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Historia de cazadores
de Roberto Perinelli
 
Bienio 2002-2003.
Categoría A, obra estrenada.


Personajes:

- Paulina , mucama del hotel.
- La mujer.
- El hombre.
- Riqui; Ricardo Peña, empleado del hotel.
- Voces, muchas voces: periodistas, relatores de televisión, un marido engañado, el gerente del hotel, etc , etc.




 
Prólogo


Cuarto de hotel. En la playa.
Buena categoría. Decorado con detalles de buen gusto.
Todos los elementos de confort.
La ventana abierta da al amplio jardín. Entra brisa, que agita las livianas cortinas.
Es de noche. Afuera, oscuro; adentro del cuarto, todas las luces encendidas.
Se escucha, sordo, el rumor del mar y, cada tanto, el graznido de una gaviota nocturna.
 
Paulina, mucama del hotel, tiene entre manos una aspiradora lista para usar. No la usa, paralizada en su sitio, disfrutando con un documental sobre gatos que transmite la televisión.
Paulina se enternece, sufre y ahoga exclamaciones.
 
Relatora: El gato es un animal desconfiado. Cuando anda de paseo, toma sus recaudos, como este ejemplar callejero londinense, que camina muy pegado al muro del cementerio. De este modo ofrece un solo flanco a un eventual atacante.


Música que acompaña el andar del gato.


Relatora: Pero el gato vagabundo, aposentado en su territorio, es ampliamente sociable. Aquí se los ve en buena cantidad en este callejón de Nueva York,, en franca convivencia, como si fueran los habituales asistentes de un club de viejos y educados caballeros. Claro que esta fracción del universo de Harlem contiene las suficientes ratas y deshechos como para que ninguno se tome el trabajo de reivindicar como suyo un territorio tan generoso.
En cambio éste sí que lo hace.


Música.


Relatora: Parece maltratar con sus uñas a este tronco de árbol, cuando en realidad su propósito es dejar depositado su olor y, con eso, el exacto límite de su nación.


Música.


Relatora: El gato cuenta con su aristocracia. Por lo menos el hombre reconoce distintos rangos, y al agresivo, aunque hermoso gato callejero, prefiere domesticar otras razas que en muchos casos han sido obtenidas por la premeditada decisión de veterinarios y etólogos.


Música.
0
Relatora: Aunque no en todos los casos intervino el hombre. Hay razas de gatos que vienen de lo más hondo de la historia, como el abisinio. Aquí tenemos seis cachorros de abisinio, enredados en sus jugueteos infantiles.


Música juguetona, infantil.


Relatora: Muchos aseguran que el abisinio es copia fiel del antiguo gato de los faraones. «El abisinio no es un gato, dijo el profesor William Foster, de la Universidad de Cornell, sino es el gato». Y ésta es mamá gata, que viene apurada, en busca de sus cachorros, muy asustada por la confianzuda proximidad de la cámara. Los toma de esta manera, con sus dientes que no hieren y los levanta para llevárselos con ella. Esta es la forma habitual que utilizan las hembras con sus cachorros, y la forma que se aconseja para levantar del suelo a un gato, de cualquier edad y tamaño.


Música que marca la rápida retirada de la gata.
 

Relatora: El american curl parece surgido directamente del laboratorio de un ingeniero genético un poco loco. Aquí tenemos un magnífico ejemplar macho que.


Suena el teléfono.
Paulina reacciona con un sobresalto Manotea el control y apaga el televisor. Atiende rápido.
 
Paulina: Aló.


Voz de Riqui: ¿Paulina?.


Paulina: Hola, Riqui. Qué pasa.


Voz de Riqui: Cómo qué pasa. ¿Está lista la habitación?.


Paulina: No todavía.


Voz de Riqui: Ya llegó la gente que hizo la reserva.


Paulina: ¿Ya llegó?.


Voz de Riqui: Son las nueve de la noche, Paulina. Avisaron que a esta hora iban a llegar. Qué les digo.


Paulina: En este hotel todo el mundo está convencido que Paulina es una máquina. Apretamos un botón y Paulina funciona a nafta. Brrr, brrr.


V0oz de Riqui: ¿Qué les digo, Paulina?. ¿Cuánto te falta?.
 
Paulina: Me falta quitar la arena de las alfombras. . Algún idiota dejó la ventana abierta. Abierta todo el día, Riqui. Por qué no agarran a ese cerdo, o cerda, y lo queman en la hoguera. Media playa se metió aquí adentro, Riqui. Serviles algo para tomar.


Voz de Riqui: ¿Cuánto?.


Paulina: No sé. No hice el cálculo.


Paulina hace el cálculo. Rodea con mirada profesional toda la habitación.
 
Paulina: Media hora.


Voz de Riqui: ¿No puede ser un poco menos?. Esta gente viene cansada. Se les nota en la cara. Querrán darse un buen baño.


Paulina: Yo no estoy mejor. Me levanté a las seis de la mañana y desde esa hora que doblo el espinazo. Sin parar.


Voz de Riqui: Paulina, a quejarse a la gerencia.


Paulina: Veinte minutos.


Voz de Riqui: Veinte minutos, Paulina. Ni un minuto más.


Paulina: Tal vez quince.


Voz de Riqui: ¡Arriba Paulina!. ¡La mejor!.


Paulina: ¡Arriba Riqui!.


Voz de Riqui : ¿Qué?.


Paulina: ¡El supermacho!.


Voz de Riqui: ¡El winer!. Los voy a sentar en el jardín, Paulina. Espero que se conformen con un café.


Paulina: ¿Buena gente?.


Voz de Riqui: Parece buena gente. Todo lo piden por favor.


Paulina: ¡Milagro!. ¿Habrá llegado la civilización?. Hasta ahora solo alojamos0 indios.


Voz de Riqui: La gorda de la 504 se vino a quejar.


Paulina: Me lo esperaba.


Voz de Riqui: Le usaste el perfume, Paulina.


Paulina: Francés. Hace dos días que cometí la infamia, y todavía huelo (se huele, con deleite) Atendelos con sonrisas, Riqui. Una sonrisa de las tuyas y esa gente te acepta cualquier cosa. Café, cianuro. Hasta alquitrán derretido. Sobre todo la señora.


Voz de Riqui: Veterana.


Paulina: ¿Para despreciar?.


Voz de Riqui: No. Tiene lo suyo.


Paulina: ¡Ay, ese marido!. ¡Pobre!. Pronto va a ser cornudo (ríe).
 
Voz de Riqui (también ríe) Adiós, Paulina.


Paulina: Adiós encanto. ¡Cosita de mamá!.


Riqui corta la comunicación.
Paulina pone en marcha la aspiradora. Comienza a quitar la arena de la alfombra, con energía y rapidez.
 
Apagón lento.


 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

Acto único
 
Sigue siendo de noche. Horas más tarde.
El cuarto a oscuras. Ninguna luz.
La ventana sigue abierta y la brisa agitando las cortinas.
Dos montones de ropa se incorporaron al decorado. Uno de ropas de hombre, otro de ropas de mujer. Muy desordenado el del hombre. Más prolijo el de la mujer.
Continúa escuchándose, sordo, al mar y, solitaria, alguna gaviota.
Una pareja duerme en la cama matrimonial.
De pronto, afuera, maúlla un gato.
 
¡Miau!.
 
La mujer acusa el impacto. Se agita.
El hombre ni se mueve. Sigue durmiendo, aserrando con sus ronquidos.
La mujer no alcanza a despertar. Se aquieta. Recupera la tranquilidad, la respiración pausada.
 
Silencio.
 
¡Miau!.
 
La mujer se sacude y se despierta. Abre los ojos y pasea una mirada aturdida por la oscuridad del cuarto. Queda quieta unos instantes, hasta alcanzar la lucidez.
La mujer saca un brazo desnudo e intenta mirar la hora en su reloj pulsera. No ve, necesita los lentes. Los busca, a tientas, sobre la mesa de noche. Los encuentra, se los pone y tampoco ve, por la oscuridad. Enciende el velador y conoce la hora. Fastidio.
La mujer apaga la luz. Se acomoda para seguir durmiendo.
 
¡Miau!.
 
La mujer se incorpora y, apoyada en un codo, mira la ventana por donde entró el maullido. No sabe qué hacer. Observa al hombre: duerme.
La mujer, en esa posición, espera. Pero el gato no la complace: no vuelve a maullar.
 
Silencio.
 
La mujer se desprende de los lentes. Se cobija entre las sábanas, dispuesta a dormir. Pasa un tiempo.
 
¡Miau, miau!.
 
La mujer es maltratada por el doble maullido. No obstante permanece quieta. Paralizada. Sólo abre los ojos. Confusión.
 
¡Miau!.
 
La mujer responde con fastidio. Rabiosa, deja la cama. Se sienta en el borde. Está desnuda. Belleza otoñal. Aún apetecible. Buenas tetas.
La mujer, sentada, espera.
Esta vez el gato cubre la expectativa.
 
¡Miau!.
 
La mujer enciende el velador y ahoga el intenso resplandor tapándolo con la almohada. Va a la ventana. Mira afuera (gesto de pudor mediante: envuelve su desnudez total con la cortina de voile). Ve oscuridad, solo oscuridad.
 
¡Miau!.
 
La mujer escudriña con más atención. Intenta ubicar al gato. Fracasa. Noche muy cerrada. Imposible ver algo.
La mujer espera. Media cabeza afuera y las manos apoyadas en el alféizar.
El gato desatiende la regularidad: no maúlla.
La mujer se cansa. Abandona la vigilancia. Una carrerita y vuelve a la cama. Se mete bajo las sábanas. Queda tiesa, acostada boca arriba, los brazos a los costados. Mira al techo y espera lo peor.
Ocurre.
 
¡Miau!.
 
La mujer mira al hombre. Un leño.
La mujer obedece a una brusca decisión: deja la cama y de dos saltos se mete en el baño.
El hombre gira en el lecho. Estira los brazos para abrazar el cuerpo ausente. Bracea en el vacío pero no despierta. Se advierte que lleva tres relojes pulsera, uno en un brazo y los otros dos en el otro.
 
