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Remanente de invierno
de Rafael Spregelburd
 
Personajes:
Meyer
Zulda
Silvita
Plomero
Electricista
El locutor, Miranda del Cepo
La locutora, Virginia la Mantecosa
Menina


La presente versión de la pieza fue estrenada el 18 de mayo de 1995 en la Sala ETC (Espacio Teatral del Centro) del Centro Cultural General San Martín de Buenos Aires. Producción del C.C.G.S.M de Buenos Aires. Subsidio a la creación artística del Fondo Nacional de las Artes.

La misma puesta fue luego reestrenada en la Sala del Centro Cultural Ricardo Rojas, en abril de 1996.

La obra obtuvo los siguientes reconocimientos:
• Mención Honorífica en el Concurso de dramaturgia organizado por el Fondo Nacional de las Artes (1993).
• Mención Especial en el Concurso "Comisión Encuentro de Escritores Patagónicos" (1994).
• Premio ARGENTORES "Nueva Dramaturgia" (1995).


Ficha técnica:
MEYER: Máximo Lazzeri
ZULDA: Mónica Raiola
SILVITA: Andrea Garrote
PLOMERO: Gabriel Levy
ELECTRICISTA: Néstor Losada
EL LOCUTOR, MIRANDA DEL CEPO: Alfredo Martín / Javier Lorenzo
LA LOCUTORA, VIRGINIA LA MANTECOSA: María Inés Sancerni
MENINA: Silvia Hilario

TRADUCCIÓN DE TEXTOS AL LATÍN: Constanza Burucúa
MÚSICA ORIGINAL EN CINTA Y DISEÑO DE INSTRUMENTOS INDUSTRIALES EN VIVO; FOTOGRAFÍA: Federico Zypce
DISEÑO DE ESCENOGRAFÍA Y LUCES: Federico Zypce y Rafael Spregelburd
REALIZACIÓN DE OBJETOS, UTILERÍA, Y DISEÑO GRÁFICO: Isol
FOTOGRAFÍA: Patricia Di Pietro
PRODUCCIÓN ARTÍSTICA: Corina Cruciani
ASISTENTE DE DIRECCIÓN: Eugenia Capizzano

DIRECCIÓN GENERAL: Rafael Spregelburd




LAS VÍSCERAS DEL LENGUAJE
Algunas reflexiones a partir de Remanente de invierno,
el último estreno de Rafael Spregelburd

Si una de las posibilidades de abordar un texto es preguntarle desde dónde se escribe, en la textualidad de Rafael Spregelburd esa pregunta parece ineludible y fundante. En este sentido, no arrojan sino pistas equívocas los prólogos -en los que Spregelburd abunda sobre cuestiones tan diversas como la producción de sentido de su propia obra, indicaciones para la puesta en escena, o la apropiación de estructuras matemáticas como procedimiento escritural-, si bien una lectura desde los prólogos configuraría una travesía oblicua pero posible a través de su teatro. Aunque puede ubicarse la textualidad de Spregelburd en relación al "significante imperial" de la tradición dramatúrgica de Occidente en términos de diálogo, personajes y acción, parece escribirse desde un deslizamiento de ese sistema hacia un territorio que tiene que ver con la estructura misma del lenguaje y sus mecanismos de construcción y deconstrucción de la noción de sujeto, del montaje y desmontaje de los procesos de enunciación y la disolución del principio de verdad, de modo que opera simultáneamente en dos niveles: por un lado, aparenta mantener el sistema tradicional y, en un primer nivel de lectura, no parece plantear problemas nuevos desde el punto de vista de la recepción; pero por otro lado, ese sistema conocido y aceptado por el receptor es desmontado ante sus ojos a través de la "mostración" de los mecanismos del lenguaje, que pueden dar por tierra la ilusión de sujeto-personaje que, cómodamente, se había aceptado (como en La tiniebla), o licuar la noción de verdad que ya se había instituido (como en Entretanto las grandes urbes). En esta ecuación se sostiene la profunda renovación estética que propone el teatro de Spregelburd, que no necesita de complejas caracterizaciones psicológicas, ni de elaboradas escenas en las que esos caracteres entren en conflicto, ni mucho menos de grandes frases para dar cuenta, por ejemplo, como en Remanente de invierno, de la absoluta incomunicación que rige los vínculos familiares: le bastará mostrar a SILVITA usando de manera arbitraria las preposiciones, ante la impotencia de sus padres, para poner en acto esa incomunicación justamente a través de aquello que usamos para comunicarnos. Y todo ello por medio de juegos verbales, pródigos en humor y eficacia teatral que proporcionan el goce del mismo modo que la puesta en crisis de ciertas "verdades" adquiridas. Este "deslizamiento epistemológico" desde donde parece escribirse el teatro de Spregelburd resulta fundante a la hora de preguntarse sobre los procesos de construcción del receptor ideal que esta textualidad promueve. Spregelburd pone en cuestión la preceptiva dramatúrgica; plantea una renovación estética desde un lugar que le es propio, y único; se interna en las profundidades de aquello que nos constituye -el lenguaje- a través de un juego teatral zumbón , y a un tiempo ingenuo y crudo, que rehúsa de las imágenes ampulosas para poner en una dimensión otra toda una imaginería prosaica en la que se amontonan electrodomésticos, arbolitos de Navidad, muñecas Barbie, menudencias de pollo, pan dulce y Naranja Fanta. Pero, sobre todas las cosas, propicia la construcción de un lector-espectador dispuesto a entrever, en los pliegues de su fluida teatralidad, las vísceras de aquello que hablamos, y a través de lo cual somos hablados.

Patricia Zangaro (Dramaturga)



Lo que caracteriza al lenguaje actual es la desaparición del sujeto.

Aunque la estructura gramatical de superficie permanezca igual, en lo profundo el sujeto ha sido reemplazado por actantes (ni siquiera actuantes), es decir, sustantivos absolutamente subordinados al verbo.

Esta situación alcanza su límite, en particular, en las ficciones culturales llamadas artes, cuando se pronuncia el enunciado terminal: "Hablo", "Pinto", "Escribo", etc. [...] Nuestro enunciado contiene, en su única palabra, dos proposiciones: "hablo" y "digo que hablo", o bien en un ámbito no verbal: "pinto" y actúo manchando la tela con un solo golpe de color. [...] "Hablo" es una grieta por donde el lenguaje puede expandirse al infinito, mientras el "yo" que habla se fragmenta hasta desaparecer. No hay comunicación de sentido sino la exposición de un habla en su condición original. El que habla no es el sujeto de un discurso, sino una inexistencia en cuyo vacío resuena un lenguaje indefinido.

Se caracteriza al arte moderno por un desdoblamiento que le permite designarse a sí mismo. No ser más que el enunciado de sí mismo. [...]

El arte no es un lenguaje, es el lenguaje puesto fuera de sí. [...] Sólo Nietzsche intuye la exterioridad del lenguaje cuando descubre que la metafísica está ligada a la gramática, o Mallarmé cuando afirma que el lenguaje es el ocio de lo que nombra. [...]

El sujeto, el yo, es un espacio vacío, el yo es EL AFUERA DE LAS PALABRAS. Este hombre ya no escucha lo que se pronuncia en su interior, sino al espacio que circula entre sus palabras; sólo oye hablar al lenguaje, un lenguaje que no pertenece a nadie, que no es hablado por nadie.
El sujeto es un pliegue en una superficie gramatical que tiende a alisarse.

LA PALABRA ES LA INEXISTENCIA MANIFIESTA DE AQUELLO QUE DESIGNA.
EL SER ÚLTIMO DEL LENGUAJE ES LA DESAPARICIÓN DEL QUE HABLA.

Cada palabra evoca contenidos que le son propios, pero su esencia misma comunica una espera, la espera absurda que se espera a sí misma al término de su propio pasado. Lo que hace posible, entonces, esa tensa espera del lenguaje no es la memoria sino el olvido.
Un olvido que no es disipación ni negligencia. Un olvido que no es sueño, por lo contrario: es una vigilia feroz.
Un olvido que es la atención más extrema, pues únicamente en el olvido puede quebrarse toda continuidad y acontecer lo nunca dicho que espera en el lenguaje.
Todo acto de nuestra cultura, desde el uso instrumental del habla hasta las artes, está de pie sobre la inminencia del olvido.

El lenguaje ya no es el lugar de la verdad, ni el regulador del tiempo, ni la "casa del ser" según Heidegger, ahora las palabras son la FORMA INABARCABLE DE LA INTEMPERIE.

EL LENGUAJE NO HA PERDIDO SU DISCURSO NI SU SENTIDO, PORQUE NUNCA LO HA TENIDO.

EL HABLA PERSISTE, NOSOTROS HEMOS DESAPARECIDO.

Eduardo del Estal
Bocetos para "La palabra exterior", 1994.




REMANENTE DE INVIERNO

Al fondo del escenario, una pirámide irregular de televisores con sus pantallas dirigidas hacia el espectador. Varios electrodomésticos indefinibles en distintos lugares. Prolijos pedazos de motores. El sofá está armado con partes de carritos de supermercado. En general, los objetos escénicos demuestran una utilidad y un confort dudosos. Y qué decir entonces de los personajes de esta historia. Se supone que SILVITA ha de tener algo así como siete años, sin embargo -ya que la historia se ubica en el recuerdo de SILVITA- el personaje no debe ser aniñado. La pieza transcurre en el clima enrarecido del recuerdo. SILVITA entra y sale libremente de las situaciones del pasado para "narrar" al espectador. Todos los personajes visten ropas oscuras, de invierno. Predomina el monocromo: todo es blanco o negro.



PRÓLOGO

En la oscuridad se escucha, deforme, el Jingle del Topo Menéndez. Los actores aparecen junto con la luz y asumen sus posiciones. Derrumbe de los actores. Aparición del silencio. Entra Silvita, y pasa sobre los cuerpos derrumbados.

SILVITA: Hola, un gusto. Mucho ruido inútil, con cosas inútiles. Mi familia, años para atrás, y yo, ese verano hórrido... ¿Se entiende "mi"? Cuando dije: mi familia. Es decir: dije otras cosas, pero también dije "mi"... como en "mi" mano -que está unida a mí (a otro mí) pero que no es yo, "mi" tórax, "mi" perro... ¿Se entiende "mi"? (Desazón. Algunos actores desparramados ya han empezado a abandonar el lugar. Silvita, a uno de ellos:) Perdoná, ¿tenés fuego? Gracias. (Súbitamente, al público:) Sí, yo tengo un problema. Bueno, pero véanlo. Ya que vinieron. (Sólo quedaron en el piso Meyer y Zulda.) Cualquier cosa allí tienen unos programas que hice yo como pude, donde están "mi", y otras... (Los programas son ilegibles). Bueno, un gusto. (Va a salir. Vuelve) Ah, esto es importante: nos van a ver vestidos de invierno, pero era verano, y yo lo dije...


I
CHAU CIEN VECES CHAU



Luz sobre el altar: se trata de una pila de veinte televisores, en cuya cima reina penosamente el muñeco del Topo Menéndez.

ZULDA: A veces me digo que en toda despedida hay un aire de muerte.

SILVITA: No estés mal, mamá.

ZULDA: Cuando den las tres van a venir a llevárselo, Silvita.

SILVITA: Mejor. No sé para qué lo hicieron traer.

MEYER: Tratamos de ser buenos padres.

SILVITA: Intervino papá.

MEYER: Todos los chicos del mundo saltan de alegría cuando les llega la semana del Topo Menéndez.

SILVITA: Soy objetiva, nada más.

MEYER: Sos fría, Silvita, sos muy dura. Por lo menos despedíte bien de él.

ZULDA: Si no, después vas a soñar.

MEYER: ¿No te gustó pasar una semana entera con el Topo Menéndez? ¿Qué es lo que estuvo mal? ¿Por qué no te entretuviste?

