Home Page
Mensajes y comunicados de SOMI
Historia del Teatro
Carlos Somigliana
Fundación Somi
Obras estrenadas
Dramaturgia
NUEVO:
Sobrepoco, la columna de B.C.
Sobretodo,
Revista digital de crítica e investigación teatral
Textos de autores argentinos contemporáneos
Teatro Abierto
Taller En busca de la herencia... 2001
Libros y videos
Staff
Mail
 
Síganos
por Facebook
 
 
Comprar entradas en Alternativa Teatral
 
Textos de Autores Argentinos Contemporáneos
 
Romancito
de Cecilia Propato
 

Romancito se estrenó el 26 de Octubre de 1999 en el Teatro del Pueblo-.

Autora: Cecilia Propato
              Olleros 3044
             (1426) Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
             Argentina.
             Tel\fax: 4554-6303/3533-6859
                    (15) 5 038 1570
             E-mail: cecipropato@yahoo.com.ar
                          cecisiceci@hotmail.com

PERSONAJES:

Francisco
Luisa

INTRODUCCIÓN:

Francisco, quien viste un pullover gris y un pantalón de paño negro, está sentado en un extremo de una pequeña mesa rectangular. Lleva un rosario colgado de su cuello. A su lado se encuentra Luisa, quien tiene un vestido de frisa color marrón. Hay una tercera silla (encajada en la mesa) y frente a ella un tazón blanco.
En las paredes hay un crucifijo y un reloj cucú.
Luisa y Francisco observan  el tazón. Suena el reloj cucú.

Señala el tazón.
Francisco:  Basta de prepararle la leche. Gastás casi un litro de leche y después la tirás.
                 ¡Qué tenés en la cabeza!

Luisa:        Ya la va a tomar.

Francisco: ¿Quién la va a tomar, mujer?

Luisa mira la hora en el reloj cucú. Mueve la cabeza como  si fuera un pájaro

Luisa:      Cucú-cucú-cucú-cucú...
                Pausa
                Es temprano, falta para que venga...Me parece que se va a enfriar la leche.
                Le compré palitos de chocolate. Se va a poner contento.

Francisco: Va a venir un carajo. Además el que se vá de esta casa no entra más.

Luisa:      A Clarita le dijiste eso y no volvió más.

Francisco murmura plegarias.

Luisa: Ella se fue por tu culpa.

Francisco murmura más fuerte.

Luisa: El nene también se fue por tu culpa.

Luisa se abalanza sobre Francisco. Este la empuja hacia un costado y la tira al suelo.

Francisco: Ella se fue a revolcar con ese músico roñoso, y después vino a dejarnos al
                  nene.
                 Pausa.
                  Dios sabe cómo criamos a ese chico, no como un nieto,
                  sino como un hijo...Las noches que pasamos haciéndole respirar menta y
                  eucalipto con miedo a que se nos muriera de pulmonía.

Luisa: Vos le pegabas.

Francisco: Lo quería hacer expectorar. Mi madre se murió de pulmonía.

Luisa: Le pegabas por cualquier cosa. A Clarita también le pegabas.

Francisco: Ella quería salir a la calle como si fuera una prostituta.

Luisa: La puta fue tu santa madre que se acostó con todo el pueblo.

Francisco se levanta de la silla, cierra el puño, lo levanta y lo desplaza en dirección a  Luisa.

Francisco: Yo nunca quise tener hijas, porque sabía que traen problemas.

Luisa: Tampoco te querías casar conmigo.

Francisco: ¿Quién se quiere casar? El casamiento no es un gusto sino una obligación.

Luisa se sube a una silla, se levanta la pollera y muestra la bombacha.

Luisa: Por eso me hiciste tan infelíz.

Francisco ataja la imagen de Luisa con  la cruz del rosario (que cuelga de su cuello).

Francisco: ¿Te volviste loca?

Luisa: ¡Qué! ¿A tu Jesucito no le gusta?

Francisco: ¡Callate!

Luisa: No.

Francisco: Entonces ya sabes qué podés hacer.

Luisa: A mí también me vas a decir que me vaya.

Francisco: Primero estos dos y ahora vos.

Francisco murmura plegarias. Luisa llora y se dirige  hacia la ventana.

Francisco: ¿Hoy vas a ir?

Luisa: No

Francisco: Pero dijiste que no ibas a faltar.

Luisa: ¿Para qué voy a ir?

Francisco se acerca a  Luisa.

Francisco: Perdoná mujer. Olvidemos este momento.
                 Pausa
                 Andá a cambiarte.

Luisa: No. Hoy no puedo caminar. El círculo me marea y el sol resalta mis arrugas que    
           encarcelan mi rostro. Quiero recordar en soledad que hace veintinueve días  
          que se fue Romancito.

Francisco: ¿Veintinueve?

Luisa: Eso no se discute.

Francisco: Está bien.
                 Pausa.
                 Es mejor así. Nosotros estamos demasiado viejos para atenderlo.

Luisa mira por la ventana. Se estremece. Salta.

Luisa: Ahí, ahí  está Romancito.

Francisco se aleja de la ventana y de Luisa.

Luisa: ¡Romancito! Acá, la abuela.
            Pausa
           Claro que te compré las barras de chocolate amargo. Vení, subí.

Francisco se dirige  hacia la ventana.

Francisco: ¿Dónde? ¿Dónde está?

Luisa: Ahí, con el chico de enfrente.

Francisco: ¿Dónde?

Luisa: Ahí,  Pancho, el de la camisa cuadrillé roja y azul.

Francisco: Luisa, yo no veo a nadie. La calle está vacía. Ni siquiera hay autos
                 aunque oigo sus bocinas.

Luisa: ¡Te dás cuenta! Seguís sin ver nada. Hace meses tendrías que haber ido al
          oculista.

Francisco: Los médicos no saben nada.

Luisa: Si el año pasado te salvaron de perder un ojo.

Francisco: Me salvó Dios.

