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Textos de Autores Argentinos Contemporáneos
 
Desdichado deleite del destino
Comedia
de Roberto Perinelli
 

Personajes:

Pancho.
Zulema.
El Vendedor, rengo.

 

Acto único

            El  jardín de una casa en los suburbios.
            Mañana de verano, calurosa pero muy calurosa.
           
Pancho - musculosa blanca, pantalón pijama a rayas, zapatillas achancletadas - se encuentra sentado en una silla de paja, protegido del sol por la sombra que ofrece la casa que tiene a sus espaldas.
            Pancho hablará mucho, muchísimo, y  dirá casi todas las cosas dos veces,  dos veces seguidas; en ocasiones, tres.

             De la casa  solo se ve la puerta de entrada y una ventana, de persianas abiertas en estos momentos; el resto es pared, pared encalada de blanco.
            En un rincón alejado,  rompiendo la blancura del muro, una bolsa negra de consorcio, repleta de algo (¿de basura?).

             Zulema - vestido ligero de verano, sandalias - prepara el mate en otra zona de sombra y usando de mesa un  tanque de petróleo, vacío. Allí  tiene todos los utensilios necesarios para la preparación, ¿de la infusión, del brebaje? Como buena cebadora,  Zulema no se apura, asume su tarea con parsimonia (en estos casos la prisa es el demonio). Y  casi no hablará. Se le escuchará un par de gritos a su madre, al comienzo y al final de esta historia, y un «gracias» sonriente por el medio. Nada más.

También sobre el tanque de petróleo se encuentra una pila de libros, folletos y revistas muy manoseados, y un frasco de veneno para las hormigas, con algo de líquido incoloro  adentro.
            .

            En medio del jardín, en un definido primer plano, lucen cinco rosales recientemente comidos por las hormigas. Ninguno tiene siquiera una hoja y, mucho menos, una flor. Son cinco lastimosos esqueletos pelados, llenos de espinas,  clavados en la tierra a la misma distancia uno de otro.

            Esta historia comienza con Pancho mirando  al cielo,  gritando su aflicción:

Pancho: ¡Dios!

            Y espera, como si Dios fuera a responderle. Al no obtener respuesta, hunde la cara entre las manos.

Pancho: ¿Por qué me tienen que pasar estas cosas a mí?  ¿Por qué?... (masticando las palabras) Desdichado destino. Desdichado deleite del destino .

            Pausa larga durante la cual  Pancho no quita las manos del rostro. Cuando se descubre vuelve a mirar  al cielo, de nuevo interroga a Dios.

Pancho ¿Por qué? ¿Alguna razón? ¿Hice algo que…?

            Lo interrumpe la voz hermosa  de una mujer que, dentro de la casa,  canta  el aria  Casta diva”,  de la ópera “Norma” de Bellini.

            Pancho reacciona con rabia, como si un inesperado  dardo afilado le hubiera atravesado la piel.

Pancho (mirando la ventana con odio, ordena a Zulema)  ¡Zule! ¡Decile que se calle! ¡Zule, Zule! Decile a esa cerda que se calle, decile que se calle porque si me levanto y entro ahí la voy a… (se muerde la mano).

            Zulema, sobresaltada por la amenaza,  deja su tarea y corre hacia la casa. Se asoma por la ventana.

Zulema: ¡Ma!

            La mujer no la oye,  sigue cantando.

Zulema: ¡Ma! (sigue sin ser escuchada) ¡¡Mamá!! (la mujer calla) ¡Shhh! Papá no quiere.

            Pancho se tranquiliza;  Zulema también,  vuelve a su tarea.

Pancho (reflexiona) ¿Zule, querida, vos seguiste bien las instrucciones? (Zulema asiente con la cabeza) A ver, traeme el folleto.

            Zulema le alcanza uno de los folletos.
            Pancho lo hojea, encuentra lo que busca y lee con atención,  para sí, murmurando.