ZULDA: Vení, vamos a hablarle juntas, ¿querés? (Zulda lee unas oraciones de un pequeño folletín.) Querido Topo: ahora es cuando tenemos que decirnos chau cien veces chau. Gracias por haber parado en casa esta semana, y espero que el año que viene vuelvas a traerme tu fraternidad y tu picardía.

SILVITA: ¿Otra vez el año que viene?

MEYER: ¿Será que habrás crecido, Silvita? ¿Es eso? Vamos a tener que decírselo a la psicopedagoga.

ZULDA: Se va a sentir muy abrumada. El año pasado también se nos abrumó para noviembre. (Suena el timbre.) Ya está. Es la hora. (Entra Menina; más atrás el Electricista y el Plomero, que permanecerán largo rato sin ser percibidos..)

MENINA: Zulda, ya son las tres. Vengo a buscarlo.

ZULDA: Pasá, Menina. Silvita se estaba despidiendo.

MENINA: ¿Dónde está? ¿Vino con el mismo traje del año pasado? ¿El canesucito? ¿Las lentejuelitas? Mis chicos están enloquecidos. Estos dos últimos días hubo que doparlos. (Gira hacia Zulda y ve al topo.) Es una preciosura, una divinura... ¿Es él?

MEYER: ¿Vamos firmando los papeles, Menina?

MENINA: Sí, cuanto antes mejor... Es que lo veo al topo Meléndez y me pongo como boluda. Los tengo encerrados en el baño y no los quiero hacer esperar mucho tiempo porque se toman el shampoo. (Por Silvita) ¿Pero qué le pasa a esta criatura? Silvita, preciosa, no te pongas así... Va a estar en casa, en el piso de abajo... Podés venir a verlo cuando quieras. Por lo menos durante una semana. No seas pobrecita.

MEYER: Basta. Llevátelo de una vez. (Le da el topo.)

MENINA: Entiendo que se ponga mal. Mis chicos cada vez que se les va el Topo Meléndez hacen un cuadro de constipación. La psicopedagoga dice que es todo psicológico. (A Zulda, en secreto.) Si se pone muy mal denle estas pastillas.

ZULDA: ¿Son de las que te van durmiendo de a poquito?

MENINA: ¿Eh?

ZULDA: ¿De las que te van durmiendo de a poquito?

MENINA: ¿Mh?

ZULDA: ¿Esas que las tomás y te van durmiendo de...?

MENINA: Se quedan quietitos como maderos. Y hablando de la psicopedagoga, te cuento que con las otras mamás pensábamos comprarle unas medias de lycra. Vi unas abrigaditas.

ZULDA: Me parece bien. Todos los años acepta el mismo regalo y no parece rabiar.

SILVITA: Miente sorpresa.

MENINA: Un talle súper-grande. ¿Te parece bien que le mandemos las medias por Silvita? El día de la Psicopedagoga es mañana.

ZULDA: Suerte que siempre te acordás de todas esas fechas. Yo no doy abasto. Tomá, no te olvides el librito con los recitativos del Topo.

MENINA: ¡Ay, qué cabeza! Acá les dejo a los service. Después de una semana se los pasan a la familia Francini. Estos señores son encantadores, muchísimo más que los del año pasado.

ELECTRICISTA: (Besando la mano de Menina.) Encantadora es su sopa, mezcla de arroz y de abnegación fronteriza.

MENINA: Usted siempre tan ocurrente y talentoso. Éste es el electricista.

PLOMERO: (A la familia:) Yo soy el plomero, de profesión. Aunque me hubiera gustado más trabajar en oficinas impositivas. Mi compañero aquí presente ejerce como electricista, pero escribe endemoniadamente bien. Ya tendrán oportunidad de verlo.

MEYER: Encantados. (A Zulda) Encantadores. Saludá Silvita.

SILVITA: ¿Cuánto van a estar metidos en mi casa?

ZULDA: No seas maleducada, nena. ¿Cuánto... tiempo... van a estar... acá?

ELECTRICISTA: Vamos a estar una semana, y después... no vamos a estar más. El tiempo es una rueda dentada, donde cada diente se desgasta al morder la cinta de los años, y todo torna a ser nuevamente y en cada vuelta, pero algo se pierde y lo único que se repiten son mutilaciones y ausencias. (Zulda, Meyer, Silvita y Menina ríen a carcajadas).

MENINA: ¡Cómo dice las cosas simples! Hace que todo parezca digno e importante.

ELECTRICISTA: Un lenguaje puro y respetuoso de las normas es un testigo asalariado de la diafanidad de nuestra moral.

MEYER: (Todavía riendo, a Silvita.) Aprendéte eso, nena.

ZULDA: A ver si algún día sorprendés a la pobre psicopedagoga y conseguís que te ponga un poroto de oro. Todos los chicos del edificio tienen por lo menos un poroto y medio.

MENINA: ¡Los míos no! Andresito tenía medio poroto... ¿cambiaste el Flexiplás?... pero la gorda se lo sacó aquella vez que la mordió en el pubis.

PLOMERO: Sus chicos son juguetones. Me hacen acordar a mi infancia, a una antigua psicopedagoga que tuve... después se hizo revendedora de lencería... nunca la volví a ver.

MENINA: Tengo que irme. ¡Los voy a extrañar! Mis chiquitos se enganchan tanto con el Topo... Después te mando la caja de medias de lycra. (Sale.)

PLOMERO: Y no la volví a ver a mi psicopedagoga... A veces pienso que con un poco de suerte, algún día me toca una semana en su casa.

ZULDA: ¡Y por qué no! Un plomero es un hombre de mundo, con inquietudes y contactos.

PLOMERO: ¿Lo dice por quedar bien?

ZULDA: Sí.

Eterna pausa. Incomodidad. Nadie habla. "Bueno". "En fin." Apagones inútiles en los que nada se modifica. El Electricista crece en nerviosismo, parece ser el único testigo de que el tiempo pasa inexorablemente. Finalmente, con absoluta normalidad, habla:

ELECTRICISTA: Nosotros vamos a ponernos a trabajar ya mismo, así a la tardecita, si no les molesta, nos echamos una siestecita.

ZULDA: Pero claro que no nos molesta. La siesta de los service es sagrada.

PLOMERO: Gracias. Hay muchas familias que no tienen la misma gratitud, la misma vocación solidaria. Pero no es nuestra la culpa. Vamos a estar hasta el jueves que viene a las tres. Y juro que revisaremos todo lo que no funcione, y que no habrá motivo de queja.

ELECTRICISTA: Porque la queja es el envejecimiento prematuro del alma.

ZULDA: (Ríe) Qué bien habla. Es como si imitara a escritores de renombre.

ELECTRICISTA: Tome. Trajimos unas masitas para el té.

ZULDA: No tenían por que molestarse.

PLOMERO: No es ninguna molestia. Es más una vieja costumbre. Recuerdo el patio de tía Antonia. Cuando yo era chico. Vivía en Banfield, la tía Antonia.

ZULDA: Ah... para el lado del oeste.

MEYER: Para el sur.

ZULDA: No, me parece que te equivocás.

MEYER: La línea del Roca. Yrigoyen, Avellaneda...

ZULDA: ¿Por qué no escuchás al señor? ¿Ves que nunca escuchas cuando hablan los demás? Si se toma el 55, tenés Juan B. Justo, La Lucila, Puente 12, Ciudadela...

MEYER: Es al sur. Calláte. Al sur.

PLOMERO y ELECTRICISTA intentan explicar. ELECTRICISTA se cansa. SILVITA es un tópico: la hija de padres que discuten.

PLOMERO: Claro, antes cambiaba ahí de sección... Mamá me llevaba muy de vez en cuando porque decía que el tranvía salía muy caro. Pero siempre que íbamos le llevábamos masitas. La tía Antonia saltaba de alegría como una perra.

ELECTRICISTA: Nunca me hablaste de tu tía Antonia. En términos de la retórica clásica podría decir que la ocultaste con permanentes circunlocuciones.

PLOMERO: La familia no habla mucho de ella ahora. Pero yo igual me acuerdo de ese patio, yo iba de puntita en blanco, las patas de la tía Antonia que me quedaban marcadas en la camisa nueva... ¿Y quién es esta nena tan linda y funfurruñona?

SILVITA: Era yo.

MEYER: Silvita, no te lo repito más, saludá a los tipos éstos.

SILVITA: Hola.

MEYER: ¿Hola qué más?

SILVITA: Hola cien veces hola. Siempre me dicen que no tengo que hablar adentro de extraños.

ZULDA: Se dice "con extraños", nena. ¿Qué te enseñó la psicopedagoga, eh?

ELECTRICISTA: ¿Tiene problemas con las preposiciones?

ZULDA: Y con otras cosas también. Pero las preposiciones no las quiere aprender.

SILVITA: No me sirven.

ELECTRICISTA: Bueno, bueno, bueno... Las preposiciones son mi especialidad. ¡Y es un tema tanto o más placentero que los enchufes, que siempre me produjeron fascinación y pavor!

PLOMERO: Parece que ya tenemos por donde empezar a trabajar. (Toman entre los dos a Silvita y se la llevan para el cuarto.) En una semana su hija va a conseguir ese poroto dorado.

MEYER: Simpáticos señores. Parecen eficientes. Y limpios.

ZULDA: (Sopesando las masitas.) Podrían haber traído una tarta de manzanas en vez de masitas.

MEYER: No empieces.

ZULDA: Va a haber que tenderles las camas en el sofá y bordarles sus iniciales en dos toallones nuevos. Voy a buscar sábanas limpias.





II

REMANENTE DE INVIERNO



LA LOCUTORA: (Encantadora, le habla a Miranda del Cepo, que está dentro de un carrito de supermercado.) ¿Por qué te pusiste ese saco de verano? No vamos a terminar nunca de vender esta ropa, y queda todo el remanente de invierno.

EL LOCUTOR: Sin embargo, este saco es de media estación...

LA LOCUTORA: No, no digas nada. Voy a traerte un sobretodo. Me angustio: esto es una empresa, una empresa.

EL LOCUTOR: Pero... cuando te levantás a la mañana... ¿no notás que... que hace... un poco de calor? Hace calor, Virginia. Calor de verano.

LA LOCUTORA: (Lo ataca, desquiciada, golpeándolo con el sobretodo y empuja el carrito fuera de la escena. Intenta recomponerse, ve a Zulda. Al público:) La lavanderita hacendosa, qué rica es.






III

CALOR DE HOGAR



ZULDA: ¡Va a empezar el programa de Miranda del Cepo! Va a dar las noticias de electrodomésticos perdidos.

MEYER: No te hagas esperanzas. Ya hace mucho que se fue la heladera. Después te ponés peor.

ZULDA: ¿Ves cómo sos? El único momento del día en el que me ilusiono un poco y vos me lo tenés que arruinar.

MEYER: No discutamos otra vez por lo mismo. Silvita nos va a escuchar pelear.

SILVITA: Yo estoy jugando entre la Barbie. Imagino que se escapa delante de un taxista, y viajan a Cacheuta, donde nunca más llegará el invierno después del invierno. Hagan de cuenta que no los oigo.
ZULDA: ¡Mirá en las cosas que piensa! ¡Es culpa tuya, que la llevás tan poco al zoológico a ver al ñandú nuevo! Silvita, mejor jugá a ponerle vestiditos de invierno a Barbie.

SILVITA: No. Barbie tiene calor. Sabe todo, y tiene calor.

MEYER: Hacéle caso a tu madre. Y no andés tan desabrigada.

PLOMERO: ¿Qué pasa?

MEYER: No sé qué vamos a hacer con esta chica.

ELECTRICISTA: Vení nena. Vamos a repasar preposiciones.

SILVITA: ¡No quiero! ¡No me interesa esa forma de hablar que tienen ustedes! ¡Vayan a arreglar los caños!