Luisa: Bah. Escuchá Pancho, el nene se puso a tocar la guitarra.
          En voz alta.
          ¡Cuidado, estás muy cerca de la calle!

Francisco: Yo no oigo nada. Solamente las bocinas de los autos

Luisa: También estás sordo. Parece que tu buen Dios no te cuida demasiado.

Francisco: ¡Basta! Ahí enfrente no hay nadie cantando.

Pausa.
Luisa aplaude y salta.

Luisa: Uh, me olvidé. ¡Que los cumplas felíz! ¡Que los cumplas felíz! ¡Viva!

Francisco: ¿A quién le cantás?

Luisa: A Romancito. Mañana cumple años. Le voy a preparar una torta bien grande,
          con quince velitas.
          Pausa.
          Podría ponerle una calesita arriba de la torta, pero las calesitas son tristes, esos
          dibujos pintados sobre la madera y los caballos, patos y autitos que dan vueltas 
          y vueltas sin llegar a ningún lado. Cuando Clarita era bebé quería que creciera
          rápido para poder llevarla a la calesita, es que yo había ido tan pocas veces
          de chica, creo que mi mamá me llevó dos veces a un calesita que funcionaba los
          días de kermés..Pero con el tiempo ver a Clarita girar en un caballo de madera
          tratando de agarrar la sortija me daba una sensación de soledad y de adormeci-
          miento. Volvía a casa sin energía...Vos me preguntabas qué me pasaba. ¿Te
          acordás?

Francisco: No.
                Pausa.
                Creo que sí.

Luisa: Siempre me decías la  próxima vez te acompaño. La próxima vez.
           Pero al final nunca me acompañabas.

Francisco: Es que esa música tan fuerte que ponían me hacía doler la cabeza.

Pausa.

Luisa: Me falta comprar dulce de leche, azúcar impalpable...Ah, y  esas velitas que las 
          soplás y se vuelven a prender.

Francisco mira a través de la ventana.

Francisco: Para qué te vas a poner a preparar una torta. No creo que él venga.

Luisa: Pero si ahí está. Ahí...Con el chico de enfrente, hombre.

Francisco: No veo a nadie.

Luisa: Es todo un invento esto de que no ves, para no festejar el cumpleaños. Nunca te
          gustaron las fiestas. Te molesta que la gente hable y se ría. Me acuerdo que en
          el cumpleaños de Romancito del año pasado mirabas a sus amigos serio, con
          odio. Apenas corté la torta y la serví, apagaste la luz de la casa. Se tuvieron que
          ir todos...Romancito te pedía por favor, llorando, que prendas la luz y vos
          decías: terminó la fiesta y se acabó.

Francisco: Al otro día se tenía que levantar temprano para ir al colegio.

Luisa: Era su cumpleaños.

Francisco: Era tarde.

Luisa: Es un chico de cinco años...Quería estar con sus amiguitos.

Francisco: ¿Cómo? ¿Mañana no cumple quince?

Luisa: Sí.

Francisco: Dijiste que él tiene cinco años.

Luisa: Quince, quince. 

Francisco: Se tengan los años que se tengan en esta casa mando yo.

Francisco le clava un dedo en el pecho a Lluisa.

Francisco: Vos siempre consintiendo, y así salieron tu hija y tu nieto. Mi madre que en
                  paz descanse tenía razón, decía que vos no ibas ser una buena madre.
                  Pausa.
                  Tenía razón, tenía razón...Esas minifaldas que le cosías a tu hija la
                  convirtieron en una cualquiera. Vos tenés la culpa de que sea una perdida.

Luisa saca el cuerpo a través de la ventana.

Luisa: Romancito, Romancito. Subí, subí. El abuelo ya se va a calmar. Subí que hace
          frío.

Francisco mira por la ventana.

Francisco: Dónde. ¿Dónde está?

Luisa: Ahí enfrente.

Francisco: No lo veo.

Luisa: Ya va a subir y lo vas a ver. Te pido que esta noche lo trates bien y que no le
           hables mal de Clarita como hacés siempre.
           ¡Shiii!¿Escuchaste ese ruido? Debe ser Romancito.

Francisco: No, son los vecinos de al lado.

Luisa: ¡Cómo! Ellos también se habían ido...

Francisco: Dicen que se fueron pero se oyen sus voces.

Luisa: Yo no los volví a ver.
         
Francisco: La chica tiene la edad de Clarita.

Luisa: No, Clarita es más chica.

Francisco: No, mujer...Tiene treinta y pico como la de acá al lado.
                 Pausa
                 El muchacho me tocó la puerta...Claro, bien que me acuerdo porque la 
                 chica tenía contracciones. Tardé en abrirle. Era tarde...Cuando abrí ya no
                 estaban.

Luisa: Se habrán ido al hospital. En esos momentos no se puede esperar.

Francisco: Después, nunca escuché al bebé llorando.

Luisa mira por la ventana a un punto indefinido.

Luisa: Es que Clarita es muy buena madre, nunca lo dejaría llorar.

Francisco: ¿Quién?
                Pausa.
                La chica de al lado, ¿cómo se llama?

Luisa:  Ah, no sé....Se llama Sandra, creo que Sandra.
           Pausa.
           Hacía botones de madera y los pintaba a mano... Le gustaban las manualidades
           Pausa
           ¿Te acordás qué bien le iba en actividades prácticas? Qué prolija que era   
          Clarita.

Francisco: Era lo único que hacía bien. A Clarita no le gustaba estudiar.

            Pausa

Luisa: Bueno, voy a preparar la comida. Romancito estará por subir y debe tener
          hambre.

Francisco: Y si no viene preparás la comida igual. Hace años que no ceno como Dios
                manda. Yo soy tu marido y tenés la obligación de atenderme. Siempre todo
                para él. Desde que vino él a esta casa yo dejé de existir, empezaste a cocinar
                sus gustos, hasta el colmo del otro día que me diste el arroz sin cocinar,
                directo de la caja como si yo fuera una especie de paloma o algo por el
                estilo...Empezamos a mirar los programas que él quería. Empezó a venir
                gente extraña...