Silencio.
 
La mujer sale del baño cubierta por un toallón atado al pecho (hizo pis y usó el bidet). Se detiene. Se seca la entrepierna con una punta del toallón.
0La mujer revisa su mesa de noche, en busca de cigarrillos. Encuentra un envase vacío. No hay fastidio. Lo hace un bollo y juega a embocarlo por la ventana. Éxito. Mesurado festejo: apenas un gesto.
La mujer se sigue sintiendo mojada. Se seca mientras camina por el cuarto, en busca de su cartera. La encuentra perdida entre sus ropas. La abre y saca un atado de cigarrillos intacto.
 
¡Miau!.
 
La mujer enciende un cigarrillo.
Va la ventana. Escudriña sin ganas, convencida que no va a ver nada. Unos segundos y retrocede. Se sienta al pie del lecho (los pies del hombre dormido rozándole las nalgas). Ahí espera el nuevo maullido.
La mujer fuma y se distrae estudiando sus pies desnudos. Uñas impecables, pintadas de rojo. Se aburre. Se cansa. También siente frío.
La mujer vuelve a la cama. Se desprende del toallón. Se acuesta casi sentada,
todas las almohadas amontonadas en la espalda.
 
¡Miau!.
 
La mujer mira al hombre. Lo llama.
 
Mujer (un susurro) Papito.


El hombre duerme. No responde.
La mujer frena la intención de insistir.
La mujer se estudia las uñas de las manos, también rojo brillante. Agota este motivo de interés. Busca otros. Busca, busca y busca. Descubre el control remoto del televisor. ¡Alborozo!. Enciende el aparato, que estalla como una bomba de color y sonido.
La mujer, asustada, baja el volumen. Lo deja sin sonido. Mira al hombre. Nada. No despertó.
La mujer ajusta el volumen, lo hace audible.
 
Reportero en el lugar de los hechos: ...Ya comienzan a llegar los mensajes de condolencias de los distintos países. Se acaba de recibir un telegrama del premier inglés y estamos en condiciones de anunciar que un vocero del Vaticano anticipó que el Papa...


La mujer cambia: Lina Turner canta With a little help from my friends, de los Beatles.
La mujer ajusta el sonido. Lo baja y lo sube, hasta quedar conforme. Observa si hubo reacción del hombre. Ninguna. Sigue durmiendo.
 
¡Miau!.
 
0La mujer trata de cubrir el maullido elevando el volumen del televisor. La Turner aulla y lo consigue.
La mujer baja el volumen. Aguarda.
 
¡Miau!.
 
La mujer eleva el volumen. La Turner vuelve a superar al gato.
El juego se repite, una , dos, tres veces.
La mujer se divierte manejando la rivalidad: cuando el gato chilla la Turner canta muy fuerte.
El batifondo termina por despertar al hombre, quien pega un salto, se sienta en el lecho, muy alerta, con un arma que casi milagrosamente aparece en su mano.
La mujer se ríe del sofocón del hombre. Apaga el televisor. El gato, como si estuviera enterado que el juego terminó, deja de maullar.
El hombre mira a la mujer. Pregunta con la mirada. Está muy confundido.
 
Mujer: Se asustó.


El hombre niega: no fue un susto.
 
Hombre: Soñaba. Soñaba que. Una pesadilla.


Mujer: Yo enseguida me olvido de los sueños. ¿A usted le pasa?.


El hombre se tranquiliza.


Hombre: Puede seguir mirando. A mí no me molesta.


El hombre esconde el arma bajo la almohada y se acomoda para dormir. Da la espalda a la mujer.
La mujer reclama.
 
Mujer: ¡Dady! (lo sacude de un hombro).
 
Hombre (casi dormido) ¿Uh?.


Mujer: ¡No se duerma!. Lo necesito.
 
Reclamo inútil. Tardío. El hombre duerme.
La mujer se asoma por encima del hombro del hombre y lo comprueba. Gesto de fastidio.
La mujer acomoda mejor las almohadas a su espalda. Vuelve a encender el televisor.
 
Reportera en el lugar de los hechos: ...Estamos en el lugar del atentado0 que luce desierto de gente. Como el televidente puede observar, la cámara está tomando el cordón humano con que la policía sigue rodeando el palco oficial, aun después de horas de haber ocurrido los hechos. Se impide transitar por las inmediaciones, no circulan ni autos ni personas. Solo algunos vehículos oficiales que, luego de muchos cabildeos, lograron atravesar la vigilancia policial. Entre ellos, naturalmente, el que acercó el ministro del interior, doctor Bernardo...


La mujer cambia de canal.
Una película hablada en inglés. Una discusión matrimonial. El le pide el divorcio. Ella llora. Se lo niega.
Cambia.
La vida de las aves en el Pacífico norte. El Pelícano. El aprovechamiento del guano.
Cambia.
Un partido de fútbol. Mejicano. La pelota transita por el medio campo, sin peligro para las vallas. El relator se queja.
Cambia.
 
Un funcionario, ceremonioso, declara ante las cámaras: ...Deploro que lo que hoy iba a ser un día de fiesta cívica se haya transformado en este inesperado cuadro de horror que nos indigna y.
Reportero: Doctor, disculpe que lo interrumpa, ¿pero podemos hablar de un descuido de la custodia, de un complot o de la obra de un loco que...?.


La mujer cambia.
 
Reportera: ...Como es fácil deducir, el vandálico atentado cuenta con muchos testigos. Algunos todavía no han salido de la sorpresa, como este señor, que acaba de declarar ante la policía porque estuvo muy cerca del palco oficial y que muy amablemente aceptó acercarse a las cámaras de nuestro canal. Cuéntenos, señor. ¿Qué es lo que vio usted?...


La mujer cambia.
Una clase de cocina. Cómo cocinar el congrio, con poco aceite y poca sal.
 
¡Miau!
 
La mujer, rabiosa, eleva el volumen. La clase de cocina ensordece. Esta vez la mujer no juega ningún juego. Clava el televisor en el más alto volumen y lo deja ahí.
El hombre despierta. La mira sorprendido.
La mujer le devuelve la mirada. Lo desafía.
El hombre le dice algo. No se escucha qué. Debe repetir, a los gritos.
 
Ho0mbre: ¡Más bajo, dije!.


La mujer baja el volumen hasta lo inaudible. El televisor sólo emite imágenes.
 
Hombre: ¿Qué es lo que pasa?. ¿Se volvió loca?.
 
Mujer: Un gato. Un gato me está volviendo loca a mí.


Hombre: ¿Un gato?.


Mujer: Un gato. Usted duerme. No tiene problemas. No escucha o. No sé. Pero a mí me despertó. Maúlla como un bendito. Pegué un salto así en la cama. El corazón me latía de una manera que. Ya lo va a oír. Espere.


Esperan.


Hombre: Oigo el mar. El oleaje.


Mujer: El mar no molesta.


Hombre: Gaviotas.

El hombre no resiste la espera. Se duerme.
La mujer lo advierte.
 
Mujer: Aguante un poco, por favor.


El hombre asiente con la cabeza: no se va a dormir. Pero no puede remediarlo.
La mujer lo sacude. Brusca.
 
Mujer: ¡Caballero, le estoy pidiendo que!.
 
¡Miau!.
 
Mujer: ¡ Ahí lo tiene!. ¿Oyó?.


Hombre: Oí. Miau. Eso es un gato.


Mujer: ¡Vaya la novedad!. Un gato, claro que sí. ¿Y qué le parece?. ¿Se puede dormir?. A mí me puso muy nerviosa. Recién tuve que ir a hacer pis y ahora tengo ganas de nuevo.


El hombre deja el lecho con movimientos tardos, frenado por el sueño. Se sienta en el borde y toma aliento. También está desnudo. Cuerpo magro. Costillas marcadas. Hombros, brazos y piernas huesudas. Pelos en el pecho.0
 
Mujer: ¿Qué va a hacer?.


Hombre: Voy a mirar. Por la ventana.
 
El hombre sacude la cabeza para conseguir despertarse. Mete la mano bajo la almohada y retira el arma. Le faltan fuerzas para ponerse de pie.
La mujer enciende la luz del velador. Descubre al hombre que, por fin, se puso de pie. Descubre el arma.


 
Mujer: ¿Es necesario que vaya con eso?.


El hombre se alza de hombros.


Hombre: Costumbres. Viví en lugares donde era muy necesario.


El hombre camina hacia la ventana. Se asoma a la noche.


Mujer: Yo no pude ver nada. Noche muy oscura.
 
¡Miau!.
 
Hombre: Nada. No se ve. ¿Cerramos la ventana?.


Mujer: ¡Jamás!. Ya hablamos de eso. Sufro claustrofobia. Siempre duermo con las ventanas abiertas, invierno y verano.


Hombre: ¿Qué se hace en estos casos?.


Mujer: No me pregunte a mí. No sé nada de gatos. Yo en casa tengo perros. Tres perros. Un bulldog y dos chiquitos así.


Hombre: Ese bulldog casi me devora.


Mujer: Perro bravo. No se queje. No consiguió morderlo.


Hombre: Era mi día de suerte. El viernes es mi día de suerte. En un casino de Mónaco casi hago saltar la banca. Un viernes. Y un viernes viajaba en un avión que se estrelló contra un cerro. Yo me salvé. Esta cicatriz es de eso.


El hombre espera junto a la ventana. Escudriña el oscuro panorama.. Tararea, murrnura en realidad, una canción incomprensible.
 
0Mujer: ¿Qué es lo que está cantando?.


Hombre (canta) La televisión, pronto llegará, yo te cantaré, y tu me verás.


Mujer: ¡Eso es viejísimo!.


Hombre: Qué le voy a hacer. Lo tengo en el repertorio. Oscurísimo. No se ve nada. Nienti. Me parece que no hay luna. (busca en el cielo) No. Solo estrellitas. Tal vez sea un gato negro en medio de una noche negra. Que grita como un negro (festeja con poca energía lo que supone un chiste).
 