MEYER: ¡Silvita! ¡No seas animal de pastoreo!

PLOMERO: Dejelá, señor. Cuanto más tratan de ofendernos así, mayor es la devoción que ponemos en nuestro trabajo. Terminan dándonos las gracias. (Se la llevan para la pieza).

SILVITA: ¡Yo no agradezco! ¡No agradezco!

ZULDA: ¿Por qué no la llevás el domingo a ver el ñandú nuevo? Todos los chicos del edificio ya lo vieron... A lo mejor es eso...

EL LOCUTOR: (Radiante, abrigadísimo.) Nos sentimos unidos a ustedes. Unidos por la necesidad y la amistad. Unidos por el cordón umbilical de la tecnología más simpática. Nos queremos. Nosotros estamos porque ustedes están.

ZULDA: Qué gran verdad es ésa. Qué reflexión.

EL LOCUTOR: Hoy tenemos la rara, la extravagante suerte de contar con una invitada especial.

ZULDA: (Sigue con su razonamiento.) Porque si nosotros no estuviéramos, ellos no podrían hacer los programas.

EL LOCUTOR: Ustedes la han visto, la conocen, y la quieren entrañablemente. Sufren cuando ella sufre, gimen cuando ella gime, respetan cuando ella decide respetar. Con infinito agrado y superlativa excitación presentamos a Virginia, la mantecosa conductora del programa anterior... Ahora, pasá.

(Zulda y Meyer aplauden. El locutor y La locutora atraviesan la pantalla y pasan al living de la familia.)

MEYER: Mirá vos... la invitaron a Virginia.

LA LOCUTORA: Bueno, te agradezco lo de "la mantecosa"... (Al locutor, le dice con todo desparpajo lo que éste debe decirle:) "No me agradezcas a mí... Ya es patrimonio..."

EL LOCUTOR: No me agradezcas a mí. Ya es patrimonio de todos tus oyentes.

LA LOCUTORA: Igual. Creo que se ha exagerado un poco en torno a mi frágil persona. (Le sopla) ¿No te gusta sentirte expues...?

EL LOCUTOR: ¿No te gusta sentirte expuesta, Virginia?

ZULDA: ¿Se dará al revés, también?

MEYER: ¿Qué cosa?

ZULDA: La relación. Ellos - nosotros.

LA LOCUTORA: Mirá, entre nosotros, ahora que no nos escucha nadie, yo soy terriblemente tímida. Contaban mis padres que de niña gustaba ir a los supermercados para enterrarme bajo las latas de conservas.

EL LOCUTOR: Fijáte vos. Revelaciones exclusivas para el programa de Miranda del Cepo, que continuarán en unos instantes, luego de leer la lista de electrodomésticos que se han presentado a nuestra producción.

ZULDA: ¡Dios, Dios, Virgencita de Yeso, escucha mis ruegos!

OFF: EL LOCUTOR: (Mientras se lee la lista, La locutora y él comentan cosas por lo bajo. Zulda eleva sus ojos al techo, expectante.) Una licuadora chiquita. Responde al nombre de Lidia Bermejo, y dice haberse fugado de su casa el pasado lunes. Número dos: un microondas sensible y marrón, fugado durante una discusión violenta. Responde al nombre de Tito. Y número tres: (Pausa tensa) un secador de pelo, tipo peluquería, abandonado en la vía pública luego de un intento de violación. Parece llamarse Marcos Antonio Luna, y no puede dar muchos más datos. Eso es todo.

ZULDA: ¡Puta, puta! ¿Y mi heladera con freezer, Dios? ¿Por dónde andará la pobrecita?

OFF: EL LOCUTOR:
Virginia, nos encantaría volver a tus sencillas y jugosas declaraciones sobre tus experiencias de vida, pero desafortunadamente... vos sabés que el tiempo en TV es...

OFF: EL LOCUTOR Y LA LOCUTORA: ..."tirano".

OFF: EL LOCUTOR: ...¡Y poco dúctil! ¡Claro que lo sabés! Bueno, nosotros ahora...

LA LOCUTORA: (Seca, mirándolo en secreto reproche, superpuesta al OFF) ¿No me preguntás nada de la ropa?

EL LOCUTOR: (Bajo.) Me olvidé. (Normal.) Qué linda te has vestido, haciendo uso de tu libre albedrío, qué invernal.

LA LOCUTORA: (Encantadora.) Sí. Es la línea que conviene a este inesperado invierno que vivimos. Vean estas pieles, estas telas gruesas y apretadas, estos colores apagados y fuertes... Y para los que no se han animado a comprar un TV color, en mi historieta gráfica novelada no autorizada van a encontrar dibujos con algunos modelos que el tiempo de la TV no permite mostrar tranquilos. Fíjense, en todo caso, en la aventura llamada "Virginia y el Ñandú nuevo" en ese conjuntito macramé que luzco en la escena en la que tratan de rescatarme de las fauces lubricadas del ñandú.

MEYER: Tendríamos que comprar esa historieta, ¿no?

ZULDA: Sí. Te digo que no doy abasto con todo esto.

EL LOCUTOR: Bueno, Virginia. No te quiero agotar demasiado... así que quedás comprometida para volver al programa y seguir desentrañando la realidad de tu mundo, tan lleno de encanto.

LA LOCUTORA: Uy, no sé si la productora me dejara venir.

EL LOCUTOR: Bueno, eso es algo sobre lo que yo no puedo expedirme.

LA LOCUTORA: Es que como sos el conductor del programa...

EL LOCUTOR: Sí, eso sí, pero.

ZULDA: Ojalá la dejen.

LA LOCUTORA: (A la presunta Producción del programa) ¿Puedo? No, como habíamos quedado que yo mañana... ¿Puedo?

MEYER: Siempre la dejan.

LA LOCUTORA: (Le hacen señas de que sí.) Acá dicen que sí, pero yo no sé...

ZULDA: Hacen una pareja tan linda. ¿Por qué no se casarán, digo yo?






IV

BARBIE



MENINA: ¡Zulda!

ZULDA: Pasá, Menina.

MENINA: Las medias de lycra para el regaliz. Las rescaté justo cuando Andresito trataba de estrangular al menor. ¿Qué hacían?

(EL ELECTRICISTA y El PLOMERO se van a dormir la siesta, por lo cual se desvisten delante de ellos y toman su lugar en el sofá.)

EL LOCUTOR: Y ahora nos vamos. (El mundo se derrumba.)

LA LOCUTORA: Gracias por recibirnos en su casa.

EL LOCUTOR: A la que ya consideramos como nuestra.

LA LOCUTORA: Y codiciamos como ajena.

EL LOCUTOR: Y decoraríamos a nuestro antojo.

LA LOCUTORA: Chau, cien veces chau.

EL LOCUTOR: ¡Chau, cien veces chau!

LA LOCUTORA: ¡Cuídense del frío! Este invierno no perdonará a nadie.

ZULDA, MEYER Y MENINA: ¡Chau, cien veces chau!

(MEYER sale, abatido. ZULDA y MENINA quedan frente al televisor).

LA LOCUTORA: Y aquí empieza mi programa de la tarde. Un lugar de reflexión, de esparcimiento, de duda. ¿Estaremos solas, amigas? No, no, no. ¿Quién nos acompañará hoy? ¿Quién será?

EL LOCUTOR: Yo.

LA LOCUTORA: Sí... La presencia vibrante de Miranda, de Miranda del Cepo, Mirandita y su nombre cálido y femenino. Y hacia el jueves, sedosos televidentes, será la fecha de máximo esplendor en nuestro país del "Víctor Hugo".

EL LOCUTOR: Ataca principalmente a las licuadoras, pero se han conocido casos en radios obsoletas.

MENINA: ¡A mí me agarró un turbo! Decí que estaba viejo. Y sí, ya había vivido lo suficiente, ¿no?

LA LOCUTORA: Este virus, como se sabe, ha recibido también...

EL LOCUTOR: ...el nombre de "Virus de la Melancolía". Las licuadoras...

LA LOCUTORA: ...se niegan a funcionar, y se entregan a la inútil tarea de...

EL LOCUTOR: ...rememorar tiempos mejores.

LA LOCUTORA: Suele encarnarse en los electrodomésticos más viejos, más propensos a la...

EL LOCUTOR: ...reflexión taciturna. Se recomienda no dejar solas en ningún momento a las máquinas infectadas, porque casi...

LA LOCUTORA: ...siempre el cuadro tiene un desenlace fatal.

MENINA: Se tiran por la ventana.

EL LOCUTOR: La licuadora melancólica necesita mucho afecto. Quédese a su lado y háblele...

LA LOCUTORA: ...de temas alegres, señora. Toda la familia puede...

EL LOCUTOR: ...y debe...

LA LOCUTORA: ...colaborar en la tarea de salvataje, porque, como se sabe, el "Víctor Hugo"...

EL LOCUTOR: ...es curable... (Aplausos)

LA LOCUTORA: ...si...

EL LOCUTOR: ...se...

LA LOCUTORA: ...agarra...

EL LOCUTOR: ...a...

LA LOCUTORA: ...tiempo.

EL LOCUTOR: Y si no...

LA LOCUTORA: Los service pasarán al instante para llevarse su artefacto dejándole a cambio un simpático señalador hecho con las manos de los niños huérfanos de países limítrofes. Que son...

ZULDA: El Paraguay... La Bolivia... eh...

MENINA: Sí, el Paraguay...

LA LOCUTORA: Los niños de la casa pueden organizar corrillos donde se canten los jingles de esta programación.

EL LOCUTOR: Es sabido que esto produce un efecto óptimo en los seres melancólicos. (LA LOCUTORA se va.)

MENINA: Mis chiquilines lo intentaron, a instancias mías. ¡Pero cómo desafina Andresito, no te das una idea, una voz de borracho!

ZULDA: Voy a comprar la banda grabada.

MENINA: Fijáte que diga "Dolby". La otra es una porquería. A mí no me...

ZULDA: ...sirvió...

MENINA: ...para...

ZULDA: ...nada. Yo, hasta que no se vaya el Víctor Hugo, ¡adiós licuado de banana! ¡adiós gazpacho en licuadora!

MENINA: ¡Si lo sabré yo! Nosotros no quisimos creer que era invierno otra vez y pusimos el turbo. Una tragedia. Lo vieras cómo quedó desfigurado cuando lo rescatamos del pozo de aire.

ZULDA: Ustedes fueron imprudentes.

MENINA: Sí, pero es que ya no podíamos más del calor. El olor a transpirado de Andresito me mató todos los potus.

ZULDA: ¡Pero si está fresquito! ¿No viste el programa de Miranda del Cepo?

MENINA: Entrecortado. Andresito quería morder el cable del televisor porque les prohibí que usaran al Topo Menéndez como fetiche erotizado. ¡Ay, pero acá no se ve nada! ¿Te prendo la luz?

ZULDA: ¡Ni lo intentes! (La ataca e intercepta salvajemente. Menina cae.)

MENINA: No tenés que ponerte así...

ZULDA: Perdonáme, querida, pero yo no me puedo arriesgar... Con todas las cosas que pasan en tu casa...

MENINA: ¡Pero si viene todo por los cables!

PLOMERO: (Despertando) ¿Qué pasa?

ZULDA: Nada, nada... Yo lo único que te pido es que no toques mis interruptores. Puede sonar duro, pero yo tengo que defender a lo que amo.

PLOMERO: Me despertaron. (Se levanta en calzoncillos, a exigir explicaciones.)

MENINA: Sos una mujer sensible, Zulda. Eso está bien, aunque te haga daño y te endurezca la expresión del rostro. Aunque te agregue años. Silvita, ¿me ayudás a incorporarme? Juro que no voy a tocar nada.