Luisa agarra un delantal blanco de cocina que hay sobre la mesa y se lo ata en la cintura.

Luisa: Voy a la cocina. Cuando llegue Romancito me avisás.

Luisa sale.

Francisco se dirige en forma rápida hacia la ventana.

Francisco: ¡Román! Román.
                  Pausa
                  Yo no lo veo. Capáz que Luisa tiene razón y Román está ahí.
                  Coloca las manos en forma curva alrededor de la
                  boca.
                  Román, Román... ¿Me escuchás? ¿Cómo te fue en la clase de guitarra?
                  ¿Aprendiste a tocar el Ave María? ¡Román! ¿Querés comer una banderita
                  de queso y dulce de batata? Te la hago como a vos te gusta: dos fetas fini-
                  tas de queso y en el medio una grandota de dulce. Compré batata con cho-
                  colate, como a vos te gusta.
                  En voz alta.
                  ¡Román! Van a ganar los Rojos.

Luisa entra con un plato con fideos, un tenedor y una botella de vino con un vaso enganchado en el pico del envase.

Luisa: ¿Qué es ese bochinche?

Francisco: Escuchaba el partido.

Luisa: Acá tenés. Comé que se enfría.

Francisco se sienta en una de las cabeceras de la mesa. Se persigna.

Francisco: Señor, agradezco el plato de alimento que me brindás este día, en el nom-
                bre del padre, del hijo y del espíritu santo...
                Para Sí
                Por Román...Amén

Luisa: ¿Qué dijiste?

Francisco: Dije Amén

Luisa: No, antes.

Francisco: En el nombre del padre...

Luisa: No, después de eso.

Francisco mira  el plato de comida.

Francisco: No dije nada más.
                 PAUSA.
                 ¿Esto sólo hiciste de comer?

Luisa: si te quedás con más hambre en la cocina hay pan.

Francisco golpea la mesa.

Francisco: ¡No es posible que esta casa vuelva a la normalidad! ¡Dame una servilleta!

Luisa: Ahí te puse.

Francisco: Quiero una de tela.

Luisa: No hay más.

Francisco: ¡Cómo que no hay más!

Luisa: Después de aquella pelea tuya con Romancito las tiré

Francisco: No me acuerdo de ninguna pelea con Román. Estás mintiendo.

Luisa: Ese día Romancito estaba comiendo un sandwich de milanesa y usaba de plato
           una servilleta y vos querías que deje la servilleta y coma la milanesa en un
           plato, con cubiertos, y como él no quería lo golpeaste y me golpeaste, y
           entonces tiré las servilletas.  

Francisco toma la cruz del rosario  y la coloca sobre la cara de Luisa.

Francisco: Jurá en nombre de Dios que decís la verdad.

Luisa empuja a Francisco. El rosario se cae y se rompe. Francisco se agacha y junta las cuentas y se las mete en el bolsillo del pantalón. Luisa llora y se dirige hacia la ventana.

Luisa: Hola, Romancito, subí que te caliento la comida.

Francisco: No va a subir.

Luisa: Ahí viene.

Francisco: La madre se lo llevó.
                 Para sí.
                 Ella era la que no quería comer la milanesa en un plato.

Luisa: No, ella no volvió nunca   
   
Francisco: Como lo trajo una vez lo vino a buscar.

Luisa: Los dos se fueron un día de frío como hoy. Deben hacer exactamente los
          mismos grados, siento lo mismo que aquella vez: ningún pullover me puede  
          abrigar, voy a tener que tejer con una lana más gruesa, Pancho.

Francisco: De nada te sirve tejer.

Luisa saca el cuerpo por la ventana. Francisco mira en varias direcciones.

Luisa: Romancito, la abuela tiene maíz inflado para hacerte pochoclo. Vení, no me
         mires con esos ojos de lechuza asustada. Te acordás cuando la abuela te decía
         “mi lechucita”. A tu mamá también le decía “mi lechucita”. Vos tenés esos
         ojos negros y hondos como los de ella. Subí, subí, vení a darle un abrazo a la
          abuela.

Apagón.

Llueve. Luisa está sentada en una de las sillas. Teje con dos agujas, con una lana color violeta. Francisco está sentado en el sillón y remoja los pies en un fuentón metálico cargado de agua. Se pasa una piedra pomex por los talones. A un extremo del sillón hay una caja de cartón.

Luisa: No me gusta tejer pero no puedo dejar de hacerlo. Es lo único que puedo hacer
          con continuidad. Un punto, otro. Una sucesión de puntos y ya está la parte de
         de atrás...

Francisco: Ya viene la primavera. Para qué hacés un saco.

Luisa: Tengo algunos botones de madera que hacía Clarita, están sin pintar pero los
           quiero aprovechar en alguna ropa.

Francisco: ¿Clarita hacía botones como la chica de al lado?

Pausa.

Luisa: No sabía que la chica de al lado también hacía botones.
           Pausa
          Le voy a preguntar si los quiere pintar. Los que hizo Clarita no están 
          terminados.

Luisa se dirige hacia donde  está la puerta de entrada del departamento con el tejido en la mano. Este se desparrama a lo largo del  ambiente. Francisco se levanta.

Francisco: No, vení, Luisa...No vayas.

Luisa: Ya vengo, hombre.

Francisco: No vayas, pueden no estar.

Luisa: ¡Pero si vos oís sus voces!
           Pausa.
           Quizá hablan bajito por el bebé.

Francisco: ¿Qué decís?  ¡Un bebé! Si debe tener la edad de Romancito.

Luisa: Por eso.

Francisco: Es todo un muchacho.

Luisa camina. Francisco saca un pie del fuentón.

Francisco: ¡No salgas, Luisa!

Luisa: Si no están, me vuelvo o les dejo una notita diciéndoles que me toquen la puerta
          cuando vuelvan.

Pausa.

Francisco: Mejor no saber si están o no.

