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Segundo tiempo
de Ricardo Halac
 
A don José, mi padre.

La Sociedad General de Autores (ARGENTORES), distinguió a esta pieza con el premio a la mejor comedia de 1976.

PERSONAJES
:
PABLO Luis Brandoni
MARISA Marta Bianchi
MADRE Chela Ruiz

Asistente de Dirección Jorge Prats
Escenografía y vestuario Emilio Basaldúa
Dirección Osvaldo Bonet

"Segundo Tiempo" se estrenó el 25 de junio de 1976, en el Teatro Lasalle de Buenos Aires.

La acción sucede en: un departamento de un ambiente, en un viejo edificio del sur de la Capital; en un cuarto de estar, en casa de la madre; y en un cementerio.


PRIMER ACTO

1



Viejo departamento de un ambiente ubicado en un barrio del sur de la ciudad. El único lugar privado es el baño, al fondo. A un lado la cocinita, sin puerta, todo a la vista. Del lado opuesto, la cama matrimonial, y sobre ella un tragaluz que sirve más que nada de ventilación. Delante de la cocinita, cerca de la puerta de calle, una mesa con sillas desde donde se puede ver la televisión. Por comodidad llamaremos a esta parte comedor y a las otras dormitorio y cocina.

Al encenderse las luces Marisa está sentada en una silla del comedor, desaliñada, con un cigarrillo en la mano, pensando ante el televisor apagado. Entra Pablo dando un portazo. Marisa se para de un salto, dejando el cigarrillo en el cenicero.

PABLO - ¡Llegué, Marisa! ¡Llegué...! Aquí está el Super-Pablo, "o de terror da cama"... ¡Siempre listo, siempre dispuesto, siempre cumplidor! (Se saca el saco y lo cuelga del perchero. Sus ojos brillan con picardía) ¡A ver ese suspiro! ¡Más fuerte que no lo oigo!
Marisa corre al baño mientras Pablo la busca. Se siente dinámico; su propio humor lo va poniendo mejor.
-¡Te oí...! ¡Ya sé dónde estás! Arreglándote a la disparada. Porque no me esperabas a esta hora, y sabés que cuando llego me gusta que me recibas hecha un pimpollo. (Empieza a sacarse la ropa, sigue hablando) Querida, sé que en este momento te estás rompiendo la cabeza tratando de entender cómo es posible que tu marido esté en casa a las tres de la tarde. Es muy sencillo. Resulta que estaba en el trabajo mordiéndome los codos, laburo hijo de puta, cuando de pronto me enteré que a la tarde empezaba un paro de transporte. Entonces junté a los compañeros y les dije: "Muchachos, si quieren salir antes de hora, ¡síganme!". Y fuimos todos juntos a ver al jefe. "Señor -le dije- ¿usted se imagina lo que va a ser el centro dentro de un rato? Los hombres se van a pelear por un taxi; las mujeres van a correr con los chicos en brazos; los viejos se van a tirar por la ventana para llegar más rápido a la calle... ¡Vamos, señor! ¡Decídase! ¿O le importan más estos papeles que la vida de sus empleados?" (Pausa. Se pone un dedo bajo el ojo) ¡A la media hora, estábamos todos en la calle!
Da unos pasos mientras su mujer, en la puerta del baño, se prepara para recibirlo.
-¿Y qué hizo este piola cuando lo soltaron? ¿Se fue por ahí... como hicieron los otros? (Suspira) Porque la gente rajaba pero nadie se fijaba cómo estaba el día. ¡Y arriba había un sol así de grande, que daba unas ganas locas de vivir! (Guiña un ojo) Fue entonces que se me ocurrió una cosa que podía hacer con mi mujercita... para sentir que había aprovechado la tarde. (Ella se acerca despacio. El, que ya está casi desnudo, se restrega las manos, va hacia ella y la besa) ¡Hola querida!
MARISA - Hola, Pablo.
PABLO - (Estupefacto) ¿Es todo lo que tenés para decirme? ¿Llego a casa a las tres de la tarde, y en vez de correr a abrazarme me decía "hola, Pablo"...?
MARISA - Estaba distraída.
PABLO - ¡Querida, con la entrada que hice se podía despertar a la sorda del quinto piso! (Descubre el cigarrillo encendido) Qué, ¿ahora fumás?
MARISA - Estaba mirando televisión...
PABLO - ¿Con el aparato desenchufado? (Ella no dice nada. El encuentra unas carpetas tiradas por el suelo) Ahora entiendo... ¡Graciela!
MARISA - ¿Qué pasa con Graciela?
PABLO - Estuvo otra vez por aquí, ¿no?
MARISA - Sólo un rato...
PABLO - Y se dejó olvidados, como al descuido, algunos apuntes. Así, para sembrarte envidia. (Suspira, los deja sobre el televisor) No importa... ¡la nena es dueña de hacer lo que se le antoje en sus ratos libres! Pero ahora, venga para acá... (La atrae con fuerza. Ella quiere soltarse, él la aprieta más) ¡Pará! ¡Marisa, descubrí algo! (La besa, aunque ella no quiere) Algo que nunca hicimos juntos. (Se miran) Decime: ¿nos metimos alguna vez en la cama de día?
MARISA - (Cansada) No sé.
PABLO - ¡Los dos en la cama y el sol allá arriba! (La acaricia, intenta llevarla hacia el dormitorio) ¡Vas a ver, te va a gustar!
MARISA - (Se debate por soltarse) Esperá...
PABLO - ¿Qué te pasa?
MARISA - Dejame pasar...
PABLO - ¿A dónde querés ir?
MARISA - ¡Al baño, a arreglarme un poco!
PABLO - (La atrae, le mete la mano debajo de la pollera) ¿Para qué te vas a arreglar, si ahora te voy a desarreglar toda? (Marisa consigue zafarse y se encierra en el baño de nuevo)
PABLO - ¡Marisa, quiero ganar la tarde!
MARISA - ¡Esperá un poco!
PABLO - ¡Tiramos la ropa al suelo y nos acostamos con el sol en la cama! (Va hacia el tragaluz y corre la cortina. El sol entra e inunda la cama, canta: ) "O sole míoooo...!" Así te quería tener, todo para mí. (Cierra los ojos) ¡Te van a prohibir, a vos! ¡Hasta en el verano! ¡Si no un día la gente va a dejar el trabajo, y va a ir en masa a tirarse a dormir a la playa! (Se deja caer de espaldas en la cama. Rebota sobre ella, feliz) ¡Viva el sol! ¡Viva! (Gira sobre sí mismo, gozando. De pronto, tiene una idea: ) Tengo que organizar una festichola. Una cosa nunca vista. (Alto: ) ¿Marisa, estás?
MARISA - ¡Ya voy!
A través de la pared del baño vemos la sombra de Marisa, mientras se inclina agobiada.
PABLO - (Se para de un salto) Tengo que inventar una distinta para la ocasión. (Tira tres o cuatro almohadones al suelo y se para delante de la cama) ¡Marisa, estamos en una isla desierta y vos sos la única mujer! ¡Hace rato que vengo siguiendo tus pisadas por la playa...! ¡Yo soy un náufrago, muerto de ganas! ¡Al final te descubro, dormida sobre la arena!...¡desnuda! (Gozoso) ¡Marisa, vení a la playa que te estoy esperando!
MARISA - (Harta) ¡Ahora no puedo salir!
PABLO - (Silencio) ¿Dijo que no podía salir? Sí oí bien...lanzó un grito. (Imagina) Alguien la tiene secuestrada en la choza. Tengo que salvarla. Despacio... puede ser peligroso. ¡Un maniático sexual! Hoy abundan mucho... (Avanza a hurtadillas) Hijo de puta... te aprovechás de una pobre mujer indefensa...
Agarra un almohadón grande y le clava varias veces un imaginario puñal.
MARISA - ¡Pablo, no empecemos con eso, ahora!
PABLO - Querida, ¿estás bien...?
MARISA - ¡Dejate de pavadas, por favor!
En el baño, Marisa empieza a ponerse en movimiento. Se arregla un poco.
PABLO - (Pausa larga) Tiene razón. Tenemos toda la tarde por delante. Podría encontrar algo más original, ¿no? (Busca algún elemento. Hay una soga arrollada en la mesita del televisor) ¿Con la soga? No, con la soga no. (Ve la gorra de baño de su mujer tirada. Se la pone, para ver si le inspira algo. Vuelve al comedor) ¡Marisa...! Vos sos una cosmonauta perdida en el espacio. Estás en tu cápsula y los controles no te funcionan más. ¡Yo soy el Hombre Nuclear, y me mandaron al rescate! (Tira una silla al suelo. Hace un saludo militar, sube a su "nave espacial" y navega por el espacio) ¡Allá vas!...¡Te encontré...! Sé que sos vos, porque las paredes de tu nave espacial son transparentes. Me acerco, ahora te dejo ir... Subo, y te miro desde arriba. Ahora doy la vuelta, y te miro desde abajo. Imagino posiciones... (Pausa, se ríe) Te diste cuenta que te estoy siguiendo, ¿eh...? ¡Hacés como que no, pero te gusta que te persiga! ¡Y yo voy a hacer el acople cuando se me dé la gana! Entonces te voy a agarrar... y vamos a rodar por el piso de la cabina donde no hay gravedad... (Goza) ¡Cósmico, va a ser...! (En ese momento, mientras rueda por el suelo, descubre en medio de ropa tirada, un corpiño. Se levanta) Marisa, ¿qué carajo hace este corpiño en el suelo de mi cápsula?...(Marisa sale del baño. Le saca el corpiño bruscamente)
MARISA - Hoy no tuve tiempo de ordenar la casa.
Agarra todo lo que está tirado, lo envuelve en una sábana sucia y lo tira a un costado. Pausa.
PABLO - (No entiende nada pero sonríe, conciliador) Oíme, ¿cómo hacés para tener todo arreglado cuando vuelvo del trabajo? A las siete abro la puerta, y ahí está ella, fresca como un pimpollo. (Intenta abrazarla) Hoy llegué temprano y te agarré infraganti, ¿eh...?
MARISA - (Lo rechaza agresivamente) Hoy no me sentí bien en todo el día.
PABLO - Pobrecita... (Vuelve a la carga. Hace como que le ausculta el pecho) ¿Cuándo le vino el primer ataque, señora?
MARISA - Hace ya bastante tiempo.
PABLO - ¿Y por qué cuando yo llego a la noche no me entero de nada? A ver, cuénteme todos los síntomas.
MARISA - Porque no sé cómo lo vas a tomar...
PABLO - ¿Quiere que le dé la receta justa, señora? (La besa) ¡Métase desnuda en la cama con su marido, y hágalo cuantas veces él se lo pida!
MARISA - (Le saca las manos de encima) ¿Vos no escuchás lo que te estoy diciendo? (El la mira sin entender; ella suspira, se controla) ¿Podemos sentarnos y hablar un poco?
PABLO - (No puede creer lo que oye) ¿Hablar...?
MARISA - ¡Sí, hablar!
PABLO - ¿Yo quiero coger y vos me proponés hablar?
MARISA - ¡Terminala...!
Se aleja de él. Pablo recapacita, mientras se saca la gorra.
PABLO - ¿Pasa algo grave?
MARISA - ¡No quiero jugar más!
PABLO - ¿Cómo...?
MARISA - (Con dolido sarcasmo) No quiero más ser la secuestrada de un maniático, ni una pobre abandonada en una isla desierta, ni ningún otro personaje. ¡Se terminó! ¡No quiero más que me lleves a la cama de esa manera! (Pausa. Con dificultad) ¿No te diste cuenta que no siento más nada...?
PABLO - (Sorprendido) Hasta ahora te gustaba mucho. ¡Ah, buscás otra variante! ¿Querés que haga de Tarzán? ¿O salte como King Kong?
MARISA - ¡No! ¿Quiero que te fijes en mí, que veas cómo estoy! (Da unos pasos. Busca otro tono) Pablo... vos te vas a la mañana... y yo me quedo aquí sola. ¡Sola, todo el día!
PABLO - Como todas las mujeres casadas. ¿Qué querés que haga, que te lleve conmigo al trabajo?
MARISA - (Se enoja de nuevo) ¿Sabés con qué me quedo? ¡Mirá! Con la cama deshecha, los platos sucios, la ropa desparramada... Ya nada me reconforta. ¡No tengo nada que sea mío!
PABLO - (Da unos pasos, nervioso) Acordate, Marisa... Decidimos dejar pasar dos años antes de tener un hijo.
MARISA - ¿Y quién dijo que ahora quiero tener un hijo?
PABLO - ¡Qué me reprochás, entonces?
MARISA - ¿Cómo tengo que decírtelo para que lo entiendas? ¡Quiero hacer algo de mi vida! Mi tiempo... ¿no vale nada?
PABLO - (Mira hacia el dormitorio, irónico) Curioso, ¿no? ¡Lo que para mí era ganar la tarde, ahora resulta que para vos es perder el tiempo!
Va a la cama y se acuesta. Ella se acerca, despacio, hablándole.
MARISA - Vos sabés que si te hablo a otra hora no me escuchás... O porque estás cansado y tenés sueño, o porque llegás tarde al trabajo... (Se sienta en la cama junto a él y lo mira) Pablo, ¡antes yo no era así! Estudiaba, corría todo el día para ganarme unos pesos; de noche iba a bailar... Si me llevaban a una fiesta, discutía con todos aunque no conociera a nadie... ¡Tenía energía, Pablo! ¡Energía! (Silencio) ¿Dónde la metí, después? Me casé..."senté cabeza" (Se encoge) Y aquí estoy, encerrada en mi propia cucha. (El la abraza, súbitamente conmovido. Pausa larga. Tensa) Tengo que darte una noticia... No sé cómo la vas a tomar.
PABLO - (La mira) ¿Qué pasa?
MARISA - Empiezo a trabajar.
PABLO - ¿Cómo...?
MARISA - Salgo a trabajar de nuevo, me empleo.
PABLO - ¿Para qué? Y de qué vas a trabajar vos, ¿eh...? ¡Contestame!
MARISA - (Paralizada) No sé... Graciela me lleva.
PABLO - Ah... ¡Graciela te lleva! Ahora entiendo todo. (Duro) Ella te llenó la cabeza, ¿no?
MARISA - ¡Vos sabés que es mejor ir recomendada que buscar trabajo por el diario!
PABLO - ¡Por supuesto! Te estás manejando como si estuvieras sola... ¡Muy bien!
MARISA - ¡Pablo, no es contra vos! A vos te quiero más que a nada en el mundo. Necesito que me ayudes, mi amor...
Intenta abrazarlo, él la hace a un lado y se levanta, toma su ropa y camina al comedor.
PABLO - ¡Puta que lo parió! Uno viaja mal, trabaja mal, y encima cuando llega a la casa tiene que responder si cree que el matrimonio va a ser siempre así. (mira hacia el dormitorio) ¡Así que no querés jugar más! ¿Qué querés que haga a mi edad? ¿Qué toque la flauta dulce?...¿Qué me haga radioaficionado? "Qth... ¿me escucha? Qsl... adelante, cambio" ¡Dejame de joder! (Suspira ruidosamente) ¡Y justo hoy me hacés esto, que vine reventado del trabajo!
Marisa deja el dormitorio. Pausa.
MARISA - Pablo, yo no quise ponerte así.
PABLO - Salí.
MARISA - ¡No, no quiero! (Se aferra a él, le pone la cabeza sobre el hombro) Me asusta cuando nos peleamos tanto; ¡yo sabía que no me ibas a entender! (Lo toma, lo sienta con cariño en una silla) Vení, ahora... Ponete cómodo. ¿Te saco los zapatos?
PABLO - (Se sienta, está harto de todo) No, dejame.
MARISA - ¿Ves? Ahora tengo ganas de ponerte muy contento. De hacerte feliz.
PABLO - (Agradece con un gesto irónico) Mi felicidad, Marisa, está en verte bien a vos.
MARISA - Mi vida... ¿Te crees que no sé por qué viniste temprano? (Animándose) ¿Y si jugamos a la geisha? (Empieza a jugar) "Levelendo señol, ahola geisha va a sacale la lopa empapada de sudol, y va hacele masajes... ¿Usted pelmite? Si tiene alguna plefelencia la puede manifestal"... (El no deja que le saque la camisa) ¡Geisha buenita!... (Provocándolo) Uh... Creo que hoy voy a estar muy loca...
PABLO - Sí, ya me di cuenta.
MARISA - ¿O plefiele que geisha espele quietita en la cama, que usted vaya a buscarla? (Va al dormitorio, se acuesta) ¿Apago la luz?
PABLO - (Sorpresivamente, muy alterado) ¿La luz, dijiste? (Se levanta de un salto y va al tragaluz, ella no entiende nada) ¡El sol...! ¿Dónde está el sol...?
MARISA - ¿Qué te pasa ahora?
PABLO - ¡Se fue! (Corre la cortina) Y claro. (Angustiado) ¡Ya es hora de abrir la puerta, y entrar como todos los días!
MARISA - Pablo, vení a la cama...
PABLO - ¡No puedo, Marisa! (Traga con dificultad. Da un paso hacia el comedor) ¡Vos no querés un macho que salte por los techos, entre por la ventana y te viole de repente! Vos preferís al boludo de todos los días... Y ahora lo vas a tener! (Se pone el saco y la corbata así nomás. Abre la puerta, sale y vuelve a entrar en la casa. Tiene aspecto grotesco) Hola, querida... ¿Cómo pasaste el día?
MARISA - Basta, Pablo... ¡Por favor!
PABLO - ¡Hoy el jefe estuvo terrible conmigo! Me llamó aparte para decirme quiénes son los tres que ascienden en la oficina. Yo, no soy ninguno de ellos. "Los jodones -me dijo-, no se van para arriba" (Pausa) ¡Me cagó! (Hace un corte de manga y se ríe) ¡Pero yo, me vengué! ¡Me enteré del paro del transporte, y le saqué la gente antes de hora! (Lentamente va hacia la mesa. Se sienta, erguida, duro) Marisa, poné la mesa. (Golpea mientras Marisa llora) ¡Tengo hambre, quiero comer...!