Pancho: Mmmm… ¡Anoche! ¿Vos lo echaste a la noche? (Zulema asiente) Acá dice que es cuando el veneno da mayor resultado, es el mejor momento porque es más tóxico… (sigue leyendo, para sí) Mmmm… ¿Zule, echaste el líquido alrededor de las raíces? (Zulema asiente) Acá dice que no hay que tener miedo de formar pequeños charquitos alrededor del tronco… ¿Eso hiciste, Zule? (Zulema asiente) El veneno tiene que penetrar, llegar a las raíces… (Zulema asiente y Pancho sigue leyendo, murmurando) Mmmm… Mmmm…  ¿Zule? ¿Una tapa bien llena por cada  litro de agua? (Zulema asiente) ¿Diez litros en total, dos litros por cada plantita? (Zulema asiente) ¿Qué dice en el frasco? A ver si todavía la equivocación está ahí…

            Zulema  toma el frasco de veneno y se lo  entrega a su padre.
            Pancho lee la etiqueta, muy atentamente.

Pancho (desilusionado) Lo mismo, exactamente lo mismo. Una tapa bien llena por cada litro de agua y… ¿Puede ser que me hayan estafado, Zule? El tipo que me lo vendió me dijo que era lo mejor, que jamás un cliente se le había quejado y que… Me habló de fórmulas químicas, de efecto duradero… (duda) Ufff, la verdad es que tendría que haber comprado el que viene en aerosol. Ese siempre nos rindió. ¿No, Zule? (Zulema  asiente) Un reguero de hormigas muertas, de aquí hasta allá. El aerosol era fantástico… (vuelve a leer la etiqueta)  ¿Sacudiste como dice aquí, Zule? (lee) «Hasta que el agua mezclada con el veneno alcance un color azulado».

            Zulema le quita el frasco y lo sacude: el líquido incoloro se vuelve azul.

Pancho: ¿Entonces? ¿Qué fue lo que falló? (le muestra al mundo) Fijensé, fijensé en mis rosales, fijensé  cómo los dejaron. ¡Los rosales más lindos del universo! (a Zulema, preguntando lo obvio, lo que se ve a simple vista) ¿Ni una hojita? (Zulema asiente: ni una hojita) ¡Ridículo, un espectáculo ridículo! Cinco palitos llenos de ramitas sin vida. Como si hubiera pasado la parca, Zulemita, pasó la parca y…

            Pancho gime: dolor y rabia. Llora o está a punto de llorar.

Pancho: (pregunta al mundo) ¿Barbarie? ¿Se puede hablar de barbarie en un caso así? (no está seguro, no sabe qué quiere decir la palabra, vacila, encuentra otra) ¿Genocidio? (tampoco lo convence) Decime nena, decime cómo podemos llamar a esto que nos pasó. Cuando anoche nos fuimos a dormir (la bruja de tu madre ahora duerme en el otro cuarto, la mandé a cagar, no quiero dormir más con ella) estaba todo bien. Yo salí un ratito, después de la cena, a tomar un poco de aire, y estaba todo bien… (lo corta un sollozo, se recompone) Acaricié los pimpollos, Zule, los acaricié uno por uno. ¡Hermosos! Apuntaban al cielo, como cañones: ¡pum! ¡pum! Los saludé, les dije hasta mañana. Hasta me puse a calcular cuáles eran los que iban a reventar hoy y los que iban a reventar después. Los tres que tenía la Rosa Bourbon iban a reventar hoy,  seguro. Y la Alba de Inglaterra que tenía cinco… En la semana vamos a tener tenemos veinte flores, me dije. Esto iba a ser un… Un… (no se le ocurre la palabra) ¡Y mientras nosotros nos metíamos en la cama, tranquilos, contentos,  estas grandísimas hijas de puta salían de la cueva tocando el clarín! ¡Ti,titití,ti! ¡Vamos, vamos, vamos muchachos! ¡Adelante!  ¡Vamos a comerle los rosales a don Pancho! ¡Vamos a cagarle la vida! (al cielo) ¡Dios! ¡Qué castigo Dios, qué castigo!

            Como Dios no le responde, Pancho vuelve a hundir la cabeza entre las manos.

            Así queda hasta que Zulema se acerca con el mate listo. Le golpea el hombro para llamarle la atención, se lo ofrece.

Pancho: Gracias, nena.

            Pancho, silencioso,  sorbe de la bombilla mientras Zulema, también silenciosa,  aguarda a su lado.

Pancho (le devuelve el frasco de veneno) Guardá este poquito de veneno que quedó.  A lo mejor se lo pongo a tu madre en la sopa. Hoy mismo, cuando nos llame para almorzar.

