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Personajes:
Doña Margarita, una puta madura.
Pepita, una puta joven.
El Conde, un conde, señor del lugar.
Jeremías, hijo del conde, primogénito y heredero.

«Ha empezado pronto y ha empezado bien; llegará lejos»
Giuseppe Tomasi di Lampedusa
El gatopardo

Acto único


El Salón Rojo del Pez de Oro. Un burdel.
Muebles oscuros; cortinas y tapizados de color rojo, carmín y púrpura.
Penumbra. Un par de lámparas de aceite (o de petróleo) iluminan un rincón, detrás de un biombo, por supuesto rojo, donde Doña Margarita se ocupa de su higiene íntima.
El discreto chapoteo del agua de la jofaina es el único sonido que se escucha.
Irrumpe Pepita. Corriendo, a los gritos,  muy nerviosa, excitada.

PEPITA: ¡Señora!. ¡Mi querida señora!. ¡Señora!. ¡Doña Margarita, donde está usted!. ¡Por favor!. ¡Doña Margarita!. ¡Traigo una noticia que...!.
DOñA MARGARITA (aún no se la ve) ¡Epa!. ¡Cuidado, mujer!. Estoy aquí, casi al lado tuyo (se asoma por detrás del biombo) Acá estoy. ¡Basta de gritos!. Estuviste a punto de llevarte esto por delante. ¡Una loca!.
PEPITA: Disculpe, doña Margarita. Le pido perdón.
DOÑA MARGARITA: ¿La noticia?. Que valga la pena, que justifique tanto barullo.
PEPITAl Justifica, justifica cualquier escándalo. El Conde... (suspira, quiere normalizar la respiración) el señor Conde... ¡está aquí!.
Pepita baila de alegría. Canta.
Doña Margarita: impasible. No le cree.
DOñA MARGARITA: ¿El Conde?.
PEPITA: ¡El Conde, sí!. Doña Margarita, baile conmigo...
DOÑA MARGARITA: ¿Aquí?.
PEPITA: ¡Sí, doña Margarita!. ¡En el Pez de Oro!. ¡Nos visita el mismísimo Conde!. Debe haber entrado ya...  (vuelve a bailar).
DOñA MARGARITA (recoge la palangana blanca de dibujos azules) Tomá, Pepita. Por favor, que alguna criada se lleve esto.
Doña Margarita acompaña la orden con un llamado, haciendo sonar una campanita de bronce.
DOñA MARGARITA (mientras se seca con unas toallas)  Y que se enteren que ese agua que me trajeron estaba  helada. Todavía tiemblo de frío.
Pepita entrega la jofaina.  Luego la ayuda a secarse.
DOñA MARGARITA: De nuevo, Pepita. Quiero escuchar esa fábula tuya. Había una vez...
PEPITA: ¡Ninguna fábula, doña Margarita!. ¡El señor Conde viene a visitarnos!.
DOñA MARGARITA: Y el sapo se convirtió en príncipe y se casó con la princesa. ¡Qué disparate, Pepita!. No puedo creerte.
PEPITA: Asómese. Verá el landó.
DOñA MARGARITA: ¡En landó. nada menos!. Con los peligros que... Si ayer mismo quisieron matarlo. ¿Hoy pasea en landó?. Pepita, ves fantasmas...
PEPITA: No soy ciega (se asoma a la ventana) Desde aquí se ve. Mírelo. Es el landó del señor Conde. ¿O  me equivoco?. Tiene su escudo. No hay mejor prueba que esa. Venga doña Margarita. Mire. Asómese.
DOñA MARGARITA (se asoma) Lindante con esta casa, querida Pepita, vive gente amiga del señor Conde. Familiares, creo. Por lo menos personas de su mismo linaje. Seguro que vino a hacerles una visita.
PEPITA: ¡No, doña Margarita!. ¡No!. El Conde hizo parar  su carro
delante del Pez de Oro. No está parado más allá, sino justo delante de nuestra puerta. ¡Es porque viene al Pez de Oro! (vuelve a bailar) ¡Oh, doña Margarita!. ¡Yo sabía que alguna vez nos iba a pasar esto!. ¡Qué alegría!.
Doña Margarita, imperiosa, pide silencio: ¡Shhh!.  Escucha, atenta. Su mirada atraviesa las paredes.
DOñA MARGARITA: ¡Cierto, hija!. ¡Bien cierto!. El señor Conde está entrando al Pez de Oro. ¡Sí, sí!. Es para no creer. ¡Lo estoy viendo!. ¿Qué tuviste que ver vos con esto?.
PEPITA: ¿Yo?. ¡Nada!. Si usted no pudo, qué pude haber hecho yo.
DOÑA MARGARITA: ¿Tus amigos?.
PEPITA: ¡Deje de desconfiar, doña Margarita!. Es la suerte, el azar, vaya a saber qué... ¡Hoy es día de gloria para el Pez de Oro, doña Margarita!. ¡Márquelo en el almanaque!. ¡Con un trazo bien grueso!. Sábado  23 del mes de...
DOÑA MARGARITA: ¡Sábado para colmo!.
Y Doña Margarita no resiste más: estalla de entusiasmo y baila igual que Pepita. Tomadas  por la cintura  dan vueltas y vueltas, riendo de alegría.
DOñA MARGARITA: Esta es la mejor casa de la ciudad, mi querida Pepita. Con las mejores putas y el mejor champagne de la región. Hasta cuándo ese conde insolente nos iba a seguir tratando como  si no existiéramos (besa a Pepita, la estruja) Las mejores putas, las mejores del país (acomoda los pechos de Pepita, le baja un poco el escote)   ¡Mostremos ese par de tetas!. Quiero que te elija,  Pepita. Te voy a ofrecer, yo misma, con las mejores recomendaciones. Confío en vos, confío mucho  Pepita... (cómplice) Este señor tiene que irse con ganas de volver.  
PEPITA: Voy a cumplirle, doña Margarita. Volverá cuantas veces se nos ocurra, apenas lo llamemos así, agitando un dedito.
Estallido de risas.
DOñA MARGARITA: Lo mejor de tu repertorio, Pepita...  ¿Eh?. ¿Qué es lo que está pasando?.
PEPITA: ¿Qué me pregunta, doña Margarita?.
DOñA MARGARITA (escucha, muy atenta) El ritmo de la casa está totalmente alterado.
PEPITA: Natural, claro. Con semejante cosa quién puede guardar la calma.
DOñA MARGARITA: Me preocupo. Ya entró.
