Home Page
Mensajes y comunicados de SOMI
Historia del Teatro
Carlos Somigliana
Fundación Somi
Obras estrenadas
Dramaturgia
NUEVO:
Sobrepoco, la columna de B.C.
Sobretodo,
Revista digital de crítica e investigación teatral
Textos de autores argentinos contemporáneos
Teatro Abierto
Taller En busca de la herencia... 2001
Libros y videos
Staff
Mail
 
Síganos
por Facebook
 
 
Comprar entradas en Alternativa Teatral
 
Textos de Autores Argentinos Contemporáneos
 
El otro y su sombra
Por Eduardo Rovner
 

A los otros
Y a sus sombras
Personajes

Pico
El otro


La habitación de un hotel de un pueblo de provincia. Dos camas, una ventana. Está anocheciendo. Pico está acostado con los ojos abiertos para no rendirse al sueño. Se levanta, pone el casete de “Amo esta isla”, de Pablo Milanés, y, en ropa interior, baila sensualmente, acariciándose el cuerpo. Comienza a moverse el picaporte de la puerta. Pico se asusta y mira hacia allí.

Pico. ¿Quién es?... (No contestan.) ¿Quién es?... ¡Pregunté quién es!...
(Sigue moviéndose el picaporte. Pico apaga la casetera, va rápido a su valija, la abre y saca un revólver con el que apunta a la puerta.)
     ¿Quién está ahí?... ¡Conteste!
(Entra el otro, con una valija en la mano. Se miran asustados.)
     ¿Quién es usted? ¿Qué lleva en la valija? ¡Déjela en el piso!...
(El otro deja la valija y lo mira sin saber qué hacer.)
     ¡Le pregunté qué lleva!... (El otro no le contesta.) ¿Por qué no contesta? ¡Ábrala!...
(El otro apoya la valija en el piso para abrirla y, cuando está por hacerlo:)
     ¡No! ¡Déjela así!... (El otro lo mira con miedo.) ¿Quién es? ¿De dónde viene?... ¡Le pregunté de dónde viene!...
(El otro toma la valija y comienza a irse. Pico, repentinamente, cambia.)
     Discúlpeme, no se asuste, es que soy viajante y... bueno, usted ya se lo debió haber imaginado, ¿no?, digo, como éste es un hotel de viajantes... (gesto ambiguo del otro) y pensé que usted podía ser un... ¡Qué idiota! Es que pasan tantas cosas. Por favor, acomódese...
(El otro lo mira y duda si quedarse o no. Pico mira su mano con el revólver apuntando al otro y la baja, pero mientras sigue hablando se acompaña con ademanes con el revólver en la mano. El otro contestará las preguntas de Pico o reaccionará a sus parlamentos con pequeños gestos, en general, ambiguos (G. a.), salvo en los casos que se indique en las acotaciones. Es importante que la relación entre esos gestos ambiguos y la interpretación y posteriores comentarios de Pico tengan la menor correspondencia posible.)
     Además, no me diga. Todos los días se escucha de un robo, un asesinato, una violación, ¿o no? ¡Es terrible! Debe ser la droga... (G. a.) Aunque, claro, también puede ser que la sociedad esté cada vez más violenta y por eso se droga. ¡Vaya uno a saber! ¿Usted, qué piensa?... (G. a.) ¿Por qué no habla?... (G. a.) Claro, se impactó tanto al entrar y verme con el revólver que se quedó... (G. a.) Es que, le dije, me dio miedo... (G. a.) ¿La verdad? Tiene razón, debe ser horrible; si yo me llegase a encontrar en una situación así, no sé qué haría... (Guarda el revólver en la valija. El otro apoya la valija en el piso, se sienta en la cama vacía y se saca los zapatos.) ¿En serio no lo impresionó tanto?... (El otro hace un gesto de alivio por los pies.) ¿Y entonces?... (G. a.)
(Pico, cuidadoso.)
     Disculpe, ¿qué problema tiene?... (El otro mueve los dedos de los pies.) Para hablar, quiero decir... (G. a.) No lo tome a mal, ¿no?, pero ¿no será tartamudo o algo así?... (El otro sonríe para sí.) Y, algo así sería, no sé, hablar mal, gangoso... (El otro asiente.) ¿Tampoco?... (El otro, sonriendo, se acuesta.) Es extranjero... (El otro niega.) ¿No?... (G. a.) Quizás, perdone, ¿no? ¿Quizás es mudo?... (El otro se tapa la cara con las manos.) ¿Y por qué no habla? ¿Le hace mal el calor?... (El otro pone los brazos a los costados de la cama.) ¡Está muy cansado!... (G. a.) ¿Quiere que le diga? Si no quiere no hable, hace bien. Por las cosas que hay para decir; la verdad, si yo pudiese, algunas veces, quedarme callado, pero no, siempre tengo que estar diciendo algo. ¡Si hasta cuando duermo hablo!... Así que, mi amigo, si no quiere hablar, no hable. Y no lo digo resignado sino que me parece bien que no lo haga, porque, además, ¿se imagina si usted fuese como yo? ¿Sabe qué sería esto? ¡Un conventillo! Así que tranquilo: si es mudo, es mudo, y si no quiere hablar, no se haga problemas, lo comprendo desde lo más profundo... (Intempestivamente.) ¿Pero cómo no me di cuenta? ¡Seguro, es extranjero! ¿Y quiere que le diga más?... (G. a.) ¡Del norte! Si los conoceré. Son parcos, no les gusta hablar. Los de la central, ¿sabe como qué son? ¡Como sombras! Uno habla, habla y habla y ellos... nada. Están siempre con su valija, que debe ser para poder llevarse todo, ¿o no?... (G. a.) Y sigue con la valija ahí. ¿Lo ayudo?... (El otro niega.) Debe estar muerto, déjeme... (El otro niega nuevamente.) Aunque sea le pongo la valija en la cama...
(Pico va a tomarla. El otro se interpone.)
     Deje, hombre, si no me cuesta nada. Me gusta ayudar...
(Pico no puede levantarla.)
     ¡Eeeh! ¿Qué lleva acá?...
(El otro toma la valija y la apoya nuevamente en la cama.)
     ¿Fuerza, eh? Mire que siempre me consideré un tipo fuerte, pero usted me gana por muerte... Es una forma de decir. ¿Qué lleva?... (G. a.) ¿De qué empresa es, qué vende?... (G. a.) ¿Cómo que no vende nada? ¿Y qué hace?... (G. a.) Vamos, ¿qué lleva en la valija?... (G. a.) Ya sé que no es cosa mía, pero... ¿quiere que le diga? ¡Tiene razón! ¡Seguro que tiene razón! Es más, usted ni tiene la apariencia de los del norte. Debe ser... (El otro se acuesta.) ¡Déjeme descubrirlo! ¿A ver?... (El otro se despereza.) No lo tome a mal, ¿eh? ¿Sabe qué? Parece un científico. ¿Es?... (El otro empieza a hacer ejercicios con el cuello, para relajarse.) ¿Cómo más o menos? ¿Es o no?... (Sigue.) Hubiera jurado que era. ¿Y qué es?... (En el ejercicio pone la cara como mirando hacia arriba.) ¡No! ¡No me diga! ¿Astrónomo? ¡Qué bárbaro, con lo que a mí me gustan los astros!... (El otro sigue con los ejercicios.) ¿La verdad? ¡Jamás me hubiera imaginado que fuese astrónomo! ¿Y qué hace aquí?... (El otro mira hacia el otro lado.) ¿Va para el Observatorio de San Juan? Debe ser apasionante, ¿no?... (G. a.) ¡Pasársela mirando las estrellas, los planetas, las lunas, los meteoritos! Y, dígame, después de mirar el cielo un rato, ¿qué hacen?... (El otro pone la cara mirando hacia abajo.) Digo..., ¿no se pudren como hongos?... (G. a.) ¿Quiere que le diga? Lo deben haber elegido porque no habla. ¿Se imagina si me mandan a mí? Me muero de angustia. ¡Déjeme de embromar! ¡Mirar las estrellas y no tener con quién hablar! ¿Cómo se puede vivir así?... (El otro estira el cuello.) Mire lo que resultó ser... ¡Claro, ahora me doy cuenta, en la valija debe llevar aparatos!, ¿no?... (G. a.) Digo, por lo pesada. Por ahí tiene un telescopio desarmado... (G. a.) ¿No?... No llevará una bomba, ¿no?... (El otro se sorprende. Pico se ríe.) ¡Lo dije en broma! No me mire así, ya sé que no son bromas para hacer en esta época, pero, dígame, ¿no sería posible? Con las cosas que están pasando. Al final, uno se imagina cualquier locura y después se entera de que, en algún lugar, pasó...