            Pausa: Pancho sigue sorbiendo el mate.

Pancho: ¿Sabés Zule, sabés cuántas flores dieron estas cinco plantitas el año pasado? (Zulema niega) Yo te lo voy a decir (saca una papelito arrugado del bolsillo, lo consulta) ¡Cuarenta y nueve! Aquella es la que más dio. La última, la de la punta. Y eso que es la más nueva, la que plantamos en… ¿Cuándo la plantamos, nena? (Zulema se alza de hombros, no sabe) Es la…la… ¿Cómo se llamaba? (Zulema vuelve a alzarse de hombros) ¡Carajo, tampoco nos acordamos de eso!Alcanzáme ese libro… Ese, sí ése, el manual…

            Zulema le alcanza el  libro.
            Don Pancho lo hojea hasta que  encuentra lo que busca.

Pancho: ¡Crepe de Chine!… (lee la descripción) «Aunque no tiene muchos pétalos, su color coral le da un aspecto de rosa antigua»… (desalentado) Cierto, cierto, las flores tenían ese aspecto maravilloso, lindo aspecto… (devuelve el libro y de nuevo clama al cielo) ¡¡Dios!!

            Esta vez  Pancho tarda en recomponerse.

            Pancho (señala)  Esa nos dio diecisiete. Diecisiete flores, Zule. Esa sola plantita diecisiete flores y  aquella otra… (señala) Es la que dio menos, pero tenían tanto perfume que se lo perdoné, se lo perdoné con toda el alma ¡Qué perfume!  Hasta la yegua de tu madre lo gozó: «qué perfume Pancho, qué perfume». Y fruncía esa nariz de rata vieja,  snif, snif…

            Pancho vuelve a esconder la cabeza entre las manos.
            Zulema repite la ceremonia de sacarlo del sopor: le toca el hombro y le ofrece un nuevo mate.

Pancho: Claro que nunca como en el 98 (consulta el papel arrugado) ¡Sesenta y tres flores en total! Un año excepcional. Parecía una danza, un baile de carnaval iluminado con lamparitas de colores. Hoy abría este pimpollo y al otro día tres de más allá, después dos aquí y el mismo día otros dos… Un ballet, Zule, un ballet para disfrutar, Zule, para disfrutar.  Los vecinos no lo podían creer. Se asomaban y apoyados en el cerquito miraban y me decían: «¿Cómo puede ser, don Pancho? ¡Qué rosas hermosas  tiene usted! ¿Cómo lo consigue?»…

            Suena su teléfono celular, que lo interrumpe.
            Pancho busca entre sus ropas, le cuesta encontrar el aparato. Al fin consigue atender.

Pancho: Hola… ¿Qué hacés Seba, cómo te va? ¿Cómo anda la cosa, muchacho?... ¿Están todos?... ¿Pierini también?...  Cómo por qué pregunto, pregunto porque ese hijo de mala madre siempre llega tarde, por eso pregunto… Bueno Seba, bueno, si llegó está bien…  Ejercicios de calentamiento,  todo el mundo me hace ejercicios de calentamiento… ¡Ya sé que hace un calor del carajo! Yo también lo siento, no soy de madera, Seba, pero igual les hacés hacer ejercicios livianos y mucha elongación…   Si alguien protesta,  amenazalo. Decile que no juega, que yo lo mando al banco, vas a ver cómo arruga y se pone a estirar las piernitas… ¿Qué?...  Sí, sí, está acá, conmigo. ¿Por qué?…  ¿Ah, saludos?… (a Zulema) Seba te manda saludos. ¡Este pícaro nunca pierde la oportunidad!  (Zulema agradece con una sonrisa) Te los retribuye, Sebastián… ¡Epa, epa!  ¡No te hagas el gracioso! Saludos nada más, que la chica no está en venta… Te regalo a mi mujer. Envuelta con papel de regalo… ¡Ah, crápula!  Ya sé que no es lo mismo… ¿Cómo, qué?...  No, todavía no decidí la estrategia. La tenía pensada pero tuve un problema, un problemita,  y se me fue todo de la cabeza. ¿Cuatro, cuatro, dos?...  Hummm, mirá que ellos tienen un medio campo del carajo, lo arman con cinco y son todos habilidosos, de buen pie…  Dejame  Seba, dejame pensar un ratito. A ese equipo lo tengo bien estudiado, no tiene misterios para mí. Buen medio campo pero flojitos atrás… ¿Qué pasa si le jugamos con una sola punta?... Hummm, Salvatti está para eso Seba… Ya sé que tiene los pies redondos, pero si lo ponemos de punta, bien arriba…  Llamame dentro de un rato Seba, vamos a ver qué hacemos… Un abrazo para todos los muchachos. ¡Y ojo, hoy hay que ganar, eh! (risotada) Este Seba siempre hace chistes (se guarda el celular) Pero cuando perdemos se pone a llorar, como una marica.