APAGON


2


A un costado del escenario se ilumina la casa de la madre de Pablo. Es un ambiente antiguo y humilde. Una puerta da al hall de entrada, otra a la cocina. Sobre las paredes empapeladas, un cuadro de Pablo, de cuando era chico, en distintas expresiones, y un cuadro de su padre, solo. A un costado, jaula con un canario. Pablo está con una vieja campera fumando, caminando cerca de la mesa, donde se ven tres cubiertos, uno de los cuales no ha sido usado. Se oye el trino del canario.
PABLO - ¡Dale! Cantá vos, cantá ...¡Vos sí que la tenés fácil! Pasás de un palito a otro palito... Adentro de la jaula te ponen lechuguita, alpiste... ¡Y si te mandás una cagadita, nadie te dice nada! (Pausa) Vos sí que tenés todo el sol para vos... (Se mueve, inquieto. De pronto hace un descubrimiento) Cuando yo era chico, acá no había canario. No había nada de nada. "La vida es seria", decía el viejo. (Se pone serio como su viejo) Y había que andar serio todo el día (Pausa. Se oye al canario) ¿Qué cantás, no ves que estás en una jaula, boludo? (Pausa. Se afloja) ¿Qué le habrá dado a la vieja por comprarse un canario? (La imita) "Me sentía muy sola, hijo... Me faltabas vos, que eras la alegría de esta casa..."
Su madre entra en el momento en que él la está imitando. Pablo se sienta. Se pone serio y compuesto.
MADRE - (Se acerca con un plato lleno de comida) ¿Qué estabas diciendo?
PABLO - (Mira horrorizado lo que ponen delante de él) Mamá, ¿qué hacés?
MADRE - Te sirvo más.
PABLO - ¡Pero si recién me comí un plato igual! (La madre lagrimea. Pablo no entiende nada)
MADRE - (Mira el plato humeante) ¿Qué pasa, no te gustó? (Lo mira) ¿No me salió bien hoy...?
PABLO - Te salió bárbaro... ¡Pero no quiero repetir! Vieja, ahora llorás también por esto... ¡Mirá cómo estoy! ¡En vez de caminar voy a rodar!
MADRE - ¡Pablo, es tu plato preferido! ¡Me pasé la mañana cocinándolo!
PABLO - (Toma el tenedor) Cualquier cosa, con tal que no protestes. (Al arremeter, se asusta) Mirá cómo lo llenaste... ¿No querés que me coma la parte de Marisa también?
La mención de Marisa provoca un silencio. La madre mira el plato de ella, vacío, y se sienta enfrente. Pablo fuma.
MADRE - Pablo, se enfría.
PABLO - ¿Tampoco puedo terminar el cigarrillo? Lo prendí para bajar el plato anterior.
MADRE - Querido, ¿qué te pasa? Trajiste una cara, hoy... ¡Ni que tuvieras una mala noticia!
PABLO - (Apaga el pucho, pide ayuda a Dios, y empieza a comer. Se oye al canario. Con la boca llena) ¡Por lo menos el pajarito canta!
MADRE - ¡Sí! (Lo mira comer con satisfacción. Por decir algo) Llena la casa... Alegra un poco.
PABLO - (Sorprendido) Ah, ¿ahora hay alegría acá? ¿Vos estás alegre?
MADRE - Para mí, el domingo es el día más alegre de la semana.
PABLO - ¡Porque vengo yo! (Come) Y cuando me voy ¿qué pasa? ¿Se ponen a llorar los dos, vos y el pajarito?
MADRE - (Silencio) Decís cada cosa, hoy... ¡Sabés que no es verdad! ¡Yo siempre tengo trabajo! En una casa -si una la quiere tener arreglada, claro- siempre se encuentra qué hacer. ¿Acaso vos, cuando vivías acá, no encontrabas todas tus cosas en su lugar? (Pausa. Pablo come, pensativo) ¿O ya te olvidaste cómo era, cuando vivías aquí...?
PABLO - (Deja caer el tenedor) Justamente, estaba tratando de recordar. (La mira, súbitamente) Vieja, ¿yo nunca quise ser nada en la vida? Contame ¿cómo fue la cosa? ¿Yo cumplí quince años y dije "quiero trabajar"? ¿Siempre quise trabajar...?
MADRE - (No entiende, o no quiere entender. Se encoge ligeramente de hombros) De chico te gustaba jugar a la pelota.
PABLO - ¡Ah, lo que me gustaba era jugar a la pelota, no trabajar! (Excitado) ¡Eso cambia las cosas! A ver, contame.
MADRE - (Mira el plato abandonado) ¿Qué querés saber?
PABLO - Qué quería ser de chico. ¿Nunca quise ser nada, yo? ¿Por qué no lo fui? ¿Por qué no hice nada por serlo? (Pausa) Hasta a los monos se los prueba hoy, para ver para qué sirven. Se ganan la vida, en un trapecio, y parecen más felices que yo. ¡Bah, son más felices!
Queda pensativo, la madre decide que no va a comer más; pone adentro del plato los cubiertos y se levanta. Al dar la vuelta, queda frente al cubierto de Marisa.
MADRE - (Preguntándole) ¿La espero un poco más... o levanto el cubierto?
PABLO - No va a venir, mamá. Ya te lo dije.
MADRE - Como a veces llega un poco más tarde, porque se queda ordenando la casa...
PABLO - Es inútil, mamá. Por más que digas igual no va a venir.
MADRE - (Junta el cubierto de Marisa, nerviosa) Pero ¿qué pasó? ¿Se pelearon?
PABLO - (Se enconge de hombros) No tiene importancia.
MARISA - (Furiosa) ¡No puede ser que una madre no pueda preguntarle a su hijo por qué la mujer no vino a comer!...
Va a salir a la cocina, cuando él le responde.
PABLO - ¡Se siente mal!...
MADRE - (Se para, vuelve con los platos en la mano, esperando más información) Ah, se siente mal.
PABLO - (Asiente) Le duele la cabeza, el estómago, los pies...
MADRE - Entonces, está enferma.
PABLO - (Explota) ¡Terminala, mamá! ¿Qué querés, que te traiga un certificado médico porque faltó un domingo?
La madre sale furiosa a la cocina. Pablo se pasa la servilleta por la boca, y se para. -Me debo haber comido como cuatro millones de calorías. (Pausa. El canario canta de nuevo) ¡Dale vos, Caruso...! Cantá... ¡Hay un gato en tu futuro! (Prende otro cigarrillo) Si a toda la gente como yo la mezclaran en una bolsa y después la desparramaran en otros pisos, en otros edificios, no pasaría nada. Siempre habría un jodón como yo, un gordo para burlarse y uno que diría: "Desde el año que viene, no trabajo más en oficina". (Pausa) El mundo sería distinto, si a cada uno lo dejaran ser lo que quiere.
MADRE - (Silencio. La madre ya ha vuelto) A vos te pasa algo.
PABLO - (Irónico) ¿Cómo se te ocurre? ¡Estoy lo más bien...!
MADRE - Si no, no te preguntarías todas esas cosas.
PABLO - A mí, lo que me gusta es tirarme en la cama y no pensar... (La mira con tristeza) Tiene razón, Marisa.
MADRE - (Alerta) Decime la verdad... ¿qué pasa con Marisa?
PABLO - (Se encoge de hombros) No sé, porque yo mismo no la entiendo. Dice que antes le gustaba cómo vivíamos... y que ahora no le gusta más. Que quiere buscar nuevos horizontes, estudiar... trabajar... (Pausa) Yo trabajo todo el día, y mirá qué horizontes encontré.
MADRE - (Cauta) Pero... ¿de qué quiere trabajar?
PABLO - (Sacude la cabeza) ¡No sé! Vive con uno, come con uno, duerme con uno, y piensa cosas que uno no conoce. (Pausa) Y si hoy me esconde esto... ¿mañana con qué me puede salir?
MADRE - ¿Nunca te había hablado de esto...?
PABLO - ¡Nunca!
MADRE - Si quiere trabajar un poco... no está mal. Hasta puede ser un aporte. Porque vos, nene, mucho no ganás. (Le hace una triste caricia) ¡Y la vida está tan cara! Mientras no se aleje mucho de la casa...
PABLO - (Enervado) ¡Qué decís, mamá! ¡Si se pasa el día entero con Graciela!
MADRE - Ah, Graciela...
PABLO - ¡Sí, la "amiga"! (Pausa, se va enojando) ¡Mirá, que Marisa no me venga con tantas vueltas, porque le voy a hacer una parada de carro que me va a conocer!
MADRE - Pero... ¿vos trataste de hablar con ella? Marisa no es mala chica. Puede ser que vos tengas problemas en el trabajo, y a lo mejor la culpa es tuya. Y entonces, sin darte cuenta, despotricás contra ella, despotricás contra mí...
PABLO - (Se la toma con ella) ¿No ves? ¡Uno no puede contarte una cosa que la agrandás, la agrandás y la agrandás!...¿Qué pasó, que ahora todo el mundo se puso a opinar? ¿Qué soy, un juguete, que me quieren arreglar? ¡Yo sabía que no tenía que abrir la boca!
MADRE - Es que si vos me explicaras bien lo que pasa... ¡Yo, a lo mejor, te puedo dar un consejo!
PABLO - ¡Yo vine a comer, mamá, como lo hago todos los domingos desde que me casé! ¡Nada más...!
La madre se levanta, enojada.
MADRE - Pensé que querías que te ayudara... ¡pero me equivoqué!
Sale con el mantel y el resto de las cosas.
PABLO - ¡Eso, salí! ¡Dejame solo, es mucho mejor! (Pausa. Empieza a deprimirse) "¡Cásese! ¡Pase una luna de miel de ensueño, en nuestro hotel de la Ciudad Feliz!". Habría que pasársela viajando, de Mar del Plata a Bariloche, y de Bariloche a las Cataratas del Iguazú... Pero, ¡no! ¡La luna de miel se terminó, Marisa!
(Intenta juntar fuerzas) Llegó la hora de decirte... ¡que tus papafritas me parecen una mierda! (Se oye el trino del canario. Pablo se vuelve contra él) Reíte vos... ¡Dale! El domingo que viene voy a pedir polenta con pajarito. ¡Entonces sí que vas a ir a cantarle a Gardel!