(El otro, sin mirar a Pico, comienza a reírse.)
     ¿De qué se ríe?... (El otro sigue riéndose.) ¿Qué le pasa, de qué se ríe? ¿Dije algo gracioso?... ¿Lo de la bomba?... ¿Qué tiene de gracioso?... No, claro, ¿cómo se va a reír de eso? ¿Y entonces? ¿De qué?... (Pico nota su propia apariencia.) ¿De cómo estoy?... (El otro deja de reírse.) Estaba haciendo gimnasia... Le parecerá raro con este calor, pero ¿le cuento? Hay pocas cosas que me gusten más que hacer gimnasia con esta temperatura... Esta sensación de transpirar, de sentir las gotas en el cuerpo, agitarme totalmente mojado hasta no poder más, es un placer especial, como si estuviese, no sé, haciendo el amor, ¿no?... (G. a.) ¡Qué sé yo, me gusta!... (El otro se sonríe.) ¿Por qué me mira así?... (El otro se sorprende frente a la pregunta.) No piense nada malo; estoy aquí, solo, ya se habrá dado cuenta... Bueno, ahora también está usted, claro... Le decía que estaba aquí, solo, y justo empezó a sonar “Amo esta isla”, que me vuelve loco y, después de tantos días de viaje... No, lo que quiero decir es que uno necesita un poco de movimiento... Usted se debe estar preguntando: ¿la música empezó a sonar sola? ¿La verdad? Tiene razón, la puse yo... Va a pensar que soy medio raro... (G. a.) Puede quedarse tranquilo... (El otro asiente.) Sí, ya sé, totalmente tranquilo nunca se puede quedar nadie, pero... Y bueno, ¿qué puedo hacer?... (G. a.) ¿No sabe?... (G. a.) Yo sí. ¡Nada! ¡Tal cual, mi amigo, nada! Porque siempre una duda, aunque sea mínima, le va a quedar. ¡La tranquilidad completa no existe!, ¿o sí?... (El otro respira profundamente. Comienza a cansarse de escucharlo.) Vamos, si no es por una cosa es por otra y si no, es por lo que menos se imagina...
(Pico huele algo desagradable. Mira al otro, luego la valija del otro. Vuelve a oler.)
     Dejó el coche en la puerta del hotel, ¿no?... (G. a.) Ojo, porque desaparecieron varios últimamente. ¿Cargó nafta?... (G. a.) Mire que la próxima estación está a cuarenta y cinco kilómetros. ¿Sabe lo que es quedarse con el coche por acá?... (G. a.) ¿Se queda varios días?... (G. a.) ¿Pocos?... (El otro asiente.) ¿Le pasa algo?... ¡No me diga que se enojó porque me vio bailando, tocándome!... ¡Vamos, hombre, tampoco es para tanto! Aunque yo fuese, digámoslo, un pervertido, no es para ponerse así. Después de casi dos meses viajando, con el calor que hace... En realidad, esta época aquí en La Pampa es terrible. ¡Qué infeliz! Todos los años, unos días antes de venir, me digo: ¡Pico, este año a La Pampa no!... (G. a.) Sí, me llamo Pico, como la ciudad que queda cerca. ¿Qué coincidencia, no?... Y buá, el azar, ¿o será el destino? ¡Vaya uno a saber! Primero habría que saber qué es cada cosa para saber qué diferencia hay, ¿no?...
(El otro, cansado de escucharlo, toma un libro y comienza a leer. Pico observa la valija, se acerca, huele hasta que nota que el otro, de reojo, lo mira.)
     ¿Qué lee?... (G. a.) Está bien, por mí no se preocupe, lea tranquilo...
(Pausa. Pico se acuesta.)
     Es difícil no dormirse, ¿no?... Con este silencio, la brisa del anochecer y el perfume de los árboles...
(Cuando está por dormirse, reacciona y se para.)
     ¡Así que astrónomo! Y, dígame, supongamos que después de mirar diez años descubre un planeta o... ¿Qué es lo más importante que puede descubrir?... (El otro sigue leyendo.) Disculpe, no le entendí bien... (El otro sigue leyendo.) Está bien, digamos que un planeta. ¿Y?... Quiero decir, además de para hacer la carta natal, la revolución solar y todas esas cosas de la astrología, ¿para qué sirve?... (Sigue leyendo.) ¡No lo tome a mal! Lo digo con la mejor de las intenciones: a los que vivimos en la Tierra, ¿en qué nos influye? Porque me imagino que para los que están ahí (Pico señala hacia arriba) debe ser importante que los descubran, pero ¿a nosotros, qué?... (Pico sospecha.) ¿O es por si nos invaden?... (El otro sigue leyendo. Pico asiente descubriendo que esta suposición es la verdadera razón.) Claro, vigilan por si nos invaden para destruirnos... Y pensar que nunca podía entender estos trabajos. Siempre me imaginé que los científicos se pasaban el día haciendo experimentos, cuentas, escribiendo en papeles, cantidades de experimentos, cuentas, papeles. Y yo me preguntaba: ¿un día, no van a quedar enterrados debajo de todos esos papeles?... (El otro cierra el libro, molesto.) ¡Ja! Pensaba que los iban a buscar y lo único que iban a encontrar era papeles... ¡Y al final tenían una misión importantísima! ¿Por qué me lo negó?... (El otro cierra los ojos fuertemente.) ¿Cómo que no? ¡Sí me lo negó, mi amigo!... (G. a.) ¿No lo quería decir para no asustarme?... (G. a.) Al contrario, ahora me siento más protegido... (Señalándolo.) Mire usted, un vigía de nuestra civilización, ¿qué tal?
(El otro deja el libro, se sienta en la cama y lo mira con atención.)
     ¡No! ¿En serio?... (El otro deja colgando la cabeza.) ¿Cómo me va a decir que preferiría ser viajante como yo? ¡Qué absurdo!... (El otro lo mira y se sonríe.) ¿Y pregunta por qué? ¡Tiene una profesión que es fundamental para la sobrevivencia del mundo! ¿Y me viene a decir que le encantaría ir de un lugar a otro y charlar con la gente?...
(El otro se levanta y va al baño. Pico va hacia la valija, acerca la nariz a la misma, huele, pone cara de asco, hace gestos dudando si abrirla o no, mirando la puerta del baño, hasta que va hasta la puerta y sigue hablando.)
     ¿Sabe que de chico a mí me gustaba la geografía, mirar el cielo, los mapas? ¡Lo que es el destino!... (Pico se ríe.) Usted se preguntará: ¿este loco de qué está hablando? ¿Quiere que le diga? A mí me gusta decir todo lo que pienso y, la verdad, que soy viajante para poder hacerlo...
(Comienza a escucharse el sonido de la canilla abierta. Pico habla más fuerte.)
     Ya de chico lo decidí. Me dije: ¿qué es lo que más me gusta y me hace bien? Hablar. ¿Qué es lo que me conviene para eso? Ser vendedor. Pero si fuese vendedor en un negocio o en una sola ciudad, terminaría conociendo a la gente y finalmente los temas se agotarían, ¿no? Bueno, me hice viajante. ¿Es azar o destino? ¡Quién lo puede saber, mi amigo!
(Se oye que el otro descarga el inodoro.)
     ¿Se siente mal?...
(Se escucha que el otro se suena la nariz.)
     Buá, menos mal. ¿La verdad? A mí, cuando me duele algo me asusto mucho... ¡No me conteste! ¡Ya sé lo que está pensando! ¿Quiere que le diga? No, no soy un hipocondríaco, porque no es que cualquier cosa que sienta creo que estoy enfermo, sino que si tengo alguna tontería, supóngase un dolor de barriga o un resfrío o incluso si me pica un mosquito, me da miedo de tener cáncer o que se me infecte todo y morir engangrenado, ¿se da cuenta?... (Deja de escucharse el correr del agua de la canilla.) ¡Claro que es diferente! Yo diría que más que hipocondríaco soy un cagón, ¿no le parece?...
(El otro sale del baño y se queda mirándolo fijamente.)