            Pausa.

Pancho (a Zulema) Sabe qué pasa, sabe qué pasa, les decía yo a los vecinos que se asomaban por encima del cerquito, que yo las sé cuidar, señora. Me preocupo y me ocupo. Fijesé, les decía, fíjese bien, están todas plantadas a la misma distancia, como indican los libros, y cuando llegó el momento justo le puse tutores, para que no me las volteara el viento. El viento de primavera es bravo. Parece que no, pero es bravo. Sopla, y sopla fuerte. ¿Vos te acordás de eso, nena? ¿De cuando le pusimos los tutores?  Vos me ayudaste, me diste una mano. Además los rosales se riegan por la noche, señora, o a la mañana muy temprano, cuando recién está saliendo el sol. Yo veo mucha gente que meta y meta manguerazos con el sol así de grande, aquí, encima de la cabeza. ¡Error! Eso las quema, es como echarle aceite hirviendo, como a los ingleses. También hay que escarbarle la tierra alrededor, quitarle los yuyitos… Bah, instrucciones que yo le daba a la gente. No hay milagros, señora, no hay milagros. Haga lo que yo le digo y va a ver como usted también va a tener rosas como las mías… (no puede seguir, lo frena la congoja)

            Zulema vuelve con el mate.

Pancho: Me está doliendo el pecho, Zule.  Un dolorcito aquí. Debe ser por el disgusto (Zulema estira la mano, le acaricia el pecho)  No, no, un poco más abajo, casi en la boca del estómago… ¡Ahí!... (se relaja, se abandona a las caricias) Como un fuego, de golpe un ardor que… (las caricias lo alivian) Ya, ya, ya Zule… (calmado y agradecido, retiene la mano de Zulema y la besa) Buena hija me saliste.

            Pausa.

Pancho: Es por el disgusto. No se podía esperar otra cosa. Por algún lado tiene que explotar tanta bronca.

            Pero algo lo altera. Devuelve el mate y rápido busca su celular. Marca, lo atienden.

Pancho: Seba, quiero que les eches un discursito antes del partido… Ya sé Seba, ya sé que vos sos corto de palabra, pero yo te voy a decir lo que les tenés que decir. Escuchá, escuchá bien…  Primero les decís que yo estoy  pasando un mal rato, que por eso no puedo estar ahí, con ustedes…  Sin más explicaciones, Seba. Un mal rato, sin detalles. Con eso es suficiente. Soy el entrenador, no el papá, Seba. Ya son grandecitos y pueden jugar al fútbol sin que yo esté ahí mirándolos. Estás vos, que sos mi ayudante, y que pensás lo mismo yo. Tenemos la misma filosofía futbolística, Seba…  ¡Ya sé, ya sé! No me lo vuelvas a decir, sos corto de palabra, pero yo te estoy diciendo lo que tenés que decir. Tenés que repetir, como un lorito. Les decís que yo espero que esta vez me den una alegría. HOY, Seba, HOY. Hoy quiero la alegría. Que ganen, que solo les pido eso. ¡No, no te hagas el chistoso! Siempre el mismo pelotudo, Seba. No estoy pidiendo goleadas. Si es uno a cero será uno a cero. Con eso me conformo. ¿Qué?... ¿Me necesitás?...  (escucha con más atención) No Seba, no, si vos podés solo, no seas tontito…  ¿Cierto lo que me decís, Seba? ¿Eso pensás de mí?... (se emociona)Te agradezco hijo, te lo agradezco mucho… Nunca se me había ocurrido que vos… Pero yo hago lo que puedo, lo que está a mi alcance. Tengo mucho vestuario encima, Seba, y eso es lo que trasmito… Nada de viejo sabio, Seba, nada de… Bueno, vos no me tenés que extrañar… (lo corta la emoción) La verdad es que me conmoviste Seba,  estoy muy conmovido… Esas palabras que me dijiste… (más emoción, no puede seguir) Chau Seba, chau. Después decime cómo te fue con el discursito… Chau…  (corta, a Zulema) ¡Zule! Me está volviendo el dolor. Ahora un poco más fuerte… (preocupado, se acaricia la boca del estómago).