Mujer (recita) Noche negra, negra noche que te tragas los alientos.


El hombre la interroga con la mirada.
 
Mujer: Un poema que aprendí en la escuela secundaria.


La mujer ríe.
El hombre no entiende el motivo. Se mira.
 
Hombre: Debo tener monos en la cara.


Mujer: Me hace gracia eso. Eso.


El hombre sigue sin entender. No sabe qué.
 
Mujer: ¡Eso que le cuelga, señor!.


El hombre comprende.
 
Hombre: No será la primera vez que ve un hombre desnudo.


Mujer: Acostumbro hacerlo con la luz apagada. Me pierdo todas las oportunidades de ver una cosa así. Ay, mire qué conversación. Me pongo colorada, me arden los cachetes de tanta vergüenza que me da.


Hombre: Largo como tren de carga.


La acotación desconcierta a la mujer.
 
Hombre: Y como manga de chaleco.
 
La mujer tarda unos segundos en captar la paradoja. Estalla en carcajadas.
 
Mujer: Qué ocurrencia, dios mío. Larga como. Repítalo, por favor. Larga c0omo.
 
Hombre: Como tren de carga.


Mujer: Como tren de carga (carcajadas).
 
Hombre: Y como manga de chaleco.


Mujer: Como manga de chaleco (carcajadas).
 
La mujer se tranquiliza.
 
Mujer: Usted me va a hacer morir de vergüenza.
 
Hombre: Fui habitué de un campo nudista. En Brasil. Todas las mulatas, y los mulatos, en bolainas. Pero el tigre no rugía. El tigre que uno tiene adentro. Costumbres. Uno se habitúa.


Mujer: Tuteame.


Hombre: Y en Finlandia iba a los baños. Las nórdicas blanquísimas sentadas aquí, al lado. Piel de marfil. El tigre tampoco rugía.


Mujer: Habíamos quedado en tutearnos.


Hombre: Habíamos quedado. Sí. Me cuesta. Tanto tiempo tratándola de usted.
 
Mujer: ¿Qué piensa hacer con ese gato?.


Hombre: No me tuteó.


Mujer: Cuesta. Tiene razón. ¿Si le pega un tiro?.


Hombre: ¿Al gato?.


Mujer: Claro. Con esa cosa que tiene ahí.


Hombre: Yo no mato animalitos. Soy incapaz. Ni una cucaracha. Por mi casa andan por el suelo y yo camino en puntas de pie, para no aplastarlas.



Mujer: ¡Mentiroso!. Mi marido ya (se frena, no le parece oportuna la mención).
 
Hombre: Ya le hubiera tirado.


Mujer: Le hubiera tirado, sí. Nunca desaprovecha la oportunidad de tirarle a algo.
 
Hombre: Reflejos de cazador.


Mujer: Vive para eso. Para la caza. Es su pasión.


Hombre: Tiene buenas armas. Pude echarles un vistazo. De lo mejor. Buen material.


Mujer: Las compra en Bruselas. Se gasta fortunas en eso.


El hombre se estremece.
 
Mujer: Venga aquí. Tiene frío.


Hombre: Tengo. Es una noche fresca.


El hombre recoge su camisa. La rescata del montón. Antes de cubrirse los hombros, la examina con mucha atención.


Mujer: Estoy harta de cocinar liebres y perdices. Imposible quitarle ese gusto de animal salvaje que tienen. Cada vez que sale de caza trae toneladas.


Hombre : Mire cómo se ensució este cuello.


Mujer: Es blanca.


Hombre: Me la puse hoy. Esta mañana.


Mujer: Ese es el precio. Yo a mi marido le compro de color. Bueno, le compraba.


Hombre: Las camisas blancas quedan más elegantes.


El hombre se cubre los hombros con la camisa. Es de faldón largo, le cubre casi hasta las rodillas. Le tapa el sexo.
 
Mujer: Le queda ridículo.


Hombre: Al menos tapa el pirulín. A usted la hizo reír.


Mujer: Parece un. No sé. Un camisón. ¡Un baby doll!.


Hombre: Me gustan blancas. No me van a hacer cambiar de opinión. Buen tipo. Su marido.


Mujer: Opiniones. Los empleados lo quieren. Y lo respetan.


Hombre: Buena señal.


Mujer: Me gustaría que estuviera aquí. Ahí parado. Donde está usted.


Hombre: ¿Aquí mismo?.


Mujer: ¿Qué diría?. ¿Qué se le ocurre a usted?.


Hombre: Depende del carácter.

Mujer: Usted lo conoce. Mal carácter.


Hombre: Escándalo. Es el feliz propietario de una Luger. Tal vez le pegue un tiro.


Mujer: Tal vez. Duerme con esa Luger. Igual que usted.


Hombre: No es una Luger. Esto es algo más modesto. Una MAB 9 milímetros. Un cachivache vetusto.


Mujer: Esa Luger siempre está brillante, Se pasa el día frotándola con una franela. La lleva en la cintura. Dice que así se siente seguro. Que se protege de los ladrones.
 
La mujer mira la hora en su reloj pulsera.
 
Mujer: ¿Sabe cuánto hace que estoy despierta?.


Hombre: No se me ocurre.


Mujer: Ese gato me despertó a las.


Hombre: El mar también se escucha.


Mujer: Eso no causa ninguna molestia. No puede comparar.


Hombre: Me gusta ese rumor. Run, run. Me hace acordar a mi infancia.


Mujer: Usted nació aquí..


Hombre: Aquí, no. Cerca. Un pueblito que está a cuarenta kilómetros, más o
menos (señala) Para adentro. Lejos de la playa. Pueblo ganadero.


Mujer: Si conoce tanto la zona por qué me trajo por esos caminos tan terribles.


Hombre: Precisamente. Tomé por donde nadie conoce. Ganamos kilómetros. No se imagina cuántos.


Mujer: El coche andaba a los tumbos. Tuve miedo de golpearme la cabeza contra.


Hombre: Son caminos de tierra. Descuidados, con pozos. Todo está muy cambiado. Antes se transitaba mejor.


Mujer: Cuánto tiempo pasó.


Hombre: Años. Me fui a hacer el servicio militar y no volví más. Hay lugares que ya no reconozco. Este, por ejemplo. Se transformó en un balneario de moda. Antes nos bañábamos desnudos. Lindos recuerdos.


Pausa.


Hombre: Me hace falta dormir un poco más . Siento cansancio.


Mujer: Fue un día de mucho traqueteo.


Hombre: Me levanté muy temprano. Madrugué.


Mujer: ¿Cuántas horas viajamos?.


Hombre: Menos que si hubiéramos tomado la autopista cargada de automóviles. La gente está de vacaciones.
 
¡Miau!.
 
Hombre: ¡Bueno!. ¡Ahí lo tenemos al muchacho!.


El hombre mira por la ventana.


Hombre (saluda al gato) ¡Hola!.
 
Mujer: Estremece. Parece un alma en pena. En medio de la noche es peor.


Hombre: Debe ser una gata en celo.
 
Mujer: Yo también soy una gata caliente. Pero no grito. Soy mas bien calladita. Lo pudo comprobar.


El hombre se dirige a la cama.
 
Hombre: Llame al conserje.


Mujer: Llamá al conserje.


El hombre se mete en el lecho. Antes, se desprende la camisa, que tira por cualquier parte.


Hombre: Llamá al conserje. El sabrá lo que hay que hacer con ese gato.


Mujer: Gata.


Hombre: Gata (cierra los ojos, quiere dormir) Please. Take it easy, baby.


Mujer: Pronuncia muy bien el inglés.


Hombre: Es el idioma que hay que saber para moverse por el mundo. Otro no entienden.


La mujer mira el teléfono. No se decide.
 
Mujer: Qué número habrá que marcar.


Hombre: Pruebe con el cero. Es lo más común.


Mujer: ¡Probá!.


Hombre: No me torture. Pruebe, pruebe. Es lo que me sale.


El hombre, acorralado por el sueño, se acomoda en el lecho. Le da la espalda.
La mujer marca el cero en el teléfono. Escucha un rato. Cuelga.
 
Mujer: No es el cero. Llama pero no atiende nadie.


El hombre no le responde. Ya duerme.
La mujer se fastidia. Estira el brazo y apaga la luz del velador. También se
acomoda para dormir.
Un minuto de silencio, de calma. Acaso se oye una gaviota.
 
Golpean a la puerta.
 
La mujer abre los ojos. Dilema: no sabe si debe responder. Levanta la cabeza
para escuchar mejor. Parece un náufrago a punto de gritar, pidiendo socorro.
Vuelven a golpear.
 
Mujer: ¿Quién es?.


Voz de Riqui: Conserjería, señora. ¿Usted llamó?.


La mujer vacila. No se atreve a contestar.
 
Voz de Riqui: ¿Llamó, señora?.


Mujer: Sí, sí. Llamé recién.


Voz de Riqui: Disculpe. Estaba lejos del teléfono. ¿Qué es lo que necesita?.


La mujer teme despertar al hombre. Decide dejar la cama.


Mujer: Un momentito, por favor. Ya lo atiendo.


Voz de Riqui: Ricardo, señora. Pero me llaman Riqui. Llámeme Riqui. Todos me conocen por Riqui. Si pregunta por Ricardo no van a saber quién es.


La mujer enciende la luz del velador. Se cubre con el toallón, arrollado en el pecho. Abre la puerta, apenas. Espía por la hendija.
 
Mujer: Hable más bajo, por favor. Mi marido duerme.
 
Voz de Riqui: Corrí para atender pero no llegué a tiempo. Usted ya había cortado. Estaba regando las plantas. Hace mucho que no llueve. Mejor para el turismo pero mortal para el jardín. Todo seco.


Mujer: Escuche, Ricardo.


Voz de Riqui: Riqui.


Mujer: Riqui. Hay un gato que molesta.