PEPITA: Ya debe haber entrado, claro que sí.
DOÑA MARGARITA: ¿Y  ahora qué es lo que pasa?.
PEPITA: ¡Usted debe salir a recibirlo, doña Margarita!. No puede delegar semejante asunto en nadie.
Doña Margarita asiente, decide hacerlo. Apresura un ligero maquillaje. 
DOñA MARGARITA: Perfume, Pepita. Ese, el francés. Es el que uso sólo los sábados por la noche. Muy caro para otro día.
PEPITA: También eso a nuestro favor, doña Margarita (la perfuma: medidas gotitas en el cuello)  ¡Sábado a la noche!. ¡El colmo de la buena suerte!. El día en que la casa está más concurrida que nunca. Mañana todo el mundo va a estar enterado de que el  señor Conde estuvo aquí. ¡La fama del Pez de Oro va a trepar a las nubes!. ¿Qué va a ser de nuestra competencia, doña Margarita?.
DOñA MARGARITA: ¡Añicos!. Se convertirán  en polvo. Nadie podrá competir con nosotras.
PEPITA: A partir de mañana reinaremos en la ciudad, doña Margarita.
DOñA MARGARITA:  Sin discusión alguna... (atravesando paredes) No viene solo.
PEPITA: Natural. Los hombres necesitan compañeros de juerga, doña Margarita. Bastones que los ayuden a caminar. Acaso se trata de algunos de nuestros clientes, que lo convenció y lo trajo hasta aquí. Ahí tiene una explicación. Habrá que recompensar a ese buen cristiano. Un premio grande, doña Margarita. Nos trajo al Conde, consiguió lo que  para nosotros era imposible.
Doña Margarita se decide: tomó una determinación.
DOñA MARGARITA: Qué pasen. Los voy a recibir aquí.
PEPITA (asombrada, admirada por la decisión)  ¡Aquí, claro!. ¡Magnífica idea la suya!. ¡Aquí doña Margarita!. En el Salón Rojo, donde usted es más reina que en cualquier otra parte.
DOÑA MARGARITA: Luces.
Pepita sale del cuarto y regresa con más lámparas. Un criado la asiste. Las coloca estratégicamente. Doña Margarita vigila y acepta los lugares que elige la muchacha.
PEPITA: ¿Dispuesta? (un último toque, le arregla un mechón de pelo).
DOñA MARGARITA: Dispuesta, muy dispuesta, Pepita. Vos sabés que a mí ningún hombre me asusta. Alguna vez recibimos a un príncipe de sangre.
PEPITA: ¡Vaya la comparación!. Un príncipe borracho, putañero y analfabeto. El Conde es un caballero más allá de sus títulos. Recuerde lo que nos contó el cochero, doña Margarita: trata a las criadas de señoras. Esmérese, doña Margarita (otro gesto nervioso, acomodándole la ropa)  Tenemos que convertirlo en un adicto.
DOñA MARGARITA (fastidiada) Tal vez, si lo hicieras pasar ya y pudiera estrecharle la mano.
PEPITA: ¡Qué se la bese, doña Margarita!. Así se comporta la realeza. La realeza pone distancia, trata a la gente como insectos.
DOñA MARGARITA (de nuevo escruta atravesando paredes)  ¡Están de plantón en el vestíbulo!. ¡Todavía con el capote de lluvia y el sombrero puesto!. Mientras, tus compañeras hacen el ridículo. Ríen como lelas y se pellizcan el culo.
PEPITA: Es el estupor, la sorpresa, doña Margarita. A mí también se me paralizó el corazón por un instante. Tardé en reaccionar.
DOñA MARGARITA: ¿Vamos a dejar que se harte y que se vaya del Pez de Oro dando un portazo?.
PEPITA: ¡De ningún modo!. Me moriría. Pepita cadáver en un segundo. ¡Cianuro!.
Pepita sale corriendo.
Doña Margarita se prepara para el encuentro. Bebe de una botellita un sorbo de cognac.
El Conde se asoma. Lleva un parche negro en el ojo pero no es tuerto, lo usa como  un toque de distinción. Lo acompaña un muchacho, en deliberado segundo plano.
CONDE: ¿Doña Margarita?.
DOñA MARGARITA (teatraliza la sorpresa) Sí, la misma. ¿Cómo hizo usted para llegar hasta aquí?. No, no retroceda. No lo estoy echando. Sólo le pregunto cómo hizo para llegar a este lugar tan privado. El Salón Rojo  es mi refugio. Muy pocos tienen el privilegio...
CONDE: Me condujo un ángel (señala a Pepita, muy atrás).
Pepita (casi no se la ve) ríe halagada por el piropo.
CONDE: Por fortuna intervino esa muchacha. Llegamos empapados y nadie...
DOñA MARGARITA: No llueve tanto.
CONDE: Cierto. Una llovizna mezquina, nada de chaparrones. Pero moja.
DOñA MARGARITA: Será porque llora el cielo (el Conde no la entiende)  Hubo muchas muertes ayer. La ciudad está de luto.
CONDE:  No use frases de melodramas, señora. Para eso está el teatro.
Matamos bandidos, doña Margarita. Eso fue lo que hicimos. Bandidos, malhechores que pagaron por lo que hicieron. Esta vez no hubo ninguna clase de compasión. Se nos acabó la paciencia, doña Margarita. Lucen muy bien colgados en el cruce de caminos. Parecen guiñapos de trapo. Acabamos de pasar por ahí y los pudimos ver.
DOñA MARGARITA: ¡Un espectáculo macabro!. ¿Qué deleite es ese?
CONDE: Ninguno. Ordené un buen escarmiento y quise ver si se cumplió. Eso es todo. Me corresponde, son mis deberes.
DOñA MARGARITA: ¿Entonces estoy hablando con el señor Conde?. Quién otro puede dar semejante orden.
CONDE: ¡Oh, claro!. ¡Claro que sí!. Olvidé presentarme. Perdone la torpeza (besa la mano que le tiende doña Margarita; risita de Pepita).
DOñA MARGARITA: Y yo le pido disculpas por el  recibimiento.  En la recepción es donde tengo el personal más incompetente.
CONDE: Mala política, doña Margarita. Ese es el rostro del establecimiento. Lo primero que uno ve. Eche a esos imbéciles. Enseguida y a las patadas.
DOñA MARGARITA: Está en mis planes. Pero antes tengo que conseguir buenos reemplazantes.
