Sólo llevaban consigo,
como única arma,
la esperanza de no volver atrás.
Avanza el día.
La multitud engrosa.
Rebalsa la plaza.
Llega hasta el Congreso.
No hay avenida que no sea franqueada por el aluvión humano.
Marchaban, cantaban...
Con voz ronca, anónima, desacoplada...
Suavemente, desde el fondo de la historia.
“Sin galera y sin bastón...
lo queremos a Perón...”
¡Sin galera y sin bastón!
¡Qué multitud!
¿Cuántos éramos?
La radio dice que somos un millón.
Soy un tipo escéptico.
Digamos medio millón.
¿Va a estallar ahora el odio contenido?
¿Van a comenzar las hostilidades?
“Sin galera y sin bastón...”
Podemos incendiarlo todo, Negrita.
¡Qué muchedumbre!
Nunca me sentí tan bien.
“Sin galera y sin...”
Explicame, explicame.
¿Por qué no me llamás?
¿Dónde quedó el empuje de esa violencia?
¿A dónde se fue?
Explicalo vos, Evita.
¡Semejante multitud..!
Y me falta celuloide.
¡Sólo celuloide!
¡Llamame Negrita!
Hoy es jueves...
Un tiempo.
¿Titila la estrella?


LA SAMARITANA
Hay un nubarrón en el horizonte.
El cielo empezó a teñirse con el rojo del amanecer.
En la pista un caballo pasea lentamente de la rienda de un muchachito.
Las tribunas están vacías.
Usted espera a La Negrita.
¿Sabe..?
Me tiene... harta.
¿De dónde saco yo... empuje?
¿De dónde saco yo fuerzas?
Traga saliva.
Papá no hizo ninguna valija cuando se fue de casa.
Abrió a la puerta y salió a la calle.
Todo estaba en marcha.
Villa Crespo ardía en claroscuro del alba.
Las llamas iluminaban mi casa.


HOMERO
¡Eso... eso!
El mundo cedió.
Se hizo blando como el agua.
Se puso al alcance de la mano.
Va hasta el teléfono, levanta el tubo, golpea la horquilla.
¡Hola, hola, carajo!
¡Quién es, quién..!
Ah, Edecán.
¿Usted ahí?
No sabía.
Mejor, mejor si está ahí el General.
¿Ivanissevich?
¿El doctor Ivanissevich también?
Bien, muy bien.
¿Yo..?
Yo esperaba su llamado.
¡De La Señora!
¿De quién iba a ser?
¡Si, si, de La Señora!
Quedó en comunicarse conmigo.
Manzi... ¡Manzi!
¡Homero!
Bueno...
Terminé llamando yo.
Claro. Si. Hoy mismo. Jueves.
Bueno, viernes de madrugada.
A última hora.
¿Usted le recuerda a La Señora, Edecán?
No, no corto.
¡Por favor!
Espero si, si, si.
Pausa.
¿Llamo yo o llama usted?
¡Ah, La Señora!
La Señora personalmente.
¿En diez minutos?
Bien.
Me quedo al lado del tubo, Edecán.
No se preocupe.
¡Bueno, bueno!
Cuelga.
¿Cuánto falta para que amanezca?
¿Más de diez minutos?


LA SAMARITANA
Los sábados venían al barrio hombres y mujeres del centro
a bailar el tango verdadero.
¡A veces se armaba cada pelea!
Un amanecer vino papá herido.
Mamá buscó al boticario de la esquina.
Al día siguiente me escapé por primera vez de casa.
Esperé sus pasos, como siempre, al atardecer.
Era el dos de julio de mil nueve treinta y cinco.
No pude resistir el sonido de sus tacos.
Fui tras ellos.
Usted no usaba barba.
Lucía un moño sobre una camisa blanca.
Como siempre, sus cuartillas bajo el brazo izquierdo.
Un impermeable de solapas grandes llameaba a sus espaldas
al recibir, de frente, el viento del sudeste.
En Serrano doblamos por Muñecas,
luego Warnes, Campichuelo, Díaz Velez, Otamendi,
donde cruzamos el puente.
En seguida Yerbal, Río de Janeiro, Senillosa, Victoria....


HOMERO
¡Irigoyen!


LA SAMARITANA
Y por fin Boedo.


HOMERO
¿Qué dijiste?
¿Dos de julio?
Recuerdo ese día.
Fundamos FORJA.
Con declaración de principios y todo.
Yo abrí el fuego.
En el Teatro Boedo.
¡No iba a andar antes por Villa Crespo!
¡Estaba en Garay estudiándome el discurso!