Voz de Riqui: No es el del hotel. No tenemos gatos en este hotel. No tenemos ninguna clase de animal, señora. Siempre traen molestias. Debe ser el gato de los vecinos. ¿Negro?.


Mujer: No sé. No lo pudimos ver.


Voz de Riqui: Raro. No había molestado hasta ahora. Creíamos que se había muerto. Esta es una zona de perros feroces. Agarran un gato y.


Mujer: ¿Qué va a hacer?.


Voz de Riqui: Espantarlo. Todos los veranos tengo que correrlo a piedrazos. ¿La cupé Porsche es suya?.


Mujer: ¿La qué?. No le entiendo.


Voz de Riqui: De su marido, digo.


La mujer sigue sin entender.


Voz de Riqui: La cupé azul que está estacionada en la entrada.


Mujer: Ah, sí. Es nuestro auto. Es azul.


Voz de Riqui: Lindo auto, señora. Lo estuvimos mirando, con el sereno. Una joya. Caja de quinta.


Mujer: Muy cómodo. Écheme a ese gato, por favor. Quisiera seguir durmiendo.


Voz de Riqui: ¿Necesita pastillas?.


Mujer: Tengo. Gracias.


Voz de Riqui: Quisiera moverle el coche. Estacionarlo mejor. No está en buen lugar. Muy cerca de la puerta de entrada.


Mujer: El valet-parking lo puso ahí.


Vos de Riqui: ¿El rubio?.


Mujer: No me fijé. Sí. Tal vez rubio. Un muchachito.


Voz de Riqui: Ese es un idiota, señora. Un chico medio tonto que no entiende nada. Más al fondo del garaje hay una cochera que yo reservo para los buenos clientes. La mejor. Ahora está estacionado justo debajo de un árbol. Mañana a la mañana, cuando los pájaros se despierten, se lo van a ensuciar con caca. ¿Me da permiso?. ¿Puedo moverle el auto?


Mujer: Si le parece conveniente.


Voz de Riqui: ¿Su marido?.


Mujer: Duerme.


Voz de Riqui: ¿No le podemos preguntar a él?.


Mujer: No.


Voz de Riqui: ¿Usted me autoriza?.


Mujer: Lo autorizo. Hágalo.


Voz de Riqui: Yo creo que en una recta larga ese coche levanta más de 300. Saliendo de aquí tienen una de 253 kilómetros exactos. Tiene que pasar la rotonda y a los tres o cuatro kilómetros empieza la recta. Dígale a su marido que ahí puede exigirlo a fondo. Mejor al mediodía. Casi no hay tránsito. ¿No quiere pastillas?.


Mujer: No quiero. Riqui: espante a ese gato.


Voz de Riqui: Cualquier cosa marque el 25. Estoy más cerca de ese teléfono. Atiendo enseguida. Buenas noches, señora. Qué descanse.


Mujer: Gracias.


El muchacho se va.
La mujer se desprende de la prenda y, desnuda, se mete en la cama.
 
Hombre (habla con los ojos cerrados) Habría que haberle dado propina . La estaba pidiendo a gritos.


Mujer: ¡Me lo podría haber dicho antes!.
 
Hombre: En el bolsillo del saco tengo dólares en billetes chicos. Con dos dólares se conformaba. Es una buena propina, aquí y en cualquier lugar del mundo.
 
Mujer: Mañana a la mañana le damos.


Hombre: Mañana a la mañana no va a estar. Ese chico cubre la noche. Amanece y se va.


Mujer: Salimos temprano.


Hombre: No tan temprano. No hay motivos para madrugar otra vez.


Mujer: Lo llamo.


Hombre: Quédese quietita. Igual va a hacer todo. Parece buen pibe.


Mujer: Sí. Bonito. Ojos transparentes. Un sol.


Afuera, en el garaje, ponen en marcha al Porsche: ¡run, run!.
 
Hombre: . Ahí se está ocupando del auto.


El Porsche arranca, con todo. Chirrían los frenos.
 
Mujer: ¿No le preocupa que?.


Hombre: No le tiene tomada la mano. Clava mucho los frenos.
 
Ponen la marcha atrás: clac, clac. El coche retrocede y el motor vuelve a bramar y los frenos a chillar. Estacionan. El motor regula, sordo.


Hombre: Ese chico maneja mejor que yo. Yo, con una sola maniobra, no lo meto en ninguna parte.


El motor del Porsche ronronea. Lo aceleran, lo dejan regular, vuelven a acelerarlo.


Hombre: Ahora está jugando. Lo acelera en vacío. Pésimo para ese auto.


Mujer: ¿Quiere que?.


La mujer tiende a usar el teléfono.
El hombre la frena.


Hombre: Natural. Es un chico. ¿Diecisiete años?. Puede cometer tonterías. Todavía.


Mujer: Yo le doy un poquito más. Diecinueve.


Hombre: Diecinueve años. Lo mismo. Un chico. Qué se le puede pedir. ¿Mesura?. ¿Templanza? (grita a la ventana) ¡Llevátelo pibe!. ¡Enfilá para la calle y llevátelo!.


Mujer: ¡ Pero usted se volvió loco!. ¡Desvaría!.


El hombre ríe, divertido.
Una acelerada final, a fondo. Luego apagan el motor.
 
Hombre: No se animó a llevárselo. La juventud no siempre es atrevida, señora. A éste le faltó coraje. Hábitos burgueses.


Mujer: ¡Tuteame!.


¡Miau!.
 
Mujer: ¡Ahí está de nuevo!. Espero que ahora ese chico se ocupe de ese gato.


Hombre: Dele tiempo. No sea impaciente.


La mujer deja la cama, se cubre el pecho con el toallón y va a la ventana. Mira afuera, con atención.


Mujer: La brisa mueve las ramas de los árboles y crea figuras muy raras. Parece que lo veo y no lo veo. Todo se confunde. Luces y sombras.


Silencio.
La mujer, junto a la ventana, aguarda. Siempre mirando afuera.
El hombre la observa.


Hombre: Desinit in piscem mulier formosa superne.


Mujer: Latín.


Hombre: Latín.


Mujer: Yo estudié algo de latín. En la escuela. Materia obligatoria. Nadie aprendió nada.


Hombre: Bachiller. Medalla de oro. Aquí, en el pechito. Mamá lloraba de emoción. Papá también. Unas lagrimitas de hombre.


Mujer: Maestra normal. Nunca ejercí. ¿Qué quiere decir?.


Hombre: Acaba en forma de pez la mujer, bella en su parte superior.


Mujer: ¿Usted me está viendo los? (se mira, preocupada).
 
Hombre: Se le ven, señora. Uno no es de fierro. Buenas tetas.


Mujer: ¡No sea grosero!.


El hombre las encuadra con las manos. Todo un director de cine.
 
Mujer (se cubre mejor) ¡Deje de hacer eso que me da vergüenza!.
 
Silencio. Se siguen mirando. Se entienden.
 
Hombre: Venga.


La mujer sonríe. Acepta. Va a ir .


Hombre: ¿Luz apagada o luz prendida?.


Mujer: Luz apagada. No me lo haga repetir. No me lo hagas repetir.


El hombre estira los brazos, la invita a zambullirse. La mujer se arroja. Se abrazan.
 
Hombre: ¡Benvenuta!.
 
Mujer: La luz.
 
El hombre estira el brazo, apaga la luz. Oscuridad.


¡Miau!.
 
Hombre: ¡Pero andate a la puta que te parió!. ¡Gato de mierda!.


Ríen. Pero no ceden en sus intenciones. Se besan, se acarician.
La mujer monta al hombre. Se tapan con las sábanas, a los manotones. El hombre desaparece debajo; de ella se ve sólo una pierna desnuda y la mano de él que le acaricia los muslos.
Gemidos y suspiros. Alguna palabra de amor (dady, por ejemplo).
 
¡Miau!.

De pronto la mujer surge entre las sábanas. Enojada. Se separa del hombre y ocupa su lugar en el lecho. Se acuesta boca arriba. Resopla fastidio, molestia, rabia.
 
Mujer: Perdóneme, pero no voy a poder.. Imposible concentrarse. No es cuestión de voluntad. Una pone ganas, pero no. No voy a poder. Estoy segura de eso. Para qué insistir. No soy de piedra. ¿Cómo hacen ustedes los hombres para?.


Hombre: Tratamos.


Mujer: Con eso no me alcanza. Bueno, a las mujeres no nos alcanza. ¿Quién puede concentrarse con ese coro detrás?. Miau, miau, miau. Mierda de gato. Los envidio. Ustedes siempre listos, siempre dispuestos a. Aunque llueva o truene.


¡Miau!
 
Mujer: ¡Infatigable!. ¡Pulmones de acero!.


La mujer advierte algo que le llama la atención. Acerca la mano a la entrepierna del hombre. Con cuidado. Palpa, después acaricia.


Mujer: Hummm.


Hombre: Afeitado y sin visitas.


Mujer: ¡Pobrecito!. Lo dejé con las ganas. ¿Quiere que lo alivie?.


El hombre la aparta, cálido.


Hombre: Quietita, señora.


Mujer: Pero puedo hacerle algo que. Me da lástima.


El hombre le retiene la mano.


Hombre: No soy un soldado hambriento, que vuelve de la guerra.


Mujer: Y yo no soy una máquina. Estoy hecha de sangre, huesos y nervios. Mi marido es igual que usted (se tapa la boca, no quiere o no quiso hablar del marido: se le escapó) Bueno, todos los hombres son iguales. Nada les hace mella.


¡Miau!.
 
Mujer: ¿Habrá ido ese chico a tirarle el cascotazo?. Me parece que se quedó jugando con su auto y se olvidó de lo que había prometido.


¡Miau!.
 
El hombre la acaricia.
 
Hombre: Yo insistiría.


Mujer: No.


Hombre: Un esfuerzo.


Mujer: Me niego. Nos exponemos al fracaso.