     Insiste con que eso es ser hipocondríaco. Usted es astrónomo, no médico... (El otro cierra los ojos tratando de contenerse.) Sí, ya sé que yo le pregunté, pero también le expliqué la diferencia, ¿o no? Y dígame, ya que está en eso, ¿cómo son los platos voladores? ¿Nunca tuvo miedo de que se le aparezca un extraterrestre?... (Mira la valija y se interrumpe. El otro se acuesta y se pone mirando hacia el lado opuesto al de Pico.) Claro, deben estar preparados. ¿Vio alguna vez uno?... (G. a.) ¿No? Qué raro... (G. a.) No, yo tampoco, porque me cuesta concentrarme, si no, ¿sabe la cantidad que podría haber visto en mis viajes? De todos los tamaños y colores. Lo que hay que estar es predispuesto. Disculpe que le explique, yo sé que usted es especialista, pero ¿sabe qué?, es importante disponerse bien para recibir las señales, si no... (Pico hace que no), no se muestran... (El otro dobla la mitad de la almohada tapándose el oído no apoyado.) Si ellos se dan cuenta de que uno está a la defensiva, se ocultan, pero si ven que es un receptor confiable, así le llaman, ahí se comunican... Mire, se pone así... (Pico se sienta) relajado y concentrado en el más allá y va a ver que, cuando menos se lo espera, ¡zas, aparecen! Para que vea que no le miento, me lo dijo un tipo que me parece que era cura. ¿Vio que no creen en esas cosas?... (El otro acomoda la almohada.) Ya sé que dije que me parece que era cura, pero no me parece así nomás; llevaba algo como si fuese, no sé, una sotana. Vamos, ¡estoy seguro de que me parece que era cura!... Va a ver, cuando esté en San Juan, con todo el tiempo para predisponerse bien, se va a cansar de verlos pasar...
(Pico huele, nuevamente, algo desagradable y mira la valija del otro. Disimuladamente, se acerca hacia la valija, moviéndose como haciendo gimnasia. El otro se da vuelta y lo mira amenazante.)
     No, me dieron ganas de estirarme un poco...
(Pico vuelve hacia su cama y se sienta.)
     Perdone, debe querer descansar. ¿Se cree que no lo entiendo?... (El otro se dispone a dormir.) ¿Cómo que no? ¡Mil veces me pasó! Póngale que voy a un restorán con ganas de estar solo... Me digo: ojalá no encuentre a nadie; pido tranquilo mi buen bife y el flan, sin hablar, señalándoselos al mozo en el menú; como, pago, camino siete cuadras, porque ocho es mucho y seis es poco, usted sabe... y a la cama... (El otro comienza a roncar.) Ése es el plan, pero en el camino uno encuentra un amigo o un conocido, se pone a hablar de bueyes perdidos y, para que el otro no se ofenda o no se enoje, se pasa la noche dándole a la lengua... No hay remedio, la gente es así, comunicativa, ¿vio?... (El otro sigue roncando.) Pero yo siempre me pongo en el lugar del otro y me doy cuenta de qué es lo que quiere... Por ejemplo ahora... yo sé que usted quiere descansar, entonces, boquita chiusa y a la cama...
(Pico se acuesta.)
     Tranquilo, mi amigo, no se preocupe por mí. Con esta revista, “Misterios del Universo”, me puedo quedar horas leyendo. ¿Le gusta estar solo?... (El otro deja de roncar.) ¡Qué sé yo, me pareció! ¡Tuve la intuición!... ¡Sensación extraña la soledad!, ¿no? ¿Por qué será tan difícil? Uno se siente aburrido, triste, como un gusano frente al mundo. ¿Será que otro al lado da más fuerzas? ¡Vaya uno a saber!... (El otro vuelve a roncar.)
(Pausa. Mostrando la revista.)
     ¿La leyó alguna vez? Disculpe, no tiene que contestarme. ¿Sabe qué dice en el artículo que estoy leyendo? ¡Que uno es la síntesis del universo! ¡Piénselo y se va a dar cuenta de que es verdad! Todo lo que existe en el universo, está en uno... Es lo que dice la astrología...
(El otro, repentinamente, se despierta, se levanta, va hacia la ventana y saca medio cuerpo por la misma.)
     ¿Se va a fijar? Me extraña, usted que es astrónomo debería saberlo... (El otro se tapa los ojos con una mano.) No se ría, tienen mucho que ver... (El otro gira la cabeza y lo mira.) ¿Cómo que no cree? Entonces no tiene idea de lo que es. ¿Quiere que le explique?...
(El otro vuelve a mirar hacia afuera y mueve la cabeza, desesperanzado. Pico se levanta.)
     Supóngase que en este momento yo lo vea a usted como si fuera otra cosa... (El otro gira la cabeza y lo mira sorprendido.) ¡No me mire así! Usted y yo somos sangre que circula por las venas, ¿o no?... (G. a.) ¡Claro que sí! Somos huesos, somos esa brutal sustancia del cerebro y somos el misterio de la conciencia, ¿o no?... (G. a.) Bueno, si es así, este encuentro lo que nos muestra es la evolución de la materia en la Tierra a lo largo de miles de años, buscando formas, seres que puedan comunicarse... (El otro vuelve a mirar hacia afuera.) Y aunque esto que somos haya sido moldeado aquí, los átomos, la sustancia básica, ¿dónde se originó? ¡Sí, señor!... (Señalando hacia arriba.) ¡En los grandes hornos! ¡En esas grandes explosiones que están en eso que llamamos cielo! Con lo que queda demostrado que usted y yo y todos somos materia de estrellas que se comunica. ¿Qué me dice?...
(El otro se tapa la cara con las dos manos.) (Pausa.)
     Realmente, es de no creer... Y como si esto fuera poco, cada uno de nosotros es una energía que viene de una forma que tenían los astros en el momento de nuestro nacimiento: la Carta Natal. Fíjese, que si miramos la forma que tienen hoy, es evidente que en esa forma hay un destino, ¿o no?... (más fuerte), ¿o no?... (El otro, de espaldas, asiente.) ¿O usted piensa que nos encontramos de casualidad?... (El otro, de espaldas, niega.) ¡Claro que no, mi amigo! ¡Todo tiene un sentido! Y no me pregunte para qué, porque ni usted ni yo aun sabemos qué nos deparan los astros... (Pico mira la valija y duda hasta que se recompone.) Estamos hablando debajo de las estrellas sobre lo que somos y somos materia y energía de estrellas hablando. ¿Qué me dice?...
(El otro se da vuelta, vuelve a la cama y se acuesta.)
     Somos la pasión de la vida por encontrarse, lo que no es joda...
(Conforme con su demostración, se acuesta para leer. Comienza a quedarse dormido nuevamente pero, repentinamente, se levanta.)
     ¿Le molesta si pongo un poco de música?... (G. a.) (La pone.) Dicen que calma a las fieras... ¿Que son habladurías?... No, mi amigo, ¡qué van a ser!... Las calman de verdad. ¡Yo mismo vi, una vez, en la selva misionera, a un tigre que estaba a punto de saltar, desde un árbol, sobre un tipo que, sin verlo y porque sí, sin ninguna razón, es para no creer, se puso a silbar! ¿Y sabe qué hizo el tigre?... (G. a.) Así como segundos antes lo iba a atacar, se recostó en la rama y se quedó, diría, si uno pudiese leer los sentimientos de un tigre, ¿no?, absorto. ¿Qué me dice?... (G. a.) Sé que no es fácil de creer, pero yo lo vi, no me lo contaron, así que: creer o reventar. Sí, señor, la música calma a las fieras... Más que calmarlas, las despista, ¿se da cuenta? Porque deben quedarse rumiando: ¿de dónde corno sale eso?... También es verdad que el tipo silbaba como los dioses... En una de ésas, el tigre se creyó que era un pájaro y se quedó pensando: ¿qué tipo de pájaro es éste?... ¡Debía estar, más que sorprendido: estupefacto!, ¿o no?... ¡Cómo silbaba el loco! ¿Cómo se iba a imaginar el pobre tigre que un humano podía silbar así?...
     No, yo pongo música para no dormirme... (G. a.) Porque, no sé, creo que despierto, la mente y el cuerpo están más vivos, ¿no?... ¿Nunca pensó que durmiendo uno queda expuesto a cualquier cosa?... (G. a.) Bueno, eso es lo que me pasa a mí. ¿Le gusta Pablo Milanés?... (G. a.) ¡Ése sí que canta como los dioses! ¿Y el ritmo que tiene? Escuche esta letra... (Escucha.) Eso de vivir en una isla y no querer pisar tierra firme, ¿no es genial? ¡Es un fenómeno, no me diga! Si yo tuviera el talento de este tipo, ¿sabe lo que haría, no? Con el dinero que ganase, ¡me compraría la isla para quedarme, yo solo, con todas las negras y las mulatas! ¡¡Grande Pico!! ¡¡Todas las de color para vos!! ¡Si quieren puedo regalar las blancas, pero las de color, no! ¡Jóvenes, viejas, las que vengan!... ¿Sabe qué me hubiese gustado ser a mí? ¡Tripulante de Colón! ¡Eso! ¡Agarrarlas a todas vírgenes! ¡Qué picnic me hubiera hecho! ¡Y esos imbéciles volviéndose locos por el oro! ¡Por favor! ¡Si no tenían idea de lo que tenían para conquistar! ¡No se puede creer! ¡Tenerlas todas ahí, servidas y buscar el oro! ¡Idiotas, si el oro sirve para conseguir mujeres y las mujeres ya estaban ahí! ¿Para qué?... ¿Sabe qué? ¡Se tendrían que haber celebrado los quinientos años de la masturbación universal!... (Canta.) Ay, negra, negra candombera, negra de mi vida, negra de mi amor... Disculpe, ¿no le gusta bailar?... (El otro lo mira extrañado.)