CONDE: Aquí tiene (toma a Pepita de un brazo) No busque tan lejos. Con esta criatura en la puerta los hombres caerán como moscas sobre el dulce.
Pepita se deshace de felicidad: demasiados halagos para ella.
DOñA MARGARITA: Cumple otras tareas, señor Conde. Más importantes para la casa, no puedo distraerla poniéndola de portera... (prestando atención al muchacho que acompaña al Conde) ¿Un compañero de juerga, supongo?.
CONDE (ríe) No llega a tanto, doña Margarita. Exagera usted.
Silencio. Doña Margarita escruta al muchacho, que muere de verguenza.
DOñA MARGARITA: Lindo porte.
CONDE: Me halaga (doña Margarita lo mira, no entiende por qué) Es mi
hijo.
DOñA MARGARITA (sincera alegría) ¡Olalá!. Hoy colmamos todos los colmos. ¡El condesito!. ¡La lotería con todos los premios, Pepita!.
CONDE: El primogénito. Es por él que firmo tantas sentencias de muerte. Cuido su herencia, su patrimonio. Todo será suyo alguna vez.
DOñA MARGARITA: Con cuidado, señor Conde. El pueblo habla de excesos. Demasiado rigor, y están pagando justos por pecadores. No se  distingue al bueno del malo.
CONDE: No me consta que eso esté ocurriendo. Trabajamos con tino.
DOñA MARGARITA: Usted sabe que aquí, en el Pez de Oro, todo se sabe. Nos enteramos mejor que en cualquier otra parte. El pueblo murmura eso.
CONDE:  Debe ser porque usted recibe a los liberales, doña Margarita. Y ellos le cuentan mentiras.  Gente impía, doña Margarita, mentirosa...
DOñA MARGARITA: Recibimos a toda clase de gente, mi querido Conde. De cualquier pelo y con cualquier idea en la cabeza. Vienen con intenciones de pasar un rato agradable, y a nosotras eso nos basta. Sabemos cómo distraerlos.
CONDE: Informe a quien quiera enterarse de que los que ahorcamos ayer atentaron contra mi vida.
DOñA MARGARITA: Y hoy usted vuelve a viajar en coche. ¡Una  temeridad, señor Conde!.
CONDE: No me falta coraje y sabemos defendernos.
Se abre el saco, muestra un arma que trae a la cintura. Con un chasquido de dedos, le da una orden a su hijo, quien también se abre el
saco y muestra su arma.
CONDE:  Los dos somos buenos tiradores. Cazamos conejos a la carrera. ¡Pum!, los atravesamos de lado a lado.
DOñA MARGARITA:¡Alardes, señor Conde!. Una imprudencia. Qué podrán hacer ustedes dos sólos si los atacan veinte.
CONDE: Por simple especulación, eso no será posible. Supongo que todavía no han tenido tiempo de rehacer las fuerzas y planear un nuevo complot. ¿O usted sabe algo?.
DOÑA MARGARITA: Si supiéramos sería un secreto de confesión, que no se divulga. Esto es como la iglesia, señor Conde (vuelve a ponderar el porte del muchacho, que se consume de timidez)  Primogénito y único hijo varón.
CONDE: Tal cual. Dos hermanas menores, de pocas luces, dedicadas al bordado, al canevá. Para ellas la vida será más fácil. No les pesarán las tareas del estado.
DOÑA MARGARITA: Buscarles buenos maridos, ese es todo el trabajo.
CONDE: Nada más que eso. Catar el candidato. Mirarle los dientes, como a los caballos. Jeremías.
DOñA MARGARITA (incorpora el nombre del muchacho) Jeremías.
CONDE: Homenaje al bisabuelo. Él comenzó el linaje. Jeremías, la señora  está esperando tu saludo.
Jeremías: ningún gesto.
CONDE (rabioso) ¡Mudo desde que entramos!. ¡Un idiota que siempre mira el suelo!. ¡Qué es lo que hay aquí abajo!. ¡Un tesoro enterrado!.
JEREMIAS (reacciona, torpe, envarado:  pone una rodilla en tierra y besa la mano de doña Margarita) Mucho... Mucho gusto, señora.
Pepita, siempre en un plano casi oculto, ríe divertida.
DOñA MARGARITA (reprocha) Pepita, por favor. Qué tiene de divertido. Acaba de saludarme con elegancia (al Conde, afirmando)  Educado en colegios militares.
CONDE: Pasó por los mejores, claro. De niño estuvo con los jesuitas, pero mucho latín y tonterías. No quedé conforme. Quemé esos libros. Una fogata de este tamaño. Ahora estudia economía política, en una universidad británica.
DOÑA MARGARITA: Evidente (acariciando el traje del muchacho) Levita inglesa.
CONDE: Otra clase de enseñanza, doña Margarita. También lee libros, claro, pero de otra naturaleza.
DOñA MARGARITA: ¿Arreglará la situación?.
CONDE: ¿Le sigue poniendo oídos a los revoltosos?.
DOÑA MARGARITA: Ya le dije, los  lamentos no vienen de un solo bando. Es el pueblo el que se queja.
CONDE: Una mala cosecha y una inesperada disparada de precios. Eso es todo lo que hay que arreglar. Se arregla fácil. La sequía fue feroz, señora. Recuerde que no llovió en todo el verano. Y ya detectamos a los comerciantes agiotistas.
DOñA MARGARITA: ¿Horca también?.
CONDE: No es para tanto. Algún correctivo severo. Cárcel y bastonazos. Bien merecidos por cierto.
Doña Margarita vuelve a admirar a Jeremías.
DOñA MARGARITA: Da envidia tanta juventud.
CONDE: Nosotros hemos vivido, doña Margarita. No hay de qué quejarse.
DOñA MARGARITA: Yo tengo de qué. De su falta de atención, por ejemplo. Me quejo de eso.
CONDE: Estamos aquí.
DOñA MARGARITA: Pero es la primera vez que pone los pies en esta casa. Un verdadero fenómeno de templanza, amigo mío. Hicimos de todo para que esto ocurriera antes, pero fue ineficaz. Hasta averiguamos sus gustos, para tentarlo con un buen plato. Todo inútil.
CONDE: Nadie conoce mis gustos de alcoba, doña Margarita. Con seguridad la han engañado.
DOñA MARGARITA: ¡Seguro!. Sus criados son muy mentirosos, señor Conde. Untados con nuestro dinero, se dedicaron a inventar lo que no sabían. Tampoco se le conoce manceba.