La mujer, alterada, manotea la mesa de noche hasta encontrar el interruptor del velador. Enciende la luz. Marca el 25 en el teléfono.
 
Mujer: . ¿Le ofrezco una propina?.


Hombre: No. Ya pasó la oportunidad para eso. Debe tener su orgullo. Se la va a rechazar.


La mujer espera que la atiendan.


¡Miau!.
 
Mujer (masculla con rabia) ¡ Bendito dios!.


El hombre deja la cama. Desnudo, se acerca a la ventana. Tararea. Como siempre, no se le entiende qué. Mira afuera.
 
Mujer: Espere que grite. Tal vez lo puede ubicar.. ¿Qué es lo que canta?.


Hombre: Una guaracha, que yo bailaba en carnavales.
 
¡Miau!.
 
El hombre fuerza la vista. Intenta ubicar al gato.
 
Hombre: Imposible. Noche negra, noche cerrada. Cómo era su versito.


Mujer: Me dijo que marque el 25. Usted lo oyó. Marqué el 25 y no me atiende (grita por el auricular, llama) ¡Riqui!.


La mujer se cansa de esperar. Corta la comunicación (un golpe) y vuelve a marcar con dos manotazos.
El hombre vuelve a sentir frío. Vuelve a cubrirse con la camisa blanca. Antes, echa un vistazo al cuello sucio.
 
¡Miau!.


Hombre: Tengo frío.


¡Miau!.
 
Otro intento del hombre por ubicar al gato. Nuevo fracaso.
 
Hombre: Parece estar por allá, donde hay unos árboles muy frondosos.
 
Mujer: Estamos jodidos, amigo.


La mujer cuelga el auricular. Un golpe.
 
Mujer: Riqui nos falló. No contesta.
 
El hombre se aleja de la ventana.


Mujer: ¿Dónde va?.


Hombre: Al hipódromo.


Mujer: ¡Déjese de bromas que estoy a punto de reventar!. ¿Dónde va usted, digamé?.


Hombre: Voy al baño, señora. Dónde se le ocurre que puedo ir. Me orino.


Mujer: Vaya. No lo detengo. Yo de nuevo tengo ganas. Los nervios. Los nervios me descompensan.

El hombre se encierra en el baño.


¡Miau!.
 
La mujer manotea el control del televisor. Lo enciende. Estallido de luz y sonido. La mujer ajusta el volumen.
 
Una mujer, declara entre sollozos: ...Sé que él quería dejar esta actividad. Me lo confesó hace muy poco. La política era su vida pero parecía cansado, un poco desilusionado, diría yo. Jamás creí que iba a oírle confesar semejante cosa. Mi marido era un luchador. No siempre le había ido bien en la vida.
Periodista: ¿Recibió amenazas?.
La misma mujer, más calmada: No, no. Por lo menos a mí nunca me dijo nada.
Periodista: Se está investigando eso, señora.
Otro periodista: Las hubo. Hubo amenazas. Pero habrá que ver qué seriedad tienen. Todo hombre público está expuesto a...


La mujer cambia de canal. El canal alemán Deutsche Welle. Noticias.
 
¡Miau!.
 
Locutora: Heute Morgen kamen Nachrichten aus Südamérica von einem Attentat dessen Flogen der Tod eines offiziösen Presidentenkandidat wäre .
Es gibt bis jetzt wenige Daten die den Gewaltakt aufklären könnten, aber die Polizei behauptet es sei das Tuhen eines einzelen Freischützen. Dieser hatte sich versteckt in einem der Häuser die das Redenerpodium umgeben, wo das Opfer des Atentadse als Hauptrerdener gerade seine Ansprache hielt...


La mujer cambia de canal.
 
Un funcionario hace declaraciones: Lo dijo el mismo John Kennedy: el que quiere matar a un presidente sólo tiene que comprarse un fusil con mira telescópica y tener el coraje de usarlo. Fíjese la paradoja, lo dijo un presidente que como nuestro compañero fue asesinado por...


El hombre sale del baño. Observa el televisor. El funcionario sigue con sus declaraciones.
 
Funcionario: ... Un loco, un sicópata igual que éste que disparó esta mañana fue el que mató a ese gran hombre que fue John Kennedy, y un loco y un...


Hombre (una orden) ¡Cambie eso!.


La mujer responde a la orden con un movimiento reflejo: cambia de canal. Una película policial. La escena de la refriega. Balazos y más balazos. Corridas. Gritos e insultos en inglés.


Mujer: Pasó algo muy importante.


La mujer cambia de canal.
 
Una periodista informa: ... Aunque no se cuenta todavía con la información oficial...


Mujer: Mire. Ahí están mostrando la foto del...


Periodista: ...Se sabe que e l jefe de policía dará una conferencia de prensa dentro de unos minutos. Parece que ya se ha descubierto el lugar desde donde disparó el asesino y es desde una de las ventanas de ese edificio que en este momento está enfocando la cámara de este canal...


Mujer : ...Político que mataron. Un hombre joven.


Hombre: Cambie. No me interesa.


El hombre se dirige adonde dejó su ropa amontonada.


Una periodista informa: ... Son oficinas momentáneamente desocupadas, que hasta hace muy poco usaba una compañía naviera que...


Mujer: Le pegaron un tiro en la cabeza.


Hombre: No me extraña. Este es un país de salvajes. ¿Le interesa tanto?.


Mujer: No, no. No me interesa nada. La verdad.


La mujer cambia de canal. La Filarmónica de Londres. Mozart.
 
Hombre: Mozart. Muy bien. Eso es mejor.
 
¡Miau!.
 
Hombre (grita, a la ventana) ¡Silencio, muchacho!. ¡Más respeto! (le señala el televisor) El maestro.


El hombre busca en los bolsillos de su saco.


Mujer: ¿Mozart?.


Hombre: Mozart. Sí, señora. Mozart (tararea la Sinfonía N° 29; acompaña a la orquesta, la dirije unos instantes).
 
Mujer: Yo no sé nada de música. Mi marido dice que yo (se muerde los labios, se enoja por haber mencionado a su marido).


Hombre: No hace falta saber. Disfrútela. Eso es lo importante.
 
El hombre encuentra lo que busca: un atado de cigarrillos. Lo abre.
 
Mujer: Qué me dice del mocoso. No atendió el teléfono.


Hombre: A lo mejor fue a regar las plantas del fondo. Este hotel tiene un jardín enorme. Una cuadra de largo. Llega hasta casi la playa. ¿Un cigarrillo?.


Mujer: Sí, gracias. ¿Por qué lo defiende tanto?.


Hombre: No sé. Espíritu de cuerpo. Yo también trabajé en un hotel. En Tánger.


El hombre enciende dos cigarrillos a la vez. Entrega uno, ya encendido, a la mujer.
 
Mujer: ¿Tánger?.
 
Hombre: Tánger. Marruecos. Hotel de cinco estrellas. Magnífico. Mucho lujo. Mármoles, cortinados, pista para helicópteros y cualquier cosa que se le ocurra pedir. Me contrataron para que me ocupe más o menos de las mismas cosas. Estacionaba los mercedes de los árabes y atendía a las mujeres histéricas que llamaban a la noche porque.


Mujer: ¿Por qué?.


Hombre: Bueno, siempre tenían algún motivo de queja.


Mujer: ¿A usted le parece que ese gato me está molestando solo a mi?.
.
Hombre: Yo dormía como un angelito.


Mujer: ¡Pero yo no! (presta atención) ¿Qué pasa que dejó de maullar?. ¿Será para hacerse ilusiones?.
 
Hombre : Mozart calma a las fieras. Está comprobado.


Mujer: Fue el chico. Lo echó, lo espantó.


Hombre: Se ganó la propina.


Mujer: Siento pena. Debí haberme dado cuenta.


Hombre: Una vez un inglés me dio cincuenta libras esterlinas. Una fortuna para esa época. Solo porque le hice un favor.


Mujer: ¿Qué clase de favor?.


Hombre: Un favor pequeño, que no valía cincuenta libras. Yo quise devolvérselas. Estaba seguro que se había equivocado, que metió la mano en el bolsillo y me dio lo primero que encontró. Pero él no quería escucharme. Me echaba. Me hacía así: ok, ok, ok. Y no miraba las cincuenta libras que yo le mostraba.


Mujer: ¿Qué hizo?.


Hombre: Me las guardé. Imposible convencerlo. Era como horadar la roca con un alfiler. Inglés cabezadura.
Mujer: ¿Qué hizo con tanta plata?.


Hombre: De cabeza a los burdeles. En esa época yo tenía dieciocho años y sólo pensaba en mujeres. Las putas de Tánger son (termina la frase con gestos de admiración).
 
Mujer: Manjares.


Hombre: Manjares.
 
El hombre mira la hora en uno de sus relojes.
 
Mujer (burlona) ¿Tiene hora?.


Hombre: Temprano. Todavía nos queda un tiempito. Podemos dormir algo más..


Mujer: Su hermana, lo que es yo.


Hombre: Tengo un remedio.


Mujer: Sedantes. O un palazo en el medio del coco. Yo tengo valium en la cartera.


Hombre: Nada de pastillas, señora. Hay que dejar la televisión encendida, pero sin sonido. Produce un efecto hipnótico. Uno la mira y poco a poco se va quedando dormido. Hay que dormir, mañana seguimos viaje.


Mujer: Duerma usted, que es el que maneja. Bostezaba cuando vinimos para acá.


Hombre: Día difícil. Ya le dije.


El hombre corre a meterse en la cama.


Hombre : Baje el sonido.


La mujer baja el sonido del televisor. Solo resplandece la imagen.
 
Hombre: Yo lo probé. Un millón de veces. Y siempre me dio resultado.


Mujer (pita con deleite) ¿De dónde sacó esta delicia?.


Hombre: Me los traen del África. Amigos. Me acostumbré a fumarlos y conozco gente que viaja y me hace el favor.


Mujer: Fuertes.


Hombre: Tabaco puro, señora. Nada de filtros. Raspa aquí, en la garganta.