APAGON


3

Departamento de Pablo y Marisa. Marisa está sentada a la mesa, frente a una máquina de escribir. La máquina es vieja y las teclas suenan despacio, con dificultad. Pero Marisa igual insiste. Se la ve más vital.
Suena el timbre. Marisa sigue un instante más, luego vuelve a la realidad. Se para, abre la puerta.
MARISA - ¡Juana...!
MADRE - Hola querida... (La besa) ¿Cómo estás?
MARISA - Bien... ¡Pase!
La madre entra, viene de visita con una ollita en la mano. Están las dos mujeres solas.
MADRE - ¿Estás ocupada? ¿Tenés que salir...?
MARISA - No... ¡Siéntese! Charlemos un rato.
MADRE - ¡Hoy cociné albóndigas! Y como sé que a Pablo le gustan como las preparo yo...
MARISA - se viene con la ollita. ¡Gracias!
MADRE - ¡Sólo tenés que calentarlas!
Marisa lleva la ollita a la cocina. La madre se acerca a la máquina de escribir y trata de espiar lo que hay escrito.
MARISA - ¿Tomamos un café?
MADRE - Sabés que me hace mal... Vení, no hagas nada. Me voy a quedar sólo un ratito. ¿Estabas practicando...?
MARISA - (Sacude la cabeza) Escribiendo.
MADRE - (No entiende) ¿Una carta...?
MARISA - No, escribiendo sólo por el gusto de escribir. (Saca el papel; lee caminando) "Mi casa es un negro agujero; el sol pasa de tres a cuatro, como el tren de un pueblo. Mi distracción es verlo pasar".(Pausa. Baja el papel, pensativa) Adivinanza: ¿en qué se diferencia Marisa de un caracol? (Se da vuelta) Póngase cómoda Juana.
MADRE - (Se ubica junto a la mesa. Mira alrededor suyo) ¿Sabés que tenés lindo el departamento?
MARISA - ¡Tuvo suerte! Hoy me levanté con ganas y limpié. Pero si hubiera venido ayer... ¡la mugre llegaba hasta aquí! Por poco me da un ataque. (Suspira; levanta la máquina de escribir y la pone en un rincón) ¿En qué se diferencia Marisa de un caracol? ¡Si esto fuera una casa rodante, en nada!
MADRE - Yo te comprendo, Marisa, no vayas a creer... Vos sos una chica despierta; necesitás desarrollar tus inquietudes, aparte de atender tu casa. ¡A todas las mujeres jóvenes les pasa lo mismo! Necesitan algo que las entretenga... les permita ganarse unos pesos, que siempre hacen falta, y las ponga contentas a la hora en que llega el marido. ¿No es eso?
MARISA - Bueno, no sé si...
MADRE - ¡Todos los días aparecen ocupaciones nuevas para la mujer! Yo me fijo, no creas... Leo revistas, miro la televisión... (Marisa camina, enervada) ¡Tomá la cocina, por ejemplo! ¡Ahí tenés un campo enorme para desarrollar tus condiciones! ¡No te imaginás la cantidad de mujeres que hoy viven de eso! Inventan platos nuevos, enseñan a hacer salsas, tortas...
MARISA - Pero... ¡yo no tengo mano para la cocina!
MADRE - ¿Cómo sabés?
MARISA - Pablo siempre protesta...
MADRE - (Vehemente) ¡Marisa, las mujeres llevamos la cocina adentro! Alimentamos a nuestros maridos para que trabajen, a nuestros hijos para que crezcan... Sí, es posible que todavía no hayas desarrollado todas tus cualidades, pero el día que te lo propongas... ¿te reís? Hay academias, libros...
MARISA - ¡Y usted piensa que podría ganarme la vida con eso! "Ama de casa, triunfa en la cocina" ¡Hasta podría llegar a dar clases por televisión! ¿Por qué no? (Juega) "Buenos días, buen provecho. Queridas amigas... Hoy les voy a enseñar a hacer buñuelitos de chantilly, con salsa de rabanitos... Original, ¿no? Primero se rompe un huevo... Después el otro, claro... ¿Me sigue, señora? Se pone una pizquita de pimienta... más o menos un cuarto quilo... Se agregan nueces machacaditas bien machacaditas... Aproveche ahora señora, están baratísimas. Después se bate todo. Con cucharón de madera... si es posible... y ¡ya está! Cuando su marido llega cansado del trabajo... usted le pone delante los buñuelitos... ¡Y va a ver la cara de contento que pone el hombre!" (Se aleja, riéndose, ya en la realidad) Eso tenemos que ser para ellos, ¿no? ¡Seductoras con delantal blanco!
MADRE - A mí no me parece tan ridículo como lo pintás.
MARISA - (Vencida) Juana... Yo no me siento llamada por la cocina.
MADRE - ¡Sin embargo, estoy segura de que cuando eras chica, tu mamá se preocupó porque aprendieras!
MARISA - ¡Claro que sí! Y en mi cajoncito de chiches viejos, todavía guardo todo. ¿Dónde lo habré puesto? ¡Espere...! (Va hasta el armario, saca una caja de cartón, se arrodilla en el suelo y frenéticamente va mostrando juguetes suyos) ¡Todos los días jugaba a la mamá! ¡Mire, tengo la vajilla entera para recibir visitas! (Pone dos muñecas enfrentadas con crueldad) "¿Té con leche, Marisol? ¡No gracias, té solo!" Pero no había caso, a mí me gustaban más los juguetes de mi hermano. ¡Claro, él era el varón! Tenía juego de química, de doctor... Y cuando yo quería jugar con eso me decían: "No nena, no! Vos andá con tus muñequitas"... (Pausa) Me acuerdo como si fuera hoy el día en que él armó el mecano. "Va a ser ingeniero...", decían todos en casa. En cambio, cuando yo traía buenas notas del colegio, ¿qué hacían, eh? ¡Me prometían otra muñeca para fin de mes!
MADRE - (Pensativa) Cuando yo era chica, no había juego de química.
MARISA - ¡No, claro que no!
MADRE - (Con pudor) Y a mí... siempre me gustó el hogar.
MARISA - El hogar... ¡El hogar! Nacimos para eso, ¿no? ¡Mire, tengo todo el equipo para jugar a la mamá! La cunita, los vestiditos, los pañales, los escarpines... ¡Y mi muñeca! ¡Mi muñeca preferida! (La saca, enajenada, y la besa) Mi bebita linda, ¿cómo está? Ya la bañé... Ahora se va a acostar y va a hacer nono enseguida... (La acuna. La madre, conmovida, se para y va hacia ella. Le pasa una mano por el pelo)
MADRE - Un hijo, Marisa...
MARISA - (Lo acuna con los ojos cerrados) Un hijo... un hijo mío...
MADRE - Vos, lo que necesitás es un hijo...
MARISA - (Respondiendo desde el fondo de ella) ¡No! ¡Ahora no!
MADRE - (Le aprieta un brazo) ¡Es lo más hermoso que le podés dar a Pablo! ¡Lo único que te va a hacer feliz!
MARISA - (Parándose) ¡No quiero tener un hijo ahora! ¡No! ¡No!
MADRE - (Forcejeando con ella) ¿Te volviste loca? ¡No hay momento para tener un hijo! ¡Cualquier momento es bueno! A los hijos los manda Dios...
MARISA - ¡Sáquenmelo de aquí! ¡No quiero tenerlo!
MADRE - (Le sostiene la muñeca contra ella) ¡Es tu hijo!
MARISA - ¡No lo quiero!
MADRE - ¡Hijo de Pablo! ¡De mi sangre!
MARISA - ¡No lo quiero!
La muñeca cae al suelo, las dos la miran, como si fuera un ser de carne y hueso. Silencio largo. La madre se levanta. Toma su cartera para irse.
MARISA - No se vaya, Juana. Por favor... Soy una hija de puta, ¿no?
MADRE - Marisa, ¿y si te dejaras de embromar y te quedaras en casa? ¡Mirá lo que tenés y vas a ver que no es poco! Un hombre bueno que te quiere, un hogar donde no te falta nada... ¡Hasta tenés la suerte de que no vivo con ustedes! ¡Gracias a Dios, no estoy enferma y no necesito que me mantengan!
MARISA - (Está con la caja de cartón en la mano; de pronto la sacude contra el suelo) ¿Por qué...? Conozco mujeres que estudian, trabajan, van al cine, viajan... ¡hacen millones de cosas!
MADRE - ¡El mundo está lleno de gente que quiere tener una vocación, que quiere ser alguien en la vida! ¡Ahora, todos quieren volar alto! ¡Fijate cómo terminan...!
MARISA - Yo no quiero terminar como usted, Juana (Se para. Va hacia ella) Vacía, desde que Pablo se casó. (La abraza) ¡Mírese! Todavía es joven. Y sin embargo, ¿qué hace?...Vive para él... Espera que llegue el domingo para que él vaya a visitarla... ¡No, estoy a tiempo para que no me pase lo mismo! ¡Ayúdeme, Juana, a no terminar con usted!
MADRE - ¡Me confundís con las cosas que decís! Vos sabés por qué estoy acá... A Pablo lo veo muy mal...
MARISA - Ya sé que está mal... ¡Pero yo no lo ayudo en nada esperándolo aquí para darle los gustos! ¿Me quiere gitana...? ¡Bailo! ¿Me quiere vedette?...¡Me saco la ropa! ¡Alguna vez me gustaría saber por qué aquí dentro tengo que prestarme a todos los caprichos y locuras de su hijo, y afuera tengo que conducirme como una señora recatada, que vende tortas de confitería...! ¡Por favor, pónganse de acuerdo!
MADRE - ¡Pobre Pablo, lo que va a sufrir al lado tuyo! ¡Ni se imagina lo que le espera...!
MARISA - ¡Pablo va a ser feliz, si yo soy feliz!
MADRE - ¡Cuando una se casa, Marisa, es para seguir a un hombre! Y para una mujer, no hay nada más importante que la familia. Porque si se destruye la familia, ¿qué nos queda? ¡Somos todos unos degenerados!
MARISA - Pero ¿no se da cuenta que así tampoco hay familia?...
Pablo abre la puerta y enciende la luz grande. Juana le da la espalda; Marisa también se aleja unos pasos de él.
PABLO - Buenas... (Ninguna de las dos responde) ¡Dije buenas! (Pausa. Descubre las cosas tiradas en el suelo) ¿Qué pasa?...¿Interrumpí algo? ¿Se estaban abriendo los corazones?
MADRE - Hola, querido.
PABLO - (Mirando a Marisa) No digo que se me tiren encima cuando llegue, pero... (Pausa. Hace un gesto hacia la puerta de calle) Si quieren, salgo y vuelvo a entrar.
MARISA - (Irritada) ¡Pablo, no empieces!
Se agacha y junta todo en la caja, la deja donde estaba. Pablo aprovecha para preguntarle a su madre con un gesto qué ha sucedido.
MADRE - (Abre la cartera, se suena la nariz) Estuvimos charlando...
PABLO - ¿Seguro...?
MARISA - Tu mamá estuvo diciéndome algunas cosas que podría hacer.
PABLO - ¿Sirvió para algo?
Marisa lo mira con rabia, va a la cocina.
MADRE - Esperá, Pablo... ¡Ella lo tiene que pensar!
PABLO - Sentate, mamá. Ponete cómoda. (La madre se sienta, a pesar suyo) Marisa, ¡servinos algo!
Se oyen ruidos bruscos en la cocina. Pablo insiste en su pregunta.
MADRE - (Suspira) ¿Qué querés...? Tenemos una manera muy distinta de pensar. (Sonríe, luego se para) Bueno, yo me voy.
PABLO - (La detiene con un gesto nervioso) Te estoy invitando. Estoy en mi casa, ¿no? (Ella se sienta de nuevo. Alto) ¡Marisa! ¡La vieja se queda a comer! (Silencio) ¿Oíste?
MARISA - (Desde la cocina) ¡Sí!
PABLO - ¿Y lo que nos ibas a servir?
MARISA - ¡Esperá, no tengo cuatro manos!
Pausa. Ahora, la madre se para, ofendida.
MADRE - ¡Ahora sí que me voy!
PABLO - (Se para también) Haceme el favor de sentarte.
MADRE - ¡No tengo ganas! ¿Ahora tengo que pedir permiso para ir a mi casa?
PABLO - (Se muerde los labios) ¡Está bien! Te acompaño hasta el colectivo.
La madre va a ponerse el tapado, y abre la puerta de calle. Pablo va a la cocina.
PABLO - ¿Qué pasó...?
MARISA - ¡Nada!
PABLO - ¿No ves que es una pobre vieja? ¿Qué le hiciste?
MARISA - Le conté lo que pensaba hacer, y ella me dio su opinión. La traté como a una persona.
PABLO - (Enojado) ¡Seguro que quiso ayudarte! No veo qué tiene de malo; en ella lo que vale es la intención. (Marisa suspira, Pablo señala la puerta de calle que Juana acaba de abrir) Lo hace por mí, ¿entendés? ¡Yo soy lo único que tiene en el mundo!
MARISA - ¡Que Dios se lo guarde!
PABLO - ¿Ah, encima me cargás?
Quiere irse, ella lo agarra del brazo.
MARISA - Por favor, no discutamos ahora... (Suave) ¡Volvé enseguida! ¿Eh?
PABLO - (Sacude la cabeza) No sé si voy a poder. Tengo que ver cómo la dejaste, tranquilizarla.
MARISA - (Con rabia) ¡Pero si no tiene nada...!
PABLO - ¿No ves que es una pobre vieja...?
Se aleja, ella lo retiene de nuevo.
MARISA - Pablo... tu mamá trajo albóndigas... ¿Preparo una ensalada para comerlas ahora?
PABLO - ¡No sé si vale la pena! (La mira) Se me fue el hambre. (Se aleja) Vamos, mamita...
Toma a su madre del brazo y cierra detrás suyo. Marisa queda sola, con la mirada fija en la mesada de la cocina. Después agarra la olla con albóndigas y la tira con furia al tacho de basura.

APAGON


4


Casa de Marisa y Pablo. Este entra de noche, algunos días después, trae una sonrisa en la cara y algo escondido en la mano.

PABLO - ¡Marisa, soy yo! "O terror da..." (Se apaga al ver que no hay nadie. Da unos pasos, mira a uno y otro lado) ¡Esta sí que es nueva! (Toma un florero vacío y pone adentro, boca abajo, el ramo de flores que traía escondido en la mano) Yo tenía un amigo que decía: "un día vas a llegar a tu casa, y no vas a encontrar a tu mujer. Esa es la primera".
Silba para no deprimirse. Va a la cocina, abre un placard y se cae un montón de cosas al suelo. Las levanta. - ¡No te preocupes, querida! Si no pudiste estar de vuelta en casa a las ocho de la noche... ni pensar que podía llegar tarde del trabajo... con hambre... Ni avisarme por teléfono a la oficina que te ibas a demorar... ¡No importa, querida!
Vuelve al comedor con una lata de cerveza y un paquete de papafritas. - Tomate tu tiempo, vos... Ocupate de tus cosas, que yo me arreglo solo... En cualquier momento salgo de la oficina y vuelvo al café. ¡Los muchachos me van a recibir con los brazos abiertos! (Prende el televisor. Se oyen risas grabadas, rubricando sus frases) ¡Así que no querés jugar más! Tené cuidado con lo que vas a hacer ahora. (Risas grabadas. Bebe) Seguro que en este momento está con Graciela, la Mujer Maravilla. (Risas grabadas) Ahora ésa la llama todos los días. "¿Fuiste a ver a Fulano...? ¿Leíste el libro que te presté...? ¡Están íntimas, como dos solteras! Y ahora debe estar dándole manija. (Risas grabadas) ¡Qué tanta risa, qué tanta risa! (Apaga el televisor con el pie. Come papafritas de malhumor. Pausa larga. Entra Marisa. Está atractiva, eficiente)
MARISA - Hola, querido. ¿Cómo te va?
PABLO - (Recostado en la silla) ¡Fenómeno! Estaba pasando un momento bárbaro conmigo mismo, mirando televisión.
MARISA - (Le da un beso) ¿Con el aparato apagado?
PABLO - Quería ver qué sentías cuando te sentabas acá, a pensar sobre qué hacer con tu vida.
Pausa. Marisa examina el piso con detenimiento.
MARISA - ¿Qué pasó acá en el suelo? (Pasa el pie)
PABLO - (Gracioso) ¡Se me deben haber caído algunas papafritas!
MARISA - (Deja sobre la mesa la cartera y algunas carpetas que trae) ¡Ay, Dios...! Y ahora ¿quién va a limpiar?
Pasa otra vez por el lugar del hecho, y sale hacia el baño sacudiendo la cabeza.
PABLO - ¡Miren la hora a que llega, y encima protesta! (Tira más papafritas, mientras se mueve inquieto en su asiento)
MARISA - (Vuelve con una palita y una escoba) Bueno, ahora barro yo. Pero en el futuro, mi amor, vamos a tener que arreglarnos de otra manera.
PABLO - (Levanta los pies en el aire para que ella barra) ¿Ah, sí? ¿Y cómo vamos a tener que arreglarnos?
MARISA - Quiero que me ayudes a mantener la casa limpia. Si las cosas se me dan como espero... voy a estar muy ocupada.
Sale hacia el baño con los implementos de limpieza. Pablo se pone furioso.
PABLO - ¡Si querés, cuando vuelvo de la oficina me pongo el delantal!
Marisa vuelve, radiante. No lo ha escuchado. Lo toma del brazo, lo acaricia con cariño.
MARISA - Vení... ¡Hice tantas cosas, hoy! ¿Querés que te cuente?
PABLO - ¡Sí, dale! Me muero por saber.
Pablo se cruza de brazos de mala gana. Marisa camina, sonriente, gesticulando.
MARISA - Fui al normal cuatro, el colegio donde estudié.
PABLO - ¿A protestar porque no te enseñaron nada?
MARISA - Esos pasillos, si vieras como están. Las paredes, chorreando humedad, como siempre. Espié adentro de las aulas... (Tiene como un escalofrío) ¿Sabés que la directora es la misma de antes? (Sus ojos brillan) ¡Le comenté mi idea de dar libre el año que me falta, y me dijo que me va a apoyar en todo!
PABLO - ¡Qué bien...!
MARISA - ¡Sí, muy lindo! Pero cuando lo pienso... (Suspira, nerviosa) ¿Me querés decir de dónde voy a sacar fuerza para estudiar, trabajar... y encima cuidar la casa?
PABLO - (Se encoge de hombros) ¡Ultimamente, sé tan poco de tu vida! No sé si estás trabajando, si...
MARISA - ¡Pablo, no me preguntes nada! (Se acerca por detrás y lo abraza) Cuando me confirmen en un trabajo, vas a ser el primero en saberlo. Te lo prometo.
PABLO - Y yo, te lo agradezco muchísimo. (Le saca las manos) ¡Seguí así, que te van a nombrar la mujer del año!
MARISA - (Da la vuelta y se sienta sobre sus rodillas)) Vos, prometeme sólo una cosa... Que no vas a extrañar a esa mujercita que te esperaba todas las noches arreglada y con la comida lista.
PABLO - Pero ¡por favor!...¿Por quién me tomás? (La saca bruscamente y se para) ¡Ni que fuera el ogro de las cavernas!
MARISA - (Sentada, donde él la dejó) Pablo, necesito saber que estás bien y que apoyás en todo.
PABLO - (Señalando el "futuro" con la mano) ¡Vos seguí... seguí así... que vas bien! Yo te brindo todo...todo (La mira, bosteza) ¿Vamos a dormir, ahora?
MARISA - Sí, querido (Se moviliza) Ah, ¿comiste?...
PABLO - (Mira con tristeza la lata de cerveza) ¡Ya me arreglé fenómeno!
MARISA - (Lo toma de la cintura, van así hacia el dormitorio) ¡Tengo tantas cosas para decirte!...¡Si no te las cuento pronto, me olvido más de la mitad! Pablo, a mí me gustaría encontrar un trabajo que me haga sentir bien... No me importa las horas que tenga que estar ni lo que me paguen... ¡Sólo necesito sentirme útil! (Se sienta en la cama, como borracha de excitación. El la mira extrañado, mientras empieza a desvestirse) ¿Te acordás lo que quería ser, cuando era chica? ¡A los doce años quería ser un mártir, como Juana de Arco, y morir en la hoguera! (Se ríe) Iba a misa, rezaba todo el día... ¡Hasta que se me ocurrió hacer dos días de ayuno y mi papá me rompió el alma! ¿Me estás escuchando?
PABLO - ¡Soy todo oídos!
MARISA - (Se extiende en la cama y suspira) ¡Después entré en la edad romántica! Tenía la pared llena de fotos de todos mis ídolos. Mi tipo era un hombre alto, morocho, de ojos verdes, muy valiente... que me iba a llevar a recorrer el mundo, mostrándome sus bellezas.
PABLO - Marisa... ¿y si nos acostamos y nos dejamos de joder?
Va al baño a ponerse el piyama; ella sigue sin darse cuenta como está.
MARISA - ¡Después empecé a hacer de todo! Graciela y yo corríamos todo el día. Vendíamos cosméticos, ropa, fantasías... Queríamos ganar nuestro propio dinero. ¡Teníamos un socio! Un amigo de mi hermano, él se ocupaba de los números. La cosa era ser independientes... (De pronto, pega un grito) ¡Pablo, la encontré!...
PABLO - ¡Qué! (Sale del baño)
MARISA - (Lo mira, radiante) ¡Mi vocación! Ya la tengo.
PABLO - Me asustaste.
MARISA - ¡Pensá querido! Si a los doce quería ser monja, a los quince quería viajar, ser azafata, médica, ejecutiva... A ver ¿qué profesión hay que reúne todo?
PABLO - (Fastidiado) No sé.
MARISA - (Ansiosa) ¡Sale solo!
PABLO - ¡Sí, sale solo pero a mí no me sale!
De pronto ella pierde el entusiasmo; da media vuelta y se aleja de él. -Ahora ¿qué pasó...?
MARISA - ¡Nada! Olvidate... no puede ser.
PABLO - (Se pone el saco del piyama en silencio, de repente) Escuchame... ¿y cuándo vamos a tener un hijo?
MARISA - ¿Un hijo...? (Lo mira desarmada)
PABLO - ¡Un hijo! No sé, estaba en nuestros planes.
MARISA - ¡Pablo, yo también quiero tener un hijo!
PABLO - Ah... ¡también! ¡Ahora querés tantas cosas! Así, ya no sé si un hijo nos va a unir o nos va a separar más.
MARISA - ¡No, Pablo, no! ¡No pienses así! ¡Lo que pasa es que yo quiero tener algo mío antes de tener al nene! (Pone la cabeza sobre sus rodillas) Para poder mostrárselo a él, a vos... Para que los dos estén orgullosos de mí. ¡Y quiero que vos también cambies! ¿Te imaginás, qué lindo, todo lo que podemos hacer juntos? ¡No estar siempre encerrados entre cuatro paredes! (Alegre) ¡Podemos hacer cualquier cosa, mi amor! ¡Lo que nos propongamos! ¡Sólo depende de nosotros!...
PABLO - Está bien. (Ella sigue soñando, mientras él la aleja suavemente) Ahora metete en la cama.
MARISA - ¡Sí, señor! Sus deseos son órdenes para mí. (Se saca el vestido con un solo movimiento y se para en la cama de un salto) ¿No me notás cambiada? (Exhibe su cuerpo. El la mira fijo, luego se mete bajo las sábanas) Hoy me dijeron piropos... ¡Me gustó!
PABLO - ¡Hasta mañana!
Se da vuelta y apaga el velador, oscuridad.
MARISA - Pablo, ¿qué hacés?
PABLO - Duermo.
MARISA - (Decepcionada) ¡Ahora no...!
PABLO - ¿Y qué querés que haga, que te cuente mi infancia?
MARISA - (Pausa) Vamos, sacate el piyama...
PABLO - Estoy cansado. (Ella lo provoca, riéndose) ¡No, cosquillas no! (Marisa lo abraza, bajo las frazadas) Quedate tranquila... ¡Acordate que así me agarró el calambre la otra vez! Guarda que se cae la almohada...
Se revuelcan, abrazándose y besándose. Luego de un instante, él queda inmóvil. Pausa.
MARISA - (Se sienta, preocupada y prende el velador) ¿Qué te pasó?
PABLO - Nada.
MARISA - (Se recoge el cabello) ¡No pudiste!
PABLO - Ya sé.
MARISA - Es la primera vez...
PABLO - Y bueno, siempre hay una primera vez. (Le da la espalda) ¿Qué vas a hacer, no es automática!
MARISA - (Lo acaricia) No te aflijas... (Piadosa) Mañana lo hacemos dos veces.
PABLO - Sí, cómo no... ¡Cuatro!
Ella se da vuelta para su lado y apaga la luz. Silencio y oscuridad. Las luces cambian.