(Pico se para y comienza a moverse incitándolo a bailar.)
     ¡Vamos, hombre, le va a hacer bien! Va a ver que después se siente mejor. ¡Anímese, mi amigo, a mover el esqueleto!...
(Pico empieza a acariciarse. El otro se suelta el cinturón y se desabrocha algún botón del pantalón.)
     ¡Ojo, amigo! ¡No crea que soy un raro!, ¿eh? ¡Ja, Pico raro! ¡En una de ésas me llamo Pico porque me gusta hablar mucho! ¡O hablo mucho porque me llamo Pico! ¡Vaya uno a saber!... (Teatral.) ¡Pare la música!... (Va hacia el aparato y lo apaga.)
(Pausa. Pico mira nuevamente la valija del otro.)
     Disculpe mi insistencia, ¿no?, pero si no lleva ningún aparato, ¿por qué pesa tanto su valija?... (El otro lo mira amenazante.) Mi intención no es meterme en su vida. Ya sé que son cosas suyas, pero... (El otro niega.) Está bien, tampoco es para que se ponga así. ¿Tiene hijos?... (El otro se suena la nariz.) No, claro, si no no podría hacer lo que hace. ¿Qué harían los chicos mientras usted se la pasa mirando el cielo? ¿Y esposa?... (Vuelve a sonarse.) ¿Novia tampoco?... (El otro mira el pañuelo.) Alguna vez habrá estado enamorado... (Dobla el pañuelo y lo guarda.) Seguro, todos, alguna vez... ¡Qué sensación extraña el amor!, ¿no? ¡Ése sí es un misterio! Como la vida y la muerte. Yo tuve la suerte de casarme con la mujer de la que me enamoré, pero después, el tiempo, la vida, disculpe, prefiero no hablar de eso...
(El otro saca un frasco gotero y comienza a ponerse gotas en los oídos.)
     Sí, tengo un hijo... Bah, en realidad no sé si lo tengo o no. No estoy loco, es que hace como ocho años que no lo veo. Espere, ahora le explico por qué. ¿Sabe hace cuánto, más exactamente, que no lo veo? Ocho años, tres meses y dos días. Fue el día de mi cumpleaños. No me trajo ningún regalo... (El otro mueve la cabeza para colocarse las gotas del otro lado.) No, ¿cómo me voy a enojar por eso? La discusión empezó con eso. Yo le dije: “¿Nada?”. Él me contestó: “No tengo plata”. “Pero aunque sea me podrías haber escrito una tarjetita”, le dije. ¿Y sabe qué me contestó? “No se me ocurrió.” ¿Qué le parece?... (G. a.) No, señor, parece una pavada, pero no lo es. Uno se sacrifica por los hijos, da parte de su vida por ellos, ¿para que a ellos después no se les ocurra ni escribir una mísera tarjetita para un cumpleaños?... (El otro guarda el frasco, saca un pedazo de algodón y toma unos trozos para colocárselos.) Le pegué, ¿qué iba a hacer? Si no aprenden de chicos... Seis años tenía y ya sabía escribir... ¡El tema no es el regalo, sino la actitud! ¿Se da cuenta?... Debe estar grande. ¿Quiere que le diga?... (El otro se pone un algodón en un oído.) Últimamente, varias veces tuve ganas de volver y perdonarlo... (Se pone en el otro.) Tiene razón, lo voy a hacer: si vuelvo, lo perdono... (Pico mira fijamente al otro.) ¿Sabe que usted me hace acordar a mi hijo?... Él tampoco, casi, no hablaba y, cada vez que yo le decía algo, me miraba como diciéndome: “Ojo, mejor que no te descuides”. Entonces yo le preguntaba: “¿Por qué?”. Y él siempre me contestaba: “¿Por qué qué?”. ¡Me volvía loco! ¡Ese “por qué qué” lo tengo metido aquí (se toca la cabeza) y no me lo puedo sacar! Porque, ¿qué le iba a decir? ¿Por qué mejor que no me descuide? ¡Me iba a contestar que él no me había dicho nada! Entonces, furioso, me tenía que dar vuelta e irme.
(Pico, nuevamente, huele.)
     No huele nada, ¿no?... (G. a.) Raro, yo... cada vez lo siento más...
(El otro toma nuevamente un libro y comienza a leer.)
     Lo tiene atrapado ese libro, ¿eh?... (G. a.) ¿De qué se trata?...
(El otro lo mira y, sin contestarle, vuelve la vista al libro.)
     Cierto que no va a hablar. Tiene todo el derecho, ¿por qué lo va a hacer? En una de ésas, de chico, dijo alguna barbaridad, le reventaron la cara y desde ahí... (G. a.) Disculpe, mi amigo, no lo dejo leer... No, no quiero acostarme... Sí, sueño tengo, pero, le dije: prefiero estar despierto... Por si pasa algo... No sé, cualquier cosa...
(Pico se apoya en la ventana a mirar.)
     ¡Es lindo este lugar!, ¿no?... (G. a.) ¿Quiere que le diga? De chico, cuando estudiaba geografía, pensaba: es el lugar más fértil del país, clima templado, pocas lluvias, ¡qué bárbaro sería vivir en la Pampa húmeda! Y ahora, que estoy aquí, miro hacia el norte, nada; al sur, nada. Nada a ningún lado. ¿La verdad? Es un opio... Dígame: ¿estamos en el sur, no?... (G. a.) Y si lo miramos desde otro planeta, ¿seguirá siendo el sur?... (G. a.) ¿Cómo no sabe? ¿Acaso no es astrónomo?... (G. a.) Y claro, ¡si sólo miran para afuera, mi amigo! ¿Qué pueden saber? ¡En una de ésas es el norte!, ¿o no?... (G. a.) ¿Sabe por qué me importa? Porque si estuviésemos arriba, el subdesarrollo se lo tendrían que aguantar los que están ahí. (Señala hacia arriba.) ¿O no? ¿Qué le parece?...
(Se oyen ruidos en el techo. Pico se asusta. El otro mira hacia ahí.)
     ¿Qué es eso?...
(Siguen oyéndose. Pico pregunta más fuerte.)
     ¿Qué pasa ahí?...
(Siguen los ruidos y golpes. Al otro.)
     ¿Qué le dije? Si está como para dormirse. Cuide la puerta...
(Pico va hacia la ventana, saca la cabeza y grita hacia arriba.)
     ¿Quién anda ahí?
(Suenan nuevamente los golpes. Pico busca el revólver y vuelve a la ventana. Al otro.)
     ¡Cierre con llave!
(El otro lo mira sin entender.)
     ¡Cierre, le dije! ¡Después le digo por qué!
(El otro cierra la puerta. Pico saca el revólver por la ventana.)
     ¡Estoy armado! ¡Quien sea o quienes sean, les aviso que tengo un revólver!... (Siguen los golpes.) ¡Cuento hasta tres, si no paran, disparo! ¡Uno!... (Al otro.) Pensaban que me iban a agarrar fácil... ¡Dos!...
(Deja de haber ruidos. Pico entra el revólver.)
     Sabía que se iban a ir. ¡Son todos iguales! ¡Amenazan hasta que uno reacciona y ahí escapan como ratas! ¿Quiere que le diga? Tantean... (El otro se sienta nuevamente en la cama.) Es así, prueban a ver qué hace uno. ¿Sabe cómo los tengo estudiados? Si uno no reacciona, avanzan y se llevan todo, pero si uno está despierto, buscan a otro estúpido que se confíe o que no se anime. ¡Hay algunos que, no me lo va a creer, son los peores: colaboran para ser desvalijados! ¿Cómo puede ser? No se puede entender...
(Pico se asoma nuevamente y grita hacia afuera.)
     ¡Cobardes!...
(Entra, arrepentido.)