Luisa retrocede.

Luisa: Bueno...Andá vos.
          Pausa
          ¿Porqué no vás vos?
          Pausa.
          ¿Porqué jamás te acercás a la puerta?

Francisco: Ahora no puedo.
               Pausa.
              Además los sacos no quedan bien con botones de madera. No quedan finos
                       
Luisa:  Ah.
           Pausa.
           Me lo hubieses dicho antes. ¿Te gustan de plástico? ¿Forrados con tela?

Francisco: Sí, sí, como quieras pero de madera no
       
Luisa se dirige hacia la silla y se enrieda con la lana. Francisco se sienta, mete los pies en el fuentón, se agacha, mete la mano en el agua del  fuentón y con la mano se tira agua en las piernas.

Luisa: ¿Con qué agua te estás lavando?

Francisco: Con la que había en el fuentón.

Luisa: Esa era agua de lluvia que junto para el pelo de Clarita.

Francisco: Yo qué sabía.

Luisa: Vos nunca sabés nada.

Francisco: En esta casa no puedo hacer nada, todo lo que hago está mal. Si como una
                 galletita tengo que poner la mano debajo para que no caigan migas en el
                 piso, si me siento en la mesa tengo que correr las sillas despacio para no
                 hacer ruido. En la cama no me puedo dar vuelta porque decís que muevo
                 todo el colchón y te despierto. Tampoco puedo ponerme boca arriba 
                 porque decís que ronco. ¡Bah!

Luisa: Si no dormís casi nunca en la cama.

Francisco: Para no molestarte mujer...
                Pausa.
                No sé para qué juntás agua para Clarita, pareciera que te empecinaras en...

Luisa: Además, uso el agua de lluvia para los pullóveres recién hechos. La lana es
          como el cabello, se renueva con agua de lluvia, y si además le ponés dos gotitas
          de vinagre no sabés qué bien que queda.

Francisco: ¡Bah!

Pausa.

Luisa: Todavía no dejó de llover. Salí de ahí que voy a juntar más agua.

Francisco: Ahora me estoy lavando los pies.

Luisa: Yo no puedo creer que te laves los pies en el fuentón en donde bañamos a     
          Romancito.
          Pausa.
          Cómo grita cuando lo bañamos.

Francisco: Era Clarita la que gritaba.
                Pausa.
                Andá, mujer, traeme la toalla.

Luisa: Clarita gritaba...Como los de al lado hacían tanto ruido. Yo iba a salir al pasillo
           para  ver si necesitaban ayuda, pero vos me dijiste que no salga, entonces yo...

Francisco: Traeme la toalla.

Luisa camina enroscada en  la lana en dirección a donde está Francisco.

Luisa: Sacame esto, Pancho.

Francisco se estira, toma de la lana y tironea. Agarra la piedra pómex y frota la lana. La lana se rompe. Luisa recoge los trozos de  lana.

Francisco: Ahora, traeme la toalla.

Pausa.

Luisa: Ya que estás así, me vas a hacer un favorcito. Paráte bien un momentito.

Francisco se para. Luisa saca una madeja de lana de la bolsa de tejido. Lo atrapa a Francisco con la madeja, toma de una punta de la lana y hace el ovillo. Francisco hace equilibrio en el fuentón.

Francisco: Pero podrías haber esperado un poco. ¡Dejame salir!

Luisa: El ovillo, tengo que armar el ovillo.

Francisco: ¿Y este color?

Luisa: Es para Romancito.

Francisco: Es muy fuerte. ¿Te parece...? Aparte no sé para qué hacés esto si...

Luisa: Este color le va a sentar bien a la cara. El es muy blanco.
          Ya vas a ver cuando lo lleve puesto.

Francisco: ¿Tan blanco te parece? Yo no lo veo tan blanco.

Luisa tironea de la lana y arma el ovillo.

Luisa: No te muevas tanto.
          Pausa.
          Espero que le quede bien. Se lo hago con un molde para siete años por si le
          queda chico.

Francisco: Eso seguro, le va a quedar chico.

Luisa: Grande, viejo...
           Pausa.
           No te muevas.
           Pausa.
           Pero mejor, así le dura más…
           Pausa
           Aunque la lana se ensancha. Mejor se lo hago para dos.

Francisco: ¡Qué disparate!

Luisa: Claro. La lana se estira y cambia mucho...Como los recuerdos.

Francisco: Si él es un hombre.

Luisa: Algún día...Falta para eso.

Luisa arma el ovillo.

Francisco: Estoy cansado. El agua está fría.

Luisa  enrolla  el ovillo en forma rápida.

Francisco: Me voy a enfermar, mujer. Sacame esto.

Francisco y Luisa forcejean y Francisco se cae. Está  apresado por la madeja. Luisa se agacha y arma el ovillo.

Luisa: Pancho, movete, que el saco va a ser el regalo de cumpleaños de Romancito y    
         quiero terminarlo pronto.

Francisco gira en el lugar  y Luisa arma en forma rápida el ovillo. Se caen las cuentas del rosario del bolsillo de Francisco.

Francisco: Ay.

Luisa ayuda a Francisco a incorporarse en el sillón.

Luisa: Vení viejo, sentate un poco.

Francisco: Es la hora de la oración, pero no tengo el rosario.

Luisa toma una lana, se agacha, toma cuentas del rosario y se las  pasa. Arma un collar , irregular y se lo pasa por el cuello a francisco.

Apagón.
         
 Luisa lleva un vestido floreado y en su cabeza tiene un gorrito de cumpleaños Distribuye globos y guirnaldas en las paredes.  Coloca sobre una mesa rectagular  un mantel con dibujos de osos y sobre él pone  una torta grande con quince velitas y vasos con figuras de globos. Dobla servilletas.

Luisa: A Romancito le pongo dos porque siempre le quedan restos de crema en la 
         cara.

Francisco está sentado en un sillón. Saca fotografías de la caja, las mira y las coloca en el interior de la caja. Saca una foto y la observa fijamente.