Pablo empieza a soñar. Se enciende luz del otro lado de la puerta de calle. Aparece Pablo, en camisón largo y gorro de dormir. En la mano tiene una vela y una llave grande.
PABLO - ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde está mi casa? ¡Me la cambiaron de lugar!... Ahora, ¿cómo entro? (Retrocede un paso para mirar mejor, luego se acerca y tantea) ¿Dónde meto la llave? ¡Abran...! Algo raro pasa aquí. ¿Por qué me quieren dejar afuera? (Empieza a soplar un viento frío que apaga la vela. Grita) ¡Abran! ¡Yo vivo aquí, ésta es mi casa! ¡Hace un frío de cagarse, y en la calle no se ve nada! (Golpea) ¡Marisa! Tiene que estar adentro. Si nunca sale... ¡Nunca, nunca! (Pausa. Alelado) ¿Y si vino un maniático, mientras yo no estaba...? (Grita) Marisa... ¡Marisa!
En ese momento aparece Marisa en uniforme blanco. Se acerca a paso marcial.
MARISA - ¿Qué pasa, ahora?
PABLO - (Temblando) La llave no funciona...
MARISA - ¡Siempre haciendo chiquilinadas! ¡Entrá!
PABLO - Me siento mal... (Estornuda) Me voy a meter en la cama. ¡Cuidame, Marisa! (Da un paso. Mira sorprendido alrededor suyo) ¡Oh...! ¿Dónde estoy...?
MARISA - Pablo... ¡Ahora esto es una clínica importante!
PABLO - (Va de asombro en asombro) ¿Y qué hace toda esa gente ahí?
MARISA - St... ¡Disimulá que nos están escuchando! (Al costado, sonriendo a "alguien que pasa", mientras habla en un idioma que suena muy parecido al alemán) Iavól, entushúldigen sibíte.
PABLO - (La mira) No me hables así... ¿Todavías estás enojada conmigo? (Corre a buscar el ramo que dejó en el florero dado vuelta. Se lo ofrece, hincando una rodilla en tierra) Te las traje para vos... ¿Nos amigamos, querida?
MARISA - (Le saca las flores de la mano y se las pone en el bolsillo) ¡Si querés que te perdone, empezá por hacer lo que te digo! (Se dirige al público) Distinguido auditorio... Voy a exponer las razones de nuestra intervención quirúrgica experimental. Dízes merkvúdigues representatsión des fúsishes gestált.
PABLO - (Se acerca, nervioso. Al oído) No entendí nada... ¿Qué va a pasar?
MARISA - (Prosigue, ignorándolo, dando un matiz alemán a su tono de voz) Vamos a demostrar las posibilidades de extirpación del órgano machilistoico del hombre. Des ménlijes orgán. (A él, en un susurro) ¡Movete! ¡Sos el ayudante!
PABLO - (Riéndose) Ah... ¡Es todo una joda!
MARISA - ¡Traé la camilla!
PABLO - ¡Sí, querida! ¡Contá conmigo! (Radiante) ¡Colaboro en todo lo que quieras!
Pablo toma la mesa del comedor y la coloca en el centro del proscenio. Parece una mesa de operaciones.
MARISA - (En tono alemán al público) Debo advertirles que esta operación ya fue intentada en diversos centros experimentales del mundo. ¡Jandshúe!...¡Guantes! (Pablo corre a traérselos) Y pese a que intervinieron los mejores científicos... en todas las ocasiones... ¡Kaputt! (Pablo vuelve con enormes guantes de goma. Ella susurra, mientras se los deja poner) Espero que a mí me salga bien... Sólo la practiqué dos veces en la cocina, delante de Graciela...
PABLO - (Risita) Querida... ¡Voy a buscar al enfermo?
MARISA - (Alto) ¡Tijeras! ¡Shére...! (El asiente y corre, mientras ella se vuelve al público. Sonríe sádicamente) Contamos con la gentil colaboración de un paciente, que se ha ofrecido voluntariamente para el experimento...
PABLO - (Regresa con unas inmensas tijeras de jardinero, riéndose) Querida, traigo al...
MARISA - ¡Bisturí! ¡Sezírmesser!... (Pablo sale corriendo, Marisa se remanga y adquiere una expresión muy temible)
PABLO - (Le guiña el ojo, mientras le da un enorme cuchillo de cocina) ¡Je! El bisturí, Marisa...
MARISA - Para comenzar, se extiende al paciente sobre la camilla... (Toma a Pablo y lo acuesta sin mirarlo) Virstélen der Patiént überáin kránkenbare áus...
PABLO - (Atrapado) ¡Eh...! ¿Qué vas a hacer? Es... un juego ¿no?
MARISA - Luego, se marca la zona a intervenir... (Gozando, le hace un círculo con el bisturí en el bajo vientre)
PABLO - (Trata de incorporarse, de hablar con el público) Oigan... No la están tomando en serio, ¿no?
MARISA - (Lo acuesta de nuevo) ¡Quedate quieto!
PABLO - ¡Por favor, hagan algo! ¡Es una chapucera, no sabe nada!
MARISA - (Empuña también las tijeras) ¡No molestes!
PABLO - ¡Bajame de aquí, Marisa!
MARISA - (Al público, sonriendo con plenitud) ¡Terminados los prolegómenos, empezamos la operación!
PABLO - (Forcejeando) Marisa, pensá lo que estás haciendo...
MARISA - ¡Quedate quieto! ¡Estoy harta de vos!
PABLO - ¡Nooooo...!
Pablo se baja de la mesa. Marisa lo sigue con el bisturí en una mano y las tijeras en la otra, riendo siniestramente. Le da caza detrás de la cama, donde culmina la intervención en medio de una gritería infernal. Silencio. Marisa se incorpora, exhausta pero feliz, con un pajarito en la mano. Se oye su trino.
MARISA - (Lo muestra al público, con un gesto triunfal) Una vez rotas las venas que lo tenían preso, ¡el órgano machilistoico salta libre de ataduras! ¡Mi trofeo...!
Aplausos. Marisa agradece con una inclinación y avanza hacia el público, empieza a manifestarse en ella una tremenda sexualidad. -Dedico estos aplausos a mis compañeras, a las que hasta ayer formábamos al sexo débil, y que hoy damos muestras al mundo de nuestra fuerza... (Nuevos aplausos. Se corre hacia la cama, señala detrás de ella) ¡Rindamos también homenaje a este héroe desconocido del progreso, soldado anónimo de la ciencia! (En medio del silencio, saca las flores del bolsillo y las tira hacia donde está el occiso, sollozando, muy sentimental) Además, debo confesar un secreto íntimo... ¡Yo amé a este hombre cuando todavía era una mujer inmadura! ¡Me apoyé en él...! Y por eso, Pablo, te lo digo sin vergüenza... ¡ahora que he triunfado! ¡Serás un eterno recuerdo en mi corazón!
Se oyen bravos estruendosos junto con silbidos groseros. Ella enjuga una lágrima, luego sonríe, como una estrella y va hacia delante tirando besos al público.
Suena una música excitante. Marisa deja la mesa y se desabrocha la ropa con enorme satisfacción. En el espacio libre, inicia luego un strip-tease rabioso y carnal.