LA SAMARITANA
Lo ví en Serrano y lo seguí.
Me senté en la platea del Boedo.
Escuché como me hablaba.
¡Usted a mi!
A una chica de diecisiete años.


HOMERO
No estuve en Villa Crespo.
No me moví de Boedo.
Discutimos con los muchachos todo el día.
Discutimos la “posición nacional”.
Éramos un grupo teórico.
Queríamos que la gente disfrutara
del nivel de vida reservado a la oligarquía.
Pero después vino la política casera.
Y los políticos.
La expectativa de uno termina frustrándose.
Los políticos aman la sobrevida.
Son jetones.
No nos ven.
No quieren vernos.
No nos dan bola.
Sólo temen el escándalo.
¡Jetones..!
Nosotros puntos...
puntos muertos de frío...


LA SAMARITANA
Usted empezó leyendo la declaración.


HOMERO
“La historia argentina en particular
y Latinoamericana en general,
es la lucha permanente del pueblo...”


LA SAMARITANA
¡Me dejó sin aliento!


HOMERO
¡La tierra era firme!


LA SAMARITANA
Tóqueme.
¿Siente mi respiración?
No soy un fantasma.
¿Ve mi cara?
¿Me reconoce?
Yo lo escuché.
¿No me vió entre el público?
¿No se dio cuenta que lo seguí hasta su casa?
¿No me oyó cantar esa noche?
¿No me oyó cantar en el balcón de la calle Garay?
Canta.
“Fui como una lluvia de cenizas y fatigas
en las horas resignadas de tu vida...
Gota de vinagre derramada,
fatalmente derramada sobre todas tus heridas.
Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve,
rosa marchitada por la nube que no llueve.
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,
que no puede vislumbrarsu tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora, que no reza,
que no llora, que se echó a morir.
¡Véte..! ¿no comprendes que te estás matando?
¿no comprendes que te estoy llamando?
¡Véte..!
no me beses que te estoy llorando
¡y quisiera no llorarte más!
¿No ves?
es mejor que mi dolor quede tirado
con tu amor librado
de mi amor final.
¡Véte!
¿no comprendes que te estoy salvando?
¿no comprendes que te estoy amando?
¡No me sigas, ni me llames, ni me beses,
ni me llores, ni me quieras más!

Fuimos abrazados a la angustia de un presagio
por la noche de un camino sin salidas,
pálidos despojos de un naufragio
sacudidos por las olas del amor y de la vida.
Fuimos empujados en un viento desolado...
sombras  de una sombra que tornaban del pasado.
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,
que no puede vislumbrar su tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora, que no reza,
que no llora, que se echó a morir.” (7)
Pausa.
Estaba segura que usted me había oído
a través de las persianas,
que había espiado mi emoción,
mis lágrimas, mi corazón desnudo.
Me fui por Garay, otra vez hasta Boedo.
Volví... rehice...


HOMERO
¡Miles de cosas no he visto!
Miles de cosas que hubiera querido ver.
Hoy apenas oigo quejas, protestas, ruidos en el techo.
¿Oís, oís, rusita?
Hacia arriba.
¡Eh, Viejo!
¡Viejo del décimo!
¡Viejo traidor!
¿Estás ahí?
A La Samaritana.
Quiere hablarme, pero grazna.
Tartajea.
Tiene la astucia del criollo que lee a Kant.
Rusita, fijate en la escalera,
si Georgie se niega a hablar,
si se refugia en su sigilo,

 
(7) “Romance de barrio”, con música de Aníbal Troilo.

es porque anda Carriego cerca.
Camina la habitación,
arrastra los pies,
corre las sillas,
pero no sale.
Tiene medo de verlo.
Fijate por favor.
Carriego se corre hasta el umbral.
Sacude el picaporte.
Por ahí me deja una cuartilla y vuelve a su tierra.
Por ahí se quiere quedar un rato.
O para siempre.
Ni aliento me queda ya.
¡Sombra sin fuerza!
¡Abrí, abrí, rusita!


LA SAMARITANA
No hay nadie.