Francisco: Uy, acá está Filomena, la gran Filomena.

Luisa: Espero que le quede bien el pantalón a Romancito. Porque no pude terminar
           el saco.
           Pausa.
          Capáz que un jardinero le vendría mejor para jugar en la plaza. ¡Bah! Pero el de       
          corderoy gris me pareció más elegante.

Francisco: Cuando el cielo se ponía gris plomo, para llover, la Filomena se confundía
                con el cielo, entonces le puse una campanita al cuello y a partir de ese mo-
                mento la encontraba esté donde esté. Fi- lo- me- na, qué tiempos aquéllos...

Luisa: Me parece que va a llover, el cielo está gris plomo.

Francisco: Cuando llovía la Filomena se asustaba. Yo también me asustaba, por eso el
                teniente me dejaba de guardia los días de lluvia. El muy degenerado se reía
                de mí.

Luisa: Con el miedo que le tiene Romancito a los truenos.

Francisco: ese le tiene miedo a todo.
                Señala la cruz ubicada en la pared.
                A Él le tendría que temer.

Luisa: Es sólo un chico. ¿Vos no le tenés miedo a nada?

Francisco: No.

Luisa: Nunca le tuviste miedo a nada.

Francisco: No

Luisa: Deberías.

Francisco  se persigna y lleva las manos hacia arriba.

Francisco: A Él sí. A Él le tengo miedo.

Luisa: Deberías tenerle miedo a otras cosas.

Francisco: ¿A qué? Dios dá y quita todo.

Luisa: Alguien que no sea Dios te puede quitar todo...

Francisco se levanta y se le caen todas las fotos.

Francisco: ¡Quién! ¿Quién me puede quitar todo?

Luisa murmura y se va del living.

Voz de Luisa: Los gorritos, faltan los gorritos para los chicos.

Francisco juntas las fotos.

Francisco: ¡Mis fotos!

Luisa entra y revolea una bolsa con gorritos de cumpleaños. Saca un gorrito, se acerca a Francisco y se lo apoya en la cabeza de él.

Francisco: Mirá Luisa, estas son las fotos de cuando hice el Servicio Militar, me
                habían destinado a la montaña. Esta es Filomena.

Luisa calza el elástico del gorro en el cuello de Francisco y tironea con fuerza hacia arriba.

Luisa: ¿Te gusta la torta que le preparé a Romancito? Tiene crema, mucha crema,
          como a él le gusta.

 Para sí. Se agarra el cuello

Francisco: Filomena vivía con nosotros en el Regimiento.

Tironea el gorro de Francisco hacia arriba

Luisa: La mojé con oporto...

Francisco:  Ay, algo me aprieta en la garganta.
                 Para sí
                 Tenía un pelo tan lindo. Yo se lo cepillaba todos los días.

Tira del gorro hacia arriba y lo suelta.

Luisa: Le puse duraznos cortados chiquitos, bien chiquitos.

Francisco: Era tan obediente, yo la quería.

Luisa: A quién... ¿A quién querías vos?

Francisco: A Filomena.

Luisa: ¿Es una amiguita de Romancito?

Francisco: Es una mula.

Luisa: ¿Le compraste una mula?

Francisco: ¿A quién?

Luisa: A Romancito...Por el cumpleaños.

Francisco: ¿Qué cumpleaños?
                Se toca la cabeza y se arranca el gorro.
                El no cumple hoy, cumple en febrero.

Luisa: Cumple hoy, cinco de Julio

Mira hacia la mesa.

Francisco:Y todas esas cosas...No sé para qué hacés todo esto si....

Luisa: ...Si total no va a venir, ¿no? Eso me vas a decir. Vos porque no lo vés, hombre.
           Estás chicato. Si el nene está ahí abajo.

Francisco recoge  las fotografías. Para sí.

Francisco: Qué buenos tiempos estos, con los muchachos y Filomena...

Luisa aplaude.

Luisa: ¡Qué los cumplas felíz! ¡Qué los cumplas felíz! Qué...¡Viva!

Francisco: ¡Uh! Esta foto es de cuando me festejaron mi cumpleaños. Cumplía
                  veintidós años. Cómo pasa el tiempo

Luisa: Quince años...Dentro de poco va a ser todo un hombre.

Francisco: Ese día los muchachos me dijeron que pida un deseo antes de apagar la
                 velita. Pedí a Dios que Filomena no se muriera, porque hacía un tiempo
                 que andaba mal.
                 Al otro día murió.

Luisa: Espero estar viva cuando Romancito sea un hombre.

Francisco: Prepará unos mates, mujer.

Luisa: Está por empezar la fiesta. No nos vamos a poner a tomar mate ahora.
          Después tomás un poco de gaseosa.

Francisco: ¡Te dije que prepares unos mates!

Luisa: Andá a tomarlos a la cocina.

Francisco: Preparalos y los tomo allá.

Salta Y toca una corneta de plástico.

Luisa: Yo estoy ordenando, hacelos vos.

Francisco Se para y se dirige hacia la mesa.

Francisco: Si no me preparás el mate aplasto la torta.
                  Saca las velitas una por una y las tira al piso.
                  Román no cumple quince, cumple veintidós.

 Levanta las velitas y las pone de nuevo.

Luisa: Cumple quince, cumple exactamente quince años.

Francisco: Si se fue cuando tenía dos, y de eso hace veinte años.
                 Pausa.
                 ¡Hacé los mates o ya sabés!

Luisa sale del living. Francisco camina en forma sigilosa hacia la ventana. Mira a través de la ventana. Se pasa las manos por los ojos. Se escuchan  unos pasos y corre en dirección a donde  está ubicada la caja con las fotos. Luisa trae una bandeja con  la pava y el mate y la deja al lado de Francisco.

Luisa: Hoy a la mañana me dijo que venía a las ocho. Falta una hora.

Francisco: Si él no estuvo acá hoy.

Luisa: Me dijo que venía a las ocho.