CONDE: ¿Para qué?. Tengo una esposa muy joven. Y bonita.
DOñA MARGARITA: Lo sé. Lo sabemos, señor Conde. El pueblo admira la belleza de su mujer. Preciosa. ¿Muy fogosa?.
Risita de Pepita.
Risita de doña Margarita.
Esperan la respuesta.
CONDE (obligado a contestar)  Lo normal. Cuando necesita que la atiendan, hay que atenderla. Y yo me mantengo alerta para cumplir con esa ley. No es demasiado sacrificio (risita).
DOñA MARGARITA: No importa ya, señor Conde. Olvidemos lo pasado y disfrutemos de este presente: usted hoy está aquí, en el Pez de Oro. ¡Por fin!. Sábado a la noche, señor Conde,  un día de mucho trajín.
CONDE: Entonces hagamos las cosas de prisa. Será mejor para todos.
DOñA MARGARITA: Fue un comentario, señor Conde. Con ninguna intención de apurar a nadie.
JEREMIAS (imprevisto) Yo estoy muy apurado.
Doña Margarita y el Conde lo miran. El padre desdeña el comentario con un gesto despectivo.
DOñA MARGARITA: Usemos el tiempo que sea necesario. Nuestra intención es que pasen un momento muy agradable.
CONDE: Despreocúpese de mí.
DOñA MARGARITA (sorprendida)  ¿Qué me está pidiendo, señor Conde?.
CONDE: Quiero que ponga todo su interés en este caballerito. Yo nada, no necesito nada.
DOÑA MARGARITA (pícara) Dependerá del plato.
Pepita: risita.
CONDE: No vengo con apetito.
Pepita: risita.
DOñA MARGARITA (a Pepita, con reproche) Pepita querida, por favor  Nada de risas, que el Conde se nos quiere escapar.
PEPITA (se hace visible)  ¡No se lo vamos a permitir!.
CONDE (bromea) ¡Acorralado!. Rodeado por el enemigo.
Festejan con risas.
CONDE: Aquí tienen un prisionero (por Jeremías) Ninguna experiencia. Su primera visita higiénica.
JEREMÍAS: ¡Mentiras!. A mí mujeres no me faltan. Tengo.
DOñA MARGARITA (lo enfrenta, lo intimida) Supongo que montones.
JEREMIAS: Montones.
DOÑA MARGARITA: Usted las debe atraer. Tiene con qué, ¿sabe?.
JEREMÍAS (retrocediendo)  Tengo muchas...
DOÑA MARGARITA: Ojos, esos ojazos  matan, muchachito. Pepita, disfrutá (expone a Jeremías, para que Pepita se deleite).
PEPITA: Aléjelo que lo muerdo, doña Margarita. No respondo.
Risas, menos, claro, de Jeremías.
CONDE:  ¡Nada de mujeres, doña Margarita!. ¡Pajaritos en la cabeza, eso es lo que tiene!  (coscorrón en la cabeza) Todavía no conoce lo que es un buen culo.
DOñA MARGARITA: Sin groserías, señor Conde. ¿Qué falta hacen?. Se entiende. Nunca. Casto aún.
CONDE (asiente) Casto. Esa es la palabra exacta.
JEREMÍAS: ¡Mentiras!. Yo... (se queda sin palabras)
DOñA MARGARITA: ¿Tu padre miente? (al Conde) ¿Miente usted? (a Jeremías)  Doña Margarita tiene que saber la verdad, no  puede trabajar a ciegas.
CONDE: Le habrá tocado el traste a alguna criada. Nada más que eso. Intrascendente (a Jeremías)  Si te complace, te colgamos una medalla por eso. Pero es poca cosa.  Hijo mío, aquí no vas a poder engañar a nadie. Son mujeres del oficio, muy despiertas...
JEREMIAS: ¡Es que yo no miento!.
Pepita no aguanta: ríe.
CONDE: Hijito, qué situación desgraciada. ¡Estamos haciendo el ridículo!.
DOñA MARGARITA: Tal vez haya cosas que usted ignore, señor Conde. Alguna vez esa criada toqueteada se dejó tentar y avanzó por el bocado. Es posible.
JEREMIAS: ¡Así, así!. Cómo dice la señora. Una criada que me (se pierde, vacila).
DOñA MARGARITA (lo auxilia)  Detrás de un cortinado.
JEREMIAS: ¡Eso!. Detrás de un cortinado que (vuelve a quedarse sin palabras).
DOñA MARGARITA: ¿Qué?. Ya no puedo ayudarte, hijo de dios. ¿Qué te hizo esa mujer?.
JEREMIAS: Me... me...
CONDE (más furioso que burlón) Me, me... ¡Las cabras están en el corral, Jeremías!. ¡No las soltaron por la lluvia!.
Pepita ríe.
CONDE (conciliador) Doña Margarita,  si  no aflojamos la presión, este chico seguirá mintiendo hasta el infinito. Está muy asustado.
JEREMIAS (saca fuerzas) ¡No estoy asustado!.
DOÑA MARGARITA (a Jeremías, desafiante)  ¡Asustadísimo!.
La vehemencia de doña Margarita lo desarma. Baja los brazos, mira al suelo.
CONDE: Cuando lo invité a acompañarme casi se hizo encima.
JEREMIAS (un susurro)  Usted me obligó.
CONDE: ¡Ya era hora de que conozca mujer!.  Deber de padre, después de todo. Un campesino hubiera hecho lo mismo, sólo que lo hubiera traído a la rastra, sin tantos ruegos y convencimientos.
DOñA MARGARITA: Acaso no quiere que el padre escuche lo que pasó con esa señora del cortinado. Aquí, aquí querido, contámelo al oído (se aprieta a él, le pone el oído) Todo lo que pasó, hasta los mínimos detalles. Aunque sea un susurro. No importa. Estamos acostumbradas. Aquí, en el Pez de Oro, escuchamos hasta a los mudos. ¿Qué pasó con esa dama?.
JEREMIAS: Me...  (calla, se queda sin palabras).
CONDE (burlón, imita a una cabra) Meee.
Doña Margarita acorrala a Jeremías. Se abre el escote, asoman los senos  desnudos. Jeremías alza la vista, se niega a mirarlos.
Risitas y risitas de Pepita.
El Conde se quita el parche negro para  ver las tetas con los dos ojos.
Doña Margarita se aparta del muchacho: sacó sus conclusiones.
DOñA MARGARITA: Para mí todo claro. ¡Clarísimo!. Tengo quien se encargue de él.