     ¡Me equivoqué! No tendría que haberles gritado eso. Les va a dar bronca y van a volver. ¡Qué idiota! Me agrandé y perdí el control. No puedo hacer estas cosas. ¡Qué odio me doy! Iba llevando todo bien: ¿por qué me tengo que descontrolar así? Y ahora no hay remedio, ¿se da cuenta? Ya lo hice. Nadie lo puede borrar, ¡qué bocón! Sólo con no decir una palabra, todo terminaba perfecto, pero esa tontería de más, para hacerme el valiente, echó todo a perder, ¿o no?... (El otro pone la cabeza entre las manos.) Está bien, todo no, pero ahora, de nuevo está el riesgo de que vuelvan. ¿Por qué? ¿Por qué tuve que decir esa palabra de más? ¿La verdad? Lo envidio... En serio le digo, me gustaría ser como usted: reservado, callado, controlado. Se ve que usted tiene un dominio total sobre sí mismo, ¿no?... ¡Seguro! Gente como usted, ¿de qué va a tener miedo? ¡Si no saca nada afuera! ¿Qué le pueden hacer?... En vez yo, como un idiota, saco todo y, claro, en el medio de todo, también sale el miedo, ¿o no?... (El otro mira nuevamente hacia la ventana.) ¡Seguro! ¡Qué sensación tan rara el miedo!, ¿no?... Es una mezcla de impotencia con desesperación que... (Escucha. El otro se acuesta.) Estemos atentos a cualquier sonido, ¿de acuerdo?...
(Aparece, por la ventana, la Luna llena, iluminando la habitación. Pico nota la luz, mira a la ventana y va hacia ella a observarla.)
     Luna llena... ¡Qué linda es!... Ahora le envidio ser astrónomo... ¡Es fantástico cómo influye sobre el hombre!, ¿no?... (El otro comienza a silbar.) No. ¿Cómo me va a decir que no sabe? Ya sé que no es tema de la astronomía, pero igual tendría que interesarle... (El otro silba más fuerte.) ¿En serio no cree?... (El otro sigue silbando.) ¡No me diga! Es impresionante las cosas que se están descubriendo. Además de lo de las mareas, la influencia en el embarazo y en la menstruación; ahora parece que es fundamental para la determinación del sexo... (El otro silba más fuerte.) ¡No se asombre! Aquí en el campo dicen que las yeguas servidas en cuarto menguante dan a luz machos. ¡Es de no creer!... ¿Y la Luna llena? Algunos dicen que lo del hombre lobo es una leyenda, pero no... Hay casos verídicos que se ocultan para que no haya psicosis. ¿O no sabe que está científicamente comprobado que con Luna llena se alteran los sueños y la conducta se transforma?... (El otro comienza a acompañarse golpeteando con los dedos en algún lugar.) Y bueno, de ahí al hombre lobo hay un paso, ¿o no?... ¿No me cree? ¡Averigüe! ¡En Luna llena los hospitales se llenan de enfermos y se cometen más crímenes y violaciones!... (El otro para de silbar y sigue con los sonidos.) ¿Y? ¿Qué va a decir ahora?... (El otro sigue con los golpes.) ¿Y sabe lo que indica la carta Luna en el Tarot? Alerta: peligros. ¡No es broma! Los que no creen en todo esto me hacen acordar al tipo que agarra contramano y piensa que los que vienen contramano son los otros. ¡Convénzase, mi amigo! ¡Hay millones de indicios!
(Pico vuelve a la ventana a mirar la Luna. El otro lo mira atentamente.)
     Me hace acordar a la de una noche en que quedé atrapado en la selva... (Decide no contarlo.) No, no tiene importancia... Uno la mira y le agarra, como una melancolía, ¿no?... Pero también tiene eso que vuelve loco a los gatos. ¿Nunca uno podrá estar tranquilo?...
(El otro se levanta y empieza a caminar de un lado a otro de la habitación. Pico camina acompañándolo mientras le habla.)
     Le digo: hay momentos en que la vida se vuelve insoportable. Es un desgaste continuo. Algunas veces me pregunto si la muerte no será un descanso... (El otro asiente.) ¿Que no me haga tantas preguntas? ¿Sabe qué me pasa? Dudo de todo, ¡pero de todo!, ¿eh? Por ejemplo, ¿usted, sabe quién es?... (G. a.) ¿La verdad? Yo no sé quién soy, ni qué soy, ni nada. ¡Es más! No sé si el que está hablando soy yo o si, en una de ésas, es usted, porque, ¿cuántas cosas estará diciendo, mientras yo hablo, hablo, hablo y no digo nada?... (G. a.) ¿Y si estamos los dos muertos?... (El otro se detiene, y Pico detrás de él.) ¡Ja! Ésta no se la esperaba, ¿eh? ¡No me diga que nunca pensó que estaba muerto y que, para uno, todo sigue igual mientras los demás ya no lo ven, aunque a uno le parezca que sí! ¡Si no se puede estar seguro de nada, amigo! Uno está y no está y el otro que parece que no está, de golpe está. ¿Y entonces, qué es uno, una sombra?...
(El otro se acerca a una pared y comienza a golpearse la cabeza.)
     ¡Dígame! ¿No puede ser que uno sea una sombra?... ¡Muy bien! Supongamos que sí. Y si lo es, ¿de quién? Porque las sombras siempre son de alguien, ¿o no?... (El otro sigue golpeándose la cabeza.) Entonces, si uno es una sombra de otro, aparece la pregunta: ¿y si el otro también es una sombra?...
(El otro comienza a caminar nuevamente y Pico detrás de él.)
     ¡Ahí sonamos! Porque nos quedamos sin nadie que no sea sombra. Y entonces, ¿quién vive en este mundo? ¿O es un mundo de sombras?... A menos que una sombra de una sombra haga una persona, ¿no? Con lo que, en el mejor de los casos, cada persona es una sombra de otra sombra... (G. a.) Tiene razón, ¿a quién le importará esto?... Hablando de todo esto, usted, cuando viaja, ¿no tiene miedo?...
(El otro, caminando, comienza a canturrear.)
     Yo sí. Ya se habrá dado cuenta. Con las barbaridades que se escuchan... Un día me pregunté: ¿por qué tengo que tener tanto miedo? Y finalmente, ¿a qué es a lo que le tengo miedo? ¿A que me maltraten? ¿A la humillación? Todo eso pasa, ¡hasta la tortura pasa! No, mi amigo, el miedo es a otra cosa. Yo antes pensaba que era a morir, pero después me di cuenta de que, además, el miedo es a que nos despojen de lo que más queremos, porque perder la vida debe ser terrible, pero no sabemos cómo es; en una de ésas no se la pasa tan mal, ¿no?, mientras que perder lo que necesitamos para vivir sería terrible, uno seguiría viviendo sólo para sufrir. ¿Se da cuenta? Sería una condena insoportable, como el Infierno en la vida, ¿o no?... ¿Quiere que le diga? Debe ser peor que morir... (El otro sigue.) Cuando me di cuenta de que el miedo no es sólo a la muerte, a desaparecer para siempre, sino al despojo y al sufrimiento eterno, ahí empecé a pensar en cómo defenderme de eso, hasta que se me apareció, acá adelante... (muestra frente a sus ojos y asiente) un revólver...
(El otro para de canturrear y se detiene.)
     Quiero decir la figura, no uno en serio, ¿eh? No sabía qué hacer, estuve como seis meses con esa figura acá (indica) hasta que me dije: “Pico, no seas idiota, es más claro que el agua, te tenés que comprar uno”. Y me lo compré. Lo llevo ahí (Pico señala su valija), tranquilito, sé que si pasa algo, ahí está...
(El otro se sienta en la cama y hace un gesto que denota inquietud.)
     No me mire así, mi amigo, cada uno se calma como puede. Aunque le voy a decir: el miedo no tiene solución... (Contestándole.) Claro que me lo compré para no tener más, pero ahora, no me va a creer, le tomé miedo al revólver... (G. a.) No se ría, todo tiene su razón. ¿Sabe qué pienso? Que uno va tomando la personalidad que le reclaman los objetos que lo acompañan... (G. a.) No tenga dudas, es así. Dígame, ¿qué lleva en la valija?... (El otro lo mira preocupado.) ¡Ya sé que cosas suyas! ¿Cuántas veces me lo va a decir? Le pregunto para darle un ejemplo de lo que quiero explicarle. ¿Podemos suponer que lleva cosas para vender?... (G. a.) Muy bien. Si lleva mercadería, usted tiene que ser amable, simpático, tolerante: ¡vendedor! ¿Y alguna vez se preguntó para qué?...
(El otro, harto, se levanta y va al baño. Pico sigue hablándole a la puerta del baño.)
     ¡Mal hecho, mi amigo, cada tanto uno debe preguntarse cuál es el sentido de su vida y qué es lo que hace, profundamente, porque, si no, nos podemos perder en la maraña!
(Se escucha el ruido de la canilla, junto a sonidos como si estuviese golpeando el piso con el taco.)