SILVITA: (Entrando.) Sí. (No lo hace.) Mamá... ¿cómo se escribe "almohada"?

ZULDA: ¿En cursiva?

SILVITA: Siempre será una almohada, use la letra que use.

PLOMERO: Por mí no hay problema, pero miren si en vez de a mí hubieran despertado aquí al pobre de mi compañero. (Sale a tomar un baño)

MENINA: ¡No me digas que ya escribís, Silvita!

ZULDA: (Deletrea.) A - ol - em - o - hach - a - dd - a.

PLOMERO: Cuando duerme se le ocurren imágenes bellísimas. (Sale)

MENINA: ¡No me digas que ya escribís, Silvita!

EL LOCUTOR: (Superpuesto a los parlamentos anteriores) Más electrodomésticos perdidos y mistongos. Uno: una radio con saquito de cuero, sin nombre ni marcas reconocibles, a no ser por un chicle pegado en el sintonizador.

ZULDA: ¡Qué atrocidad! ¡Dejáme oír, Silvita!

SILVITA: (A Menina) Un poquito. La maestra comunal dice que escribo cosas inconexas. Es por la cursiva. ¿Por qué te creés que me hacen ver con una psicopedagoga que me fuerza al latín? ¿La "a" tiene la colita para afuera?

EL LOCUTOR: Número dos: un Scalectrix completo. Los autitos sin paragolpes, uno sin techo, y una calcomanía semi-arrancada de la Virgen de Yeso.

MENINA: Éstas son las medias para la gordi. Espero que el talle haya estado bien, aunque no se las ponga. ¿Y qué es lo que escribís?

ZULDA: Nunca se las pone.

MENINA: Dale... leéme un poquito, Silvi. Dale, ¿sí?

ZULDA: Bueno, a lo mejor está cansada.

MENINA: Un poquito, ¿eh?

(El PLOMERO entra, desnudo, y atraviesa la escena. Silencio. Va a despertar a su compañero)

PLOMERO: Andá que está calentita. (Ahora es el ELECTRICISTA el que atraviesa la escena. Las mujeres lo siguen con la vista, alarmadas.)

SILVITA: (Recita, ganando entusiasmo)
"Barbie medita en un cuarto de hotel.
Sus muslos de plastico duermen
mientras sus ojos esperan el agua de mar.
Silva la pava y la sorprende
llorando. Se hace un mate adentro de sus lágrimas,
toma un hacha
y destaja la almohada entre palazos."

MENINA: ¡Es una preciosura, Silvita! ¡Una preciosura!

SILVITA: Pse... No sé... Me parece que le falta un poco de cuerpo, todavía.

ZULDA: Algunas preposiciones siguen estando mal. ¿Para que te compró tu padre el Sopena?

SILVITA: (Mientras sale.) Un libro inútil. La "a" con la colita para afuera...

MENINA: ¡Qué inteligente que es esta nena!

ZULDA: Sí, por intuición.

MENINA: Tiene tanta imaginación.

ZULDA: Demasiada, vecina. A veces inventa. La maestra legal ya me lo dijo.

MENINA: ¿Quién?

ZULDA: Antes. Escribía sobre personajes inventados. El cru-crú, el pitri, la psicopedagoga...

MENINA: Ah, sí.

ZULDA: ...estuvo más precisa y profesional. Nos recomendó que le compráramos la Barbie...

MENINA: ¿Qué?

ZULDA: ...para que escriba sobre ella.

MENINA: Es claro. ¿Y el cru-crú?

ZULDA: Les manda cartas a los fabricantes para que le editen un libro...

MENINA: ¿Cuándo?

ZULDA: ...un libro con las memorias de Barbie.

MENINA: ¡Qué ricura! Ojalá mis chicos fueran tan cándidos... Al Topo Menéndez ya tuve que coserle este ojo tres veces. ¡Ya les dije que si lo rompen otra vez les arranco los ojos y se los implanto al topo!

ZULDA: ¡Qué se le va a hacer! Son los chicos... Una a veces necesitaría más que me ayudara acá cuidando los artefactos, pero bueno...

MENINA: Vive en su mundito de fantasía.

ZULDA: Total... no hace mal a nadie.

MENINA: Que aproveche ahora, ¿no? Después, cuando tenga que formar una familia... ¿no?

ZULDA: Es lo que yo digo.

MENINA: Que aproveche ahora.







V

SEÑORES FABRICANTES



SILVITA: (Silvita congrega a la multitud imaginaria con un megáfono.)
Señores fabricantes:
Conservo intacta la ambigüedad de mi sonrisa de Barbie. Les mandé cartas con mis memorias y ustedes no las publicaron.
Creo que me he hartado contra mi pelo anaranjado. Me han fabricado en serie. Un día desde estos voy a teñírmelo.
¡Quiero ser yo misma, señores fabricantes! Quiero aparecer en la tele. Tengo cosas para decir, yo también. Puedo hacer propagandas y vender jabones, si quiero.
Pero ustedes no publican mis memorias. Puede ser que finalmente tome esa hacha y destaje la almohada a palazos. Gran desorden sobre la Barbie House.
(Ya queda sentada para empezar la escena siguiente.)





VI

FECHAS TRADICIONALES



ELECTRICISTA: Dale.

SILVITA: A, ante, bajo...

(El PLOMERO prende el televisor, en el que monologa EL LOCUTOR.)

EL LOCUTOR: ¡Qué sería de nuestras tradiciones si no hubiera un lenguaje!

ELECTRICISTA: Otra vez.

SILVITA: A, ante, bajo, con, contra...

ELECTRICISTA: "Cabe", con. Repetí eso: "cabe", con.

SILVITA: Cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, sobre, tras.

ELECTRICISTA: ¡Sin, "so", sobre, tras! ¡Todo mal! ¡Cabrona!

EL LOCUTOR: ¿Cómo cantaríamos temas alegres, todos juntos, si no existiera el silabeo? No queremos ponernos sentimentales, pero es necesario reflexionar sobre esta fecha tan especial.

MEYER: (Entrando) ¿Cómo va eso?

ELECTRICISTA: Mal...

EL LOCUTOR: En el día de la psicopedagoga, el programa de hoy sobre uso de proposiciones subordinadas, cede su espacio para que leamos cartas de algunas gorditas amigas.

ELECTRICISTA: ¡Qué bien! Eh... Muy mal. Es difícil aceptarlo...

PLOMERO: ...pero usted es el padre, ella es su hija, y tenemos un problema más serio de lo que pensábamos.

MEYER: ¿Seguís inventando palabras y cosas raras?

ELECTRICISTA: ¡No sólo eso! Piensa sin valerse de los nexos lógicos del lenguaje.

EL LOCUTOR: Estas diosas caballunas de la gramática -si se me permite el eufemismo- nos cuentan en breves epístolas sus experiencias educativas, en el marco de divertidas anécdotas.

MEYER: Eh... Yo estuve pensando...

EL LOCUTOR: Pero antes de escuchar las voces en off de nuestro equipo artístico emulando a las psicopedagogas más obesitas que nos han escrito gentilmente, vaya a todos ustedes una advertencia amorosa.

MEYER: Mirá, Silvi... El domingo vamos a ir a ver al ñandú, ¿querés?

SILVITA: Supongo que habrá que tirarle esas galletitas apestosas con forma de tuercas y ver al ballet armenio que lo acompaña.

EL LOCUTOR: Esta noche es la noche del San Bartolomé, virus horroroso que sodomiza a los aires acondicionados.

PLOMERO: ¡Cómo! ¡Hoy es la noche de San Bartolomé!

MEYER: ¿Te gusta la idea, mi amor?

ELECTRICISTA: No deberían premiarla. ¿No se los dijo la psicopedagoga?

PLOMERO: Nosotros no vamos. Es un espectáculo fantástico, pero ya vimos al ñandú nuevo con siete familias.

SILVITA: Estoy cansada de tus extorsiones, papá. Harta según preposiciones estúpidas.

ELECTRICISTA: ¿No le dije!

PLOMERO: ¡Acábela de un golpe! ¡Que aprenda a hablar!

MEYER: Tu madre tiene la culpa. No te sabe poner límites.

EL LOCUTOR: La precaución es, en todos los casos, superior al amor, así que ¡¡¡cuidado!!! Que suenen los violines místicos...

SILVITA: ¡Cuánta gordura! ¡Hartada hacia toda esta ropa de invierno!

MEYER: ¡No quiero oírte repetir una sola preposición mal puesta más! ¡O más mal puesta más...! Mal más puesta... (Se traba. El Electricista y el Plomero lo miran alarmados, graves.) ¡Ah, maldición! Ya me hiciste olvidar lo que tenía que decir.

EL LOCUTOR: ...para escuchar esas cartas deliciosas. (Comienza la música y los textos, que se superponen entre sí. Silvita aprovecha la ocasión para salir inadvertida. Meyer se sienta en su sitio. Los servicios lo escoltan, estupidizados por la TV. No hacen nada durante un largo rato, en el que la atención es ganada por el Off que sale del televisor.)

OFF: PSICOPEDAGOGA PRIMERA: Soy Ana María, de Paso del Rey, hija de padres con dos divorcios. Quería mandarles esta pequeña carta con una anécdota singular que me sucedió años ha, una huella imborrable en mi acerbo de experiencias. Resulta que yo administraba los porotos de oro entre los chicos más despiertos de mi clase, y resulta que muchos de ellos laceraban a golpes a un compañerito de fina ironía y delicada fonética que se empecinaba en hacerse con todos los porotos. Leandro Vacinovich, le decíamos Lundrín. [EMPIEZA PSICOPEDAGOGA SEGUNDA] Una tarde como la de hoy encontré sus deditos ensangrentados recortados en una caja de medias de lycra. Los compañeritos habían actuado por celos, más que por sentido común, y él ya nunca volvió a ser el de antes, así, tullidito. Desarrolló ideas terribles, elaboró conclusiones quizás apresuradas acerca del bien y del mal, y acabó por encerrarse en un mutismo de muerte. Tenía 8 años.

OFF: PSICOPEDAGOGA SEGUNDA: Les escribe Hebe, de Villa Bosch, para sumarme humildemente a este homenaje televisivo con una anécdota tan triste como edificante. Es bien sabido que los varoncitos en edad primaria no pueden acceder al pensamiento en voz pasiva hasta tanto no experimenten alguna humillación definitiva en el ámbito de su precaria sexualidad. Yo solía tener por alumnos a dos jovencitos muy enfáticos. Una tarde logré convencer a un primo mío de Caseros para que los sodomizara en la mesita del living. [EMPIEZA PSICOPEDAGOGA TERCERA] Lloraron como marranos y les quedó de por vida una afección psicosomática. Nunca sabré si he hecho bien. El exceso linda a veces con la vocación.

OFF: PSICOPEDAGOGA TERCERA: Soy Naanim Timoyko, de Caballito. Me decidí por una anécdota jugosa que demuestra que en el equilibrio estático del latín hay un movimiento de gran belleza en sí mismo. La anécdota es ésta.
(APAGÓN)




VII

SAN BARTOLOMÉ



(La familia en pleno reunida en torno al aire acondicionado.)

MEYER: ¿Y si se lo desenchufa?

PLOMERO: No alcanza.

ELECTRICISTA: No es preventivo. Hay que tocarle el alma.

PLOMERO: La noche de San Bartolomé es implacable con estos aparatos.

ZULDA: Vamos a arrodillarnos todos.

SILVITA: No quiero.

ELECTRICISTA: Escuchá a tu madre.

ZULDA: Viejo, hablále vos.

MEYER: ¿Yo? ¿Por qué yo? ¿Qué le voy a decir?

PLOMERO: Yo tenia una tía mía, a quien yo estimaba misteriosamente. Nunca me gusta hablar de ella.

SILVITA: No hable.

PLOMERO: La tía Antonia. Vivía en Banfield. Ella sabría qué decir.