APAGON


5


La luz se enciende sobre Pablo, en casa de su madre. Está descifrando las palabras cruzadas del diario, con un lápiz en la mano, mientras ella le cose el saco. Ya terminaron de comer.
PABLO - "Río de Italia, de dos letras" (Pausa) Po. (Furioso) ¡Estos se piensan que uno es boludo! (Tira el diario. Nueva pausa) Tenía ganas de ir al cine, pero solo...
MADRE - ¿A vos te gusta que tu mujer esté ocupada el único día libre que tenés a la semana? (Pausa. Lo mira) No te molesta.
PABLO - Ya te expliqué, mamá, el trabajo que hace Marisa. De pronto pasan tres semanas que no la llaman, y de pronto la llaman y se tiene que pasar diez días metida dentro de una sala de conferencias. No tiene horario.
MADRE - Y eso, a vos no te molesta.
PABLO - ¡Dale con eso! Trabaja todo el tiempo que dura cada congreso. Este, de especialistas mundiales de no sé qué corno, da la casualidad que termina hoy.
La madre deja la costura, enervada.
MADRE - ¡Yo quisiera saber por qué aceptás todo tan callado! No te importa comer mal... ir con el saco roto...
PABLO - (Cortante) ¡Porque trato de comprenderla! (Se para. Pausa. Hace un esfuerzo por revivirla) En el congreso... los tipos debaten un tema importante. Ella toma notas, después pasa todo a máquina. Como le gusta escribir, se pone en el lugar de cada uno, imagina qué quiso decir... redondea las frases...
MADRE - ¡Pero ella está cada vez más movediza, y a vos te veo cada vez más aplastado...!
PABLO - (Explota) ¿Y qué querés que haga? ¿Qué salga a romper vidrieras, a patear tachos de basura? (Pausa) ¡Ahora entiendo por qué el canario hoy no canta!
MADRE - (Se para. Guarda el costurero, tensa) ¿Por qué?
PABLO - ¡Con todo el sufrimiento que hay en esta casa!
MADRE - Mirá, Pablo... ¡Terminá por abrir los ojos, porque si no un día ella te va a hacer una que te va a sacar las ganas de hacer chistes!
PABLO - No tirés más leña al fuego, mamá... Estás así con Marisa por lo de la otra vez...
MADRE - (Luchando consigo misma) Escucháme bien... tu padre tenía su manera de poner orden en la casa. (Levanta la mano, gravemente) Sólo Dios sabe, si hacía bien o no. ¡Pero servía!
PABLO - (Curioso) ¿Qué hacía?
MADRE - Me ponía en regla. (Le da la espalda, avergonzada)
PABLO - ¿Cómo...?
MADRE - ¡Me ponía en regla, y yo lo respetaba!
PABLO - Pero ¿qué hacía, te pegaba?
MADRE - ¡Salí...!
Ella se aleja; él la sigue, despacio.
PABLO - Contame.
MADRE - ¡Nosotros tomábamos la vida de otra manera! ¡En serio, no como ustedes! ¡El hombre era el hombre, y la mujer su mujer! Y cuando ella se olvidaba cuál era su lugar...
PABLO - (Interrumpiéndola) ¡Te pegaba! Ahora me acuerdo. (Ella retrocede sofocada. El sigue avanzando) Cerraba la puerta con llave y vos gritabas, mientras del otro lado un chico desesperado no entendía nada. (Pausa) Se me había borrado totalmente. (Nueva pausa. La mira) ¿Es eso lo que hay que hacer?
MADRE - ¡No sé! Algo...
PABLO - (Dudando) Pero eso... ¡no está bien!
MADRE - ¿Y está bien agachar la cabeza? ¿Quedarse al lado de ella manso como un cordero?
Pablo recibe el impacto de sus palabras. Pausa tensa.
PABLO - Miralo al viejo... (Agarra el saco y se lo pone de golpe. Una expresión extraña asoma en su cara) ¡Qué hombre! El sí que llevaba los pantalones ¿eh?
MADRE - (Preocupada) Pablo, ¿a dónde vas? ¡Pablo...!
Pero Pablo ya ha salido. Se apaga la luz en casa de su madre. La oscuridad se llena de cruces. Se oye una campanada. Pablo entra en el Cementerio.
PABLO - (Se para frente a la lápida de su padre) ¡Papá! Vengo a pedirte explicaciones. (Se pasa un segundo la mano por la cara) Y estoy seco, sin una lágrima como siempre. (Alto de nuevo) ¡Y no me voy a ir hasta quedar conforme! (Da un paso. Ensaya otro tono, más coloquial) Escuchame, ¿por qué le pegabas a mamá? ¿Por qué entraba pisando fuerte a casa? ¿Por qué alardeabas tanto tu autoridad? Aparecías vos, ¡y no se oía volar una mosca! ¿Así hay que inspirar respeto, con prepotencia? (Queda pensativo un instante; silencio emocionado) Vamos, viejo. Nunca fuiste de hablar mucho, pero esta vez decí algo. Ya sé que no te vengo a ver seguido... La cosa no quedó muy clara entre los dos, cuando te fuiste. ¡Pero ahora necesito que me respondas!
Suspira. Se pasa una mano por los cabellos para calmarse. De pronto se topa con otras tumbas, y le llaman la atención las inscripciones: -"1885-1958. Ganó millones y repartió millones. ¡Benefactor de los pobres!" "1905-1969. ¡Por qué te lo llevaste, Dios mío! Tu esposa, tus empleados y obreros, te conservamos en el corazón" "1905-1970. ¡Puente entre dos continentes! En el cielo cosechas lo que sembraste en el alma de tu viuda, socios y accionistas".
Pablo se vuelve desconcertado hacia la tumba de su padre. -¡Viejo, en tu lápida no hay nada escrito! Entonces... ¡no somos tan diferentes! (Cae de rodillas) ¡Pensá...! Vos ¿no vivías amargado porque trabajabas todo el día y a la noche no te quedaba nada? Y bueno, ¡a mí me hacen lo mismo! ¡Me sacan el entusiasmo cada mañana! (Pausa. Tiembla) Entonces... me pregunto... ¿por qué nunca pudimos entendernos? (Silencio tenso. De pronto lo señala con un dedo acusador) Y es por esto... ¡Esperate! ¡Porque vos creías en ellos! ¡Vos creías en todos esos versitos que están en los epitafios! Y ellos... ¿acaso te recompensaron tantos años de obediencia? ¿No, verdad? (Pausa. Se para, asiente en silencio, pensativo) ¡Por eso entrabas pisando fuerte a casa! Y ahora me doy cuenta que la vieja no te tenía respeto... ¡miedo, te tenía! ¡Miedo como yo! (Nueva pausa. Sacude la cabeza con vehemencia) ¡No me sirve de esa manera, papá! ¡No quiero hacer de mi casa el lugar donde descargar mi bronca por vivir así! (Ronco) ¿Soy menos hombre, por eso? (Silencio pesado, lúgubre. Se prepara para irse) Lo siento, viejo. En vida, nosotros no nos entendimos mucho. Y ahora tampoco. No fui el hijo que vos soñaste, ni vos el padre que yo quería tener. ¡Seguimos igual...! Chau.
Pablo da media vuelta y se va. Se oye otra campanada. Se apagan las luces del Cementerio y se encienden en su casa, donde Marisa habla por teléfono mientras se prepara para salir. Entra Pablo, escucha.
MARISA - (Nerviosa, trata de escribir con el auricular en la mano) Sí, ingeniero Ferreti. Recién llamé a la sala de convenciones. El doctor Valdés ya salió para Ezeiza. Noemí lo acompaña, como usted me indicó. Sí, ingeniero, llamé a "La Orquídea"... Mandaron las flores a las cuatro de la tarde. Voy a averiguar si las están poniendo. Las plaquetas de recuerdo, las lleva Noemí esta noche. Sí señor, me visto y salgo. ¡Adiós...!
Cuelga, anota algo apurada, va a ir al dormitorio cuando descubre a Pablo. -¡Ah! Me diste un susto. No te oí entrar. ¡Pensé que me iba sin verte!
PABLO - ¿A dónde?
MARISA - ¡Ahí te dejé una nota explicándote todo!
Señala la mesa del comedor, se prepara para entrar en el baño a arreglarse.
PABLO - (Se encarama sobre la mesa y lee, declamando) "Mi amor... Se enfermó Magda y tengo que reemplazarla en una importante reunión. Voy a volver lo antes posible. En el horno te dejé asado con papas. Te extrañé todo el día. Un beso grande, Marisa" (Pausa). Estruja el papel) Estoy conmovido.
MARISA - (Afable) El beso, si querés, te lo doy antes de irme.
PABLO - ¡No sé si vas a poder! Acá dice que primero tengo que comer el asado con papas.
MARISA - (Lo mira, al pasar en bata al dormitorio) ¡Pablo, por favor! No desordenes los libros que dejé sobre la mesa (Pablo se baja de un salto y se aleja) Cuando volví traté de estudiar un rato. ¿Qué te pasó que tardaste tanto?
PABLO - Estuve con mi papá.
MARISA - (Asombrada) ¿Fuiste hasta el cementerio?...
PABLO - (Asiente) Y discutimos. Terminamos peleados, como siempre. (Ella pasa delante de él, camino al baño. El la detiene, intenta abrazarla) Hoy quería... que estuvieras conmigo.
MARISA - ¡Mi amor, a mí también me encantaría! Pero no puedo.
PABLO - (La recorre con la mirada, la aspira) Te perfumaste.
MARISA - (Se suelta) ¿No leíste la carta que te di? Me pidieron por favor que los ayudara en la recepción de cierre del congreso.
PABLO - Claro... ¡Te encontraron linda figura! ¡Y seguro que te pagan más que por escribir a máquina!
MARISA - ¡El doble! (Le hace un mohín) Y, ¡te usan! ¡Qué vas a hacer! Como dice Graciela, a los hombres les encanta tener a mano mujeres elegantes y perfumadas. (Ríe, suspira, va hacia el baño) Pero por ahora no tengo otro trabajo... ¡no me puedo negar!
PABLO - Así que pagan el doble por la buena presencia... Y decime, che... ¿qué hace una recepcionista ahí? ¿Sonríe, hace pasar? (Actúa) "Por acá, señor. ¿Qué desea tomar? ¿Le agradaría un poco de música?" (Pausa. Se sienta en la cama y la mira salir del baño) Seguro que ahí sos amable, no dejás una nota y te vas.
MARISA - ¡No me arrugues el vestido, Pablo! (Ocupada) Es el que me voy a poner.
PABLO - ¡Un vestido de noche...!
MARISA - (Se lo saca de la mano, lo exhibe contenta) Me lo prestaron. ¿Lindo, no?
PABLO - Oíme, recepcionista. Tengo que decirte algunas cosas.
MARISA - ¡Ay, mi vida! ¡Tengo el tiempo justo para salir!
Se maquilla. Pablo da unos pasos, se va poniendo mal.
PABLO - (Repentinamente) Marisa... ¿qué es un hombre hoy?
MARISA - ¿Cómo?
PABLO - ¡Un hombre! ¿Cómo lo reconocen ustedes, las mujeres?...(Sacude la cabeza) ¿O ya nadie sabe? (Traga con dificultad, alto) Mi mamá, dice que soy un cordero. ¡Meee!...
MARISA - ¡Pablo, por favor!
PABLO - A ver, ¿por qué? ¿Por qué no tengo un trabajo importante? ¿Por qué no hice guita? (Pausa. Le grita desde lejos) ¡A ver, vos! ¿Qué gol metí yo en mi vida, para que me consideras un hombre?
MARISA - (Pintándose los ojos) ¡No seas ridículo, Pablo!
PABLO - ¡A ver si ahora resulta que tengo que tener un hijo, plantar un árbol o escribir un libro para ser un hombre! (Pausa. Camina perdiendo el control) ¡No...! ¡Yo también tengo mis hazañas! Protesto cuando las cosas andan mal, mientras otros enfrentan los problemas. Digo "¡esto no puede seguir así!" cuando suben los precios, y me siento a mirar televisión. ¡Voy al cementerio, a agarrármela con los muertos! (Junta aire y explota) ¡Meeee...!
MARISA - (Escucha, inmóvil) Pablo... ¿qué te pasa?
Se para, va hacia él y lo mira preocupada.
PABLO - (Disculpándose) Meeee... Estoy buscando un lugar donde estar. Meee.
MARISA - ¡Terminá con eso! ¡Me ponés la piel de gallina!
Vuelve al baño a peinarse, pensativa. De pronto Pablo toma la mesa del comedor y la empuja con fuerza hasta que consigue obstruir la puerta de calle.
PABLO - Meee... ,meee... ¡Meee!
MARISA - (Golpea el piso con el pie, furiosa) ¡Qué estás haciendo, ahora!
PABLO - (Ríe) ¡Una barricada! (Grandilocuente) ¡Sólo vas a salir pasando sobre mi cadáver!
MARISA - ¡Por favor, no jorobes más! Cada vez que tengo que salir, me hacés algo parecido. ¡Acordate que ya lo hablamos! (Oye más ruidos, suspira, harta) ¡Ahora, qué te pasa...!
Pablo está despejando un rincón del comedor, sacando los muebles que estorban.
PABLO - Acá creo que no te molesto, ¿no? Me fijé, no hay nada tuyo.
MARISA - ¡No voy a permitir que me hagas una escena a esta hora!
PABLO - (Agarra la cuerda que está en la mesita del televisor y con las dos sillas improvisa un ring) ¡Es exactamente lo que estoy preparando en este lugar! El lugar... donde se va a representar la escena... que vamos a protagonizar vos y yo... (Señala, atareado) Saqué todo lo que fuera frágil, se pudiera romper o volar por el aire. (Risita, corre una lámpara de pie) ¡Cuando quieras, empezamos!
MARISA - (Termina de vestirse rápidamente) ¡Hoy, vas a hacer el loco solo...! ¡Lo siento mucho, pero no puedo acompañarte!
PABLO - ¡Una escena corta, Marisa! "Marido agraviado, enfrenta a su mujer en desgraciado suceso. Ver página ocho" (Se deja caer en una silla, contento) Descubrí algo que me diferencia de vos, papá ¡Yo tengo imaginación!...
Suena el teléfono. Marisa atiende, mientras Pablo vuelve lentamente a la realidad.
MARISA - ¡Hola...! ¡Ah, sí ingeniero...! ¡En este momento salía! No, creo que no me olvido de nada. (Sonríe) ¡Hasta luego...! (Cuelga, se levanta) Pablo, ¿no viste dónde dejé mi bolso?
PABLO - (Junto a la puerta de calle, exageradamente cortés) ¡Acá está, mi amor!
MARISA - (Yendo hacia él) Gracias querido. ¡Hasta luego!
Sorpresivamente él la agarra de la mano y la tira de un empujón adentro del ring, cierra la parte que falta con la cuerda, mientras ella descubre también que la puerta de calle está obstruida.
PABLO - (Golpea una campanita de bronce que está de adorno sobre el televisor) ¡Segundos, afuera!...
MARISA Todos los días me hacés lo mismo... ¡Ya no te soporto más!
PABLO - (Cruza los puños sobre su pecho. Súbitamente aparece también toda su furia) A ver, ¿por qué?
MARISA - (Grita) ¡Egoísta! ¡Me están esperando! ¡Me comprometí con esa gente!
PABLO - Y por qué tengo que comprender todo yo, ¿eh? Que tenés que trabajar, estudiar, salir de día, de noche. (Desaforado) ¡Voy a poner carteles por toda la casa! "¡Ssst!...¡Silencio! ¡Mujer trabajando! ¡Prohibido estacionar, de siete a veintidós!" Y bueno, ¡me cansé...! ¡Estoy harto! (Pausa. La mira) ¿Por qué tengo que ser comprensivo yo?...
MARISA - (Pálida) ¡Porque sos mi compañero, mi marido!
PABLO - Ah, entiendo... ¡por amor! Pero carajo, ¿qué amor es éste, digo yo, que lo lleva a uno a bancar a su pareja para que aprenda y trabaje, para que viva y sueñe con un mundo donde ella va a ser una persona superior, mientras nosotros dos estamos cada vez más separados? ¿QUÉ CLASE DE AMOR?
MARISA - (Retrocede, asustada) ¡Pablo, no me podés venir con eso ahora!
PABLO - Y de este otario, ¿quién se acuerda? (Cae agotado en una silla, sacude la cabeza) ¡Nadie se ocupa de mí! Entonces, se me acaba la pila del amor. Y no tengo adónde ir para cargarla.
MARISA - ¿Me estás hablando en serio...?
PABLO - (Va a la carga de nuevo) ¿Por qué, es muy absurdo lo que digo? ¿Yo no tengo que pensar en mi vida? ¿Qué soy, sólo un ladrillo sobre el que se levanta el mundo del mañana? ¿Y qué como esperan de mí, encima? ¿Una palabra de aliento?
Escupe a los pies de ella. Silencio tenso.
MARISA - ¡No hagas eso otra vez, porque te mato!
PABLO - ¿Preferirías que te parta algo en la cabeza? ¿Esto, por ejemplo...?
Toma cualquier cosa y la esgrime. Se mueven el uno frente al otro, cautelosamente.
MARISA - (Sonríe con ferocidad) ¡Te conozco...! Te hacés el guapo conmigo porque no tenés con quién...! ¡Pero no va a abusar de mí! ¡Ya no me asustan tus desplantes! ¡Si fueras tan macho, saldrías y te enfrentarías con los demás!
PABLO - (Asiente, mientras cae, hondamente golpeado) ¡Meee...! ¡Meee...!
MARISA - Pero ¿a quién le estoy hablando? Vos estás enfermo...
PABLO - ¡Sí, muy enfermo! (Camina en cuatro patas) ¡Meee! (Apoya su cabeza contra su pierna, totalmente indefenso) Y ¿qué vas a hacer, entonces? ¿Vas a dejarme?
MARISA - (Conmovida, arrodillándose, acariciándolo) ¡Pablo...! ¿Y si en ves de hacerme la vida imposible, intentaras algo? ¡A vos te vuelve loco la vida que llevás!...
PABLO - ¡Tenés razón! (Se para, súbitamente rabioso) Por eso, voy a dejar mi empleo. ¡Ya lo tengo decidido! ¡El jodón abandona su puesto, después de quince años de trabajo! El gordo idiota, agradecido. El flaco que era compinche, triste. Pero... ¡no importa! ¡Si igual me están esperando en todas partes! ¡Con puestos hermosos, magníficamente remunerados! ¡Especiales para hombres como yo, que se quieren realizar!
MARISA - ¡Sos muy injusto! Decime, ¿qué culpa tengo yo de que no sepas qué hacer con tu vida? ¡Hasta ahora yo te ayudé en lo que pude!
PABLO - ¿Qué me diste, qué...?
MARISA - ¡Todo lo que tenía! ¡No podés reprocharme nada! ¿O te creés que no hizo falta paciencia, aguante, amor... para armar esta pareja, sostener este hogar? (Llora) ¿Cómo podés preguntarme eso, desagradecido!...(Lo abraza) ¡Yo te quiero, Pablo! ¡En algún lado tiene que estar todo el amor que puse aquí! (Mira alrededor suyo) ¡En algún lado tiene que estar! ¡Buscalo que lo vas a encontrar!
PABLO - Mirá lo que hago con tu amor... ¡Mirá!
La toma y la tira al suelo. Silencio.
MARISA - (Incorporándose lentamente, muy cansada) Así no vas a conseguir que me quede. No voy a ser más un capricho tuyo, para que hagas conmigo lo que quieras.
PABLO - ¿ vos quién sos, la princesa que quería vivir...?
MARISA - ¡Un ser humano! ¡Lo mismo que vos!
Poseída por una súbita voluntad, va hacia la puerta de calle y barre con lo que obstruye la salida. Pero cuando la abre, siente todo el peso de la decisión que va a tomar.
PABLO - (Cierra los ojos. Siente pesadez, somnolencia) Si salís por esa puerta, Marisa... No volvés a entrar. ¡Te lo juro!
MARISA - (Llorando) ¡No hables así, por favor!
PABLO - ¡No digás después que no te avisé!
MARISA - No seas tonto... Mirá, voy y vuelvo enseguida. ¿Eh? Mientras tanto, vos arreglá los muebles, tranquilizate un poco.
PABLO - ¡Morite!
MARISA - (Cálida, dudando hasta último momento) Chau, ¿eh? ¡Hasta luego, Pablo! ¿Sí...?
PABLO - ¡No vuelvas más!
Marisa se enoja y se va cerrando tras suyo. Pausa larga. Pablo tambalea. Se mueve pesadamente. -Yo pensaba que la escena me iba a terminar de otra manera, meee. (Se abraza solo) "Nos queremos mucho", meee. "Vamos a seguir juntos adelante", meee. Pero no, meee (Cae de rodillas) ¡Meeee....!

Las luces bajan hasta quedar todo a oscuras.


FIN DEL PRIMER ACTO




SEGUNDO ACTO

1



Casa de Pablo. La madre ha terminado de barrer y está escuchando la radio, arrobada, en medio del comedor, con el mentón apoyado en el escobillón. Está escuchando a uno de esos "animadores" de almas solitarias, de esos que abundan en frases vehementes tales como "mujer, ama tu labor, por sencilla que sea... esfuérzate por ser feliz, y sembrarás alegría a tu alrededor... cree en tus ideales, aunque sepas que el mundo está lleno de engaño... quédate tranquila, hay otros más fuertes que tú, que luchan para que todo sea mejor..." Mientras la madre se mece lentamente, arrullada por frases tan magníficas -unida entre sí por suaves cortinas musicales, claro- Pablo abre la puerta de calle y entra trayendo una enorme caja alargada, casi tan alta como él. Se detiene al ver a su madre y la guarda detrás suyo. Al final, la deja fuera del departamento. Entra en el comedor y apaga la radio. Recién entonces la madre se da cuenta de que ha llegado.
Algunos sutiles cambios en la decoración revelan que ahora Pablo vive solo. En una pared, un enorme póster de una atractiva mujer.