     Y usted entiende lo que quiero decir cuando digo maraña (Cómplice.) ¿Es así?... (A los ruidos anteriores se suman palmas con las manos.) ¡Lo sabía! ¡Qué increíble! Hay gente que uno ve por primera vez y cree que la conoce de toda la vida, ¿vio?... (Siguen los ruidos.) ¿En qué estábamos? ¡Por filosofar me perdí de qué estábamos hablando! ¡Ah, sí! ¿Para qué tiene que vender lo que lleva en la valija?...
(Paran los ruidos y sale el otro del baño con gesto adusto.)
     ¡No voy a caer en esa explicación imbécil que dan los excéntricos de siempre: para que los dueños de las empresas ganen más dinero! ¡No! ¡Nuestro quehacer tiene un profundo sentido! ¡No nos rebajemos a aceptar esas teorías que nos consideran simples mercaderes! Hacemos lo que hacemos para que los objetos que llevamos puedan cumplir con su propio destino. Así es. Supongamos que usted vendiese saleros, ¿cuál sería el destino de un salero? Más simple, imposible: echar sal, ¿o no?...
(El otro vuelve a la cama y comienza a mirar la valija.)
     Muy bien. Mientras lo tiene usted o descansa en un depósito, ¿lo cumple?... (El otro mira fijo a Pico.) ¡El destino de echar sal, hombre! ¡Preste atención! ¡Definitivamente, no! ¿Qué es necesario, entonces?... (G. a.) ¿No sabe? Dárselo, a cambio de algo que puede ser, por ejemplo, dinero, a alguien que lo necesite, lo use y le haga realizar la razón de su existencia. ¡Ésa es nuestra misión en la vida, compañero! ¡Ni más ni menos! ¡No es para pretender el reconocimiento eterno, ni para que nos consideren los héroes de la humanidad, pero sí para que, por lo menos nosotros, le demos la trascendencia que le corresponde! ¡Nos ha tocado, en esta vida, ayudar a que los objetos que Dios puso en nuestras manos cumplan con su propio destino! Otros dirán: ¿qué destino, si son cosas que hizo el hombre para su confort?... Y digo yo, a cada uno de nosotros: ¿quién nos hizo y para qué? ¡Y nos pudrimos de hablar de nuestros destinos! ¿O no?... (G. a.) ¡Claro que es verdad! Y lo peor es que si no los ayudásemos a realizar su destino, tampoco cumpliríamos nosotros con el nuestro y nuestra propia existencia sería un sinsentido... (G. a.) ¿Me entiende?... (El otro asiente.) Y aplicando este pensamiento al revólver... (El otro lo mira fijo nuevamente.) ¿Para qué lo llevo, para que se herrumbre y se arruine? ¡Un revólver “es” un revólver en la medida en que dispare; si no, es una cosa (despectivo) deforme, sin sentido, ¿se da cuenta?... (G. a.) ¡Ojo! Jamás lo usé y me juré no hacerlo... a menos que otro me ataque, claro. Pero no es eso, me doy cuenta de que sólo tener la posibilidad de usarlo me hace sentir más seguro, a veces hasta diría temerario. ¿Qué me dice?... (El otro lo mira preocupado.) ¿No me cree? ¿Quiere que le diga? Siempre me sentí un cobarde, pero desde que lo tengo, no sé cómo decirle, me pasa algo extraño... (Decidido.) Le voy a confesar algo: hay veces que me dan ganas de inventar una razón para usarlo, aunque sólo sea una vez... (El otro sigue mirándolo.) ¡No me mire así! ¡Es verdad! ¡Y de nuevo me entra el miedo! ¿Se da cuenta?... (G. a.) ¡No sé a qué! ¡Será a que me posesione y me transforme en un asesino! ¡Debe ser difícil ser militar o policía y no volverse loco!, ¿no? Llevándolo todo el día pegado a uno, al tiempo ya forma parte del cuerpo y usarlo debe pasar a ser natural... A veces pienso que deben disparar como si fuesen parte de su cuerpo, ¿no le parece?... (El otro se cruza de brazos y lo observa como midiendo su cuerpo. Pico se ríe.) No vaya a pensar que me río de usted, ¿eh? ¡No! ¡Es que tiene sentido del humor! ¿Le digo algo? Cada vez me gusta más... (G. a.) ¡Usted, hombre! ¿Quién va a ser? ¿No estoy hablando con usted?... (G. a.) No lo tome a mal, ¿eh? No, porque usted pensará: cuando entré estaba bailando solo, ahora me dice que le gusto. Quédese tranquilo, ya se debe haber dado cuenta de que me gusta decir las cosas. ¿Para qué guardarlas, no?... (El otro asiente.) ¡Seguro! Además, usted me cae bien y en una de ésas llegamos a ser buenos amigos, ¿quién le dice?... (G. a.) Es cierto que todavía nos conocemos poco, pero es algo que uno lo presiente. Y los amigos se tienen que decir las cosas, si no, ¿qué clase de amigos son?... (G. a.) Como prueba de confianza le voy a confesar algo: nunca jamás he sentido que alguien me quiera de verdad. ¡Nadie! ¿Me entendió?... (G. a.) Ni mi esposa, ni mi hijo... Hasta deben estar contentos de que me haya ido... (G. a.) ¿Ah, no? ¿Y entonces cómo puede ser que en todos estos años no haya recibido ni una carta ni un llamado? ¡Nada! ¿Se da cuenta?... (G. a.) Ya sé que yo también los podría haber llamado. ¡Pero fue a mí al que echaron sin decirme ni una palabra, cuando les pregunté qué les parecía si me iba a trabajar al interior!... Mientras que usted, no sé, me da la impresión de que me aprecia... ¿La verdad? ¡Estoy contento! ¡Qué sensación extraña la alegría!, ¿no? ¿De qué se reirá uno?... (G. a.) A veces pienso si uno se reirá de estar contento o si está contento porque se ríe. ¡Vaya uno a saber!...
(Pico huele, nuevamente.)
     Perdón, ¡no me diga que sigue sin sentir el olor que hay!... (El otro mira la valija.) ¿No?... (El otro mira a Pico.) ¡Pero es que es casi insoportable!... De afuera no es... (Pico va a la ventana y huele.) No... (Pico se huele la axila.) Mío, tampoco... En realidad no es a transpiración... ¿Usted..., cómo puede ser que no huela nada?... (El otro comienza a oler.) No me estará ocultando algo, ¿no?... (Mira a Pico.) ¡No se ofenda! Quizás tiene algo que da este olor y me lo niega por vergüenza. ¿Cuántas veces uno se encuentra en una situación así?... (G. a.) ¿Ah, no?... (Pausa.) Disculpe la pregunta, usted ya me dijo que son cosas suyas, pero entiéndame, somos compañeros de habitación, ¿no? ¿No tendrá nada en la valija que esté algo descompuesto?... (El otro se para.) También podría ser comida...
(El otro va hacia la valija.)
     ¿De nuevo se molesta? No se lo tome así, hombre. Tampoco es tan raro que alguien salga de viaje y se lleve de comer un sándwich de jamón y queso o salame o, ¡qué sé yo!, cualquier otro fiambre... (Pausa.) Por ahí lo guardó, no digo sin darse cuenta, pero en una de ésas... ¿Alguien lo ayudó a hacer la valija?...
(El otro se pone el saco y guarda el libro.)
     Supóngase que su mamá lo hubiese ayudado y, sin que usted se dé cuenta, le puso algo en un bolsillo de la valija y con este calor... ¿No podría ser?... Y bueno, entonces no tiene por qué ponerse así por la pregunta... (Pausa.) ¿Y?... (El otro lo mira.) No me contestó... (El otro sigue mirándolo.) No, no es un poco y para mí tiene importancia... (Nervioso.) Mi amigo, acá hay olor a podrido, ¿me entiende?...
(El otro toma la valija y va hacia la puerta.)
     ¿Qué hace?...
(El otro abre la puerta y se va.)
     ¿Qué hace, hombre, por qué se va?... (Pausa, hasta que Pico va hasta la puerta y grita desde ahí.) ¡Vuelva, amigo! ¡No lo voy a molestar más! ¡El olor tampoco es tan terrible! ¡Vuelva! No tengo ningún derecho de hacer que se tenga que buscar otro lugar para descansar. No se haga problemas. ¡Venga! ¿Quiere descansar? Se acuesta, duerme y se acabó, ¿qué tanto lío? ¡Le prometo que no lo voy a molestar más!... Ahí está, venga, venga... (Asiente.) Va a ver que puede...
(Entra nuevamente el otro, va a la cama, deja la valija, se saca el saco y se acuesta, mientras Pico cierra la puerta con llave.)