Francisco: Bueno, basta mujer, llevate toda estas cosas de cumpleaños a la cocina y
                 terminemos con esto.

Luisa: Pero si falta poco para que empiece la fiesta.

Francisco: No va a haber ninguna fiesta.

Luisa: Sí. Es el cumpleaños de Romancito y se lo voy a festejar.

Francisco: Es en febrero, el diez.

Luisa: Es hoy. El nació un cinco de Julio.

Francisco: No sabemos cuando nació.
                 Pausa.
                 Basta. Desocupá la mesa.

Luisa: ¡Que los cumplas felíz! ¡Que los cumplas felíz! ¡Que los cumplas Romancito!
           ¡Qué los cumplas felíz!

Francisco: Te dije que todo a la cocina.

Luisa: ¡Que los cumplas felíz!...

Francisco: A la cocina...

Luisa: Que los cumplas, Romancito...

Francisco se levanta y  con la mano tira al piso todo lo que hay sobre la mesa. Luisa llora y  revolea los objetos caídos a Francisco. Este le pega a Luisa.  
Luisa sale del living con los restos de torta en la mano.
Francisco se dirige a la ventana. Mira detenidamente  a través de ella. . Va hacia el sillón, se sienta y toma unos mates. Mira fotos. Para sí.
    
Francisco: La mula Filomena era fuerte como un camión. Resistía las peores
                tormentas. Mula del desierto, gris plomo. Un día, uno de los muchachos que
                nos abría paso entre la maleza con una guadaña, le cortó una oreja. Los 
                demás compañeros se echaron a reir y vos, mi pobre Filomena, los mirabas
                como si no miraras. El que llevaba la guadaña en la mano te quería cortar la
                otra oreja para que te quedaran las dos iguales, pero yo lo impedí...

Luisa entra con el cabello revuelto y con un álbum de fotos abierto  entre las manos, las fotos se caen de entre las páginas y ella las levanta.

Luisa: Mirá viejo,  acá tenía seis años.
Pausa.
           ...O dos.

Francisco: Fi- lo- me- na.

Luisa pone el álbum de fotos encima de las fotos que tiene entre las manos Francisco.

Luisa: Miralo viejo, ¿no está hermoso? Con ese guardapolvo blanco y esa carita de
          ángel.

Francisco: Ese parece mi hermano.

Luisa: Es que Romancito se parece a tu hermano.

Francisco: Esa foto me parece haberla visto en mi casa, en el aparador que tenía mi
                 madre.

Luisa: Estás confundido.
          Pasa las páginas del álbum
          Mirá, mirá qué linda que está Clarita.

Francisco: ¿En dónde?

Luisa: Ahí, hombre, abrazada al nene.

Francisco: ¿Clarita tenía el pelo rubio?

Luisa: Lo tiene castaño.

Francisco: Acá lo tiene rubio.

Luisa: No, no es rubio. No ves que es castaño. Como no voy a saber el color de
          pelo de mi hija.

Francisco: Es rubio, mirá mujer.

Luisa: Seguís sin ver.

Francisco: Veo muy bien, tiene el pelo rubio como Romancito.

Luisa: Pero acá Romancito lo tiene castaño, casi negro.

Francisco: Debe ser porque la foto es en blanco y negra.

Luisa: Debe ser.
           Pausa.
           Y acá se vé el día que interpretó La paloma blanca con otra compañerita.
           Hace Unos Movimientos Coreográficos y canta.
           Estaba la paloma blanca, sentada en un verde limón, con el pico cortaba
           la rama, con la rama cortaba la flor: Ay, ay, ay cuando veré  a mi amor
           Pausa.
           Dame una mano, dame la otra, dame un besito sobre mi boca...  
          
Luisa acerca su boca a la boca de francisco. Este la esquiva y la empuja hacia un costado.

Francisco: Salí, salí que tengo calor.
                 Pausa.
                 Este no es Román, este soy yo en un acto de mi escuela.

Luisa: Si es Romancito, hombre. No vés que se ríe. Vos nunca te reís.

Francisco: Yo antes me reía. No me río desde el día que...

Luisa: No te reís porque entre otras cosas te faltan los dientes y no te los querés ir a
          poner por tacaño.
          Pausa. Pasa una hoja del álbum
          Mirá acá a Romancito tan chiquito. Si pudiera volver atrás. Si lo pudiera
          arrancar de la foto y agarrarlo entre mis manos, y comprarle caramelos media
          hora y cortarle la milanesa bien chiquita para que la coma con su manito gorda.

Francisco: A Román nunca le gustó que le cortemos la milanesa. Él era rebelde
                desde que nació.

Luisa: Todos los que no hacen lo que vos decís son rebeldes. Y a los rebeldes según
           vos hay que castigarlos. A Clarita y al nene los castigaste echándolos de esta
           casa.

Francisco: Ellos no se fueron por mí y vos lo sabés muy bien.
                 Pausa.
                 Haceme el favor de llevarte todo esto: el álbum y el mate.

Luisa: Como su majestad ordene.

Francisco hace un ademán con el puño cerrado en dirección a Luisa. Francisco  mira las fotos de la caja. Luisa sale del living con el álbum y la bandeja del mate. Francisco solloza y se dirige hacia  la ventana. Mira de un lado a otro. En voz alta.

Francisco: ¡Román! ¡Román!
                 Pausa
                Si él estuviese ahí: ¿Cómo sería su cara?

 

Luisa -quien lleva puesto un delantal blanco- entra con un mantel, cubiertos, tres platos, y tres vasos. Pone la mesa. Sale del living y entra con una fuente con comida.
Francisco y  Luisa se sientan en  los extremos de la mesa rectangular.  Francisco apoya la caja con fotos. Luisa sirve comida en los tres platos. Miran el tercer plato. Francisco reza.

Francisco: ¿Para qué le servís si después la tenés que tirar?

Luisa: Es que está comiendo poco. Lo noto algo inapetente.

Francisco observa una foto.