PABLO - ¿Puedo pasar?
MADRE - ¡Suerte que llegaste temprano! Tenía ganas de verte, ya me iba.
Se limpia la frente, apoyada sobre el escobillón. Pablo la besa.
PABLO - (Severo) ¿Desde qué hora estás, mamá?
MADRE - ¡Ya terminé! Enseguida me pongo el tapado y...
PABLO - ¿Seguro...?
Pablo deja sobre el televisor unos libros que trae, mientras la madre va al baño a guardar los implementos de limpieza.
MADRE - Lo que pasa es que hoy barrí el dormitorio y encontré el piso tan feo, pero tan feo, que decidí pasarle un poco de cera...
Pablo aprovecha su ausencia para entrar la caja en el comedor. No encuentra dónde ponerla. -...los rincones, sobre todo, me dieron trabajo.
Finalmente la mete bajo la cama, en el dormitorio. Vuelve al comedor, silbando, mientras su madre regresa del baño. -...no sé si era la madera o qué, pero me costó sacarle brillo... También limpié los azulejos del baño...
PABLO - (Distraído) ¿Eh?
MADRE - (Enojada por su falta de atención) ¡Dije que los azulejos del baño daban asco!
PABLO - ¡Claro! ¡Y por eso, tuviste que hacer otra limpieza a fondo! (Empieza a buscar algo por los placeres) ¡Esta Marisa! Buena turrita era ¿eh? ¡No limpiaba nada!
MADRE - ¡Yo no dije eso! (Se encoge de hombros, ofendida) No tenía la casa como yo la tendría, pero eso es otra cosa.
PABLO - ¡Mucho blabá! Mucho quiero ser una mujer independiente, quiero trabajar, hacer algo que me guste... y al final... se le cruzaron todos los cables. ¿No viste cómo terminó? (Hace gesto de que la echó de la casa. Pausa)
MADRE - (Da media vuelta, y se topa sin querer con el póster) Eso... ¿tiene que estar ahí?
PABLO - Sí mamá, y te ruego que no me lo preguntes todas las veces
MADRE - ¿Quién es?
PABLO - Raquel Welch.
MADRE - ¿Quién...?
PABLO - ¡Una amiga mía!
MADRE - ¿Y se deja fotografiar así?
PABLO - Escuchame mamá. De la limpieza ocupate vos, pero la decoración dejámela a mí. ¡Es mi bulín! (Pausa. Cansado) Y ahora decime... ¿no viste una botellita que traje el otro día?
MADRE - (Seria) Está allá.
PABLO - (La saca de un estante bajo del armario) Por favor, no me la escondas todos los días en un lugar distinto para que no la encuentre. (Se sirve un trago) Bueno... primero le sacaste la roña a la cocina. Después, le sacaste la roña al dormitorio. Hoy, a los azulejos del baño. ¿Qué vas a descubrir la próxima vez? ¿Murciélagos?
MADRE - Pablo, ¿vos preferirías tener todo sucio? Yo me sacrifico limpiando... Lo hago con todo gusto, claro... Pero ¿mi esfuerzo no significa nada para vos?
Pablo está sentado, sonriéndole, bebiendo calmamente. La madre sacude la cabeza, sintiéndose una incomprendida. Se sienta frente a él. Silencio. -Estás nervioso... ¡Claro! Volvés temprano del trabajo y no sabés qué hacer. (El la mira sorprendido por su salida) ¡Y, sí! ¡Es el drama de todos los hombres que están solos! Y una madre, ¿qué más puede hacer? (Lo mira) Nene... ¿y si te sirvo la cena antes de irme?
PABLO - ¿Ahora, a las siete de la tarde? Después, cuando tenga hambre, caliento lo que me dejás en la cocina, y me lo como. Como siempre. (Bebe otro trago. La madre suspira) No suspires mamá... ¿No ves que me atraganto?
La madre se para y va a mirar los libros que él trajo.
MADRE - ¿Compraste novelas de misterio?
PABLO - No.
MADRE - ¿Pongo los libros sobre la mesita de luz?
PABLO - (Bebe un trago) Si querés...
MADRE - (Espiando los títulos) "Como encontrar la felicidad en un mundo convulsionado". "El Kamasutra"..."Eros y..." (Pausa, va al dormitorio) ¡Qué libros raros leés ahora!
PABLO - Ah.
Se acuerda de la caja de cartón que está bajo la cama y corre a constatar que la madre no la ha descubierto. Ella se da vuelta. Le sonría.
MADRE - ¿A dónde querés llegar con esto?
PABLO - (Irónico) Quiero conocer las fuerzas ocultas que me tienen atado a esta vida.
MADRE - (Vuelve al comedor, llevada por él) Cuando tenías que estudiar, no estudiabas. Y ahora...
PABLO - Mamá no rompas... este hermoso clima que supimos conseguir. (Bebe. Le sonríe) ¿No me llamó nadie?
MADRE - (Herida, se saca el delantal) Sí, llamó una mujer.
PABLO - ¿Quién era?...
MADRE - ¡No me dio tiempo a preguntarle! (Pablo, suspira y se aleja) ¡Me colgó en la cara, como hacen ahora!
PABLO - Y sí... son unas guachas. ¡Tenés razón! (Toma el tapado y la cartera de su madre y vuelve con ellos) Bueno...
MADRE - ¿Ya me tengo que ir...?
PABLO - ¡Espero visitas!
MADRE - Pablo, ¿a dónde querés llegar haciendo esta clase de vida? ¿O te creés que tomando, saliendo con esos amigos que ahora tenés y trayendo mujeres, vas a arreglar algo?
PABLO - Otro día lo hablamos, mamá...
MADRE - ¡No puede ser que no sepas cómo está Marisa, dónde está! ¿Pasó algo tremendo entre los dos que no me contaste?
PABLO - No, mamá...
MADRE - ¡Porque una mujer no abandona su casa de la noche a la mañana! Marisa tendría sus cosas... ¡pero a vos te quería mucho! Decime, ¿vos la echaste?
PABLO - Era mejor que se fuera por un tiempo. Era mejor para los dos.
MADRE - ¿Quiere decir... que no están separados? (Indaga ansiosa en sus ojos, pero no obtiene respuesta) Pablo, yo creo que ustedes tendrían que verse. Hablar... reconocer cada uno lo suyo... Digo yo, ¿no es mejor un matrimonio constituido, que dos personas cada una por su lado?
PABLO - (Sonríe) ¿Qué te pasó de repente, que te agarró tanto amor por Marisa?
MADRE - Me da pena verte vivir solo. (Le acaricia la cabeza) Te metés adentro tuyo, y ya nadie sabe qué te pasa... ¡De chico, eras igual! Por lo menos, Marisa hacía esfuerzos por cambiarte.
PABLO - (Le da la espalda) Chau, mamá.
MADRE - ¿Mañana venía a comer a casa?
PABLO - Te llamo.
MADRE - ¡Mirá que preparo comida! (Va hacia la puerta) No me hagas como el otro día...
Sale la madre y Pablo se transforma. Va a la puerta y corre el pestillo; saca la caja y la pone sobre la cama. La desata y levanta la tapa con curiosidad. Aparece una mano de goma.
PABLO - ¡Buenas noches! Pablo Belvedere, mucho gusto. (Se la estrecha. De pronto encuentra algo que le llama la atención. Es un sobre. De adentro saca una tarjeta que lee) "Me llamo Bibi, encantada de conocerlo. Por favor, tráteme con cuidado. Me gusta que me laven con jabón y me pongan talco, antes de despedirse de mí. ¿Es verdad que usted es gordito pero tiene el fideo fino...?"
Tira la carta adentro de la caja y se aleja hacia la mesa, donde bebe. -¡Muy gracioso! Sos un piola bárbaro, Castellani... Por eso llegaste a jefe de tráfico... pero no te olvides que te conozco del barrio, cuando vos eras un simple empleado y yo ya tenía... (Queda duro con el vaso en la mano. Pausa) ¿Qué tenía, eh? Nada.
Vuelve a la realidad. Se acerca a la caja y saca de adentro, lentamente, una muñeca de goma ya totalmente inflada, con un slip y un corpiño provocativos y una larga peluca. -Así que vos sos la nueva joda... (La examina, la toca, atreviéndose apenas a hacer cosas obscenas, de pronto se ríe) Estás para ponerte en una vidriera... ¡como juguete didáctico! (Juega con ella) Salió la nueva muñeca de goma... Made in USA... Aprende todos los movimientos que usted desee... Acaricia, hace cosquillas... se estira y no se rompe... (Pausa. Pensativo) Yo, que en mi vida hice un negocio, ¡con esto me podría llenar de guita! (Se para, entusiasmado) La podría vender en los subtes, en los colectivos... (La pone bajo el brazo, y la promociona en alta voz) "A ver, muchachos... ¡sólo una por persona! ¡Ideal para reemplazar a la esposa! ¡No come, no discute, no pide plata...! ¡Da la razón en todo y está siempre dispuesta! ¡Y cuando uno está harto de verla, la mete adentro de la caja y ya está! ¡A ver, muchachos...! ¡Formando cola, con los billetitos en la mano! ¡Con la cara de su artista preferida! ¡Especial para pajeros...! (Agotado por el esfuerzo, sueña con otra idea tentadora) A la salida de la cancha...
La deja en el suelo, va a la mesa y se sirve de beber. Asoma una amarga ironía en su cara. -Así que con vos, el alcahuete de Castellani divierte a los clientes importantes y a la plana mayor... Y vos, ¿sabés hacerle los gustos a todos guachita? (La agarra, la sienta sobre sus rodillas. Imita voz de mujer) ¡¿Quién es el primero que se acuesta con Bibi?...Vos, ¿cómo te llamás?" (Pausa. Con su voz, resentido) "Pablo Belvedere! ¡Y me revientan las minas cancheras!" (Con voz de mujer de nuevo) "¡Tenés cara de haber vivido mucho...!" (Con su voz, furioso) "¿Qué vas a hacer vos, también me vas a analizar? ¿Me vas a contar que de los fracasos también se aprende?"
La tira al suelo. Se sirve de otro trago, prende un cigarrillo y le da profundas pitadas. -¡Sabés, Bibi, hoy vamos a estar solos! No vamos a pasar películas pornográficas, ni vamos a fumar yerba, todos del mismo faso... ¡Yo no soy como Castellani! Yo trabajo en el primer piso, al fondo; mi ventana da a una pared y siento todo el día el ruido del extractor de aire... ¡Pero igual nos vamos a divertir! (La levanta, ágilmente, y la pone parada detrás de una silla. Empieza a jugar) Imaginate, Bibi... Tu casa se está quemando y vos estás desnuda en la ventana, pidiendo socorro. Yo subo a rescatarte, dos, cuatro, seis pisos... (Entra en la casa de nuevo, tosiendo, abriéndose paso a través del humo, la agarra, la toca obscenamente por todos lados) "¡Señora! ¿Qué pasa, señora? ¡Cálmese, yo la voy a salvar!" (Súbitamente se detiene, preocupado) Pero de pronto descubro que sos una mujer independiente. (La deja caer con desprecio) ¡Y dejo que te quemes!.
Pausa. Va a la mesa, sigue fumando. Se le ocurre otra idea. -A ver, otro juego... ¡Sí! Vos sos la hija de Drácula y yo vengo de noche a sacarte del cajón. (Se ríe siniestramente mientras la guarda en la caja de nuevo) Ja... ja... Llego todos los días a las doce de la noche... ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan...! (Hace las campanadas mientras apaga la luz y llega en puntas de pie. La saca, la acaricia carnalmente) Decime, ¿tu papá te deja salir conmigo? (De pronto, una idea lo encoleriza) ¡No! ¿Vos también me querés chupar la sangre? ¡Cualquier día! (La tira al suelo)
Prende la luz, se afloja el botón de la camisa. Suda copiosamente. Se sienta y bebe. La mira desde la mesa, súbitamente melancólico. -Sabés una cosa Bibi... Yo siempre soñé con tener una mujer como vos... Callada, comprensiva. Que apreciara mis virtudes. (Se para lentamente y va hacia ella) Yo también las tengo. Una mujer que no me apretara todo el tiempo, sino que me diera un poquito de paz... (Se sienta en el suelo y la toma en sus brazos) Entonces... podríamos hacer tantas cosas juntos. Habría silencio en esta casa y no todos esos murmullos que oigo todo el tiempo. ¡Reclamándole cosas! ¡Pidiéndome que sea lo que no soy! (Pausa. La mira con cariño. Lentamente le pasa una mano por los hombros) Estoy contento de que hoy estemos juntos. ¡Muy contento! (De pronto la atrae y la besa con amor. Después se pasa la mano por la boca con disgusto) ¡La puta que te parió, qué gusto a goma tenés! (Se enoja con ella) ¿Qué te pasa? ¿No sentís nada, vos? ¿También a vos te resulto indiferente? ¿Lo que te digo, te entra por un oído y te sale por el otro? ¿Vos también tenés pretensiones?
La tira al suelo. Se sube encima, se pone brutal. -¡Conmigo, no jodas! (Le pega un par de cachetadas) ¡Aquí se hace lo que yo quiero, y basta! ¡Cuando digo sí es sí, y no vuela una mosca! (La agarra, la zarandea) ¡Y ahora vas a ver lo que es bueno! (Intenta subirse encima de ella, pero sin querer destapa el piquito. Esta empieza a desinflarse en sus brazos, ante su creciente asombro)