HOMERO
¡Podés salir Georgie!
¿Cómo, cómo?
¡Acabala con eso!
Yo también viví en la calle Garay.
¡Yo también vi mi dormitorio sin nadie...
y no escribí El Aleph!
¡No supe o no se me dio la gana!
¿Cómo supiste vos?
¿Cómo se te dieron las ganas?
Quiero saber, quiero saber.
¿Cómo escribiste:
“Vi el engranaje del amor
y la modificación de la muerte”?
¿Qué “modificación de la muerte”?
¡Iluso!
Mirame a mi.
Visitame.
Estoy en eso.
Vení a sufrirla conmigo.
¿Y... y... y..?
¡Vacilante..!
¡Mentiroso..!
¡Mitad espejo y mitad sueño!
¡No dejaste de tartamudear!
No dejaste tu niñez.
¡Hacete cargo del mundo!
¿Qué jeroglífico desconocido, extranjero, hablás?
¡Abrazado al Caos a la hora de la vigilia!
Sospecho tus rictus,tus chirridos, tus gritos,
tus plumas volando al viento
¡Y sin embargo qué noble parecés!
Infructuosamente intenta oir.
Golpeá, golpeá con tu bastón de Viejo Ciego!
Nada, nada rusita.
Fuerte.
¡Tu vida sobrevivirá a la mía!
Breve espera.
Concedo..:
tus versos también los cantará la gente.
Espera.
Nada, nada rusita.
¡Me ofendés Viejo Ciego y tonto!
¡Me ofendés!
Bajate hasta acá, Georgie,
todavía queda algo de la quimera,
de las viejas ilusiones.
Aunque hoy sea, apenas,
el vapor oloroso que brota de un viejo estanque
donde ya han caído las sombras.
¡Eh Ciego!
Por favor, un pie.
Arrastrá un pie sobre la madera de tu piso.
Un paso, por lo menos.
Una silla que se cae.
¡Vamos!
¿Qué es una silla a esta altura de la vida?
¡Viejo del décimo!
¡Georgie!
¿Mutis por el foro?
¿Se fue rusita?
Tomó por fin su camino...
¡Georgie!


LA SAMARITANA
Ya pasaron los diez minutos.


HOMERO
¿Ya... ya..?
¿Ya viene... ya llama?
Se acerca al teléfono sin atreverse a tocarlo.
¿Es la hora?
¿Ya es?
¿Tiene tono?
¿Anda?
¡Diez minutos!
¡Ya pasaron los diez minutos!
A La Samaritana
Marcame: Fundación.
Edecán.
¿Te atienden..?
¿Todavía no..?
¡No colgués!
Esperá un poco más...
Tardan en llegar al tubo.
¡Es la Fundación..!
Están ocupados...
Ya van a atender.
Toma el teléfono en sus manos.
¡Negrita, Negrita!
¡Yo, Homero!
Pausa, oye.
¿Se fue?
¿Quién se fue?
¿La Negrita?
¿Puro ojos?
Ah, puro ojos.
¡Ya se que se la ve muy flaca!
¿Quién habla?
¿Quién es?
¿Doctor Ivanissevich?
¿Quién es usted?
¡Edecán, Edecán!
¿Es usted?
¿Quién habla?
¡Hola, hola!
¡Pregunto si el doctor Ivanissevich está con usted!
¿Con quién hablo?
¿De donde salió?
¿Qué yo estoy siempre revolviendo el avispero?
¿Quién lo dice?
¿De dónde saca eso?
Ah, ah, ah.
¿Necesita mi firma..?
¿Apoyo a qué..?
¿Cómo..?
¿Truoleno sintético... en Campana?
¡Qué truoleno ni truoleno...
necesito celuloide!
¡Qué me importa que se inaugure!
¡Celuloide!
¡Quiero celuloide!
Cuelga con fuerza.
¡Firma de apoyo..!
¿Qué le pasa a La Negrita?
¡No sabe cuándo podrá atenderme!
¡No sabe... no sabe..!
¡Guacha La Negrita!
¡Se olvidó de todo!
¡Años juntos!
¡Los mejores!
¡Una firma..!
¡Una firma por la apertura de una fábrica de truoleno siontético!
¡Jetones..!


LA SAMARITANA
Con un vaso de agua.
Tome un poco don Homero.


HOMERO
¡No necesito nada!
¡Tengo todo lo que me hace falta!


LA SAMARITANA
¿Por qué sus ojos se ponen odiosos?
¿Por qué horrible, su cara?
¿No se preocuparon por adivinar su deseo?
¡Qué va a hacer!
Es así
El que actúa no sabe con certeza que saldrá de su acto.
¿Por qué rabioso, Homero?


HOMERO
Tengo cuarenta y tres años.