Mujer: ¿Nunca se acostó con una negra?.


Hombre: ¿Y usted?. ¿Se acostó con un negro?.


Mujer: Nunca viví en el África. De dónde quiere que saque un negro.


Hombre: Allá no hay más remedio. Aunque a veces uno tiene suerte y puede echarle mano a la mujer de algún diplomático. Se mueren de aburrimiento. O viven aterrorizadas, encerradas en sus residencias y desconfiando de todo el mundo. Con esas hay que tener mucha paciencia. Las asusta el África. Los bichos, el calor. Piensan que se van a pescar una peste con solo poner un pie fuera de la casa.


Mujer: Tengo amigas que suspiran porque las secuestre un negro grandote y.


Hombre: Mujeres sabias. Saben soñar . Los negros son muy buenos en la cama. Lo dicen las negras, y a ellas hay que creerles. Tienen experiencia.


Mujer: En realidad yo tuve pocas aventuras. En realidad, ninguna. Jamás le hice esto a mi marido. Tuve un par de noviecitos y enseguida lo conocí a él, que me pescó muy jovencita y muy inexperta. De la cuna a la tumba. Casi. Yo me bajé antes.
Seguimos sin tutearnos.


Hombre: No nos sale. Para qué empecinarse.


Mujer: ¿No lo siente como una barrera?. Una distancia. Usted ahí y yo acá.


Hombre: No. No me parece.


Mujer: ¿No?.


Hombre: No.


La mujer se estremece de ternura. Lo abraza.


Mujer: A mí tampoco me parece. Seamos espontáneos. Como nos salga.


Hombre: Eso es lo que propongo.


Se besan.


Mujer: Me gustaría volver a intentarlo.


Hombre: ¿Va a poder concentrarse?.


Mujer: El gato nos dejó tranquilos.


Hombre: ¿Luz prendida o luz apagada?.


Mujer: Ya tendría que conocer mis manías. No pregunte siempre lo mismo.


Hombre: ¿Terminamos el cigarrillo, madam?.


Mujer: No, mesié. No tengo tanta paciencia. No me gusta esperar.


Hombre: Apague la luz.


Van a aplastar los cigarrillos, cada uno en su cenicero.
Golpean a la puerta.
Los dos paralizan el gesto: el brazo extendido. Escuchan, alertas.
Vuelven a golpear.
La mujer lo mira. Pide instrucciones.
 
Hombre (un susurro) El chico.


Mujer (a la puerta) ¿Quién es?.


Voz de Riqui: Yo, señora. Riqui.


Mujer (al hombre, un susurro) Viene por la propina. Tiene el orgullo de una mosca.


Hombre (susurra) Allí tengo . Dos dólares.


Voz de Riqui: No se enoje conmigo. Es importante.


Mujer: No me enojo, Riqui. Ya lo atiendo. Pero me tiene que esperar un minuto.


Voz de Riqui: Espero.


La mujer apaga el cigarrillo y deja el lecho. Se cubre con el toallón. Va hasta donde se encuentra la pila de ropas del hombre. Búsqueda infructuosa. No encuentra nada.
 
Mujer: ¿En qué bolsillo tiene ese dinero?.


Hombre: En el saco.
 
Mujer: ¡ Tiene de todo!. Plata. Monedas. Escarbadientes. Qué desorden, por dios.


Hombre: Esas son liras. No sirven. Dólares. Son verdes.


Mujer: Sé cómo son los dólares, señor. Yo le hago los trámites bancarios a mi marido. Manejamos dólares. Pero qué es lo que tiene aquí. ¿Qué es esto?. ¡Balas!.
 
El hombre se desentiende del hallazgo.
 
Mujer: Pero por qué lleva balas en el bolsillo.


Hombre: Cuestión de comodidad.


Mujer: Es peligroso. Usted tiene que saberlo. No se juega con. Aquí tiene los dólares.


Hombre: Dos.


Mujer: Ya me lo dijo. Dos. Y le voy a dar dos.


La mujer rescata dos dólares de un manojo. Guarda el resto, un montón de billetes arrugados.
 
Mujer: Después me voy a ocupar de hacerle un poco de orden en estos bolsillos. El dinero debería llevarlo en una billetera.


Hombre: Tengo. De cocodrilo.


La mujer no le presta atención. Va a la puerta. La abre: una hendija. Por ahí pasa los dólares.


Mujer: Tome. Esto es para usted, Riqui.
 
Voz de Riqui: Gracias. Estuvo la policía.


La palabra policía actúa de detonante.
El hombre sorprende a la misma mujer cuando salta de la cama – pistola en mano -, y rápido, de un salto, llega al placard. Lo abre, con violencia. De adentro saca un rifle. Sofisticado, mira telescópica. Con un arma en cada mano se acerca a la puerta. Habla a través de la hendija.
 
Hombre: Cuénteme, muchacho. ¿La policía?.


Voz de Riqui: Hola, señor.


Hombre: ¿ Riqui?.


Voz de Riqui: Riqui, sí señor. Me llamo Ricardo, pero todos me dicen Riqui. ¿Estaba despierto o lo desperté yo?.


Hombre: Me desperté por la sed. Tengo la boca seca.


Voz de Riqui: Tiene agua en el frigobar. ¿Buscó?. También tiene gaseosas y cerveza. Whisqui.


Hombre: ¿Estuvo la policía, Riqui?.


Voz de Riqui: Sí, estuvo. Recién. Hace un ratito que se fueron.


Hombre (a la mujer, una orden) Diez dólares más.


La mujer va en busca del dinero.
El hombre, más tranquilo, deposita el rifle junto a la pared. Sigue con la pistola en la mano.


Hombre: Cuente, muchacho.
Voz de Riqui: Vinieron a inspeccionar su auto. Casi todos eran policías de la zona, del destacamento regional. Menos uno de civil que me trató muy mal. Me echó, no me dejó mirar. Y eso que el oficial es amigo. Jugamos juntos al fútbol. El me mostró el papel que traían, con los datos de su Porsche. Parecía un telegrama. Un papel todo lleno de sellos y firmas. Lo anduvieron buscando por todos los hoteles y al fin lo encontraron aquí. Tuve que meterme en la oficina, qué le iba a hacer. Pero desde la ventana pude ver lo que hacían. Primero anotaron el kilometraje. Después levantaron el capot, le revisaron el motor. Querían el número.


La mujer encontró los diez dólares. El hombre estira la mano, se los reclama. Ella se los da y él los retiene en las manos.


Voz de Riqui: Al final le abrieron el baúl. Sacaron la rueda de auxilio y el críquet, pero adentro de ese baúl usted no tiene más nada. Terminaron y vinieron a la oficina. El petisito me pidió el registro de pasajeros. Ahí figura que ustedes llegaron anteayer. Y por la mañana. Yo me quedé callado. Mudo como una estatua. Ni se me ocurrió decirles que llegaron anoche, que el pavote que los anotó se equivocó en todo. En el día y en la hora. El de civil puso cara triste y le dijo al oficial, a mi amigo: «no puede ser». Mi amigo le contestó: «no, no puede ser. La mujer desapareció ayer. Así que». Enseguida se fueron. Voy a dejar pasar un rato y voy a llamar a mi amigo. El me va a decir qué es lo que está pasando.


Pausa.


Voz de Riqui: Disculpe, señor, pero me pareció importante.


El hombre, sin decir palabra, le ofrece los diez dólares, que hace pasar por la hendija.


Voz de Riqui: Enseguida le voy a traer agua fresca.
 
Hombre: ¿Tenemos novia, Riqui?.


Voz de Riqui: Varias. Me gustan las chicas.


Hombre: Elija una, Riqui. La mejor. Para invitarla con un trago. ¿Por acá sirven daiquiris?.


Voz de Riqui: Sí, sobre la playa.


Hombre: Las mujeres mueren por los daiquiris.


Voz de Riqui: En Ziblats. Buen daiquiri.


Hombre: Una pregunta.


Voz de Riqui: Sí señor. Diga.


Hombre: ¿Cuándo llegamos nosotros, Riqui?.


Silencio. El muchacho parece no haber entendido la pregunta.
 
Hombre: ¿Cuándo nos vio llegar?. ¿Qué día?.


Voz de Riqui: Llegaron anteayer.


Hombre: ¿A qué hora?.


Voz de Riqui: Por la mañana. El valet-parking les estacionó mal el Porsche. Cuando yo tomé el turno lo acomodé en un lugar mejor.


Hombre (a la mujer, un susurro) Inteligente. Pícaro.


Voz de Riqui: ¿Le traigo el agua?.


Hombre: Traiga, Riqui Le vamos a dar otros diez dólares. Daiquiris con algo para comer.


Voz de Riqui: Gracias. Señor: ¿usted se excedió en la velocidad?.


Hombre: En el último tramo. Quería llegar.


Voz de Riqui: ¿Doscientos?.


Hombre: No. Tanto no me atrevo. Ciento ochenta. El coche me lo pedía.


Voz de Riqui: ¡Ahí está!. Se acabó el misterio. En el puesto de la rotonda le hicieron la boleta y vinieron a cobrársela. Mala gente, señor. Toda mala gente. Se esconden detrás del cartel de coca cola y desde ahí hacen las multas. Pero usted no va a tener que pagar. Puede demostrar que anoche no anduvo por la ruta, que ya estaba aquí, instalado en el hotel. No se preocupe. Los empleados van a declarar en su favor. Nadie los quiere. Los odiamos, señor.


El muchacho se va.
El hombre cierra la puerta.
 
¡Miau!.
 
Hombre y mujer se miran. No pueden creerlo. Se echan a reír. Carcajadas.
El hombre arroja la pistola sobre la cama. Recoge el rifle y va a la ventana. Apunta afuera, a la noche. Busca y busca. Fracasa.
El hombre baja el rifle. Espera que el gato maulle.
 
¡Miau!.
 
El hombre apunta y lo ubica.
 
Hombre: ¡Ahí está!. Mira infrarroja, señora. Esto deja ver en la oscuridad. Fíjese.