APAGON


2


La luz se apaga y el ruido de la muñeca al desinflarse se vuelve ensordecedor, como si fuera el de un embudo. Silencio. Ahora la luz se enciende sobre la puerta de calle. Marisa la abre con su propia llave y entra tímidamente.
Está muy linda y trae un bolso colgado al hombro. Ahora la luz se enciende también sobre la cama, donde Pablo está tirado boca abajo, pensando. Escucha ruidos y se levanta rápido. Es otro día.
PABLO - ¿Quién es?
MARISA - ¡Soy yo! (Pablo se corre y trata de ver) ¡Marisa! ¿Puedo pasar?
El momento tantas veces esperado, finalmente ha llegado.
Pablo mira la hora, se desentumece la cara. Descubre que está descalzo, en calzoncillos. Se pone rápido una bata corta, nueva, y controlando su emoción va a abrir con una actitud compuesta.
PABLO - (Curioso, severo) Hola.
MARISA - (Escondiendo también sus sentimientos con una sonrisa) Tanto tiempo, ¿no?
PABLO - Sí.
MARISA - (Pausa) Pasaba... pensé... ¿estás solo? (Pablo asiente) Bueno... me quedo un rato.
PABLO - (Mira la hora) Está bien.
Cambia rápido de actitud; va al baño y empieza a lavarse muy atareado, ignorándola, como si tuviera que salir.
PABLO - (Canta) Volvió una noche, no la esperaba
Había en su rostro tanta ansiedad,
Que tuve pena de recordarle
Su felonía y su crueldad...
MARISA - (Se acerca en el momento en que Pablo se está echando loción) Uhm... ¡Volviste a usar la colonia que a mí no me gustaba!
PABLO - Sabés lo que pasa... A las otras, les gusta (Sale del baño y va al dormitorio. Se prepara ropa para cambiarse. Canta)
Me dijo humilde, si me perdonas
El tiempo viejo otra vez volverá...
MARISA - (Siguiéndolo) Para serte franca, extrañaba un poco la casa.
PABLO - ¡No me digas! (Canta)
Mentira, mentira, yo quise decirle
Las horas que pasan ya no vuelven más.
MARISA - (Pausa) ¿Qué tenés que hacer, ahora?
PABLO - (Vistiéndose) Tengo que salir. ¿Por qué?
MARISA - Qué lástima. Venía con la idea de que podría pasar un rato con vos.
PABLO - ¿Sí? Lo siento, pero tengo un compromiso. (Se encoge de hombros) Otra vez, avisá antes de venir.
MARISA - Quise darte una sorpresa. Pensé... es sábado a la tarde... debe estar solo, sin nada que hacer...
PABLO - (Curioso) ¿Qué más pensaste?
MARISA - Te compré un regalo. (Levemente burlona) Para testimoniarte mi afecto.
PABLO - (Interesado) ¿Qué es?
MARISA - ¡Abrilo!
Con actitud humilde saca un paquetito de su bolso que Pablo abre ruidosamente. Aparece un encendedor.
PABLO - Muy lindo. (Lo prueba, y después lo tira por ahí. Sigue vistiéndose como si ella no estuviera. Súbitamente) Eh... lo siento, pero no tengo nada para tomar. (Disculpándose) Anoche fue una cosa de locos, lo terminamos todo...
MARISA - (Entusiasmada) ¡Yo traje!
PABLO - (Sorprendido) ¿Qué trajiste?
MARISA - (Haciéndose la sumisa, metiendo la mano de nuevo en el bolso) Una botellita chica de lo que te gusta a vos. (Pícara) Ya te dije... Pensé que íbamos a pasar un rato amable juntos. (El la mira con desconfianza. Ella retrocede hacia el comedor) ¿Puedo... ir a buscar dos vasos? ¿Están en el lugar de siempre?
Pablo sigue vistiéndose con más lentitud. Empiezan a mezclársele las cosas.
(Señalando la botellita) ¡Es práctica! Cabe justo en el rincón de un bolso, o en el cajón de un escritorio. Y nadie tiene por qué darse cuenta. Sabés, descubrí que de muchas cosas hay un envase grande, tamaño familiar, y otro más chico para gente que está sola. ¡Es tan sensible nuestra sociedad de consumo! Piensa en todos. (Vuelve de la cocina con dos vasos) Uhm... ¿Ahora hay libros aquí?.
PABLO - Sí... Quiero conocer las fuerzas ocultas que me tienen atado a esta vida.
MARISA - ¡Qué frase!...
PABLO - Me estoy cultivando. Yo también tengo un amigo que me presta libros.
De pronto descubre que ella viene hacia él con un vaso en cada mano.
MARISA - (Le sonríe) Sabés Pablo... Estoy contenta de haber venido. Hacía por lo menos tres meses que no nos veíamos.
PABLO - Más de tres meses... Casi cuatro.
MARISA - (Finge sorpresa) Mucho tiempo... ¿no te parece? (Pausa. Levanta su vaso) ¿Brindamos?
PABLO - (Se endurece) ¿Por qué vamos a brindar?
MARISA - (Lo mira tímidamente) Por... nuestro reencuentro.
PABLO - (Agresivo) ¿Qué reencuentro?
MARISA - Bueno... Nos encontramos de nuevo, vos y yo.
PABLO - (Sacude la cabeza) Eso se llama encuentro. Nada más que encuentro. (Bebe y deja el vaso sobre la mesa. Silencio molesto para los dos. Pablo la mira de arriba abajo y se aleja unos pasos) ¿Cómo andás? ¿Seguís atendiendo esas reuniones, congresos... de representante de todo el mundo? ¿Grandes hoteles, vestidos de noche y todo eso? (Ella se ríe) ¿De qué te reís?
MARISA - ¿Tengo que contarte...? Me va bien.
PABLO - Te va bien.
MARISA - ¡Bien!
PABLO - Trabajo, estudio, todo perfecto.
MARISA ¡... bien!
PABLO - Andás bien de guita, todo.
MARISA - (Ríe) Me va bien...
PABLO - O sea, ¡triunfaste! (Marisa lo mira fijo) Y tu amiga Graciela, contentísima me imagino. (La imita) "Yo te dije, che... ¡Dejabas a ese energúmeno y te ibas para arriba!"
MARISA - Graciela se fue de viaje.
PABLO - ¡Mirá vos...!
MARISA - Con el marido y los hijos. Una pequeña vacaciones de invierno, en auto y con carpa.
PABLO - ¡El idilio total! Y el marido no le grita, ella no se separa, los hijos no lloran. ¡Qué felices son...! ¿Cómo hacen, che? ¿Cuál es la fórmula?...¡No me la puedo imaginar! (Pausa. Están pensativos, y de pronto se cruzan las miradas) ¡Así que estás bárbara! Y viniste a visitar las ruinas, como una turista. No me extrañaría nada que también tuvieras una maquinita para sacar fotos en el bolso. (Pausa. Camina) Y bueno, Marisa... ¡Aquí me tenés! No se me cayó el pelo, no me tiré por la ventana, no engordé más... ¡Nada! Lo siento. ¡De veras, siento mucho defraudarte!.
Vuelve al dormitorio y sigue vistiéndose. Ella se sirve rápido más de beber, dolida por su trato, luego lo sigue, moviéndose sinuosamente, sonriendo en forma extraña.
MARISA - Te compraste una camisa nueva...
PABLO - Sí.
MARISA - Vistosa... ¡y bien ajustada al cuerpo, como se usa ahora! (Silba de admiración y le guiña el ojo) ¡Qué pinta te hace! Puedo... (Se muerde los labios) ¿Puedo...?
Se acerca y empieza a abrocharle los botones de la camisa. Pablo se siente sofocado.
PABLO - ¡No entiendo!
MARISA - Esa persona que vas a ver... ¿es muy importante para vos?
PABLO - ¡Muy importante!
MARISA - (Suspira) ¡Qué lástima!
PABLO - ¿Por qué...?
MARISA - (Insinuante) No sabés lo que te perdés...
PABLO - ¡No me imagino qué!
MARISA - ¿Seguro que no? ¿Seguro...?
Pablo queda petrificado, mientras ella le pone la camisa dentro del pantalón, cada vez con más audacia.
PABLO - Esa manita... traviesa ¿eh? ¡Estuviste practicando durante estos meses!
MARISA - Tonto... Estoy reconociendo el terreno... Vení...
PABLO - ¡Salí!
MARISA - (Sensual) ¡Dejame darte un beso!
PABLO - ¡No! (Se suelta) ¡Lo siento, pero me estoy reservando!
Pablo va al otro extremo de la habitación. La mira con cierto recelo. Se sigue vistiendo.
MARISA - ¡Vamos, Pablo! No me vas a decir que vos también no tenés ganas, después de tanto tiempo... ¿Qué es lo que te da miedo? (Se tira sobre la cama, y suspira) ¡Ah...! ¡Hoy, me levanté con un antojo!
PABLO - ¡Sí, ya sé! (Señalándose) ¡Yo...!
MARISA - (Asiente, con evidente placer) ¡Humm!...
PABLO - ¡Y me lo decía así nomás, totalmente desinhibida!
Pablo sacude ruidosamente la camisa sucia, la hace un bollo y la va a llevar al baño cuando descubre que ella se contonea en la cama y lo chista, echando su cabello hacia delante.
MARISA - Dejala plantada a la otra...
PABLO - ¿Me estás cabeceando?...¿Me estás cabeceando como en un baile...? (Ella asiente, él sigue con el dedo la dirección de su cabeceo) Me querés llevar allá... ¡Me querés llevar a la cama!
MARISA - Dejala a ésa... ¿Sabés lo bien que la podemos pasar...?
PABLO - (Junta las manos y mira al techo) ¡Cómo cambiaron los tiempos, Carlitos! ¡Ahora las minas te levantan...!
MARISA - ¡Animate! ¿Dónde está el Pablo que yo conocía?
PABLO - ¿Y si la otra se enoja...? Ja, ja... ¡Hoy, soy el antojo de todas! (De golpe se pone totalmente serio. Silencio) Paremos la mano. Por favor, paremos la mano. No encarajinemos las cosas más de lo que están. ¿A vos te parece, después de todo lo que pasó, que podemos tratarnos como si nada?...
De repente ella se achica toda, siente vergüenza.
MARISA - Perdón, Pablo... Yo... Yo creí que yo... Después de tanto tiempo, yo...
PABLO - ¡Qué yo, ni tanto yo! Vos entraste aquí, revoleando la cartera, que mucho whisky, regalito, sonrisita, cabeceo... ¿Y todo lo demás? ¿Lo que quedó en el medio? ¡St...! ¡Lo borrás de un plumazo!
MARISA - ¡No, Pablo! Lo que pasa es que... me acordé que vos eras alegre. Entonces no quise... la primera vez...
PABLO - ¡Ah, yo soy un tipo alegre! Y eso ¿qué quiere decir? ¿Que a mí todo me resbala?...
MARISA - ¡No!
PABLO - Un día volví del trabajo y habían desaparecido de aquí todas tus pilchas, tus pertenencias. Ni una nota, ni una boleta firmada, ni una dirección donde hacer un reclamo. ¡Claro!... ¡Yo era un estorbo en la carrera triunfal de mi mujer!
MARISA - ¿Ves, Pablo? Lo que yo no quería era provocar una discusión en este momento. (Pausa) Pero está bien... me equivoqué.
Se para, muy seria, toma su cartera sin perder su aplomo y se va lentamente hacia la puerta. -¡Adiós!
La abre. Pablo siente que se queda sin respiración.
PABLO - ¡Pará! (Ella se queda inmóvil. Silencio. El se acerca un poco) Pará... Contame. ¿De veras, triunfaste?
MARISA - (Sonríe) ¿Qué quiere decir triunfar, para vos? ¿Se puede en tres meses, triunfar?
PABLO - (Empieza a reirse) Ah, entonces me metiste la mula...
MARISA - ¡Depende de lo que entiendas por triunfar! (Pablo se ríe a carcajadas. Ella se vuelve hacia él, cerrando la puerta detrás suyo) ¿Qué es lo que te pone tan contento? ¿Qué estás imaginando ahora?
PABLO - Pero cómo... ¡vos, una mujer custodiada por expertos! Graciela la psicóloga, la directora del normal 4, el ingeniero no sé cuánto... ¿estás aquí? ¿No encontraste a nadie que descubriera tus virtudes, te sirviera el futuro en bandeja?
MARISA - Un momento... Tengo un trabajo mejor que el otro, y sigo con todos mis proyectos.
PABLO - ¡No! (La toma del brazo y la empuja hacia delante) ¡Yo te voy a decir lo que te pasó a vos! ¡Se te subieron los humos a la cabeza! ¡Te engrupieron las otarias que escriben en las revistas, hablan por televisión! (Las imita) "Blaba... blablabla... ¡La mujer tiene que ser libre! ¡Igualdad de oportunidades para todos! ¡Nosotras sí, ellos no! ¡Nosotras sí, ellos no!" (Pausa, la mira) Pero decime, marmota... ¿cómo pudiste ser tan ingenua?
MARISA - (Se acerca, imprevistamente sonriente, segura de sí misma, y le acaricia una mejilla) ¡Pobre, mi amor! Cuando se toca este tema, transpira... Se pone todo nervioso...
PABLO - (Le saca la mano) ¡Ah, te importa un carajo lo que te digo!
MARISA - Y a vos, te encantaría que vuelva... (Canta) "Con una mueca, de mujer vencida"...
Lo toma bruscamente, como si ella fuera un hombre, y mientras habla le hace bailar un tango. -¡Sí, Pablo! ¡Los hombres me desnudan con la mirada! ¡Meten una mano cuando pueden, y a mí se me pone la piel de gallina cuando me tocan! (Pausa. Lo hace girar y sigue) Sí, Pablo... ¡Me tengo que poner linda para ir a trabajar! Y cuando consigo algo, nunca sé si es porque valgo o porque gusto... (Hace otro corte) ¡Sí, Pablo! Cobro menos que ellos, pero ¡en fin! Eso es justo porque siempre me ceden el paso en el ascensor o en el colectivo... (Lo da vuelta, a pesar de sus protestas) ¡Sí, Pablo! Sé que nunca debo manejar porque si no me gritan..."Andá a tu casa negra"! ¡Practicá en la cocina, atendé a los nenes...!" ¡Sí, Pablo! (Lo suelta, lo mira burlonamente, y canta) Vengo vencida a la casita de mi macho. A que me vea arrepentida y a pedir perdón...
PABLO - ¡Me estás cargando!
MARISA - ¡Tonto! ¿No te das cuenta que hoy vine con un propósito definido?
PABLO -¿Cuál...?
MARISA - (Al oído) ¡Cogerte! (Lo quiebra en sus brazos, preparándose para besarlo) ¡Y lo voy a conseguir!

APAGON


3


Se ilumina la casa de la madre. Juana está pensativa, sacándose la mantilla a la vuelta del cementerio. De pronto oye un ruido y su mirada se detiene en el reloj de la pared, inmóvil en la misma hora desde que tenemos memoria. Se escucha ahora a alguien que golpea la puerta. Juana no reacciona.

PABLO - (Golpea, afuera) ¡Mamá...! ¡Mamá...!
Finalmente entra. Lleva un enorme paquete en la mano. Se miran. -Pensé que no estabas...
MADRE - Yo siempre estoy en mi casa. (Baja la vista hacia el paquete pero no dice nada) Vení querido, dame un beso (Se besan) ¿Cómo estás?
PABLO - (Jadeando todavía) Bien. ¿Volvías de ver a papá?
MADRE - Como todos los domingos. (Casual) ¿Qué trajiste?
PABLO - Un... regalo. (Juana frunce el ceño) ¡Por una vez, el hijo se acuerda de la pobre vieja! (Pone el paquete sobre la mesa)
MADRE - Pablo, sobre la mesa no.
PABLO - ¡Perdón! (Lo pone sobre una silla) Algo útil y práctico, para que no te pases el invierno temblando. (Abre el paquete. La mira, esperando una reacción) Linda, ¿no? ¡La última palabra en estufas!
La madre mira, callada.
MADRE - ¿Cuánto gastaste?
PABLO - ¿Qué importa? (La levanta, vacila) ¿Dónde la pongo? (Ella no responde. Pablo sonríe cortésmente y la pone en un lugar cualquiera)
MADRE - (Se afloja) Sentate.
PABLO - Me siento.
MADRE - (Saca un cubierto del cajón del mueble) Te sirvo algo.
PABLO - (Categórico) No, hoy vine por un ratito nada más.
MADRE - ¿No te quedás a comer?
PABLO - ¡No!
MADRE - Está todo listo. Vos sabés que yo siempre tengo comida.
PABLO - (La mira; sacude la cabeza y sonríe) Ay, mamá, mamá!...Vos siempre tenés comida, vos siempre estás en casa... (Pausa. Su expresión se ensombrece) Hoy... no me puedo quedar.
MADRE - ¿Puedo saber por qué?
PABLO - Volvió Marisa.
MADRE - Ah.
Silencio.
PABLO - (Ensaya otra sonrisa) Nos reconciliamos.
MADRE - (Baja la vista hacia la estufa) ¡Por eso, el regalo...!
PABLO - ¡No, mamá! Te traje la estufa porque pronto va a ser invierno y vos... (Lo dice) Ya estás viejita. Tengo que cuidarte. (La sienta, la acaricia afectuosamente) Es hora que piense en tu salud, en cómo vivís.
Juana baja la cabeza, pensativa.
MADRE - (Escéptica) ¿Y cómo fue... la reconciliación?
PABLO - (Con cariño al recordarlo) Marisa me tocó ayer el timbre. Así... de casualidad. La hice pasar, conversamos. Después discutimos, después nos peleamos. (Se ríe) Y al final, ya cansados de todo... ¡decidimos probar de vivir juntos de nuevo!
MADRE - El mismo día.
PABLO - (Sorprendido) Descubrimos que nos queremos mucho, mamá. Nos duele estar separados.
MADRE - Ella te extrañaba.
PABLO - (Suspira) Y la verdad, yo también.
MADRE - A mí me parece bien. (Pausa) Ustedes están casados.
Se para, esquiva su mirada. Pablo la mira extrañado. -Pero... ¿hablaron? ¿Pusieron todo en claro?
PABLO - Algunas cosa sí... otras, no. Es doloroso, sabés. Va a llevar tiempo. ¡Ayer estaba emocionada! Yo también... ¿Sabés que está cambiada?
MADRE - ¡No me digas!
PABLO - Está más... viva. Llena de cosas. Dice cosas nuevas. Me interesa lo que dice. (Pausa) Está bien, Marisa... Está bien.
MADRE - (Fuerte) Pero volvió después de tres meses. Casi cuatro. (Silencio) ¿Dónde estuvo? ¿Qué hizo?
PABLO - (Pausa. Se encoge de hombros) ¡Yo qué sé, mamá!
MADRE - ¡Ah, no te importa! ¡Ni siquiera le hiciste una pregunta! ¡No averiguaste...!
Silencio.
PABLO - Ah, me estás preguntando si en este tiempo Marisa anduvo con otro tipo. (Sacude la cabeza) La verdad, no sé.
MADRE - ¿Y cómo vas a saber? ¿Acaso vos sos un hombre que pone condiciones? ¡Tocó el timbre! ¡Entró y se quedó!
Silencio pesado. A Pablo no le gusta el cariz que está tomando la conversación.
PABLO - (Se para) Mamá... lo que hizo en estos tres meses es cosa de ella nada más.
MADRE - (Lo mira horrorizada) ¿Qué...? ¿Cosa de ella, nada más? ¿Y si ahora se acostumbró... y cada dos por tres tiene uno... u otro? ¿Es así como se vive ahora? (Golpea con las manos) ¡Ella vuelve y vos no le preguntás nada! Pero Pablo, ¿qué tenés en la sangre?
PABLO - No empieces con eso de nuevo...
MADRE - (Sacude la cabeza mirando hacia arriba) ¡Y tu padre, que no está para enseñarte!
PABLO - ¿Enseñarme qué, mamá? ¿A ponerla en regla como hacía con vos? ¿No te das cuenta que fue lo que hice todo este tiempo? (Pausa) No, mamá... ¡Yo no soy tan cordero como vos creés! Lo que pasa es que yo la dejaba encerrada en casa a mi manera. Y si un día no cocinaba, ¡desparramaba papafritas para joderla! Nunca pensé que pudiera aprenderse de memoria cuatro frases juntas. Y la única noche que salió sola, por trabajo... (Silencio. Suspira) Qué quería yo, ¿eh? Volver del trabajo y encontrarme con una linda chica para jugar. Hacer el amor y no pensar... ¡Vivir en el limbo! (Pausa. Sacude la cabeza) No podía durar.
MADRE - ¡Qué desgracia, Pablo! Nunca vas a ser feliz...
PABLO - ¿Y quién mierda sabe ya cómo ser feliz? Solo... en pareja... con los demás... ¡Uno quiere tantas cosas y consigue tan pocas! (Vuelve a la realidad con un suspiro. La mira, acurrucada en un rincón) Pero hay cosas que ahora tienen que cambiar. Para vos también, vieja. (Se acerca a ella) No podés vivir toda la vida entre estas cuatro paredes.
MADRE - ¡Si vos supieras todo lo que hay entre estas cuatro paredes!
PABLO - ¡Sí, ya sé! Papá... Y yo, en ese cuadro donde hago morisquetas... ¡Pero no podés más vivir llena de piezas vacías! ¡Con ese reloj que da la misma hora desde hace siete años! ¡No hay estufa que caliente a vivos, muertos y ausentes! (Pausa). Empezá a pensar que te conviene mudarte a un lugar más chico... (Ella lo deja y entonces él explota) ¡Entretanto, hacé algo mamá! ¡Cambiá los muebles de lugar! (Corre una silla) Yo te traigo otra foto mía para poner ahí...
Saca la foto de las morisquetas infantiles, y se ve detrás la mancha de la pared llena de humedad. La madre lo sigue, desaprobando con la cabeza, poniendo de vuelta la silla en su lugar. -Mamá, mamá... ¡Preparás comida para alguien que ya no viene! ¿A quién esperás todo el tiempo?
MADRE - ¡Andate...!
PABLO - (La mira) Pensá en lo que te dije.
MADRE - (Asiente) Ahora, dejame sola.
Se queda mirando el cuadro de su difunto marido. El se va lentamente, protestando.
PABLO - (Señala la estufa) Mañana te mando un plomero para que te haga la conexión. (Se abrocha el piloto y sale. Juana toma el retrato de su hijo, y lo aprieta con fuerza contra su pecho)