CONDE: Usted, doña Margarita.
DOñA MARGARITA: Una especialista, señor Conde. Lo mejor del Pez de Oro para estos casos. Muy acostumbrada a trabajar con primerizos. Infinita paciencia.
CONDE: Vinimos por usted. Es el único trato que acepto.
DOñA MARGARITA: ¡Caramba!. Yo no puedo hacerme cargo de semejante tarea, señor Conde. Ya estoy un poco vieja, pierdo la calma enseguida y...
CONDE: ¡Usted!.
DOñA MARGARITA: ¿Un sábado a la noche?.
CONDE: No venimos a discutir ningún precio. Se paga lo que hay que pagar.
DOñA MARGARITA: Es que tengo muchos compromisos tomados. Un día muy requerido.
CONDE: Esos compromisos  se disuelven como un terrón de azúcar en la leche caliente. Simule una enfermedad, doña Margarita. Nada grave. Una indisposición de mujer. Algo natural, comprensible. Usted sabrá qué.
Doña Margarita, muy presionada, recibe el apoyo de Pepita, que se acerca y le toma las manos, solidaria y fraternal. Es evidente que Pepita quiere que acepte la oferta.
CONDE: No está en condiciones de aceptar las demandas carnales ni siquiera de asumir la atención del establecimiento. Delegue, doña Margarita. Piense en quién. Descarte a esos inútiles de la puerta pero transfiera el mando. Esta noche de sábado tiene que estar dedicada a mi Jeremías. Usted hará todo lo que él le pida. Bueno, mejor. usted le dirá qué es lo que tiene que pedir.
DOñA MARGARITA: Qué fácil lo dibujó usted, señor Conde. Una preciosura.  Pero no es tan sencillo. Son grandes señorones los que vendrán por mí. En estos momentos se deben estar preparando en casa, dando los últimos toques a la toillette.
CONDE: ¡Los más grandes señorones de la región están aquí, doña Margarita!. ¡No hay más grandes señorones que nosotros!. ¿O le queda alguna duda? (saca un valioso collar del bolsillo) ¿Qué es esa cosa que lleva  puesta ahí? (con marcado desdén señala el collar que luce doña Margarita).
DOñA MARGARITA: Chafalonía barata, señor Conde. Una fantasía venezolana que cuesta pocos centavos. Me lo regaló un marino que...
CONDE: Acépteme este obsequio entonces. Parece algo más importante.
Doña Margarita no simula su alegría. Se arranca el collar y tiende la mano para recibir el obsequio.
El Conde entrega la alhaja a Jeremías, para que sea él quien se la alcance a doña Margarita. Pero Doña Margarita gira sobre sí misma y  le ofrece la garganta,  para que Jeremías  lo abroche el collar.
Jeremías no puede menos que obedecer.  Con torpeza, claro: sus dedos no le responden. Aprovecha la proximidad para forzar un aparte y confesarse al oído de la mujer.
JEREMIAS: Yo nunca lo hice porque no quiero hacerlo. Oportunidades no me faltan. Las amigas de mis hermanas me persiguen todo el día, pero ninguna me gusta.
DOñA MARGARITA: ¿Ninguna?. Cómo puede ser eso, Jeremías.  Jovencitas,  muchachas en flor.
JEREMIAS (sigue peleando con el broche del collar) Todas tontas. Y chiquilinas. Tampoco hay un lugar tranquilo donde conversar... (se queda sin palabras).
DOñA MARGARITA: ¡Pero niño mío!. ¡Vivís en un palacio de mil habitaciones!. Alguna habrá desocupada.
CONDE (que escuchó, pese al recato de Jeremías) También tenemos un coto de caza, por lo general muy solitario. Hace meses que di la orden de que le abran la puerta, que le permitan la entrada sin ningún inconveniente.
JEREMIAS: Ahí hace mucho frío. En esa zona nieva aun en pleno verano (al fin abrochó el collar).
CONDE: Hice instalar millones de estufas. Todas encendidas, esperando la llegada del señorito. Ese lugar debe estar hirviendo como horno de panadero. Acaso ya se incendió (ríe).
DOñA MARGARITA: Te ofrezco este monumento, Jeremías (toma a Pepita de un brazo, la expone a la vista de Jeremías) Carnes duras y unos pechos que se pueden tocar, Jeremías...
CONDE (se interpone)  Le pido que no busque alternativas. Usted, doña Margarita.
DOñA MARGARITA: Y yo insisto en que me entienda. Estoy un poco retirada. Sólo atiendo a viejos amigos, con los que se charla más de lo que se trabaja. 
CONDE: Vinimos encandilados por su fama, doña Margarita. No hay otro trato.
DOñA MARGARITA: ¡Exageración de campesinos!. El prestigio es de la casa. Lo comparto humildemente con unas cuantas muchachas que puestas a competir conmigo, me sacan mucha ventaja, señor Conde. Repito: ya no soy tan joven.
CONDE: Esos campesinos suspiran por usted. ¿O acaso miento?. Sé que recibe cartas a montones y que atora el correo.
DOñA MARGARITA: La mayoría  no se pueden leer sin vomitar de asco. Me escriben cochinadas.
CONDE: ¿Cuánto?. Se acepta la cifra que usted diga (acerca el oído, dispuesto a escuchar).
DOÑA MARGARITA (contrataca) La oferta tiene que ser por el par. Está espléndida yegua es para usted.
Pepita ofrenda el estupendo culo, el Conde, casi vencido,  lo acaricia con deleite.
CONDE: ¡Ay, doña Margarita!. Usted pone espinas bajo la montura para que mi caballo se desboque.
DOñA MARGARITA: No, señor Conde. Llamo a la guerra a los viejos combatientes. Todavía  con balas en el fusil.
Risotadas, menos de Jeremías.
CONDE: De acuerdo. Pago por las dos. Imposible despreciar semejante convite, salvo que uno no estuviera hecho de carne y huesos.
DOñA MARGARITA: Pepita (el Conde no entiende) Pepita se llama. ¿No irá a la cama con una señora de la cual ni siquiera conoce el nombre?.
CONDE: Pepita...  (la abraza a Pepita,  lujurioso) ¿Cuánto?.
DOñA MARGARITA: ¿Cuánto valemos para usted?. Por favor, la cifra en libras, señor Conde.  No aceptamos otro tipo de dinero. Al oído de Pepita., discreto, sin hacerlo  público.
El Conde acepta el desafío. Murmura la cifra al oído de Pepita. Ésta ríe, se burla: la cifra le parece irrisoria. Aunque no la conoce, doña Margarita adhiere al rechazo.