            La mujer, dentro de la casa, canta “Casta diva”.

            Don Pancho y Zulema reaccionan de inmediato y al unísono  chistan fuerte hacia la ventana.

Pancho y Zulema: ¡¡Chisttt!!

            La mujer calla.

Pancho (ríe tristemente) Parecemos dos lechuzas, Zule. Las lechuzas chistan desde arriba de los árboles: chist… Por la noche uno se da vuelta, se cree que alguien lo está llamando. Y no, es alguna lechuza parada en la rama de un árbol… Claro vos no conocés nada del campo, sos un bicho de ciudad,  y eso pasa en el campo… (el dolor lo interrumpe,  le quita la respiración)  ¡Ay, carajo!...  Me arrancan las tripas… ¡Alguien me las está arrancando, Zule!

            Zulema recurre a una de las revistas y lo apantalla, dándole aire. Vaya a saberse si es esto lo que surte efecto, pero Pancho se va recuperando.

Pancho (aliviado) Me ahogaba Zule, me ahogaba.  Un fuego que me…

            Zulema sirve un mate, se lo ofrece a su padre.

Pancho: No sé por qué, pero hoy están más ricos que nunca (sorbe con satisfacción).
.
            Aparece el Vendedor. Es rengo.
            Carga al hombro un enorme radiograbador negro, con dos parlantes adosados. Del otro hombro cuelga una bolsa de discos compactos, por supuesto pirateados. De esa bolsa asoma el sobre que contiene una placa radiográfica.

Vendedor: Buenos días padrecito. Señorita…  (galante, le ofrece una rosa de regalo) Cortesía.

            Zulema: Ah, gracias  (por fin una sonrisa).

            Zulema le toma el perfume a la flor: es muy agradable. Se la hace oler al padre.
            Pancho  estudia la flor con ojo de conocedor.

Pancho: Rosa Lemonier de Normandía. Se recomienda como fertilizante el excremento líquido de los cerdos o de vaca,  cuando se lo consigue. Y las plantas se podan solo si es realmente necesario.

            Vendedor (quiere  explicarse) Yo la compré en el mercadito de…
           
            Zulema, muy contenta con el regalo, se engancha la flor en el pelo.

Vendedor (la admira)  Mire qué linda la madrecita… Princesa, colirio…

            Pancho: ¿Qué te pasa a vos?

            Vendedor: Vendo música, patrón. Camino vendiendo eso.

            Pancho: Rengo.

            Vendedor: Rengo (para demostrarlo camina un trechito).

Pancho: No hace falta, pelotudo. Te vi venir. A ver, mostrame eso (reclama la placa radiográfica)

            El Vendedor se la entrega.
            Pancho la estudia al trasluz.

Vendedor: La prótesis soldó mal. Aquí. Torcida. No me deja estirar bien la pierna y me quedó corta… ¿Usted entiende de esto, maestro?

            Pancho: Bastante. Entreno jugadores de fútbol, belinún. Me paso la vida mirando estas cosas. Pero mis jugadores son de manteca, los tocan así y se tiran al suelo porque se hicieron pupa (imita el lloriqueo) «Profe, tengo un tirón; profe, tengo un desgarro». Ligamentos cruzados, eso es lo peor. Ocho meses parados, por lo menos.

            Vendedor: A mí me atropelló una moto. Cruzando la avenida.

            Pancho: Peligrosa, no hay semáforos.

            Vendedor: Oscura para colmo. Los faroles apagados.

            Pancho: Los vecinos se matan  pidiendo lomos de burro (devuelve la placa) No tiene arreglo. Hacé que te atropelle otra moto, a lo mejor así te la componen. ¿Música me dijiste?