     ¿Quiere que le diga? Al final, este olor no sólo no es tan desagradable sino que tiene... no sé, como algo atractivo, ¿no?... (G. a.) ¿Qué será, lo diferente?... Al final, ¿quién puede decir que algo es lindo o feo? Depende de cada uno, ¿o no?... Si para usted es lindo, ¿por qué yo voy a decir que es repugnante? Si anda con eso debe gustarle... Digamos que es un olor y listo. ¿Qué le parece?... (G. a. Pausa.) Usted también es un poco intolerante, ¿eh?... (El otro lo mira desconcertado.) Lo que le dije tampoco era para que se fuera como lo hizo... (G. a.) A mí me parece, le digo la verdad, que usted debe tener algunos problemas y por eso está de tan mal humor, ¿o no?... ¿Vio que pasan esas cosas? De golpe, uno está mal por algo y le echa la culpa a otro que no tiene nada que ver. ¡Cuántas veces se reacciona así, no me diga que no!...
(El otro se levanta, va hacia una pared y apoya la cabeza en ella.)
     ¿Vio? Y no lo digo sólo por usted: ¿cuántas veces me pareció que alguien me perseguía y terminé agrediéndolo? No crea que soy un imbécil, yo me doy cuenta de las cosas que hago, pero, ¿sabe qué?, ¡no alcanza con darse cuenta! ¡El asunto es no tener miedo!... Y eso es más difícil, así que, lamentablemente, si uno tiene miedo y le parece que lo persiguen, aunque se dé cuenta de que es cosa de uno, lo mejor es prevenir, ¿o no?... (G. a.) ¿Cómo? Atacando. Es así. ¿Qué otra cosa se puede hacer?... (G. a.) ¿Sabe cuándo se me hizo imposible de controlar este tema del miedo?... (El otro lo mira atentamente.) No se lo iba a contar pero, ya que nos hicimos amigos... Fue en un viaje a Misiones. El mismo en el que vi al tigre ese, el confundido por el silbido. Iba a abrir mi valija para mostrarle la mercadería a un cliente y el tipo me dice: “Acá ya estamos llenos de esas porquerías. ¿Por qué no va más lejos?”. Al principio me molestó, pero después pensé: “¿Y por qué no?”. Al día siguiente salí a vender por las afueras. Iba caminando, ensimismado en mis pensamientos, hasta que en un momento me di cuenta de que estaba en medio de la selva misionera. Claro, no había nadie, ¿se imagina?, caminando por el bosque, con mi valija llena de artículos importados. Yo mismo me reía de la situación, pero me decía: “Pico, ésta es tu misión y hay que cumplirla en los lugares más recónditos”. De golpe veo, en un claro entre los árboles, una choza. Era mi oportunidad. Golpeé la puerta, me abrió un viejo y comencé a decirle que no podía vivir ahí, en ese lugar, totalmente alejado de la civilización y que como él, evidentemente, no quería ir hacia ella, entonces, la civilización tenía que venir a él y que, felizmente, me había tocado a mí traérsela. Cuando me dispuse a abrir la valija me dice: “No la abra”, en un tono que, ¿la verdad?, me dejó helado. Cuando reaccioné y comencé a hablar nuevamente, me dijo: “Cállese, odio el sonido de los hombres”. Un maniático. Y lo que más rabia me dio fue que era riquísimo. Pude ver, desde la puerta, cantidad de piedras preciosas de todos los tamaños. Le podía vender la valija entera. “Ésta no me la puedo perder”, me dije e insistí: “Es inevitable”, le dije, “usted no puede negarse al avance de la civilización”. “Lo que es inevitable”, me contestó, “es el avance de la civilización hacia su desaparición”. “¿Cómo hacia su desaparición? ¿Qué está diciendo? ¿Con estos inofensivos televisores de bolsillo, radios del tamaño de un botón, minúsculas cajitas de herramientas, cuchillos, destapadores, tijeras y peines para peluqueros?” Empecé a abrir la valija para mostrarle las cosas, cuando, con una energía que hubiese parado hasta a un tanque, me dice: “Ciérrela inmediatamente. Usted, en esa valija, lleva las semillas de su propia destrucción”. “¿Cómo?”, le pregunté. Cerró la puerta y desapareció.
     ¿Sabe cómo me dejó? Duro, ¿quiere que le diga? Ese viejo parecía Dios. Impresionante. Una barba blanquísima y el pelo largo casi hasta el piso. Al principio pensé, como para quedarme tranquilo: ¿se habrá molestado porque le dije que llevaba tijeras y peines? Pero cuando me iba ya me sentía raro. No me podía sacar de la cabeza eso de que llevaba en mi valija las semillas de mi propia destrucción... Esa misma noche soñé con valijas solas que se me aparecían, y unos días después empecé a soñar con tipos con valijas que venían a sacarme todo, ¿se da cuenta? Hasta llegué a soñar, escuche bien, que volvía a la selva y mataba al viejo. Pero no para llevarme las piedras, ¿eh? Ni las tocaba. Lo mataba para sacarme esas apariciones de la cabeza y poder vivir tranquilo, ¿qué tal? Fíjese cómo me dejó ese encuentro. Además, ¡qué idiota!, si lo hubiese matado me hubiera vuelto loco del todo. Esas cosas sí son imposibles sacárselas de la cabeza... ¿Y sabe cuál es, desde ese momento, la única manera en que me calmo?... (G. a.) Hablando... (G. a.) Claro que es raro, pero es así. Cuando se me aparecen esas imágenes que me aterrorizan, me tranquiliza hablar. Y hablo y hablo y hablo hasta que desaparecen... ¿Entiende ahora por qué me puse así cuando lo vi? No me pude controlar. Seguro que si pensaba dos segundos me iba a dar cuenta de que usted no es un sueño, no soy estúpido, pero en el primer momento lo relacioné con todo eso y me volvió el miedo. ¡Ja, semillas de mi propia destrucción! Voy a dejar la valija... justo ahora que, ¿sabe lo que se viene?... (G. a.) ¡Esto sí que es una revolución! Los inflables. En los próximos meses, ¿qué digo meses?, ¡semanas! ¡Y digo semanas por no decir días y no parecer exagerado!... (Cómplice.) No quiero ser deshonesto con usted, voy a decirle la verdad: en las próximas horas vamos a empezar a llevar en las valijas el árbol inflable para descansar a la sombra y leerse el diario en cualquier plaza seca o en su propia casa, en contacto con la naturaleza; mesas de café con uno o más amigos; en Las Vegas, que usted sabe que está en medio de un desierto, están haciendo montañas inflables y piletas como lagos, ¿se da cuenta? En poco tiempo no vamos a tener que ir ni a Córdoba ni a Bariloche. No hay límites: ¡monumentos históricos! ¿Escuchó? ¡Cada país va a tener, por ejemplo, sus propias pirámides! ¡Es de no creer! ¡¡Islas enteras inflables van a hacer!! ¿Qué Capri ni Sicilia? ¡Nailon y acrilamida, viejo! De aquí a pocos años el mundo va a ser otro, ¿me entendió? ¡No diferente! ¡¡Otro!! ¡Mi destrucción sería quedar afuera de todo esto!
(Se oyen ruidos que parecen golpes en la puerta. Pico se asusta. El otro mira hacia ahí.)
     (Al otro.) ¡Le dije que iban a volver!... (A la puerta.) ¿Quién es?...
(Vuelven a oírse. Pico pregunta más fuerte.)
     ¿Quién es?...
(Se repiten los golpes. Al otro.)
     ¿Usted no espera a nadie, no?... (G. a.) ¿Seguro que no?... No me estarán preparando algo, ¿no?... (G. a.)
(Suenan nuevamente los golpes. Pico busca el revólver y apunta hacia la puerta. Al otro.)
     ¡Abra!...
(El otro lo mira asombrado.)
     ¿Cómo por qué? ¡No se haga el idiota! ¿No escuchó los golpes? ¡Abra, dije!...
(El otro, asustado, va hasta la puerta.)
     ¡Despacio y no haga nada sospechoso! ¿Entendió?
(El otro abre la puerta y no hay nadie.)
     ¡Fíjese en el pasillo!
(El otro mira y luego mira a Pico como sin entender.)
     ¡Lo único que faltaba, que me quieran agarrar de sorpresa! ¡Cierre de nuevo con llave!...
(Pico seguirá hablando, aunque sin apuntar, con el revólver en la mano.)