ZULDA: Silvita, vos que sos tan inteligente...

SILVITA: No quiero.

MEYER: Te extorsionamos, Silvita...

SILVITA: ¿Con qué?

MEYER: Te consigo postales de Cacheuta.

SILVITA: (Con desgano.) Extorsiones de padre.

ZULDA: No son extorsiones. Son regalitos que papá te hace para que le hagas otros regalitos.

SILVITA: Está bien.

(Silvita avanza hacia el aire acondicionado. Detrás suyo, todos permanecen arrodillados formando una especie de coro.)

SILVITA: (Al público) Bueno, yo no creo en nada de esto. Toqué un par de cables del aire acondicionado, porque tras lo definitivo no me convenía perderlo. Aun así la enseñanza ante todo esto es: si tenés una tostadora, y la tostadora te quita tres horas de sueño, amén del secador urgido por nostalgias de mierda, el lavaplatos débil y traumatizado, la heladera que se te va el día menos pensado, entonces no tengás tostadora. (De vuelta al tiempo de la escena) Ya está.

(Silvita da media vuelta y se va. El aire acondicionado comienza a girar. Zulda y Meyer como quien ve resucitar un muerto. )

PLOMERO: Le habló todo mal. No creo que pase la noche.

ELECTRICISTA: Todo desordenado y sin estilo. Yo iría pensando en comprar uno nuevo.




VIII

YEGUA


EL LOCUTOR: Hemos pasado una noche de perros y ácaros, ¿ustedes no, queridos amigos? Anoche fue la noche de San Bartolomé, y la mayoría de los aires acondicionados amanecieron crucificados. ¡Y eso que estamos en un segundo invierno!

ZULDA: Acá estuvo fresco.

EL LOCUTOR: ¿No les tocó el San Bartolomé?

ZULDA: No. Mi nena, Silvita, lo mantuvo a raya.

EL LOCUTOR: Vamos a meternos en su casa, porque somos amigos. Especiales.

ZULDA: Claro, venga. Los estábamos esperando. Bueno, en realidad estoy yo sola. ¿Se toma un cafecito?

EL LOCUTOR: Doble. Acá se está mucho mejor.

ZULDA: ¿No viene Virginia, hoy?

EL LOCUTOR: ¿La mantecosa?

ZULDA: Claro. A veces me digo: ¿por qué no se casarán? Usted es tan seductor.

EL LOCUTOR: Todas lo dicen. ¡Ay, qué poco sabe la gente del mundo chiquito y enceguecido de la tevé!

ZULDA: ¡Si es tan mona! Yo ahora tengo que leer la historieta gráfica no autorizada que le escribieron. Que es a color.

EL LOCUTOR: Es escandalosa. Ardiente.

ZULDA: ¡Qué bueno! ¿Por qué no vino hoy?

EL LOCUTOR: ¿Alicia?

ZULDA: Virginia.

EL LOCUTOR: ¿La mantecosa?

ZULDA: Claro.

EL LOCUTOR: Está toda transpirada, como una yegua brutal; las bridas ensalivadas, la piel encendida y quejumbrosa azotada por mil San Bartolomés.

ZULDA: Es tan mona. Con mi marido siempre pensamos que se tendrían que casar. ¡Tan buen mozo!

EL LOCUTOR: (La toma por el cráneo y la besa salvajemente en la boca. Le muerde la nariz. La irá violando precipitadamente hasta el apagón.) ¡He venido a seducirte! ¡A hacerte ver la Osa Mayor! ¡A dejarte la piel marcada! Porque nos amamos; siempre nos hemos deseado, pantalla mediante.

ZULDA: El otro día le decía a mi marido. Si nosotros no estuviéramos, ustedes no estarían. O creo que al revés, no sé. Tendría que haberlo anotado, porque era un razonamiento complejo.

EL LOCUTOR: Sí, habláme así, guacha... para dar rienda suelta a nuestros alientos, para enloquecer, para hacer de las galaxias de fuego nuestra cuna satelital donde el pecado nos estruje.

ZULDA: Qué bien habla... pero no tan fuerte. Tengo al service en casa esta semana, duermen una siesta liviana. Mi familia no sabe nada de lo nuestro... entre las cuatro y las cinco.

EL LOCUTOR: Te puedo amordazar para morderte con calma, para que nadie se entere del ardor de tus gritos.

ZULDA: Así sí... si es así, sí. (El locutor se va.) ¡Si es así, sí!




IX

QUE TE RESPETE


MEYER: ¡Llegué!

ZULDA: (La nariz vendada.) Cariño. Se te ve cansado. Demacrado.

MEYER: ¿Qué te pasó?

ZULDA: Podría decirte que tropecé con un pliegue del camisón y me lastimé las bruces al chocar contra la ducha. Pero sería mentira. Me lo hizo Miranda del Cepo.

MEYER: Yo no te entiendo.

ZULDA: Ya sé. Ya sé perfectamente. No te hagás el que no sabés. Yo no lo hago. Yo sí que sé.

MEYER: Tenés que decirle que te respete.

ZULDA: No fue culpa mía. Es un seductor.

MEYER: No te confundas. Yo soy tu marido.

ZULDA: Ya sé. Y te hice carbonada.

PLOMERO: ¡Qué bueno!
ZULDA: ¿Vemos el programa de Virginia después de comer?

MEYER: Le pone algo de vida a la noche.





X

GUISITO



(Los técnicos están sentados a la mesa. Hojean unos libros con instrucciones de plomería y arreglos en general.)

PLOMERO: ¿Qué será? (Miran que nadie venga) ¿Que será lo que se propone el autor cuando usa esa antonomasia para referirse al coso?

ELECTRICISTA: Es una propuesta de estilo. Yo prefiero la sobriedad de las instalaciones eléctricas.

PLOMERO: (Lee en voz alta.) "Es un oso embravecido que avanza por las cañerías. Los cueritos se dilatan de espanto."

ELECTRICISTA: ¿Oso embravecido?

PLOMERO: Claro. "Los cueritos se dilatan de espanto."

ELECTRICISTA: Yo prefiero el estilo más sobrio de las instalaciones eléctricas.

PLOMERO: Hace alusión a las bolas de pelo que se juntan a la altura del sifón.

ELECTRICISTA: Ya sé.

PLOMERO: El oso embravecido no existe. ¿Entendés?

ELECTRICISTA: Ya sé.

PLOMERO: Es todo cashmillon. Nadie cree que haya un animal en las cañerías.
Es un supongamos.

ELECTRICISTA: Una metáfora. Ya sé.

PLOMERO: Un supongamos.

ELECTRICISTA: Una metáfora.

PLOMERO: Es un supongamos. ¿Metáfora o supongamos? ¿Qué diferencia hay?

ELECTRICISTA: Ya sé. El estilo. La metáfora.

PLOMERO: ¡No hay tal oso! Es una combinación no lícita, y el lenguaje mismo la delata. ¡A comer!

ELECTRICISTA: Los manuales de electricidad son mucho más clásicos. Podría parecer que esto está reñido con lo moderno, y sin embargo no es así. ¡No es así!

SILVITA: (Entrando.) ¿Están disimulando?

PLOMERO: No. ¿Cómo vamos a disimular? Hablamos de trabajo. Sentáte que ya va a estar la comida. Es muy posible que hoy aprendas algo. ¿Cuántos añitos tenés? (...) ¿Usás dos colitas? (...) ¿Tenés novio?

SILVITA: No.

PLOMERO: ¿Cómo se llama tu novio?

MEYER: ¡La familia instalada! Se siente uno como si con el deber cumplido... Como si tuviera con el deber cumplido... Con si como tuviera... (El electricista y el plomero se miran. Meyer calla, confundido.)

SILVITA: Yo te entendí, papá.

MEYER: Usted se calla, que no sabe lo que yo iba a decir.

PLOMERO: ¡Perdón! ¡Mil perdones! (Se levanta de un impulso.) No me di cuenta... Le ocupé la cabecera...

MEYER: Está bien, no es nada.

PLOMERO: Discúlpeme... Siéntese, por favor... No sé cómo pude confundirme.

MEYER: Bueno, hombre, no es para tanto.

PLOMERO: Es que acá uno se siente tan bien... Dan ganas de ponerse a hacer floreritos... Uno se siente tan como en su casa.

ELECTRICISTA: Vos no tenés casa.

PLOMERO: Ni televisor. Es cierto. ¿Pero quién puede quitarme los recuerdos? Yo recuerdo modelos de casas... Equis casa... La casa de mi tía Antonia, por ejemplo, en Banfield. Tenía una mesa con una cabecera de honor... La pobre de mi tía me dejaba usarla cuando íbamos con mamá... ¿Nunca les conté de mi tía Antonia, verdad?

ELECTRICISTA: No. Nunca. (A Meyer) Está bueno.

PLOMERO: Claro. Es que la familia no habla mucho de ella. La tapó. La familia la tapó, la sepultó.

SILVITA: Papá, no encuentro con Barbie.

ELECTRICISTA: A lo mejor no había sido buena con la familia.

SILVITA: ¿Vos no la viste?

PLOMERO: Puede ser.

SILVITA: Pa...

MEYER: ¿Qué, nena?... No, no la vi... No interrumpas cuando hablan los mayores.

SILVITA: ¿Qué vamos a comer?

PLOMERO: (Reprime una risita.) Una vez me acuerdo que era un cumpleaños y la tía Antonia no venía. Se había creado un ambiente de incertidumbre en torno a su ausencia.

ZULDA: (Entra trayendo una cacerola humeante.) ¡Acá llega el guisito! A ver si me hacen un lugar.

PLOMERO: Acá, Zulda. Apoye acá. (Le hace un lugar muy cerca del plato de Silvita.) Mmh... qué bien huele esta carbonada, ¿no nena?

SILVITA: ¿Qué tiene?

(Zulda levanta la tapa y mete una espumadera. Cuando la retira, vemos que Barbie ha sido hervida junto con el zapallo. Los servicios empiezan a reír, francamente divertidos.)

ZULDA: ¡Ay, pero qué situación tan embarazosa!

SILVITA: ¡Lo hicieron tras propósito! Van a acabar con mis nervios... ¡Con todo lo mío! ¿Me esperan un momento? (Corte de narración: a público, tranquila. Pero no dice nada.)

PLOMERO: ¡A mí el muslo!

ELECTRICISTA: ¡Muslos! ¡Muslos y pechuga! (Se retuercen de la risa.)

MEYER: Es la muñeca de Silvita. (Silvita vuelve a ingresar en el momento del pasado. Llora escandalosamente y sale en busca de su bolso.)

ZULDA: ¿No les parece que esto ya ha ido un poco lejos?

PLOMERO: Perdón. Queríamos poner un poco de color a la cena.

ELECTRICISTA: Sí. Yo había pensado en recitar unos versos pero se me ocurrían imágenes demasiado trágicas.

PLOMERO: Así que decidimos hervir a la muñeca...

ELECTRICISTA: Como imagen poética, sinestesia de sabores, olores y cromas, y como situación didáctica para esta nena tan rústica.

MEYER: Bueno. Se separa y listo. A mí dame zapallo.

ZULDA: ¡Toda la tarde cocinando para esto...! Es como una burla.

ELECTRICISTA: (Serio.) No... pretendimos ofender a nadie.

ZULDA: ¿Y ahora? Con todas las pestes que andan por ahí... esa muñeca roñosa en la carbonada... (Silvita vuelve con su valija, y es testigo de cuanto se dice).

PLOMERO: No. La lavamos bien antes.

MEYER: ¿Ves que hablás sin saber?

ZULDA: ¿Con la esponjita?

ELECTRICISTA: Sí. Le pasamos la esponjita.

PLOMERO: Primero la desvestimos. Le pasamos bien la esponjita sobre la piel desnuda, la parte no tramadita. Usamos un jabón neutro. Y en un descuido... ¡Pluf! A la olla.