            Vendedor: ¡Música, padre!  ¡La mejor música del mundo! Categoría, mi rey. Fijesé (le muestra la pila de cedés).

            Pancho: ¿Qué me significa eso? Haceme escuchar.

            El Vendedor conecta su radiograbador a un enchufe que, por milagro, se encuentra en la pared encalada.

            Pone uno de los  discos compactos  y  hace sonar una abominable muestra de eso que llaman pop latino (Montaner o algo peor).

            Pancho escucha atento un instante (Zulema también) y enseguida desecha: no le gusta.

            El Vendedor quita el cedé y pone otro.

            Pancho escucha solo unos segundos;  vuelve a rechazar.

            La ceremonia se reitera una,  dos, tres, cuatro veces más,  hasta que interrumpe el sonido del  celular de Pancho.

Pancho: Un momento, apagá eso (atiende el teléfono)  ¿Si Seba?... ¿Qué pasó con el discursito?...  ¡Ah, carajo, esos son mis muchachos!... ¡Claro, claro que los escucho cantar!  Deciles que canten más fuerte, Seba, que quiero escucharlos mejor… (del otro lado le  cantan, Pancho hace coro)  Olé, olé, olé… (a Zulema, al Vendedor) Escuchen, escuchen… (los hace escuchar a través del teléfono) ¿Pescaron el entusiasmo? (retoma el teléfono)  ¡Chiquilines!… Ahora me dicen Panchito, pero cuando se enojan don Pancho, a secas… ¡Decidido Seba, ya lo decidí! No hay que seguir pensando. Con esa garra que tenemos hoy ganamos sin problemas. Escuchá Seba, oíme bien: me salen a la cancha con un cuatro, cuatro, uno y uno… Sí, sí… Sí, claro, con Salvatti de punta y Barreiro de enganche…  (al Vendedor, a Zulema) Un desastre ese muchacho, patadura, pero el suplente es peor… (al teléfono)  ¡Es un goleador, Seba! Tiene olfato. Pelota que agarra en el área, pelota que mete adentro… Si no le llega ninguna, que retroceda, que baje a buscarla, que lo ayude a Barreiro…  (muy entusiasmado) ¡Vamos Seba, carajo! ¡Vamos que ganamos!  ¡Ah, y que nadie se olvide de las cábalas! Que Pandolfo entre con el pie izquierdo, que el Colorado muerda el pastito… (al Vendedor, a Zulema)  Seba tiene la suya,  se cambia el reloj de muñeca… (al teléfono) ¿Vamos Seba?...  ¿Listos?... ¡Eso muchacho! ¡Vamos, vamos con todo! (corta la comunicación, se guarda el celular).

Don Pancho, muy satisfecho,  informa al Vendedor, a Zulema, como si fuera necesario.

Pancho: Ya están saliendo a la cancha. Con hambre, los muchachos están con hambre, con ganas de comerse a los contrarios.

            Se reanuda la ceremonia: el Vendedor pone discos que a poco de ser escuchados por Pancho, son rechazados. 

            Hasta que el Vendedor acierta. Pone un disco de los Wawancó y enseguida Pancho acusa el impacto, ¡le gusta!  Y mucho más cuando el vendedor, pasando los temas, se detiene en “El pescador”.

Vendedor (con euforia de vendedor)  ¡Cumbia, padrecito! ¡Cumbia cubana!

            El Vendedor, no obstante su renguera, y Zulema bailan al ritmo tropical.

Pancho: ¿Zule, convidamos al señor?

            Vendedor: ¿Amargo?

            Pancho: Naturalmente.

            Vendedor: Se agradece, mister. Tengo el vicio.  Por la mañana mucho peor. Me vienen más ganas.

            Zulema le ceba un mate al Vendedor.

Pancho: ¿Cuánto?

            Vendedor: Cinco, padrecito. Tres por diez.

            Pancho: Por el momento, éste solo.

            Pancho saca del bolsillo  un manojo de billetes arrugados de donde rescata uno que entrega al Vendedor.

            El Vendedor, dispuesto a irse, desenchufa y carga con el radiograbador.

Pancho: ¡No se me vaya rengo! (se ríe de la frase, que involuntariamente  resultó  un chiste) Tómese otro mate.

            Vendedor: Con gusto padrecito. Le acepto (Zulema le ofrece otro mate) Rico, muñeca.