CONDE (desconcertado) Juro que mi oferta es muy generosa, doña Margarita.
DOñA MARGARITA: Vive equivocado, señor Conde. Somos más caras de lo que usted cree.  
CONDE:  ¿Otro cero más?.
Las mujeres se miran y comparten la negativa.
DOÑA MARGARITA: Sigue siendo poco.
El Conde se sorprende. Sin duda ha ofrecido una buena cantidad.
DOñA MARGARITA: Dos ceros más.
Pepita aprueba.
CONDE: ¡Me están pidiendo la torre de Londres!.
DOÑA MARGARITA: Sabemos lo que gasta en fiestas. Y esto va a ser una juerga, señor Conde. De las mejores. Valemos  eso, señor Conde. Dos ceros más.
CONDE: Mañana tendrá ese dinero. ¿Supongo que tengo crédito?.
DOñA MARGARITA: ¡Ocioso preguntarlo!. Crédito abierto, señor Conde. Ninguna duda.
CONDE:  Entonces manos a la obra. En mi caso sí que tengo apuro.
DOñA MARGARITA: ¿Una mujercita que espera?.
CONDE: ¡Ojalá fuera eso!. Compromisos de estado, doña Margarita. Reunión de ministros a una hora digamos... desusada. La situación está muy lejos de haber sido controlada y hay que tomar precauciones. Faltan rodar otras cabezas.
DOñA MARGARITA: Con prudencia, señor Conde. No se deje manejar por el miedo.
CONDE: Ejerzo la autoridad con rigor, eso es todo. Para que el mundo siga siendo como es: redondo y tranquilo. Y para que a ningún orate se le ocurra fastidiar con cambiarlo. ¡Mundo nuevo!. Se van a tener que tragar esas pretensiones. Está bien así.  Por lo menos hasta que a Dios  se le ocurra lo contrario. Y él dirá cómo será el cambio.
JEREMIAS (interrumpe) Yo no puedo enseguida.
Todos le prestan atención.
JEREMIAS: No digerí bien el almuerzo. Comí carnes rojas. Me puede hacer daño.
CONDE: Doña Margarita te dará todo el tiempo que necesites, hijo mío. Primero harás una buena digestión. Cuide ese punto, doña Margarita. Se lo ruego. Espere que se acomoden las tripas del niño. Está entrando en la historia, señora. No sé si usted se da cuenta. Mi hijo tendrá su biografía y usted será nombrada allí. Claro, si usted lo permite.
DOÑA MARGARITA: Con mi nombre de guerra, señor Conde. No uso otro. Doña Margarita.
CONDE: ¡Por supuesto señora!. Mis abogados le harán firmar unos papeles. Es una precaución legal que ni yo puedo evitar.
DOñA MARGARITA: Espero que encuentren buenos cronistas.
CONDE: Cuando llegue el momento, el mejor de Europa. ¡Un Voltaire, por lo menos!  (a Pepita) ¿Vamos?.
PEPITA: Oui, mon cherie.
CONDE: Oui, oui...
DOÑA MARGARITA: No le haga caso, señor Conde. Pepita presume de puta francesa.
PEPITA (protesta) Tengo glamour... (arrastra la erre).
DOÑA MARGARITA: Nació en una casa del monte, aquí, bien cerca. Es una paisana con ínfulas.
Pepita no puede insistir con su francesismo, la risa se lo impide.
DOñA MARGARITA: ¿Qué le encargo para beber, señor Conde?. Obsequio de la casa, es parte del servicio. ¿Brandy?. También tenemos licores del trópico...
JEREMIAS (clama) ¡No! (se detienen, lo miran, asombrados) Que no se vaya de aquí. Mi padre. Que no se vaya.
DOñA MARGARITA: Por favor, señor Conde, infórmele a esta criatura que no queda en lo del barbero. Yo no saco muelas.
JEREMIAS: Me duele mucho la cabeza, eso es lo que pasa.
DOñA MARGARITA: Tenemos remedios que curan eso. Al instante.  Puedo pedir...  (va a usar  la campanita).
JEREMIAS: ¡No!. Se me pasó.
CONDE: Hijo, por favor. Basta de papelones. Hay una estirpe de varones detrás tuyo, que se deben estar revolviendo en la tumba, muertos de verguenza (a doña Margarita) Hasta tenemos un cruzado en la estirpe, que llegó a Siria. Por todos los santos, Jeremías. ¡Me vienen ganas de retorcerte ese cogote!.
Jeremías asimila el reto. Baja la cabeza, una vez más..
Doña Margarita, solidaria, va en su ayuda. Lo abraza.
DOñA MARGARITA: Vaya, señor Conde. Usted disfrute de lo suyo. El mozalbete queda a mi cargo.
CONDE: Antes una confesión, doña Margarita. Me muero si no lo sabe.
DOñA MARGARITA: Lo escucho. Pero es usted el que está apurado.
CONDE: Un instante, dos palabras: yo debuté con la reina Sophie.
DOñA MARGARITA: ¡Olalá!. ¡El mito!.
CONDE: Con toda justicia. Doy fe.
DOñA MARGARITA: Una feliz coincidencia, señor Conde. Pepita usa el mismo repertorio. Creo que ya lo podemos considerar un cliente. No falta detalle.
CONDE: No sé. Pasaron muchos años.
DOÑA MARGARITA: No se subestime.
CONDE: Me gustaría volver por usted.
DOñA MARGARITA: Con cita previa, por favor. Me disgusta lo que hizo hoy. Me desordena el trabajo.
CONDE: ¿Estoy escuchando reproches?.
DOñA MARGARITA: Debe aceptarlos. Irrumpe un sábado que...
CONDE: ¿Se borran con una indemnización?.
DOñA MARGARITA: En el Pez de Oro el dinero produce efectos mágicos y milagrosos.
CONDE: ¿Hablaba de un palco en el teatro?.
DOñA MARGARITA: Eso es más que dinero.  Amo el teatro.
Pepita se entusiasma. Canturrea un aria.
CONDE: Un palco para cuatro personas. El censor aprobó una tragedia que se las trae, doña Margarita. Por lo menos eso es lo que se dice entre bambalinas. Y es lo último, doña Margarita. La cuerda no puede estirarse más. Mañana mismo le mando el palco junto con el dinero. Alguien de mi confianza se va a acercar a traerlo. Un palco para cuatro personas. Avant scene, junto al de las viudas.