ZULDA: ¿Seguro que usaron jabón neutro, no?

ELECTRICISTA: Neutro.

MEYER: ¡Silvita! ¡Vení a comer!

SILVITA: (Niega y sale asustada, llevándose por delante parte de la escenografía.)

PLOMERO: Cómo se puso cabrera la nena.

ZULDA: Es la edad. ¿Pechuga o muslo?

PLOMERO: Muslo... ¡No, pechuga! O mejor, ¿sabe qué?... Un muslín.




XI

DIFÍCIL ES PARTIR



(Zulda, Meyer, Menina y Electricista sentados cual espectadores. Plomero recita en el centro.)

PLOMERO:
Correremos alegremente con mi amada
por los desniveles inflexibles de los patios
y guiñaran los ojos del espacio
los satélites que transmiten en manadas.

Así será, mi amor, cuando tu vuelvas
con el motor rebobinado en otros barrios.
Te besaré en las huellas de otras manos
que en mis caricias pasarán por manos muertas.

Ahora te espero, dispuesta, silenciosa,
barriendo el lugar de tus andanzas
llorando con los ojos de esperanza
ese sabor a hielo de las cosas.

(Ha terminado. Un instante de silencio. Zulda llora, profundamente conmovida. Un segundo después irrumpe en aplausos, junto con Electricista y Menina. Meyer también aplaude, un poco menos conmovido.)

PLOMERO: Gracias. Quiero aclarar que la letra no es mía. (Cabecea al Electricista.) La escribió aquí mi compañero, inspirándose en la soledad del ama de casa abandonada por su heladera con freezar.

ZULDA: No tenían por qué molestarse tanto.

ELECTRICISTA: No fue casi nada. La compuse anoche, cuando revisábamos los enchufes que sobraban.

ZULDA: ¡Su interpretación me llegó tanto!

ELECTRICISTA: Es que el tema es terrible.

PLOMERO: Es tan bueno sentirse querido. Aquí uno hace las cosas porque las siente. Nosotros somos de encariñarnos muy prontito con las personas, porque siempre tenemos que terminar yéndonos. Estoy hablando a borbotones. Muchas de mis imágenes me son dictadas por la memoria de una tía que tuve. La tía Antonia. Nunca hablo de ella, salvo a través de las imágenes de la poesía ajena.

MENINA: Felicitaciones, señores. Han demostrado profesionalidad y sensibilidad, que son dos cosas difíciles de conjugar.

PLOMERO: Como el verbo "yacer muerto", que es tan irregular.

ELECTRICISTA: Gracias. Gracias en serio por haber venido. Muchas gracias a todos.

MENINA: ¿Dónde está Silvita? ¿Por qué no la llamás y lo hacen de nuevo?

SILVITA: No, dejen. Ya lo escuché. Yo yazgo, tú yaces, él otro tanto. Mamá, papá... me voy desde casa.

MEYER: Es tarde, Silvita.

SILVITA: Decido necesitar corrí, corrí, corrí. Las memorias... rejuvenecidas. Rodar tras las calles. Yo misma. ¿Sabéis?

MEYER: ¿En la calle?

ZULDA: No nos hagas más daño, Silvita.

PLOMERO: ¡Un momento! ¿De qué se está hablando?

ELECTRICISTA: No es posible que se entiendan en esos términos tan burdos.

MEYER: ¿Es que no la escucharon? Quiere encontrar su propio rumbo.

ELECTRICISTA: ¡No es lo que ella dijo!

ZULDA: Nosotros entendimos así.

SILVITA: Ya lo decidí.

ZULDA: ¡Ay, Dios! ¡Primero la heladera y ahora vos!

PLOMERO: Escuchá a tus padres, nena. Y hablá dentro de los límites de lo estrictamente factible.

MEYER: No sabrías ni dónde tomar un taxi, ni cómo sobornar al taxista.

SILVITA: Todo el mundo sabe cómo sobornar a un taxista.

PLOMERO: Si tus padres no te autorizan no te podés ir.

SILVITA: Permiso nunca nadie pidiendo contra taxista. No se metan.

ELECTRICISTA: Creo que nos debés una explicación. Estamos viviendo bajo un mismo techo.

SILVITA: Circunstancialidades.

MENINA: Silvita... entrá en razón. Siempre dije que eras tan inteligente.

MEYER: No tanto.

SILVITA: Lamento que todo haya tenido que terminar así. (Se dispone a salir, pero es detenida por los Servicios, que la cargan de regreso a la pieza.)

MENINA: ¿Tenés filtraciones?

MEYER: ¡Qué vergüenza!

ZULDA: Tendríamos que volver a comprarle la Barbie. Quedó muy resentida.

MENINA: Es la edad.

ZULDA: La edad, y la dificultad.

MENINA: A Andresito lo vamos a hospitalizar por unos días.

ZULDA: ¿No te digo? Es la edad.





XII

SEXO


(Virginia cruza la pantalla.)

LA LOCUTORA: Ahí estabas, pichón.

MEYER: Sí. Pasaba y prendí... Tenemos poco tiempo. Mi mujer está en lo de una vecina.

LA LOCUTORA: Está bien. Te escucho, te siento.

MEYER: ¿Por qué? ¿Tengo que decirte cosas?

LA LOCUTORA: Sí, vamos, contále a Virginia.

MEYER: Me quiero perder en la inmensidad de tus pliegues,
fingirte un orgasmo hasta que te sangre la nuca,
pasarte un destornillador entre los senos.

LA LOCUTORA: (Halagada) ¡Mmh, qué chanchito! (Corte brusco.) Dame algo para tomar.

MEYER: ¿Alcohol?

LA LOCUTORA: No. Vos sabés qué.

MEYER: Está bien... pasa que mi mujer pregunta, no quiere... ella sigue guardando el querosén para la heladera, por si se encuentra... (Saca una damajuana que tenía oculta bajo el sobretodo. Sirve un vaso.)

LA LOCUTORA: Mi cerdo revoltoso... vos me hacés arder... sólo vos. (Se baja el vaso de querosén.)

MEYER: Quiero hacerte una réplica en jabón de tocador,
frotarte con una lima hasta que me babees el parquet,
apretarte las nalgas hasta moldear la cara del Topo Menéndez...

LA LOCUTORA: Guachito... Ahora abrigáte bien, que tengo que irme, bichi. ¡Chau, cien veces chau! (Lo sienta de un derechazo en el ojo cuando el contacto llega a ser demasiado enfático. Sale gateando por la pantalla.)





XIII

VIRGEN DE YESO



ZULDA: (Entrando de la calle.) Otra vez siento ese olor.

MEYER: ¿Olor de qué?

ZULDA: Olor con querosén.

MEYER: Qué fijación.

ZULDA: ¿Qué te pasó en la cara?

MEYER: Cuando me afeitaba.

ZULDA: No finjas. Yo no lo hago.

MEYER: No trates de educarme. Mejor harías en educar a tu hija, ver qué le hace falta... bombachas... esos algodoncitos que tienen...

ZULDA: Sí. (Toma la damajuana de querosén y la sopesa.) Esto es lo que va quedando del amor que nos dijimos. Ni siquiera puedo guardar el querosén por si vuelve la heladera. No respetás nada de lo que hubo entre nosotros.

MEYER: Se compra más, carajo.

ZULDA: Es el hecho. (Muestra una virgen de yeso.) Nos toca esto, ahora. (La pone sobre un altarcito, el mismo que ocupara otrora el querido Topo.) Había en otros colores... en verde. Con el halo rojo, de Itatí. Pero a nosotros nos dieron ésta. ¿Es linda, no? Va a estar hasta el otro lunes. Hay que rezarle todo en rima. Hablále, si querés. (Sale.)




XIV

ZOO



(Zulda y Silvita en el zoológico.)

ZULDA: ¿Estás contenta, Silvita? ¿Viste qué animales más abrigaditos?

SILVITA: Sufren el verano.

ZULDA: No insistas con esas cosas. Ponéte el saquito de corderoy.

SILVITA: Bajo el corderoy. No quiero reconciliarme contra papá.

ZULDA: Te trajo a ver al ñandú nuevo.

SILVITA: Que se vayan esos técnicos. Eso es lo que quiero.

MEYER: (Entrando) Estamos de suerte. Compré los bizcochitos tuerca, Silvita. Y me dieron esta tarjeta para el sorteo.

ZULDA: Yo no voy.

MEYER: Yo pensé que era la posibilidad de divertirnos como en los buenos tiempos.

ZULDA: ¡Ah, los buenos tiempos! ¡Cómo se viene todo abajo!

MEYER: Sortean un calefón, parece.

ZULDA: Está bien. No es ahora que debería dudar. ¿Con serpentina? Si ya no lo pensé dos veces antes de casarme...

MEYER: Esperános acá, Silvita. Quedáte con el ñandú recién parido.

ZULDA: Hablále, si querés.

MEYER: Ya volvemos. (Salen.)

SILVITA: Sos débil y absurdo. La imaginación popular te equipara ya hasta el Topo Menéndez. (Corte) Acá se complica todo. Porque, yo digo... ¿hay verdad? Es decir, las versiones, ¿no? Todo esto que yo pensé esa tarde desde el zoológico, lo digo, porque sino haría como que pienso en voz alta para que vean lo que pienso, y me parece que entonces mejor se los digo.

MENINA: (Habla a sus pequeñuelos, a quienes ha reunido en torno suyo) Vengan, chicos. ¡Dejá ese topo en paz, Andrés! ¡No levantés el piso! Siéntense acá que mami tiene algo que decirles a los tres...

SILVITA: Es un recurso. Los chicos no están.

MENINA: ¡No te comas la fórmica, Andresito! Bueno. Pasó algo que... si ven que estoy llorando, no... ustedes ya son grandecitos. Se murió el ñandú nuevo.

SILVITA: ¿Hay verdad en las palabras? ¿O por fuera? Para mucha gente el ñandú falleció como muchas cosas. Yo no me voy a poner a blablar de ética, señores. Yo sé que no murió y que no estaba vivo. De resultas, me acerco a la jaula, asocio inmediatamente con el Topo Menéndez y entonces me dice mi propia voz: ¡Es un muñeco! ¡Una taxidermia! La Barbie tiene una articulación mucho más sofisticada. El ñandú habrá muerto en el '73.

MENINA: Nacimos para ser muertos, somos polvo y de polvo lo que no tenemos se lo lleva el Pampero, como dice Virginia.
(...) Sí, todo el mundo lloraba. Es como la abuelita, que ya no está pero sigue estando.
(...) Y sí, puede ser que esté y no esté al mismo tiempo. ¿Se acuerdan de las escaleritas al cielo, y que hay una para los... animalitos y una para los... abuelitos, y que cuando llegaban los saludaban de abajo, y cantaban jingles todo el día...?
(...) ¡Reencarnación, estoy hablando de reencarnación, monstruo!

SILVITA: Pero estaba embalsamado, ¿se entiende? Es decir, hay oraciones que... carteles específicos: "Vea al ñandú nuevo y su banda armenia"; "Visite el sector fantasía"; "Coma Popirock". La gente comenta: "El ñandú nuevo es equis, es y, es zeta". Y entonces ven un ñandú, no un embalsamamiento. Y yo lo digo. Yo he tenido la suerte, años después de todo esto, de ver en La Pampa un ñandú liberado Y yo lo digo.

MENINA: El está cercano a la gloria.

SILVITA: Se han dicho tantas cosas.