LA SAMARITANA
Cuarenta, cincuenta, ochenta.
¡A quién le importa cuántos!
Si siempre fue capaz de prometer y de cumplir sus promesas.
Usted... es poderoso, libre... glorioso.
¿Cuántas más cosas le puso a la tierra en que nació?
Un hijo, un stud, una empresa, un cancionero... cine.
Lo hizo usted.
No otra persona.
¿Qué le impide quererse?
Querer su carne.
¿Por qué no dice:
qué tal, viejo cuerpo mío?
¡Qué tal huesos de mi esqueleto!
¡Qué tal... músculos!
¡Qué tal... piel!
¡Qué estampa!
¡Qué pinta tenés, vieja osamenta!
Supiste atraer al mundo,
a la gente de tu pequeña patria.
Fuiste cuerpo realmente noble.
Noble como el vaso de barro
que es capaz de contener
los más preciosos perfumes.
Dígale gracias a su cuerpo, Homero.
Dígale: gracias cuerpo mío.
Gracias.


HOMERO
Después de un tiempo.
Un ruido en el fondo, cósmico.
Una blanca luz lívida recorre Buenos Aires.
Los anocheceres mitológicos ocurrieron hace treinta años.
¡Tortoni, amigo fraterno, nos tragó la madrugada!
No tengo, Tortoni, ya el suelo necesario
para mis dos pies.
No tengo punto superior de apoyo
al que pueda cubrir con mis dos manos.
¡Ni político, ni poeta, no hombre de cine, ni tanguero!
¡Aposté a todo y me quedé sin nada!
Un tiempo.
Llevé lo mío hasta el final.


LA SAMARITANA
Contento, entonces.


HOMERO
¡Qué voy a estarlo!
¡Me falta una película, un tango, un pura sangre..!


LA SAMARITANA
No es la liebre sino la caza,
lo que importa.
La Virgen lo está abrazando.


HOMERO
¿La Virgen?
¡Dios mío!
¡En ella creía mi madre!
¡Ay..!
El dolor lo quiebra, se rehace.
¿Cómo salió El Nacional?
¿Llueve todavía?
Las nieblas de los glaciares lo cubren todo.
¿Qué pasará cuando todos los caballos estén domados?
¡Ay, cómo me duele..!
¡Gruño, escarbo, hago el animal!
No tengo resistencia al presente.
¡No me gusta nada este puerto!
Basta de tirar redes.
¡Con qué velocidad infinita se esfuma cualquier forma
que se esboza en el interior del mar!
Voy tan de prisa como mi pensamiento.
Y mi pensamiento se fuga,
se escapa de mi mismo.
Las ideas huyen.
Procedo por ráfagas.


LA SAMARITANA
Los ríos de su sangre, Homero, le alimentan el corazón...
El corazón alimenta su mente.
El cuerpo recibe la fina espuma de los rayos del sol.
Amaneció y el sol alimenta la naturaleza.
¿Qué sería de ella sin su paso, Homero?
¿Qué sería del Creador sin el Hombre
que completa su obra?


HOMERO
¡Tengo letras todavía!
¡Papel y lápiz, rusita!
¡Te dicto la canción de Villa Crespo!
Jirones de memoria que pasan
y se inscriben en la memoria de otro.
La luz aparece.
Una onda de movimiento continuo.
Una emisión de partículas.
Oigo un ruido creciente.
Oigo el jazmín que se abre,
oigo la sirena de las seis que llama al trabajo.
Veo las estrellas, el organito y a Acho.
¿Quién escogió este día y no otro en el infinito?
Otro salto más no me va a doblar el brazo.
Ensillame, rusita, a Yatasto.
¡Apero y montura criolla!
¡Con tu galope ganamos El Nacional!
¡Acho..!
¿A dónde conduce este agujero negro?
¡Piquemos..!
¡En punta..!
¡Ahí está el Disco!
¡Desde mi nave veo venir la orilla!
Rusita ¡no me abandones!
Soy yo, el gordito que pasa taconeando,
todos los atardeceres,
por tu vereda de la calle Serrano,
con las cuartillas bajo el brazo.
¡Eh... Manzi!
¡Manzi..!
¡Mi presencia... mi presencia!
Muere  en brazos de La Samaritana.


LA SAMARITANA
Canta.
“San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo,
Pompeya y más allá la inundación.
Tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre flotando en el adiós.
La esquina del herrero, barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón
y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón.

Sur,
paredón y después...
Sur,
una luz de almacén... (8)




OSCURIDAD FINAL



(8) “Sur”, con música de Aníbal Troilo.
 
 

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