            Pancho: Mano de oro la nena.

            Vendedor: Princesa… (devuelve el mate) ¿Habrá venta por allá?

            Pancho: Hummm… Hace mucho calor, la gente está a la sombra, metida adentro de las casas.

            Vendedor: Hay que probar, mi rey. Para eso uno sale, para probar (se va, rengueando, cargando el radiograbador y la bolsa)

            Zulema, entusiasmada,  entra corriendo a la casa. 
            Sale enseguida, también corriendo,  cargando un radiograbador similar al del vendedor. Lo enchufa  y pone el disco de los Wawancó. Vuelve a sonar  “El pescador”.

             Zulema baila.

            A Pancho se le ocurre una picardía. Mete el radiograbador  por la ventana de la casa y eleva el volumen. Ahí dentro de la casa  “El pescador” debe oírse atronador. Pero no hay reacción de la madre.  Pancho insiste, aumenta el volumen cada vez más hasta que no  puede  disfrutar más de su maldad, porque le vuelve el dolor. 

Pancho: ¡Ay madre santa!

            Zulema corre a atenderlo. Logra sostener a don Pancho y al radiograbador, que gracias a esta acción no cae al suelo. Baja el volumen de la música  para escuchar las quejas de su padre, que se abraza a ella.

Pancho: El dolor Zule, volvió el dolor… Me ahogo, me… Me… (y es cierto, le cuesta respirar)

            Zulema lo ayuda a sentarse en su silla de paja.

Pancho: Una bola de alambre aquí, alambre de púas que me… ¡¡Ayyy!!

            Suena el celular.

            Pancho logra atenderlo, habla con esfuerzo.

            Pancho: Sí Seba…  Te escucho, sí, te escucho…  ¡Te escucho, Seba! Decime qué es lo que pasa. Me arde la garganta y es por eso que… ¿¡Qué!?... ¿Gol? ¿Cómo gol?...  Explicame Seba… ¿Gol de quién?... ¿Cuánto va, Seba?... ¿Tres minutos?...  ¿Y ya tenemos un gol adentro?... ¿De corner?...  A ver, a ver, explicame cómo fue eso… ¿Nos cabecearon dos veces en el área?...  (le cuesta creerlo, clama al cielo) ¡Desdichado destino! ¡Desdichado deleite del destino de mierda!  (trata de tranquilizarse) Seba, no lo puedo creer. Estoy soñando, decime que estoy soñando... Si practicamos eso toda la semana y… ¿Pero cómo fue que nos cabecearon dos veces en el área? ¿Qué hizo el arquero? ¡Explicame carajo!

            Y es lo último que puede exigir. El celular resbala de sus manos,  la boca se le crispa de dolor  y,  acompañada por un último suspiro,  la cabeza le cae sobre el pecho.
Zulema trata de adivinar signos de vida en el cuerpo de su padre. No los advierte.
            Por fin lo empuja con apenas la presión de la punta de un dedo: el cuerpo de Pancho se derrumba de la silla y va a dar al suelo, donde queda tendido.
A Zulema ya no le quedan dudas.
            Se acerca a la ventana y grita hacia adentro.

Zulema: ¡Ma! (no recibe respuesta) ¡Ma! (tampoco; grita más fuerte) ¡Mamá! (la escuchan) Ya está. Listo.

            La madre expresa su alegría cantando “Casta diva”.
           
            Zulema toma la bolsa de consorcio negra (que todos habíamos olvidado, pero permanecía ahí, apoyada en un rincón) y la vacía sobre el cuerpo del padre muerto. Caen flores, pimpollos, hojas y pétalos de rosas que cubren por entero el cuerpo de Pancho.

            Zulema usa la misma bolsa para tirar adentro todos los utensilios del mate y, también, el frasco de veneno, ahora completamente vacío.

            Aparece el Vendedor. Vacilante, mustio,  apenas puede cargar sus cosas.

Vendedor: Madrecita.

            El Vendedor se desploma en la silla de Pancho.

Vendedor: ¿Hay un médico por aquí? ¿Cerca?

            Zulema, muy ocupada con la tarea de limpieza (todo lo que hay sobre la tapa del tanque va a parar adentro de la bolsa, incluso los textos), niega con la cabeza.