MENINA: Es como estar en el agüita, y no tener calorcito, y estar con el Topo Meléndez todo el año.
(...) No vamos a ir más al zoológico.
(...) No, Dios es otra cosa... bueno, porque...
(...) Sacáte los dedos de ahí
(...) Por lo menos por un tiempo.
(...) Porque el ñandú es otra cosa, no es como Dios. Es más espiritual.
(...) No te toques.
(...) Es un ave. Y Dios vuela, pero...
(...) ¿Qué querés ver, la jaula vacía? ¿Cagarte de angustia, querés?
(...) ¡Bueno, sí! ¡Dios es lo mismo! Es como el ñandú, y es igual, sin diferencias, ¿indiferente... se dice?
(...) A ver... ¿Se imaginan un lugar feliz? Uno, dos, tres: ¿se imaginaron?
(...) ¿Eso es la felicidad? Imaginen más.
(...) ¿Qué, no hay más? A ver si probamos de imaginar todo lo feliz que se pueda.
(...) Bueno, es más felicidad, y más y más y más... eso, así de feliz, eso es el cielo, carajo.

ZULDA: Nos vamos, nena.

MEYER: ¡Hubieras elegido vos, que tanto te enojás!

ZULDA: Imbécil. Ponéte el corderoy, nena. (Sale con Silvita)

MEYER: ¡Todo es siempre culpable de mis actos...! Digo que siempre el culpa soy yo... ya me hacés decir culpas que no digo... (Salió tras ellas.)

(La banda armenia toca una tonada triste y deforme. La luz se va cerrando sobre Menina, hecha un nudo de angustia.)



XV

PLANTEO


(Meyer, Zulda y Silvita vuelven del zoológico. El Plomero y el Electricista tienden unas sábanas sobre el sofá.)

ELECTRICISTA: Ah, buenas noches.

ZULDA: Buenas. ¿Ya tan temprano se van a ir a dormir?

PLOMERO: No exactamente.

MEYER: Me lo imaginaba... Es domingo... ¡Ustedes son dos muchachones jóvenes! Tendrán ganas de salir de juerga. No hay ningún problema.

ELECTRICISTA: Nunca salimos de juerga hasta no terminar nuestro trabajo.

PLOMERO: Nuestro trabajo es nuestra juerga.

ELECTRICISTA: Nuestra faena nos acalora. Así vivimos nosotros.

ZULDA: Hubieran esperado, que yo les hacía la cama.

PLOMERO: Ése es el punto. No necesitamos que nos haga la cama...

ZULDA: ...pero si son tan gentiles...

PLOMERO: ...porque nos pareció justo que nos cedieran su dormitorio. (Los dos salen sin dar más explicaciones.)

ZULDA: (A Meyer) ¿Pueden hacer eso?

MEYER: No sé. Nunca antes nos había pasado.

SILVITA: ¡Nos van a matar a todos!

MEYER: No hacés más que empeorar las cosas con tus chiquilinadas.

SILVITA: ¡Voy a irme detrás de los golpes, y van a quedarse solos y hablando de más!

MEYER: No podemos permitir que sigas inventando, que mientas. ¿Por qué decís que van a matarnos?

ZULDA: (Cuadro de violencia familiar. Algo dantesco. Meyer intenta estrangular a Silvita. Zulda se interpone.) ¡Dejála!... Todos estamos cansados. (Las mujeres terminan en el suelo.)

MEYER: Bueno... tendrán sus razones. El sofá es muy cómodo. Muy cálido.

ZULDA: ¿Este sofá?... Lo único que lamento es que es más chico y voy a tenerte más cerca.

MEYER: Soy tu marido.

ZULDA: Sí. Ya no doy más. (A Silvita) ¿Te hiciste daño?

SILVITA: ¿Puedo ver televisión? ¿Puedo?





XVI

VERSOS Y FUEGO



MEYER: (Reza ante la Virgen de yeso, enmarcada por dos velas encendidas.) Rima asonante en los versos pares, consonante en los impares. Si los versos son Alejandrinos el hemistiquio es en la séptima sílaba. (Se decide a hablarle. El resto del elenco, amparado por las sombras de la escena, propone rimas estúpidas a cada verso. Meyer se confunde. El rezo fracasa.)
Virgen de Yeso,
patroncita de los hombres libres:
ojalá pudieras hacer algo por mí.
Soy demasiado torpe para rezarte en rima,
pero recurro a ti como la bestia desesperada
que se hunde en el golfo recurre al salvavidas del topo Menéndez.
Ella hizo de mí un harapo...

LA LOCUTORA: (Ha entrado sigilosamente.) ¡Ah, macho cabrío! ¡Rumiándole a la señorita!

MEYER: ¡Virginia!

LA LOCUTORA: Vengo ebria de vos... ¿Me permitís? (Toma del pico de la damajuana.)

MEYER: ¡Cuidado con la vela! Es inflamable... Te va a hacer mal.

LA LOCUTORA: ¿Qué pasa? ¿Otra vez tu señora te hizo preguntas de sí-no?

MEYER: Sí.

LA LOCUTORA: ¡No! (Ríe.) ¡Soy un tonel! ¡Mi vientre flota en el líquido viscoso de donde emana el fuego! ¡Haga un lugar! (Lo empuja para quedar frente a la Virgen.)

MEYER: Yegua, calesita desbocada de libido... ¿Vas a rezarle? ¡Pedíle por mí, sólo escucha los ruegos que van lubricados por la rima! Si los versos son verdaderos dicen que su corazón de yeso se enciende hasta estallar.

LA LOCUTORA:
Si nos conoceremos, virgencita...
Tu alma es la llama,
mi cuerpo es dinamita...
(Siente ganas de estornudar. Queda en suspenso.)

MEYER: Siempre escucha las plegarias en rima.

(El resto de los actores, previendo la situación, huyen cobardemente. La Locutora estornuda sobre las velas. Lógicamente, Virginia es inflamable de primera y revienta en llamas como un pozo de petróleo crudo. Apagón.)





XVII

FUGARSE A CACHEUTA



ELECTRICISTA: No queda margen para la poesía en ese mundo en el que usted, señorita, ha decidido vivir.

PLOMERO: Sus errores lingüísticos se expanden con asombrosa facilidad.

ELECTRICISTA: ¡Va a terminar contagiándonos hacia nosotros!

PLOMERO: (Aterrado.) ¡Hasta a nosotros!

ELECTRICISTA: Eso dije.

PLOMERO: No dijiste eso.

ELECTRICISTA: ¿Y qué dije?

PLOMERO: Hacia.

ELECTRICISTA: No dije eso.

PLOMERO: ¿Qué dijiste?

ELECTRICISTA: Hasta.

PLOMERO: No, no dijiste eso.

ELECTRICISTA: Dije eso.

PLOMERO: (A Silvita) ¿Qué dijo?

SILVITA: Hacia.

PLOMERO: Dijo hacia.

ELECTRICISTA: (A Silvita) ¿Qué dijiste que dije?

PLOMERO: (A Silvita) ¿Qué dijiste que dijo?

SILVITA: Hasta.

PLOMERO: Claro. (...) No, no dijiste eso.

ELECTRICISTA: Sí, eso dije.

PLOMERO: ¿Cómo eso?

SILVITA: Hacia.

ELECTRICISTA: Dije eso.

PLOMERO: ¡Basta! (Didáctico) Menos hablar y más accionar sobre el problema.

ELECTRICISTA: No somos más crueles tan que lo que parece.

PLOMERO: ¿Ves? ¡No comparar así! ¡Haber error de comprender!

ELECTRICISTA: ¡Ya está! Perdiste la facultad de conjugar los verbos. No podrías decir cosas como "tuve una tía Antonia".

PLOMERO: "Tener una Tía Antonia". "Tener una Tía Antonia".

ELECTRICISTA: Tuve. Decí "tuve".

PLOMERO: (A Silvita.) ¡Me condenar al infinitivo!

ELECTRICISTA: ¡Preso del infinitivo más que un ñandú que apresado -¿eh?- contra una jaula de verboides!

PLOMERO: ¡Tener! ¡Tener! ¡Latín! ¡Volver al latín! ¡Todo curar, todo sanar! (Huyen los dos en busca del diccionario de latín, idioma incorruptible que hablarán hasta el final de la obra. Las lenguas perfectas son las que están muertas. Antes de salir, eligen un televisor de la pila y lo incrustan en la cabeza de Silvita, quien recibe una sobredosis de zapping. Se escucha en off una cadena de voces familiares, propagandas, frases célebres, jingles pegadizos. Condensación del pensamiento de una época en quince segundos. Silvita, todavía munida e tan singular casco, toma su valija y pide un taxi. Apagón.)





XVIII

LA GASA


MEYER: Tenés que tranquilizarte. A lo mejor aparece entre el informe de los electrodomésticos perdidos.

ZULDA: ¡Todo esto es culpa tuya, tuya!

EL LOCUTOR: (Penosamente vestido de Virginia) Amigos confianzudos, perros amigos y amiguísimos en general. Es día de luto y de desgracias inenarrables. La tragedia quiso ayer hacerse carne. Las amargas nuevas se dan sin rodeos. Yo, Virginia, la mantecosa conductora del programa anterior, tiene algo que decirles. Ayer tuvo lugar una desaparición... un deceso... lamentable. Funestas manos enguantadas abrieron las jaulas del ñandú recién nacido quien se dio a la alocada fuga, correteando un poco, aleteando otro poco, para terminar por devorarse a un violinista armenio.

ZULDA: ¡No es Virginia! Pusieron a otra.

EL LOCUTOR: Sus compañeros, ensimismados y consumidos por lo trágica que ha sido siempre la historia del pueblo armenio, no atinaron a nada bueno.

ZULDA: Parece pero no es. Mirále las manos.

EL LOCUTOR: El feroz instinto de la bestia frente a la aturdida inacción del ser humano. Maia Rostoievna, la bailarina pop...

ZULDA Y MEYER: ¡Qué rica!

EL LOCUTOR: ...en un acto de caucásico arrojo, ahorcó al ñandú con los cordones de su zapatilla de baile que desde hoy se exhibe para todos los niños en el Museo de los Derechos Civiles. Nada más.

ZULDA: ¡Cuánto pesar!

MEYER: ¡Cómo es posible!

ZULDA: ¡Silvita lo quería tanto, tantísimo!

(Entra Virginia, eterna y resurrecta, envuelta en vendas, apoyándose en un bastón ortopédico.)

EL LOCUTOR: Vamos a un corte. (Inacción. El tiempo que pasa.) Y volvemos.

LA LOCUTORA: ¿Por qué no cambiamos el tenor de nuestra pena, y les muestro lo que se usa? La gasa. La clásica. La eterna. La gasa invernal, que nos abriga en este segundo invierno y nos esteriliza del dolor de este mundo a veces simpático, a veces pérfidamente cruel.

ZULDA: Es tan mona... ¡La mirás como una lombriz babosa! ¡Nunca me comprás gasas, ni cueros! ¡A veces me digo que es el fin, el final de todo! ¡Estoy tan sola! ¡Voy a salir a buscarla! (Se queda donde está.)

LA LOCUTORA: (A Meyer, mientras El locutor la mira entristecido.) ¿Ves cómo no me olvido de vos?

MEYER: Me alegro que ya estés mejor.

LA LOCUTORA: ¡Mejor! Nunca me sentí más pizpireta y sudorosa... ¡Dame algo de tomar, chauchón! Vos sabés qué. (Apagón.)





XIX

VOLVISTE



(Zulda y Meyer duermen en el sofá. En la oscuridad de la noche, se escucha un motorcito. Podría sonar como el de un auto que se detiene. Zulda se despierta sobresaltada.)

ZULDA: ¿Escuchaste eso?

MEYER: ¿Qué?

ZULDA: Ese ruido... Me pareció que era...

MEYER: (Se da vuelta en la cama.) Yo no oí nada.

ZULDA: ¿No ves? Siempre desatento, desaliñado, insensible... Maldigo el día que te conocí.

MEYER: Es tarde.