Francisco: En esta época no tenía ningún problema. Estábamos ahí, en el medio del  
                campo, de la montaña y cantábamos todo el día. Teníamos poco para comer
                y dormíamos en cualquier lugar. Ahora tengo cama y comida todos los días
                y no estoy mejor.

Francisco empuja con una de sus manos  hacia el centro de la mesa el plato de comida.

Luisa: ¿Qué te pasa? ¿No te gusta?

Francisco: No tengo hambre.

Luisa: Es la primera vez que te escucho decir que no tenés hambre.

Francisco: Mirá esta foto, es de cuando Filomena cumplió dos años. Le preparé una
                torta de miguitas de galletitas.

Luisa: ¿Las mulas comen galletitas?

Francisco: Esta comía lo que le dabas.
                 Pausa.
                 Extraño su pelaje y su compañía.

Luisa: Era sólo una mula y ya se murió.

Francisco: No te permito hablar así de Filomena.
              
Pausa.

Luisa: ¡Qué tarde! Y Romancito no llega.

Francisco: Roman es como Filomena, están solo en el recuerdo. Lástima que ni
                 siquiera  tenemos una foto de él, en cambio de Filomena tengo muchas.

Luisa: Tenemos fotos de Romancito. Pareciera que querés más a ese animal que a tu
          propia familia.

Francisco: Yo tenía una familia y me la desarmaron. Un día, creo que era cinco de
                  Julio.
                  En la calle se escuchaban las bocinas de los autos pero no se veía pasar a
                  ninguno. No pude hacer nada cuando entraron, pensé que al otro día me
                  iba a levantar y que nada de lo que había ocurrido era cierto.
                  Pausa.
                  ¿Vos crees que en esta foto Filomena está contenta?

Luisa pasa su mirada por la foto.

Luisa: Sí, se la vé felíz.

Francisco: Eso pensé yo. Por lo menos alguien que fue felíz estuvo a mi lado.
                 Pausa.
                 ¿En algún momento vos fuiste felíz conmigo?

Luisa se levanta en forma brusca y se dirige hacia la ventana.

Luisa: ¡Romancito! ¡Romancito! Subí que es tarde.
           Cómo le gusta tocar la guitarra con sus amigos a este chico.
           Por lo menos él sí parece felíz.

Francisco toma la caja de cartón y se dirige al sillón. Se hunde en él y con la cabeza baja repasa las fotografías.

Luisa: Pancho, ¿no te parece que es hora de que Romancito suba?
           Pausa.
           Últimamente: ¿no está comiendo poco?
           Pausa
          ¿Te parece que lo llevemos al pediatra?
           Pausa
          ¿Le hará falta vitaminas?

Luisa se dirige hacia el sillón donde está Francisco. Sube el tono de voz.

Luisa: Pancho. ¡Pancho! ¡Viejo!

Francisco: Sí, sí, ¿qué pasa?

Luisa: Levantate, andá a la cama.

Francisco: No, no, voy a rezar mis oraciones, después voy.

Luisa: Si querés podés dormir boca arriba.

Francisco: No, dejá.

Pausa.

Luisa: ¿Escuchaste lo que te dije antes? ¿No te parece que es tarde para que
          Romancito esté en la calle?

Francisco: Dejalo Luisa, de todas formas aquí adentro tampoco es demasiado seguro.

Luisa entra con una bandeja con el mate y galletitas. Despierta a Francisco que está en el sillón aferrado a la caja de cartón.

Luisa: Dormiste acá.

Francisco: Creo que sí.

Luisa: Traje el mate.

Francisco: No tengo ganas de tomar.

Luisa: ¡Cómo! Si a vos te gusta tomar mate por la mañana.

Francisco: Esta vez no quiero.
                Pausa.
                Mirá esta foto. Es de mi madre cuando tenía sesenta años. Clarita se parecía
                un poco a ella, el mismo pelo lacio. Mi madre nunca se cortó el pelo, lo 
                tenía tan largo que le llegaba hasta las rodillas. Por eso se hizo un rodete
                hasta el día de su muerte.

Luisa: ¿Querés una galletita? Son lenguitas de gato, las que te gustan a vos.
           Pausa.
           Si querés les pongo dulce.

Francisco: No, gracias mujer.
                 Pausa.
                 Mirá esta foto, es de mi papá cuando se iba a trabajar a la construcción.
                 Recuerdo que me contó que un día no tenía plata para el micro y tenía
                 que ir a trabajar, entonces se fue caminando cuarenta cuadras de ida y
                 cuarenta de vuelta.

Luisa: ¿Querés que te prepare unas tostadas con miel?
           Pausa.
          ¿Galletitas con queso?

Francisco cuenta las fotos con los dedos.

Francisco: ¿Me podés traer unas hojas y una plasticola que las quiero pegar?

Luisa: Ahora te traigo.

Luisa sale del living. Francisco se levanta con una foto en la mano y se dirige hacia la ventana. Muestra la foto hacia el exterior. Sube el tono de voz.

Francisco: Román, este soy yo cuando era chiquito. ¿Nos parecemos un poco? No sé, 
                  yo no te veo pero la abuela dice que estás ahí.
                 Cuando yo era chico el único juguete que tenía era un camión de madera en
                 el cual llevaba piedras y ramitas. Me divertía mucho con el camión, nunca
                 pensé que de grande la vida iba a ser tan terrible.
                 Román. ¿Dónde estás?

Se escuchan los pasos de Lluisa. Francisco se sienta en el sillón y se le cae la foto.

Luisa: Acá tenés lo que me pediste. ¿Pero no es mejor si lo hacés en la mesa?

Francisco: No, acá estoy bien.

Luisa visualiza en el piso la foto. La levanta.

Luisa: Este es Romancito.

Francisco: No, soy yo.

Luisa: Pero, no puede ser, es Romancito.

Francisco: ¿Somos parecidos?

Luisa: Sí...
           Pausa.
          ¿Estás seguro de que este sos vos cuando eras chico?