DOñA MARGARITA: Ninguna dificultad. Nosotras, cuando salimos de paseo, vestimos de negro.
JEREMIAS: Papá.
CONDE: ¿Hijo?.
JEREMIAS: Me quiero ir.
CONDE (burlón)  ¡Imposible!. Ahora sí que llueve mucho.
JEREMIAS: Yo no escucho la lluvia, papá.
DOñA MARGARITA (burlona)  ¡A cántaros!. No se puede salir sin empaparse de pies a cabeza.
JEREMIAS: Pido al cochero que acerque el landó.
CONDE (burlón) Absurdo, Jeremías. No insistas. El camino debe estar anegado. Arriesgamos que los caballos resbalen en el barro.
Jeremías va a insistir, pero ambos, también Pepita, se le ríen en la cara.
Doña Margarita toma su botellita de cognac y la encaja entre los labios del muchacho.
DOñA MARGARITA (ordena) ¡Un trago, un buen trago!. ¡Vamos, Jeremías!. ¡Que esto te va a dar ánimo!.
Jeremías bebe un sorbo. Se atora, le cuesta tragar, pero traga.
Todos vuelven a reír.
DOñA MARGARITA: Ahora todo será más fácil, criatura. Pronto doña Margarita te hará conocer el paraíso.
El Conde se retira, llevándose a Pepita.
Jeremías tiende a ir tras él. Doña Margarita le intercepta el paso  mientras hace sonar la campanita.
DOñA MARGARITA (grita al criado que se asoma) ¡Que nadie me moleste!. ¡Así el mundo se esté partiendo en dos y vuelen sapos de mil colores!.
Doña Margarita apaga algunas luces.. El cuarto queda en penumbras
Durante  este acto se produce la transformación de Jeremías. Vemos  la  faz inversa del muchacho tímido y desasosegado. Ahora, de pronto,  es todo aplomo y seguridad.
DOñA MARGARITA (lo abraza, lo besa) ¡Todo un Garrik, querido! (otro beso) ¡Qué virtudes para el escenario!.
JEREMIAS: Pepita lo hará salir por la puerta de atrás, la del callejón. Por donde sacan la basura.
DOñA MARGARITA (quejosa, suplicante) ¿Para qué más sangre, Jeremías?.
JEREMIAS: Será la última, Margarita. La muerte más necesaria de todas. Luego nos esperan mil años de paz.
DOñA MARGARITA: ¿Eso se consigue  matando a tu padre?.
JEREMIAS: ¡Matando al  tirano, Margarita!. Un cruel y malvado tirano. ¡Soberbio!. Midió mal nuestras fuerzas. Somos muchos y tenemos recuperación rápida. Ayer cayeron cinco, pero hoy tenemos otros cinco escondidos en ese callejón, dispuestos a volarle la cabeza.
DOÑA MARGARITA: Yo vuelvo a pedirte que el Pez de Oro quede al margen de todo esto.
JEREMIAS: No se mencionará la colaboración.  Nunca. Tampoco habrá que rendirle cuenta a nadie.
DOñA MARGARITA:  No obstante alguien puede proponer  alguna recompensa. Tenemos techos con goteras, en los fondos. Ahí viven las chicas. Tengo el deber de cuidarlas.
JEREMIAS: Somos generosos, Margarita. Pepita ya tiene lo suyo.
DOÑA MARGARITA: Pobre criatura. Lo necesita. Alimenta a una familia de cinco hermanos, todos pequeños, de este tamaño (recita, tono monocorde  de declaración policial) El señor Conde y su único hijo varón, el primogénito, vinieron aquí a fornicar. Se los atendió como corresponde y, cuando ellos lo decidieron, se retiraron del establecimiento. Fue el señor Conde quien pidió usar la puerta de atrás, en resguardo, dijo,  de su seguridad personal. El día anterior había sufrido un atentado y temía por su vida. Nadie tenía sospecha  de que se le había preparado otra  emboscada.
JEREMIAS:  Muy bien. Convincente. Eso es lo que hay que decir, en caso de interrogatorio.
DOñA MARGARITA (se acerca a la ventana) Eligieron buen momento y buen lugar. A la medianoche será más oscuro todavía.
JEREMIAS (también en la ventana) No llueve. Mi padre me mintió.
Ambos ríen, festejan la broma.
Gritos de placer, de Pepita, desde el otro cuarto.
DOñA MARGARITA (refiriéndose a éso) A no engañarse, querido. Puro teatro. Otra cómica, pero ésta es de las mejores. Pepita es frígida como una tabla pero simula maravillosamente sus orgasmos. La admiro, yo nunca pude hacerlo tan bien
Doña Margarita vuelve a abrazar a Jeremías, se desliza hacia abajo y   se arrodilla mientras su boca busca la entrepierna.
DOÑA MARGARITA: No estoy hecha para la pompa dramática. Hubo quien se dio cuenta del engaño y armó su buen escándalo (advierte inquietud en Jeremías) Tranquilo, relajado, querido mío (lo golpea en las nalgas) Todo está bajo control. Doña Margarita aprendió a vigilar lo que pasa a su alrededor con un solo ojo. Incluso con los dos ojos cerrados.
Doña Margarita inicia la fellatio. Jeremías goza.
Y Pepita finge, a los gritos,  en el otro cuarto.
Más penumbra, hasta el oscuro total.
Enseguida, luces.
Doña Margarita,  en ropa interior, escruta por la ventana. Afuera, noche cerrada.
Jeremías, semidesnudo, yace tendido sobre un sillón. Los ojos cerrados, aunque tenso,  atento a la situación.
De pronto, ocurre lo que esperaban:  disparos, disparos afuera,  en el callejón.
Doña Margarita se estremece, pega la cara al vidrio, con ansias de ver en la oscuridad.
Jeremías solo abre los ojos, pero se mantiene inmóvil. Escucha.
Silencio: el crimen ya fue consumado.
Irrumpe Pepita, en ropa de dormir. Agitada.
DOÑA MARGARITA: Te ganaste tu recompensa, Pepita.
PEPITA: Fue fácil. Como un corderito. Si le pedía la luna se trepaba al cielo para buscármela.
JEREMIAS (intranquilo)  ¿Pero qué es lo que pasa?.
DOÑA MARGARITA (sorprendida) ¿Qué más tiene que pasar, Jeremías?.
JEREMIAS: Tanto silencio.
DOÑA MARGARITA (escruta la oscuridad) Veo perros, solo perros...