APAGON


4


Dormitorio en casa de Pablo y Marisa. Marisa se ha levantado hace un momento de la cama, y se está vistiendo rápidamente de pésimo humor.
Pablo abre la puerta despacio y entra. Tiene los bolsillos del piloto abultados.
PABLO - ¿Qué hacés, te vas...?
MARISA - Hola. (Intenta una sonrisa) Sí, a mi casa.
PABLO - (Da un paso, muy nervioso) ¿Por qué?
MARISA - ¡Puta que lo parió, no encuentro mi pollera, mi cinturón, nada! (Sigue vistiéndose) ¿Sabés lo que pasa...? Ayer salí por dos horas y me pasé la noche afuera. Eso, no puede ser.
PABLO - No puede ser.
MARISA - ¡Tengo un millón de cosas que hacer! Yo aprovecho el domingo para ocuparme de mi ropa, de mi casa... ¡Si durante la semana no tengo tiempo para nada! ¡Mi trabajo me ocupa todo el tiempo!
PABLO - Todo el tiempo.
MARISA - ¿No ves? Ahora no encuentro mi bolso.
PABLO - Acá está. (Lo encuentra, se lo entrega. Pausa. Tenso) Este... ¿no habíamos quedado en que ahora íbamos a buscar tus valijas?
MARISA - ¿Me estás hablando en serio? (Pablo la mira inmóvil, estupefacto) ¡Si me levanté y vos no estabas!
PABLO - Pensé que ibas a dormir toda la mañana.
MARISA - ¡Ya son las doce, qué mañana ni mañana! Vos no sabés que linda sensación, despertarse en otra casa... y encontrar que el dueño...
PABLO - ¡Marisa, no te iba a dejar sola!
MARISA - (Risita agresiva) ¿Me estás cargando? Si en todos estos meses no moviste un dedo para encontrarme. ¿Sabés cómo me sentí hace un rato? ¿Sabés...? (Silencio. Se viste) ¡Como si me hubieran llevado a un hotel a pasar la noche y se hubieran escapado antes de que me despertara! (Sigue guardando sus cosas) ¡Así me sentí cuando me levanté! (Pausa. Mira alrededor suyo) Mis pinturas.
PABLO - Tus pinturas...
MARISA - ¡Sí, una cajita de plástico! En algún lado debe estar...
PABLO - La conozco... (Ella se pone furiosa) ¡Pará, la vamos a encontrar! (Se agacha, mira debajo de la cama)
MARISA - Acá está. (La guarda en el bolso. El, levantándose, la mira en silencio. Ella va al baño a peinarse) Y vos ¿dónde estuviste?
PABLO - (Con pudor) Fui a ver a mi mamá.
MARISA - ¡Claro!...Hoy es domingo...
PABLO - Pero no comí con ella.
MARISA - ¿Ah, no?
PABLO - (Sacude la cabeza) ¡No!...Me acordé que hace tiempo quiero llevarle una estufa. Entonces crucé enfrente, a lo de Tito, y se la compré.
Silencio tenso.
MARISA - ¿Le contaste que nos vimos?
PABLO - Sí (Pausa) También le dije que me sentía muy feliz.
MARISA - (Desconfiada) Y ella ¿qué te contestó?
PABLO - No sé, porque no la escuché. (Nervioso) Estaba tratando de pensar en nosotros. Tratando de adivinar qué vamos a hacer ahora. Y no sabía si entrar y esperar a que te despertaras, o si sacarme la ropa y meterme en la cama de nuevo. (Risita) Tenía ganas de escribir en la pared, grande con pintura: "¡TE QUIERO MARISA; BIENVENIDA!" (Termina de hacerlo con la mano; queda pensativo. Pausa) Estaba tratando de encontrarle un sentido a esto. Vos y yo aquí, juntos de nuevo. ¿Qué es...? ¿Un reencuentro? ¿Cómo se festeja? ¿Uno se viste bien para la ocasión... o se saca toda la ropa? ¿Se prende una torta con velitas... o se tira la casa por la ventana? (Camina, empieza a sacar cosas de los bolsillos del piloto que pone sobre la mesa) Ah... compré vino. Fiambre. Atún. ¿Sabés lo que pasa? Si esto fuera un cumpleaños o una despedida, yo sabría cómo celebrarlo. Es algo que se conoce. Pero esto, dos personas que se rejuntan para ver por dónde toman, es un acontecimiento que no figura en ninguna parte. No se celebra. No se acostumbra, bah. Pero yo quise innovar. ¿Ves?...(Termina de vaciar los bolsillos) Ensalada de frutas, budín inglés, queso Roquefort, que te gusta a vos. Fui y compré un montón de cosas. (La mira. Ella no dice nada) Porque pensé que ahora empezamos el segundo tiempo por delante. Y lo podemos ganar si jugamos bien. (Silencio) Recién me doy cuenta que si llego cinco minutos más tarde, no te encuentro.
Marisa se queda mirándolo a la distancia. De pronto camina emocionada hasta él, pero al final se frena. Sólo atina a pasarle una mano por la mejilla con cariño. Sorpresivamente empieza a reírse.
MARISA - ¿Te acordás Pablo, cuando vos volvías del trabajo y yo te esperaba toda arregladita? (Se aleja, recuerda) El corazón me hacía tic-tac... tic-tac... Porque hay algo que nunca te dije: ¡a mi también me gustaba jugar! (Gira sobre sí misma. Toma un elemento, imita la voz de él) "¡Yo soy un conquistador de América! Vengo en busca de oro..." "Yo soy la hija de un cacique indio", te decía... y me vestía con un repasador... Después te querían matar, corríamos... y al final nos revolcábamos en la cama riéndonos. (Se recuesta, feliz) ¡Y vos eras tan dulce Pablo, tan dulce...! (Pausa. Se incorpora. El sigue atento a lo que le pasa) Me acordé tanto de eso en estos meses. Cuando me sentía sola; cuando algo me salía mal, o me hacía ilusiones por algo que al final no se me daba...
De pronto ríe frenéticamente, incitándolo a recordar con ella, a participar. Hace la india, grotescamente. -"Usted... tener arma que hace ¡pum!...Usted... ¡dios!" (Baja las manos como adorándolo) "¿Usted no querer engañar a pobre india? ¿Querer llevarla a la cama...?" (Se ríe a carcajadas. Pablo se aleja, muy serio. Ella insiste) Pablo, ¿cómo pensabas hacer ese juego que se te ocurrió la última vez?
PABLO - ¿Cuándo...?
MARISA - Bueno, esa vez... que no llegamos a hacer nada porque yo... ¡en fin! (Pausa. Se ríe) ¡Me acordaba sola y me mataba de risa!
PABLO -Te matabas de risa... ¿cuál era?
MARISA - ¡Vos eras el Hombre Nuclear! ¿Cómo lo tenías pensado? ¡Dale contame! (El se pasa la mano por la cara, abrumado) ¡No, Pablo, mejor hacelo! (Va y le pone una cacerola en la cabeza. Después se tira en el suelo, como si flotara en el espacio sin gravedad, riéndose, anticipándose a lo que él va a hacer) ¡Empezá...!
PABLO - (Se sobrepone y entra en el juego, muy sobrio) "Señoras y señores... Próximo cohete con destino a Venus... Con paradas en Marte y Saturno, y una pasadita por el túnel del tiempo, para que los enamorados se puedan dar un beso..." (Marisa se ríe más. Pablo se calla) Te divierto, Marisa.
MARISA - ¡El juego no era así! Yo estaba perdida en el espacio y vos venías a rescatarme...
PABLO - Sabés lo que pasa... no me acuerdo bien. Me los olvido rápido.
Se saca la cacerola de la cabeza y cae en una silla. Marisa se sienta en el suelo lentamente.
MARISA - De golpe te pusiste serio.
PABLO - Se me pinchó la muñeca, Marisa.
MARISA - ¿Cómo...?
PABLO - ¡La muñeca, se me pinchó! (La mira, devastado) Vos creías que aquí adentro seguía estando el boludón alegre que con un pase de magia transformaba esa silla en una roca...
MARISA - ¡No, Pablo!
PABLO - ¡Y a mí, se me acabó el hipnotismo! Mandrake, no funciona más. Salgo a la calle, y ni siquiera soy el jodón de la oficina. ¡Ahora no soy nada de nada! Hago así con la varita y no engrupo a nadie. ¡Por eso, esto se terminó!
Silencio.
MARISA - Bueno, nos caímos del paraíso... ¿y qué? (Se ríe) ¡A Adán y Eva les pasó lo mismo! Pero igual que ellos tenemos una cabeza y dos manos, Pablo. Afuera nadie te regala nada, pero uno puede conseguir mucho si se lo propone. (Da unos pasos agitada, pensando) ¡No! ¡No puedo disfrazarme de reina de Saba cuando llego a mi casa, para burlarme de todos los que me joroban! ¡No sirve!
PABLO - (Pausa) Marisa, ¿por qué volviste?
MARISA - (Va hacia él, lo acaricia) ¡Por tantas cosas! Para decirte, por ejemplo, que podés dejar ese trabajo que te está matando. Al principio te va a costar, pero vas a ver... no te va a ir mal. Y yo puedo ayudarte.
PABLO - Pero cómo... ¿no era que yo te cagué la vida?
MARISA - También puede ser que necesite que vos me sigas ayudando.
PABLO - (Torvo) ¿Y para descubrir eso, tuviste necesidad de yirar tantos meses por ahí?
MARISA - (Desconcertada) ¡Pablo, no anduve por ahí! Ahora tengo un trabajo que me gusta. ¿Te acordás que te decía, "no me importa lo que me paguen"? Bueno, me pagan poco. Pero yo me siento bien haciéndolo. Y si mi esfuerzo, voy a salir adelante. ¡No Pablo, no anduve por ahí! Y no me arrepiento de nada... Graciela me dio un montón de cosas. Y la chica con la que viví los dos primeros meses me dio cosas, y el ingeniero Ferreti me dio cosas...
PABLO - ¿... en la pieza de qué hotel? (Silencio) No veo por qué ponés esa cara.
MARISA - ¿Me estás hablando en serio? De veras, ¿vos pensás que yo vine aquí porque quería sacarme un gusto?
PABLO - ¡No me vas a decir que no anduviste con nadie, todo este tiempo que estuviste sola...!
MARISA - Qué tiene que ver...
PABLO - ¡Contestame!
Silencio
MARISA - Sí, anduve.
PABLO - (Se acerca, súbitamente deshecho) ¿Con cuántos tipos?
MARISA - Pablo, yo...
PABLO - ¡Con cuántos!
MARISA - Una vez salí con un compañero...
PABLO - ¡Con cuántos, contestá!
MARISA - (Suspira) ¿Para qué, Pablo?
PABLO - ¡CON CUANTOS!
MARISA - ¡CON DOS!
PABLO - Basta, no me digas más nada. (Se aleja de ella. Silencio) Se me murió algo acá adentro.
MARISA - ¿Por qué... vos no anduviste con nadie todo este tiempo?
PABLO - Anduve con cinco minas. (Señala con los dedos) ¡Cinco! Y una, era de goma. ¡Y me acosté con todas!
MARISA - ¿Y por qué vos podías y yo no?...¿Por qué soy mujer...? (Se muerde los labios, temblando de rabia) ¡Uno no es propiedad de nadie!
PABLO - Pero... ¿y quién dijo algo? ¡Viva la libertad! ¡Viva la joda! ¡Somos todos iguales! Puta, con todas las putas...
No puede más, se tapa la cara con las manos y se pone a llorar.
MARISA - Sí... llorá... Yo también lloré cuando descubrí que no éramos el uno para el otro... ¡La vida nos manosea a todos! Pero un día voy a tener un hijo y va a ser hermoso igual. (El deja de llorar; se limpia la cara con un pañuelo y se aleja a un rincón, de espaldas a ella. Marisa se pone el abrigo, se lo abotona despacio) También vine porque me siento orgullosa de todo lo que conseguí. Y quería que me vieras así. (Se afloja, sonríe) ¡Y no es fácil! Te hacen correr..., te hacen luchar... Pero ahora... estoy empezando a sentir que soy yo. (Pausa) Bueno... ¡se terminó por hoy! ¿Dónde dejé ahora mi bolso? Ah, acá está. (Pablo hace un gesto) No, gracias, Pablo. Puedo irme sola. Ojalá consiga un colectivo pronto... Estoy molida.
Al pasar por la mesa, pasa una mano por las cosas que Pablo ha comprado. Pablo se da vuelta y la mira. Con decisión.
PABLO - Ahora no te vayas.
MARISA - ¿Por qué?
PABLO - Quiero que te quedes.
MARISA - Así no, Pablo... Primero tenemos que pensar todo lo que pasó.
PABLO - ¡Juntos, Marisa! Juntos. Separados, es más difícil. Porque si te vas ahora... ¿quién va a llamar primero al otro? ¿Quién va a ir a buscarlo, a tocarle el timbre cuando lo necesite? ¿Quién va a dar el primer paso?...
MARISA - (Sacude la cabeza) Francamente, no sé.
PABLO - ¿Quién va a ser amable? ¿Quién va a decir... hay que perdonar?
MARISA - ¡No sé, Pablo, no sé!
Lo mira con ansiedad, avanzando.
PABLO - ¿Quién va a hacer planes para los dos? ¿Quién va a decir... es tarde, hay que descansar? ¿Quién va a decir... no importa cómo estemos, igual quiero tener un hijo? Quién va a decir... quién va a decir..."Pablo, hagamos otra vida"..."Marisa, es mejor que te quedes para empezar"... Quién va a decir... ¿Quién va a decir...? ¿Quién va a decir...?
Se buscan con la mirada, todavía lejos uno del otro.

APAGON


FIN DE "SEGUNDO TIEMPO"




















 
 
 

Av Roque Sáenz Peña 943
C1035AAE Buenos Aires, Argentina
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Esta sala cuenta con el apoyo del
Instituto Nacional del Teatro
y de Proteatro