El hombre sostiene el rifle y la invita a mirar.

Mujer: La verdad es que no veo nada.


Hombre: El ojo bien pegado aquí, señora. Sin miedo.


Mujer: Es que las armas me dan un. Tendría que estar acostumbrada. En casa les quito el polvo. ¡Ahí lo veo!.


Hombre: Aleluya. Negro.


Mujer: Negro. Un gato negro en la noche negra (ríe)


¡Miau!.
 
Mujer: ¡Cómo arquea el lomo para chillar!. Parece una pantera. Una pantera chiquitita. ¡ Ahí, ahí va a maullar de nuevo!. ¡Se está encorvando!. ¡Ahí va!.


¡Miau!.
 
Hombre: Ya le está conociendo las mañas.


Golpean a la puerta.
Sobresalto.
 
Voz de Riqui: Soy yo, señor. Traigo el agua.


El hombre se tranquiliza. Vuelve a apuntar.


Hombre: Pase.


Mujer: ¡Qué hace usted!. ¡Yo estoy casi desnuda!.


Hombre: Una criatura.


Mujer: Un muchachón, nada de criatura.


Voz de Riqui: ¿Entro?.


Hombre: Pase. Adelante.


La mujer corre y se esconde en el baño. En la retirada arrastra sus ropas, su cartera, que se lleva consigo.
Riqui ingresa al cuarto. Cauteloso. Trae un balde de hielo con una botella de agua adentro. Se detiene. Observa al hombre, que sigue apuntando.
 
Riqui: Le traje una botella metida en hielo. Así se le mantiene bien fresca.


Pausa.
Riqui incómodo.
El hombre apuntando.


¡Miau!.
 
El miau le recuerda al muchacho el compromiso olvidado.


Riqui: Es que ésta es una noche muy movida. Todavía no pude ocuparme de ese gato.


Hombre: Venga. Fíjese dónde está.


El hombre lo invita a mirar por la mira..
El muchacho deja el balde y se adelanta. Pisa como sobre terreno sembrado.
 
Hombre: Ponga el ojo aquí.


Riqui acomoda el ojo.


Hombre: ¿Ve?.


Riqui: Veo muy bien. El jardín. Las plantas.


Hombre: ¿Al gato?.


Riqui: No, no. Al gato no. Eso sí que no. Veo las plantas. Muy cerca.


Hombre: Apunte a la pared del fondo.


El muchacho corrige la dirección. El hombre lo ayuda.
 
Hombre: Levante un poco. Así. Arriba de esa pared. Pegado a un árbol muy grande que.


Riqui: ¡Ahí está!. Lo veo. Lo veo, sí señor. Es el gato del vecino. Es el gato negro del vecino.


¡Miau!.
 
Riqui: ¿Aprieto?.


Hombre: ¿Qué?.


Riqui : El gatillo.


El hombre le quita el arma.
 
Hombre: Tranquilo, Riqui. Que no estamos en la segunda guerra mundial.
 
Riqui: Qué bárbaro eso (se refiere al rifle).


Hombre: La uso para cazar jabalíes. Mañana seguimos viaje al sur. Ahí hay muchos. Sueltos, salvajes. Escondidos en los montes.


Riqui: Jabalíes (no sabe bien de qué bicho se trata).
 
Hombre: Se los caza de noche. Es cuando salen de las cuevas. Hay tiempo para un solo tiro, en medio de la testuz. Si consiguen acercarse, atacan. Atacan al hombre. Los machos tienen unos colmillos asesinos, así de grandes.


Riqui: Hoy a la mañana mataron a un hombre del gobierno con una cosa así.


Hombre: Vimos por la televisión.


Riqui: Parece que le pegaron en la cabeza. Le tiraron desde una ventana. Desde muy lejos. Bien alta la vent.


Hombre: Inventos.


Riqui: Lo escuché en el noticioso.


Hombre: Cuando la policía no sabe, enloquece. Y miente. Pobres. Algo le tienen que decir a los periodistas.


Riqui: Aquí pasa lo mismo. Mataron a la hija del panadero y los del destacamento enseguida acusaron al novio. El novio hacía un mes que se había ido a Barcelona, a visitar a una tía.


Hombre: Una coartada. La mató el novio.


Riqui: ¿Cómo lo sabe?. Fue el novio. Cierto. Había vuelto sin que nadie lo supiera. Pero la policía lo había inventado. No lo sabía.


¡Miau!.
 
Hombre: Mi mujer, que ahora está ahí, metida en el baño, haciendo no sé qué coño, tiene los nervios de punta. Se tomó mil sedantes, Riqui. Pero igual no puede dormir.


Riqui: Yo ya voy a. Y mañana le voy a pedir al gerente que le proteste a los vecinos. No puede ser que todos los veranos tengamos este problema.


¡Miau!.


Riqui: ¡ Le voy a partir el lomo!. Si se le calienta el agua, llámeme. Le traigo más hielo.


El muchacho abre la puerta y sale.
La mujer sale del baño. Se vistió. Se peinó. Se maquilló.
 
Hombre: (burlón) ¿Tiene entradas para la ópera?.


Mujer: Había visitas. Y yo soy muy coqueta.


Hombre: Pensé que podríamos dormir un poco más.


¡Miau!.


Mujer: Escuché que le iban a partir el lomo.


Hombre: Van camino a eso.


Mujer: Prefiero salir de aquí. Este encierro me está haciendo mal. Cuatro paredes. Una cárcel. Me va a atacar la claustrofobia. No respondo. Me vuelvo loca.


Hombre: Yo me escapé de una cárcel.


Mujer: En Tánger.


Hombre: No, no. Fue en otra parte.


Mujer: ¿Qué había hecho?.


Hombre: Una infracción menor. No pagué unos impuestos. Leyes muy severas en ese país. Siete días de calabozo. Aguanté tres. Un moldavo ladrón, moldavo o montenegrino, consiguió abrir la puerta y nos escapamos. Dejamos un turco. Detenido por borracho. Lo dejamos durmiendo.


Mujer: Lo invito a caminar por la playa.


Hombre: Tacos altos.


Mujer: Me descalzo. Me gusta pisar la arena. Yo no tengo tantas oportunidades de ver la salida del sol. ¿Le gusta la idea?.


Hombre: Irresistible. Me gusta el mar.


Mujer: Vístase.


El hombre obedece. Comienza a vestirse.


Mujer: Podemos desayunar donde nos agarre el día. Debe haber algún bolichito abierto.


Hombre: Miles, señora. Los comerciantes aprovechan la temporada. Nunca cierran. Hay turistas que son noctámbulos.


¡Miau!.


Hombre: Algo habrá encontrado en el camino. Y volvió a distraerse.


Mujer: No siga protegiendo a ese Riqui. Me tiene harta.


Hombre: Será que no tuve hijos.


Mujer: Cuénteme. No me deje con la intriga. ¿Se casó alguna vez?.


Hombre: En Tánger se puede tener un harem. Son árabes. Cuatro, cinco, seis mujeres.


Mujer: ¡Mire qué suerte!. ¿Usted se hizo musulmán?.


Hombre: Soy un hombre prudente. O cobarde. No meto la cabeza en la boca del león. Mi mujer era alemana y no aceptaba ayuda de nadie. Me atendía sola.


Mujer: Alemana. ¿Bonita?.


Hombre: Bonita.


Mujer: ¿Lo está esperando?.


Hombre: ¿Dónde?.


Mujer: Le vi el pasaje. No fue culpa mía. Usted me permitió revisarle los bolsillos. Pasaje para Europa. A su nombre y con vuelo reconfirmado.


Hombre: Nadie me espera. Murió hace mucho. Se llamaba Hedda.


Suena el teléfono.
La mujer atiende.
 
Mujer: Hola.


Voz de Riqui (asustado) Señora, aquí hay un señor que quiere hablar con usted.


Mujer: ¿Conmigo?. Debe ser un error.


La mujer cambia miradas de extrañeza con el hombre.
 
Voz de Riqui: Le dije que usted debía estar durmiendo. Le expliqué lo del gato. Pero el me, me, me ordenó que la despertara. De malos modos, señora. Me.


Mujer: ¿Está ahí?.


Voz de Riqui: Sí. Aquí. Ahora salió al jardín. No me creyó mucho lo del gato. Lo está buscando, quiere comprobar si lo que le dije es cierto.


Mujer: Escuche, Riqui. Debe ser una equivocación.


Voz de Riqui: Habitación 102. Insistió: habitación 102.


Mujer: Ese hombre busca a otra persona.


Voz de Riqui: ¿Usted se llama Carolina?.


El nombre es un golpe que sacude a la mujer. Reacciona enseguida. Se recompone.
 
Mujer: Páseme, Riqui.


Voz de Riqui: ¡Señor, señor!.


Mujer (al hombre) Alguien me busca. Pregunta por mí.


Hombre: ¿Policía?.


Voz de Riqui: ¡Venga, señor!. Venga que la señora lo va a atender.


Mujer: No parece. Riqui no me lo dijo.


Voz de Hombre (violento, prepotente) ¡Hola!.


Mujer: Hola.


Voz de Hombre: ¡Ah, hija de mil putas!. ¡Por fin te encontré!.


La mujer cuelga con violencia.
 
Mujer: ¡Mi marido!. ¡La voz de mi marido!. Me insultó.


La mujer, nerviosa, deambula por el recinto sin saber qué hacer. Tropieza con su atado de cigarrillos. Enciende uno. A los manotones.
 
Mujer: Está abajo. En la oficina. Me encontró.


Hombre: Tranquila. Enfréntelo. Pregunte qué es lo que quiere. No es su dueño. No se comporte como una esclava.


Mujer: Le importo un comino. Puedo morirme y él no va a derramar ni una lágrima.


El hombre la interroga con la mirada. Intenta entender.


Mujer: Retiré todos los fondos del banco. Vacié los depósitos. Los tengo conmigo. Lo dejé sin un centavo. Viene a recuperar eso. Lo conozco. Está furioso.