JEREMIAS: ¡Quiero escuchar los festejos!. ¡Más balas, pero disparadas al aire!. Debemos enterar al pueblo que matamos al tirano. ¡Invitarlos a que salgan de sus casas!. ¡Qué se sumen a la fiesta!.
DOÑA MARGARITA (estupefacta) ¡Ay, Dios mío!. ¡Tu padre!. ¡Tu padre, Jeremías!. ¡Allí!. ¡Lo veo venir!. ¡Parece sano y salvo!.  
JEREMIAS (de un salto, en la ventana; comprueba) ¡Pero qué santo es el que protege a este hombre!.   ¡Fallamos, fallamos otra vez!.
DOÑA MARGARITA: Siete vidas, como un gato. ¡Viene para aquí, Jeremías!. ¡Que no lo dejen pasar! (frenética, hace sonar la campanita de bronce)  ¡Qué a nadie se le ocurra abrirle la puerta!. ¡Pongan la tranca!. ¡La tranca!.
Pepita sale corriendo, dispuesta a respaldar la orden.
Jeremías acude a su arma y se planta, a la defensiva.
DOÑA MARGARITA (se abraza a Jeremías)  ¿Cómo será su venganza, Jeremías?. Es un hombre cruel.
Interrumpe un balazo, más rotundo que los de la calle, disparado en el interior de la casa. 
Apenas unos  segundos después Pepita ingresa tambaleante. Las manos  aprietan con fuerza su vientre ensangrentado. Cae muerta.
El Conde llega detrás, pistola en mano.
CONDE (todavía apuntando a Pepita) Un ángel negro, doña Margarita. Un ángel traidor, artero, con alas de diablo.  Me condujo a la trampa, doña Margarita. ¿Usted estaba enterada?.
DOÑA MARGARITA (aun abrazada a Jeremías) Ignoro de qué trampa me habla, señor Conde.  Yo dormía con su hijo enredado entre mis piernas. Me pagó para eso.
CONDE:  ¿Escuchó los disparos?.
DOÑA MARGARITA: Me despertaron. Natural. Pero disparos se escuchan todas las noches. Ya nadie les presta atención.
CONDE: ¡Volvieron a atentar contra tu padre, Jeremías!.
JEREMIAS: ¡Criminales!.
CONDE:  Criminales, sí. Pero tuvieron su escarmiento.
Doña Margarita retoma el dominio de la situación.
DOÑA MARGARITA: Guarde  ese arma, señor Conde (acompaña el pedido guardando el arma de Jeremías en la cintura del muchacho).
El  Conde vacila. No la entiende.
DOÑA MARGARITA: Ya no la  necesita. ¿O cree que escondemos otros cómplices?.
CONDE:  Tal vez los haya. Cómplices de esa basura.
DOÑA MARGARITA: No los hay. Conozco a mis muchachas. Pepita fue un error. No supe ver, acaso enceguecida por el cariño. Se me puede acusar de debilidad, pero de ningún otro pecado.
CONDE (guarda el arma)  No proteja a nadie, doña Margarita. Olvídese de eso. Para siempre.  Apenas tenga un indicio, nos da aviso. Nosotros vendremos enseguida a librarla de la lacra.
El Conde mira a su hijo, quien se ha vuelto a transformar. De vuelta tímido y apocado, la  mirada clavada en el suelo.
CONDE: ¿Puedo preguntarle, doña Margarita, cómo se portó el muchacho?.
DOÑA MARGARITA: Un buen comienzo.
CONDE: Un buen comienzo. ¡Me maravilla escuchar eso!. Un buen comienzo, mi hijo tuvo un...  (estalla) ¡De nuevo mirando al suelo!. ¿Qué hay debajo de estas maderas, por Dios? (furioso, patea el piso) ¡Hagamos un pozo, doña Margarita, tal vez haya oro escondido!.
DOÑA MARGARITA: No juzgue por las apariencias, señor Conde.  El niño ya probó el dulce.
CONDE: Ya.
Jeremías sonríe y asiente, exagerando su timidez. Nunca deja de mirar al suelo.
CONDE: ¿Y cómo te resultó?.
DOÑA MARGARITA: Le resultó muy sabroso. Costó saciarlo.
CONDE: ¡Dulce mágico el suyo, doña Margarita!. La golosina que usted ofrece es la única que no empalaga.  Me siento tentado a...  (vacila, al fin se decide) ¡Vendré por un bocado!.
DOÑA MARGARITA:  Si elige un sábado necesito estar prevenida.
CONDE: Así se hará. Pierda cuidado, doña Margarita, le pediré cita (mirando por la ventana)  Mande a alguien que dé aviso a la fortaleza. Que vengan a  retirar los cadáveres. En ese callejón merodean perros cerriles,  muy hambrientos.
DOÑA MARGARITA:  ¿Acabó el peligro?.
CONDE: ¡Desapareció como por encanto!. Los que se salvaron, huyeron corriendo.  Ya deben estar escondidos debajo de la cama (risotada).
JEREMIAS: ¿Ya dejó de llover, padre?.
CONDE: Sí, querido mío. Dejó de llover. El viento debe haber secado los charcos y el camino debe estar transitable. Podemos volver a casa. Ningún peligro para los caballos (señala el cadáver de Pepita) Pago funerales cristianos, doña Margarita. Con la pompa que usted decida.  Esa belleza no se merece la fosa común, donde entierran a las putas.
DOÑA MARGARITA: Se agradece la caridad... (acude junto al cadáver de Pepita) Señor Conde: ¿cómo terminará esto?.
CONDE: Con mil años de paz, doña Margarita. Ya lo verá usted. Confíe.  Vamos a imponer el orden (con un gesto ceremonioso, invita a Jeremías) Adelante, caballero. Primero usted, delante mío. Quiero verle el andar. ¡El torso firme, Jeremías!. ¡Taconeando fuerte!. Ya te hiciste hombre. ¡Adelante!. ¡Qué el mundo sepa que salís de fornicar!. ¡Y en la mejor cama del mundo!.  ¡Adelante, Jeremías!. ¡Adelante!.
Jeremías  obedece. Todo es falso; su andar es rígido, envarado, ceremonioso como el de un soldado de lata. No obstante satisface a su padre. Mientras van saliendo, el Conde festeja con  risotadas.
DOÑA MARGARITA: Podré llevarte flores, Pepita. Por fortuna tendrás tumba en tierra sagrada (besa el cadáver, en la frente).
Penumbra y oscuro final.

 
 

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