     ¿Cómo puede ser que no hubiese nadie?... (G. a.) ¿Habrán sido de otro lado?... (G. a.) ¡Los ruidos, digo!... (G. a.) ¿De dónde serían?... (G. a.) ¡Tiene razón! El mundo se ha transformado en un lugar ruidoso. ¡Qué imbécil, asustarme tanto por unos ruidos sin importancia!... (G. a.) Tampoco puede ser que pase cualquier cosa y uno hacerse el distraído, ¿no? Si escucha golpes que parecen sospechosos... (G. a.) ¡Seguro! Hay que curarse en salud, si no... ¿Se va a cuidar cuando esté muerto?... (G. a.) ¿Quiere que le diga? Prefiero pasar por loco y no morirme... (G. a.) Ya sé que morir me voy a morir igual, pero si puedo elegir el momento... (G. a.) ¿Por qué me mira así?... (G. a.) ¡Sabe muy bien cómo me está mirando! ¡No se haga el inocente! Yo puedo entender que le haya molestado lo de la valija o lo de la puerta y acepto que, quizás, pueda haber levantado la voz un poco de más, pero, ¡ojo!, en ningún momento le falté el respeto como para que me mire de esa manera... Se lo voy a decir sin vueltas: me revienta que me miren así, de ese modo sobrador, irónico y... sí, amenazante. ¿Quién se cree que es?... (G. a.) ¡Aaah! ¿Que no me miró mal? ¡Vamos, hombre! ¿Qué se cree, que soy imbécil? ¡Conozco muy bien lo que quiere decir cualquiera, no sólo usted, cuando pone los ojos, las cejas y hasta las pestañas de esa manera! ¡Por favor! Además, ¿para qué? Si no está de acuerdo con lo que dije en algún momento, simplemente me lo dice, y si no quiere decir nada, en todo caso mueve las cejas así... (Pico lo hace) y yo voy a entender que no comparte, por lo menos totalmente, mi pensamiento. No soy idiota, sé que todos no podemos pensar igual, pero esa mirada despectiva, como diciendo, ¡qué infeliz!, ¡no!, porque yo a usted no lo insulté como para que usted lo haga conmigo impunemente... Además, ¿por qué? ¿Por qué me va a decir imbécil? ¿Qué confianza le di? La que le da un ser humano a otro que comparte con él un momento de su vida. ¿Y entonces, por qué ofender? ¿Por qué devolverme con esta moneda?... ¿Sabe cómo se llama lo que hizo? ¡Traición! ¡Sí, señor! ¡Traición! ¡No diga que no!... (El otro está sorprendido.) Y lo peor, mi amigo, es que si en esta circunstancia usted reacciona de esta manera, no quiero imaginarme lo que haría en una situación realmente enojosa... ¿Sabe qué pienso? ¡Que podría llegar a... a...! Mejor no lo digo... ¿Por qué no? ¡A matar!...
(El otro, desconcertado, desvía la mirada.)
     ¡No se asombre! ¡Uno sabe dónde empieza pero no dónde termina! Y si a usted, frente a una pavada, no se le ocurre mejor cosa que insultarme, ¿cómo sé yo si en otra situación no va a intentar matarme?... (G. a.) ¡No le estoy diciendo que sea un asesino! ¡No ponga en mi boca palabras que yo no he dicho! ¡Sólo me estoy preguntando qué es lo que podría llegar a hacer! ¡No entienda lo que se le da la gana! ¿Será posible? ¡No puedo decir nada que usted interpreta cualquier cosa!... (Duda y grita.) ¡Termínela! ¡No le dije asesino! Si hubiese pensado en serio que lo es ya me hubiese ido... (G. a.) ¿Cómo que quizás no me voy porque soy un cobarde? ¿Cómo se atreve?... (G. a.) ¡Ah! ¿No es un atrevimiento? ¿Y entonces qué es, un elogio?... (G. a.) ¡Mire, usted, así que sólo fue una pregunta!... (Duda.) Pues sepa, ¡no soy un cobarde! Si me hubiese ido habría sido porque no me gusta la violencia, ¿entendió?... (G. a.) Y se lo dije antes: no sabría qué soy capaz de hacer frente a otro que me quisiese desvalijar... (G. a.) ¡No es una amenaza! Tengo miedo de no poder controlarme y terminar siendo yo un... no lo quiero decir...
(El otro se inquieta y se sienta en la cama.)
     ¡No intente nada! ¿Me escuchó? ¡No va a lograr asustarme!...
(Pico se acerca un paso.)
     ¡No se me acerque!... ¡¡No me mire más de esa manera!! ¡¡Quieto!! ¿Qué le hice para que se ponga así? ¡¡Quieto, le digo, o no respondo por mí!!...
(El otro se levanta y se corre para evitar el acercamiento de Pico, quien va hacia la puerta, intenta abrirla, no puede y, asustado, se apoya de espaldas en la misma.)
     ¿Así que encerrados?... ¡Todo planeado desde el primer momento!, ¿no? ¡Una trampa!...
(Pico empuña el revólver con las dos manos, apuntándole al otro.)
     ¡Ni bien apareció sospeché que venía a matarme! Pero, como un idiota pensé: “No, Pico, no te confundas, este tipo no tiene nada que ver con los otros. Si desconfiás de todo te vas a volver loco y te van a encerrar”. ¡Qué estúpido, por favor! Tendría que haber creído en mi intuición desde el primer momento... ¡Y qué increíble! En una de ésas hasta usted empezó a dudar sobre qué hacer y al escuchar la palabra revólver nuevamente se le despertó su instinto criminal! ¡Qué poder! ¿Se da cuenta? ¡Sólo nombrarlo! ¡Mi vida o la suya, no se sabe, dependen de una palabra! ¡Abra la valija! ¡No! ¡La agarra así como está y se va! ¡Rápido, antes de que le dispare! ¡No va a poder hacerme nada!
(El otro va hacia su cama y recoge todo.)
     ¡No vaya a hacer ningún movimiento extraño! ¿Me escuchó?...
(El otro queda inmóvil.)
     ¡Váyase de una vez! ¿Qué está intentando?...
(El otro va a levantar la valija.)
     ¡Le dije que no abra la valija! ¿Se cree que soy idiota? ¡Sé lo que tiene! ¡Bestia! ¿No se dio cuenta de que lo fui estudiando minuto a minuto? Es un loco que quiere sacarme todo, pero no va a poder, ¿me entendió? ¡Y no me importa si es basura, no sirve para nada o si son las semillas de mi destrucción! ¿Sabe por qué? ¡Porque es lo único que me queda! ¡Así que se va, con su valija llena de los despojos que fue haciendo junto a...! ¡¡Pude reconocer el olor, no soy estúpido: es de los restos de cada uno de los que se resistieron a ser desvalijados!! ¡¡Animal!! ¡Miles de restos despedazados y podridos! ¡No lo mato porque no me animo a cargar un muerto sobre mi conciencia! ¿Escuchó? ¡Se va!...
(El otro queda nuevamente inmóvil.)
     ¿Qué está tramando?... ¡No sea imbécil! ¡El menor movimiento sospechoso le puede costar la vida! ¿Entendió?... (G. a.) ¡Váyase!... (El otro no se mueve.) ¿Qué hace?... (G. a.) ¡No se acerque!... (El otro sigue inmóvil.) ¡Un paso más y disparo! ¿Me escucha o es sordo?... ¡¡Le dije que no se acerque!! ¡¡Criminal!! ¡¡Atrás!!... ¡¡Quieto!!...
(Pico dispara, pero el otro no reacciona. Vuelve a disparar. El otro sigue mirándolo paralizado.)
     ¿Quién es?... ¡Dígame! ¿Quién es? ¿Por qué no se muere?...
(Pico, desesperado, vuelve a disparar hasta que queda sin balas. Tira el revólver, corre hasta el otro e intenta agarrarlo del cuello. Forcejean hasta que el otro lo toma a él del cuello y aprieta. El cuerpo de Pico se afloja y cae. El otro va hacia la cama, se sienta y mira, azorado, a Pico en el piso. Después de unos momentos:)
(Acostado e inmóvil.) La muerte... ¡Qué sensación extraña!... Por más que uno se imagine o quiera imaginársela, es imposible saber exactamente cómo va a ser, ¿no? Porque mire que lo intenté, ¿eh? Pero nunca, realmente nunca, creí que me podía sentir de esta manera: frío, muy frío; un silencio extraño que no me molesta; mi cuerpo está bien así, quieto, descansando; y sobre todo, ¿sabe qué? Y no es que me preocupe tanto, ¿no?, pero sí me llama la atención: no tengo ánimo para hacer nada... casi, ni para hablar... Digo yo: ¿me sentiré así porque estoy muerto o estaré muerto porque me siento así?... ¡Vaya uno a saber!...

(Apagón lento.)

 

Fin.

 
 
 

Av Roque Sáenz Peña 943
C1035AAE Buenos Aires, Argentina
E-mail info@teatrodelpueblo.org.ar
Esta sala cuenta con el apoyo del
Instituto Nacional del Teatro
y de Proteatro