Vendedor: ¿Una salita de primeros auxilios? (Zulema niega con la cabeza)  Llegué hasta la placita y…   Y ahí sentí… Me agarró un dolor… (se acaricia la boca de su estómago) ¿Una aspirina, princesa?

            Zulema niega con la cabeza.

Vendedor: Me… Un… ¡¡Ayyy!!

El Vendedor se toma el vientre, lo aprieta fuerte y muere cayendo de la silla, yéndose hacia adelante.

            Adentro de la casa la madre  sigue cantando “Casta diva” con voz cada vez más elevada, que se seguirá escuchando aun después de que  se produzca el oscuro total de la escena.

Epílogo. Información final para extranjeros.

Uno:
            El mate – una calabaza pequeña, vacía y seca, con un orificio circular en la parte superior -, se llena hasta la mitad con la molienda de la yerba mate (Iles paraguarienses), se la cubre hasta el borde con  agua caliente (al contrario de todas las infusiones, el agua no debe ser hervida, pues “quema” la yerba) y mediante una bombilla de metal, introducida hasta el fondo de la calabaza, se sorbe el líquido resultante.
            El mate se consume en Argentina, Paraguay y Uruguay con variantes mínimas – la calabaza de distintos tamaños, el agua más o menos caliente, el agregado a la yerba mate de la molienda de otras plantas -, que no excluyen en ningún caso la mejor consecuencia del hábito: la permanencia de las personas alrededor del cebador esperando su turno,  la  conversación inevitable, siquiera de temas banales, y la obligación de hacer una pausa en la tarea, ya que difícilmente cuando se toma mate se puede hacer otra cosa.
            La bombilla pasa de boca en boca sin que esto sea un motivo de rechazo o de repulsión.
            Cuando una persona devuelve el mate al cebador y  dice “gracias”, el cebador entiende que esta persona no desea tomar más. Si esto no ocurre, el cebador lo seguirá teniendo en cuenta, y le ofrecerá el mate cuando le toque su turno en la rueda.
Es un atentado a la cortesía aceptar un solo mate, cuando se es convidado hay que tomar por lo menos dos.
            La cuestión no cierra aquí, se han escrito libros acerca de los alcances de esta ceremonia social, explicando de qué manera las muchachas del campo expresan a través del cebado del mate, de cómo lo entregan o de  cómo lo reciben de vuelta, el afecto o el rechazo por el galán que las corteja.

            Dos:
            El cultivo de la flor del rosal ha dado como resultado una especialidad de la jardinería, conocida como “rosicultura”, practicada en todas partes del mundo y, en particular, en los países británicos.
            Esta gente se constituye en asociaciones que publican revistas, realizan congresos y mantienen intercambio de experiencias, en especial  respecto a la aplicación de la “hibridación”, donde se destacan verdaderos genios – entre ellos el inglés David Austin –, que han conseguido flores de colores extraños en la naturaleza: la rosa  azul pero no todavía la negra.

            Tres: 
            Las hormigas, de tamaño y beligerancia diferentes, habitan en todo el mundo. Son insectos sociales que, como informa un conocido manual, « nos recuerdan a los comportamientos de nuestras familias y de nuestra sociedad».
            Por lo general la depredación de los jardines es practicada durante la noche, por colonias formadas por hormigas negras, robustas e incansables.
            Se las combate con veneno, líquido o en polvo, con frecuencia ineficaces.

            Cuatro:
            El conjunto musical Wawancó (con dos dobles ve) tomó ese nombre jugando con el  vocablo afrocubano  “guagancó” (con dos ge, ge de gato), que en dialecto “ñañigo”, todavía hablado en el oriente de la isla, significa “fiesta familiar o alegría familiar”. Con esta palabra, “guagancó”, también se identifica un ritmo tradicional que aun se toca en Cuba.
            Wawancó fue formado por seis universitarios latinoamericanos que llegados a la Argentina en los años cincuenta para estudiar medicina, cambiaron ésta por la música.
            La cumbia, de la cual son pioneros, es su sello inconfundible.



            Cinco:
            En cuanto al fútbol, se sabe, en la Argentina  “es pasión de multitudes”.

Título del libro que leyó, o miente que leyó, la protagonista de Sweet Charity.


 
 
 
 

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