Francisco: Sí.
                 Pausa.
                 Si Román se parece a mí cuando era chico me siento contento.

Francisco  pega las fotos. Luisa mira el reloj cucú. Mueve la cabeza como si fuera un pájaro.

Luisa: Cucú-cucú-cucú-cucú.

Luisa se dirige hacia la ventana. Se queda inmóvil. Para sí.

Luisa: El día que te fuiste, eran las tres de la madrugada. Intenté impedir
          tu partida con un cuchillo de carnicero, pero no pude... Mientras, sonaba el
          reloj cucú. El pájaro salía de su casita y daba las tres y yo quise
          callarlo a cuchillazos y no sólo no se detuvo sino que no paró su cucú durante
          toda la madrugada y todo el día siguiente.
          Pausa.
          Te pido que subas un rato, al menos para mostrarte esta foto.
          También para que te vea el abuelo.

Pausa.

Francisco: ¡Luisa!

Luisa: Sí...

Francisco: Esta es toda mi historia, al menos yo puedo ordenarla en unas hojas. Quiero
                que la guardes en un cajón, cada tanto te la voy a pedir. Puede ser que algún
                día me olvide de quién fui y qué hice.

Luisa sale del living. Francisco baja la cabeza. Luisa -quien lleva un delantal blanco de cocina- entra con un mantel, cubiertos, tres vasos y tres platos. Dispone la mesa.

Luisa: Pancho, vení a comer. Hice ravioles.
           Pausa.
           Son caseros.
           Pausa.
          ¡Pancho!

Luisa toca el hombro de Francisco. Lo zamarrea. Francisco entreabre los ojos.

Luisa: ¿Qué te pasa?
           Pausa.
           Vamos a comer.

Francisco: No tengo ganas.

Luisa: Hice ravioles, de ricota y espinaca, como a vos te gusta.

Francisco: Me siento cansado, no tengo ganas.

Luisa: Pero tenés que comer.

Francisco: ¿Vas a ir hoy?

Luisa: No lo sé. Mirá si me voy y justo sube Romancito.

Francisco: No va a venir. Es mejor que vayas.

Francisco reza. Luisa se saca el delantal blanco y sale del living.

Apagón.

Francisco está en el sillón con la cabeza gacha, abrazado a la caja de cartón. Entra Luisa.

Luisa: Hola, viejo. Pausa. Hoy se unieron otras dos. El sol estaba muy fuerte y las palomas se peleaban por la comida. Te traje un poco de garrapiñada porque sé que a vos te gusta. Pausa. Una de las nuevas dijo que hace años que no puede dormir y que lo que más extraña es soñar. Entonces todas empezamos a tratar de recordar nuestros sueños pero ninguna se acordaba de nada. En eso se armó un revuelo porque una de las antiguas apareció con su perro, un collie como el que tenía Clarita ¿te acordás? Muchas estuvieron en contra de la presencia del animal. Claro, rompe la estructura del rito, es de otra especie, pero la dueña del perro dice que cuando ella se va de la casa, el collie ladra y ladra y los vecinos la amenazaron con envenenarlo. Y como no quería faltar, lo llevó. Yo pensé decirle que lo traiga acá los días de encuentro y mientras nosotras nos vamos el perro te hace compañía. Pausa. ¿Porqué no lo tuvimos más al collie de Clarita?

Pausa.

Era un problema para bañarlo, tanto pelo. ¿Te acordás que lo cepillábamos y cepillábamos y siempre le salía pelo? Pero era tan bueno con Clarita…Me acuerdo que cuando tuvo cachorritos eligió la pieza de la nena y los tuvo entre sus muñecas. Tan chiquitos, apenas si podían abrir los ojos. ¿Pero qué paso con los perritos? No recuerdo. Yo sé que nacieron ahí pero después no sé qué fue de ellos. Pausa. La señora se disculpó por presentarse con el perro y todas entendimos. Se portó bastante bien, por momentos corría a las palomas y ladró un poco, pero todas lo acariciamos y lo mantuvimos tranquilo. Pausa. ¿Cómo se llamaba nuestro collie?

Pausa.

Ah, Lassie. Como la serie. Cómo le gustaba ese programa a la nena. La verdad que a mí también me gustaba. La televisión te hace creer que hasta los momentos difíciles son fáciles, por eso me gusta. Ahora la dan de vuelta Lassie, pero ya no me gusta, no me parece que ese animal pueda resolver tantas cosas, sino a nosotros también nos las hubiera resuelto la perra. Pausa. ¿Por qué no tuvimos más a la perra? Pausa. La otra mujer que se unió a nosotras no habló hasta el final. Pero al despedirse repartió caramelos de miel y preguntó por qué no estaban los hombres junto a nosotras, todas nos miramos y una dijo que debe ser por el calor. Y otra, la más vieja, dijo que todavía era invierno. La que repartió caramelos se fue caminando lentamente. Pausa. ¿Por qué no te gustaba acompañarme a la calesita cuando Clarita era chiquita? Pausa. ¡Pancho!

Luisa se acerca y le toca el hombro a Francisco. Lo zamarrea. Francisco permanece inmóvil.

Luisa: ¡Pancho! Pausa. El otro día miraba a unos chicos que corrían alrededor de una calesita, ¡Qué peligroso! Pero estaban solos, nadie les decía nada. Me hubiese gustado acercarme y jugar con ellos, ayudarlos a subir al caballito pero me dio vergüenza. ¡Pancho!

Pausa larga.
Luisa se dirige hacia la ventana.

Luisa: Romancito… ¿Dónde estás? No te veo. Tampoco veo autos, pero oigo sus bocinas. Me gustaría abrazarte fuerte, no pude hacerlo lo suficiente.

FIN.
1999, Cecilia Propato.

 
 

Av Roque Sáenz Peña 943
C1035AAE Buenos Aires, Argentina
E-mail info@teatrodelpueblo.org.ar
Esta sala cuenta con el apoyo del
Instituto Nacional del Teatro
y de Proteatro