El hombre asiente. Entiende.
 
¡Miau!.
 
Ambos miran la ventana, atraídos por el maullido del gato. Se desentienden enseguida. Vuelven a su problema.
 
Hombre: No había necesidad de hacer eso.


Mujer: Usted en cualquier momento me deja plantada. Como un arbolito, al borde de algún camino. Tampoco le importo. Yo tengo que tener con qué moverme sola. Cuando usted me abandone.


¡Miau!.
 
Un disparo.
 
¡Pum!.
 
Un último maulido del gato. Lastimero, de dolor.
 
¡Miaaauuui!.
 
El hombre se acerca a la ventana. Se asoma, con cautela.
 
Mujer: ¿Lo ve?.


Hombre (asiente) Ajá. Lo veo. Lleva un arma larga en la mano. El Mauser.


Mujer: Su fusil preferido.


Hombre: Acaba de matar al gato. ¡Salvaje!.


El hombre va en busca de su fusil. Vuelve a la ventana.
La mujer toma el teléfono.
 
Mujer: ¿Le pido a Riqui que llame a la policía?.


Hombre (se opone, sin dejar lugar a dudas) Ni se le ocurra, señora. No haga disparates. Easy, baby. Easy.


La mujer deja el teléfono.
El hombre apunta. Busca el blanco en el jardín.
 
Hombre (canto apagado , pero se entiende lo que canta) Yo no me explico, como el perico, teniendo un hueco bajo del pico pueda comer. Yo no me explico (interrumpe para informar) Nos ubicó.
 
Mujer: Riqui le habrá indicado la ventana.
 
Hombre: Con seguridad. Riqui lengua larga.


Mujer: Tenga cuidado.


Hombre (vuelve a cantar y a apuntar) Yo no me explico, como el perico.


El hombre interrumpe su canto: ubicó a su presa. Afina la puntería.
La mujer espía el jardín, sin mostrarse.


Mujer: ¡Apunta para aquí!.


Hombre: Ajá. Puso rodilla en tierra.


Mujer: ¡Salga de ahí usted!. ¡Es infalible!. ¡Es capaz de acertarle a una mosca!.


Hombre: Yo también, señora. Agujereo una moneda a cien metros.


Mujer: ¡¡No!!.


El hombre aprieta el gatillo.
Estruendo. De uno, acaso de dos disparos simultáneos.
 
Oscuro, rápido y total.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Epílogo
 
Es de día. Media mañana.
El cuarto es iluminado por la cruda luz del sol que entra por la ventana. No hay brisa, las cortinas cuelgan inmóviles.
El mar; gaviotas. Canta un pájaro.
El cuarto, muy desordenado, se ve, no obstante, más despejado, porque faltan los dos montones de ropa, del hombre y de la mujer.
Hay signos que delatan que se ha comenzado con la limpieza, interrumpida por el momento porque Paulina se encuentra clavada frente al televisor, interesada en el acoso televisado que un nutrido grupo de periodistas hace de Riqui, atrapado en el justo momento en que éste termina de dar su testimonio ante las autoridades policiales.
Paulina mantiene entre sus manos el tubo succionador de la aspiradora lista para usar pero que, claro, no usa. Escucha con atención las preguntas de los periodistas, asiente, a veces cómplice, a cada respuesta de Riqui. Hasta imita sus gestos.

Reportera 1: En estos momentos está saliendo Ricardo Peña, el empleado del hotel que estuvo cerca de tres horas declarando, en calidad de principal testigo, ante las autoridades policiales y que.
Reportero 3: ¡Riqui, Riqui!. ¡Por favor!. Una palabrita, por favor.
Reportero 1: Los colegas lo detuvieron y parece dispuesto a dialogar con la prensa. Si la cámara me sigue, nosotros también.
Reportero 2: ¿Señor Peña, usted nos puede decir dónde estaba en el momento de los disparos?.
Riqui: En el jardín. Salí con el hombre para indicarle donde estaba el gato. Él no lo había podido descubrir. Me puse muy contento cuando lo bajó. ¡Pum!, y el gato cayó para el otro lado.
Reportero 5: La casa lindera con el hotel.
Riqui: Ese gato era de ahí. Cayó muerto en la casa de sus dueños.
Reportero 1: ¿Y qué pasó después?.
Riqui: El hombre se dio vuelta enseguida, así, y miró la ventana de la 102.
Reportero 4: ¿Cómo sabía que esa era la ventana de la 102?.
Riqui: Yo se lo dije. Hasta ahí no me había dado propina. Cuando le di ese dato me dio dos dólares. Nosotros vivimos de las propinas. Tenemos poco sueldo.
Reportero 5: ¿Y qué pasaba en la ventana?.
Reportero 3: Eso, ¿qué vio en la ventana?.
Riqui: Al hombre. Medio asomado.
Reportero 3: ¿Usted, Riqui, lo vio?.
Riqui: Se lo veía apenas. Pero era claro que con su rifle apuntaba para aquí.
Reportero 5: ¿Entonces?.
Riqui: Apuntó él también. Se arrodilló y apuntó.
Reportero 2: ¿No tenía miedo?.
Reportero 5: Lo estaban apuntado.
Riqui: Miedo, no. Bronca. Tenía mucha bronca. Se mordía los labios de la rabia.
Reportero 1: ¿Y usted qué hizo?.
Riqui: Me tiré al suelo.
Reportero 2: ¿Qué sintió en ese momento?.
Riqui: Susto. Me asusté.
Reportero 2: ¿Por qué presintió la tragedia?.
Riqui: Me di cuenta que se armaba el despelote. Sufría por el hotel. La mala fama espanta a los clientes.
Reportero 1: ¿Usted sabía quién era ese hombre?.
Riqui: ¿Cuál?.
Reportero 1: El que ahora sabemos que se llama Vicente Núñez. El que se alojó en el hotel, junto con la señora Bernárdez.
Reportero 3: Carolina Bernárdez.
Riqui: No. Me cayó bien de entrada, pero no tenía idea de quién era.
Reportero 5: ¿Y del otro, que nos puede decir del otro?.
Reportero 3: Del cazador.
Riqui: El otro también era cazador. Usaba el fusil para cazar jabalíes. El jabalí es un animal feroz. Lo matan pegándole aquí, en la testuz. Si no, ataca.
Reportero 1: ¿Cómo llegó hasta aquí?. El otro, el marido de la señora Bernardez.
Riqui; En taxi. Lo trajo el Pololo.
Reportero 2: ¿Quién es el Pololo?.
Riqui: El taxista nocturno. Él y Matías son los únicos que trabajan de noche. Antes había pasado por el destacamento y ahí le habían dicho que el Porsche estaba estacionado en el hotel.
Reportero 3: Ese señor Pololo ya declaró. Dijo que el hombre lo tomó en la terminal de ómnibus.
Riqui: No traía equipaje. Sólo el estuche con el rifle.
Reportero 1: ¿Se notaba que era un rifle?.
Riqui: No. Para mí era una valija rara. Larga y finita. No sabía que adentro había un rifle.
Reportero 4: ¿Usted sabía que era el marido de la mujer?.
Riqui: No. Escuché que la puteaba por teléfono. Pero estoy acostumbrado. A veces se tiran con todo, destrozan la habitación, y después salen dándose besitos. Se aloja gente muy loca.
Reportero 2: ¿Asesinos también?.
Riqui: De todo. Una vez se alojó una monja que no era monja.
Reportero 5: ¿Usted lo vio caer?.
Riqui: ¿A quién?.
Reportero 5: Al cazador.
Riqui: No, yo no vi nada. Me levanté y salí corriendo. Me metí en la oficina.
Reportero 1: ¿Desde ahí llamó a la policía?.
Riqui: Yo no llamé a la policía.
Reportero 3: ¿Cuál es su situación?. ¿Ha quedado cesante?.
Riqui: No. El gerente me prohibió que atienda a las habitaciones. Tengo que encargarme de cuidar el jardín, nada más que de eso. Regarlo todas las noches.
Reportero 1: Quisiera hacerle otra pregunta, señor Peña.
Riqui: Me están apretando. Estoy muerto de calor. No estoy acostumbrado a usar corbata.


Suena el teléfono.
Paulina se sobresalta. Apaga el televisor. Luego atiende.
Paulina: Aló.

Voz del Gerente: ¿Paulina?.


Paulina: Hola, señor gerente. ¿Me necesita?.


Voz del Gerente: ¿Para cuando puede estar lista esa habitación?.


Paulina: Yo avisé que todavía no acepten reservas.


Voz del Gerente: No se hizo nada de eso, Paulina. Pero queremos rehabilitarla cuanto antes.


Paulina: ¿Quién va a querer alojarse aquí, señor gerente?. El cuarto de la muerte, la cámara del horror. Cómo se puede llamar esto.


Voz del Gerente: ¿Cuál es su cálculo, Paulina?.


Paulina (mirada de entendida alrededor del recinto) Hummm. Mucho. Mucho, señor gerente. Voy a necesitar mucho tiempo para arreglar este desastre.


Voz del Gerente: ¿Quedaron manchas de sangre?.


Paulina: Todo lo que estaba con sangre lo mandé al lavadero. Tal vez en la alfombra. No se ve nada. Está tapada por la arena. Recuerde que hubo que dejar la ventana abierta.


Voz del Gerente: Hay premio, Paulina.


Paulina: Necesito un día de franco para ir a visitar a mi hijo.


Voz del Gerente: El lunes.


Paulina: El lunes. Gracias. ¿Sabe una cosa, señor gerente?. ¡El Riqui acaba de salir en la televisión!.
 
El Gerente le corta la comunicación. Paulina se sorprende. Luego se sonríe, quitando importancia al asunto.
Pone en marcha la aspiradora, que comienza a pasar por la alfombra, con su energía habitual.
El zumbido de la máquina se mantiene, monótono e inalterable, mientras las luces bajan muy pero muy lentamente. -
 
 
Apagón final.
 
 

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