ZULDA: Sí, ya sé que es tarde. Y te voy a dar dos ejemplos: Primero: Mi hija me abandonó por tu culpa; y el segundo lo tenía pero no lo recuerdo.

MEYER: Por tu culpa. Vos con las ideas estúpidas en la cabeza le metiste ideas en la cabeza. Estúpida.

ZULDA: ¿Yo?

MEYER: Yo no puedo haber sido; trabajo todo el día afuera.

(Se repite el ruido: es como un tractor que estaciona.)

ZULDA: ¿Ahora escuchaste?

MEYER: Debe ser el ascensor.

ZULDA: Los ascensores nunca hicieron ese ruido. Pasáme el catálogo. Dos de noviembre, fijáte qué tenemos hoy.

MEYER: (Buscando) Ascensores... ascensores... Ascención de la virgen...

ZULDA: ¿Hoy no es lo de la Fiesta de la Vendimia?

MEYER: ¿Cuál?

ZULDA: Ésa que los ascensores corren carreras, emborrachados y lúgubres.

MEYER: Ésa no figura.

ZULDA: Me la comentó anteayer el locutor. Pasaron imágenes de los viñedos en flor. Una nota colorida.

MEYER: Te dije que tenés que exigirle que te respete.

ZULDA: ¿Y que querés que haga? Cada quien a lo suyo...

MEYER: No tengo ganas de escuchar los mismos planteos de siempre. (Se da vuelta y se hace el dormido.)

ZULDA: Estamos en el medio de la discusión. (El ruido vuelve a escucharse.) Ahora sí, seguro. No puede ser la Fiesta de la Vendimia. (Se levanta. Lleva una vela en un platito.) Cada uno debe enfrentarse con su destino. Voy a abrir la puerta. (Repara en la Virgen de Yeso, ennegrecida por la explosión, sus tripas de alambre esparcidas como rayos de luz.) Mirá cómo quedaste. Mochita. (Abre. La escena está muy oscura y no se distingue quién es.) ¡¡¡Volviste!!! (Luz violenta. Es la heladera con freezer. Se abraza desesperadamente a ella.) ¡Cielo mío, prado de verduras, volviste! Algo de querosén te podría dar, pero... (Escucha el ruido del motorcito.) ¡Tu ruidito de tractor cansado! A veces me pregunto: ¿por qué nos llenará de tanta paz escuchar el ruido de la heladera en las noches de terror? Voy a llenarte de cositas... (Saca bolsitas para freezar) ...para que me las cuides, las detengas en el tiempo, las salves de la muerte... Yo estoy tan cansada, mi cielo polar. Tan abandonada. Tan insensible. No doy abasto... ¡Si pudiera!... (Mira sabrosamente las bolsitas de nylon y toma la decisión.) Todavía hay una forma de salvarme... Voy a estar en paz... (Se empieza a envolver en el nylon.) La carne se duerme dulcemente y ya no puede sufrir más... Como hacen los churrascos. (Entra en la heladera. Apagón.)





XX

FINALE


CUADRO 1:



SILVITA: (La luz la descubre vistiendo un traje de baño con coloridas margaritas. Meyer, en la soledad del sofá, lee unas líneas en un papel.) Mamá, papá: Estoy más tranquila. Más madura. Ni yo, ni Blasco -mi taxista- encontramos todavía la sinuosa ruta de Cacheuta. Pero estamos bien porque conocimos General Pico, adentro de La Pampa. Ahí vimos por primera vez un ñandú liberado. Supongo que la ecología nos concierne; sobre veces canto solfeo, es poroso ver cómo el viento se lleva la voz de una, y esa una soy yo y Blasco... Blasco y yo... todavía seguimos viaje todavía. (Corte) Bueno, éste fue mi último texto. ¿No saludo ni agradezco? ¿Se entendió "mi"? Me parece que no se entendió nada.


CUADRO 2:


El electricista adoctrina al espectador. El plomero traduce simultáneamente. La luz sobre ellos y Zulda -envuelta en nylon- que se descongela en la heladera.

ELECTRICISTA: Ubi finis saeculi fortunae commutationes supersunt, in ellipse est.

PLOMERO: Es en la elipsis donde sobrevienen las catástrofes del fin de siglo.

ELECTRICISTA: "Christi Nativitas" per "Christi Nativitatis Festum". Et sic.

PLOMERO: "La Navidad", por "la fiesta de Navidad". Y así.

ELECTRICISTA: Factum est subter-intellegere in sermonis loco certo, signum quod in contexto antecedente ut sequente figurare. "Mihi sunt duo fili, unus quadrimus et alter trimus", subter-intellectur: illis habent tres at quattuor annos.

PLOMERO: Es el hecho de sobreentender en un lugar determinado del discurso un signo que figura en un contexto precedente o siguiente. "Tengo dos pibes, uno de cuatro años y otro de tres", se sobreentiende, de tres años.

ELECTRICISTA: Non continuatio ellpsis est, ellipsis hominibus in daemonis mutat. Hoc exemplum spectate: aliquid in sui cogitati fluere interrumpitur, aliquid monstruose ellipticus prosilire versus stulti fortis facinoris gestum eum facit.

PLOMERO: La discontinuidad es la elipsis, la elipsis transforma a los hombres en demonios. Vean aquí este ejemplo: algo se interrumpe en el fluir de su pensamiento, algo elípticamente monstruoso lo hace saltar hacia un acto de estúpido heroísmo.

(Apagón sobre la heladera.)



CUADRO 3:


(Luz sobre Meyer, Virginia y Miranda. Meyer, revólver en mano, ha tomado a Virginia de rehén.)

EL LOCUTOR: Más informes sobre electrodomésticos perdidos. Una calculadora de almacén, agredida y despreciada...

MEYER: ¡Nunca es tarde! ¡Voy a acabar desde todo esto!

EL LOCUTOR: ¡Un loco armado!

LA LOCUTORA: Así es como más te comería en bocanadas, bichi.

MEYER: ¡Ramera chamuscada! ¡Vas por morir! ¡El carrito, dame el carrito! (Forcejea para huir con ella por la pantalla de TV.)

EL LOCUTOR: En este momento le hago entrega del carrito.

MEYER: Las llaves.

LA LOCUTORA: Las llaves, las llaves, oh, las llaves, Miranda, las llaves del maldito fucking carro, que me mata. ¡Que me mata! (Se refriega contra él.)

MEYER: ¡Todos atrás o Virginia muere acogotada como el ñandú!

EL LOCUTOR: ¡No sea idiota! ¡Virginia no puede morir! ¡Virginia, Virginia, todo el mundo la llama Vir...!

LA LOCUTORA: ¡Ay, que se me estrangula! ¡En cámara uno veo que se acerca mi patético fin!

EL LOCUTOR: Basta, es hora de decirl...

MEYER: (Dispara al aire. Un foco estalla. Semipenumbra. Confundido, a Miranda). ¡Quietos!. Estaba seguro: el rating es un porcentaje.

LA LOCUTORA: Sí, claro, algo de eso creo que hay.

EL LOCUTOR: Sí, si se quiere, de alguna manera, el rating ES un porcentaje.

MEYER: Ahora te voy a matar. A ella. (Pone a Virginia contra el paredón de televisores, que se encienden dibujando una enorme cruz, y Virginia asume la postura de Cristo).

EL LOCUTOR: Finalmente se hará justicia. He sido sometido a un sinfín de vejámenes.

LA LOCUTORA: (Su voz resuena por los parlantes, engrandecida por su propia existencia mítica. Se escuchan diversos canales de televisión. En algunas pantallas se ven los programas aleatorios de esa noche) Sí, y es mi última emisión. ¡Pero no me lloren! Soy como Jesús, que se despidió para siempre de su querido público, pagando con la delicadeza de su martirio la necedad de los espectadores. ¡Adiós, Miranda, Mirandita, laváte bien las manos!

EL LOCUTOR: ¡Basta! Está haciendo una puesta en escena. Todo es mentira. Primero: Virginia no es como Jesús. Segundo: Virginia no existe. Y tercero: ¡Se llama Alicia Soldi y es la sobrina del anunciante! (Pausa. El mundo se ha desmoronado) Tenía que decirlo, guacha, adicta. He aquí una prueba contundente. Tengo una foto de ella con su abuela en un jardín de Lomas del Mirador. Es la de las trenzas, la dientuda. (La locutora intenta interceptar la foto). ¡Exhíbala, Meyer! ¡Es hora de acabar con todo! (Miranda cae bajo el peso arrasador de Virginia, transformada en un ángel de furia y de venganza.)

Meyer avanza en falso con la foto en la mano, la observa, incrédulo, y levanta el brazo muy lentamente para exhibir la foto en público.

Apagón violento. La luz de los televisores desaparece. El ensordecedor audio se esfuma. Una única luz sobre el Plomero, que acaba de desenchufar todos los cables de la sala.



CUADRO 4:


PLOMERO: Sinécdoque: tropo que responde al esquema "pars pro totum" o "totum pro parte". a) Género a especie: los mortales = los hombres. b) Parte a todo y viceversa: 10 cabezas = 10 reses. c) Singular a plural y viceversa: el hombre que no habla es sobrio = los hombres que no hablan...



CUADRO 5:


Luz: el Electricista manipula un alicate inclinado sobre la boca de Meyer.

ELECTRICISTA: Pasó el peligro.

PLOMERO: Imposible que se confunda ahora.

ELECTRICISTA: Un arreglo definitivo.

PLOMERO: Garantido.

ELECTRICISTA: Sus cuerdas vocales.

PLOMERO: Ahora el trabajo está todo bien. (Pausa interminable. El Plomero solloza en silencio. El Electricista recorre la casa sombría y solitaria. Junta sus cosas. Dirige una última mirada a Zulda, que se deescongela en la heladera.)

PLOMERO: A mí. Miráme a mí. (Tiene las cuerdas vocales de Meyer en la mano, y se las pone detrás de las orejas. Su voz está quebrada) Me hice dos divertidas trenzas.

ELECTRICISTA: Podemos ir con la familia Francini. ¿Masitas estará bien?

PLOMERO: Sí, va a estar bien. Adiós, Meyer... (Mientras se preparan para salir, el Locutor -que había quedado tendido de la escena anterior- se levanta y corre el telón de fondo. Se ve a la actriz que ha hecho de Silvita que junta sus cosas para irse del teatro. Un poco después, Menina entra allevarse a Zulda, quien se cubre pudorosamente el pecho con un tapado. Los service presienten que la escena se está desarmando antes de que termine la obra. El Electricista mantiene la conversación pero finalmente opta por huir, cobardemente.) ¿Francini, dijiste? Vos sabés qué curioso... yo tuve una tía de apellido italiano. La tía Antonia, con su olor a radiografía. Vivía en Banfield.

ELECTRICISTA: ¿Sí? Nunca me hablaste de tu tía Antonia. Y hay que hablar, hay que hablar tanto... Habiendo tanta cosa linda y poética para decir... Hay que hablar...

PLOMERO: Conversar.

ELECTRICISTA: Hablar.

PLOMERO: ¿Qué diferencia hay entre hablar y conversar?

ELECTRICISTA: Hablar.

PLOMERO: Lo del oso embravecido, aquella vez... Era... Es un supongamos.

ELECTRICISTA: Una metáfora. (Sale.)

(Se oye una música muy triste. Durante un largo rato, el Plomero y Meyer -que son los únicos que quedan en escena- dudan sobre qué hacer. Todo ha fracasado. Se murmuran cosas al oído. Bajan las luces. Sólo se ve a la actriz que ha hecho de Silvita en la puerta de los camarines, iluminada por la luz del exterior. La obra termina cuando Silvita se va, cerrando la puerta para sumir al escenario en la oscuridad absoluta. Y en el silencio.)



Octubre de 1992
Versión estrenada en mayo de 1995
 
 

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Esta sala cuenta con el apoyo del
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y de Proteatro